La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 13. La mañana siguiente #3
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13. La mañana siguiente #3

Osric se había convencido a sí mismo de que no corría ningún peligro con Fairhrim, de que lo que sentía por ella era solo una Fantasía, el mismo deseo que lo invadía cuando codiciaba algo excepcional que aún no poseía.

Pero aquel día esa metáfora murió. Ella no era un objeto. No se la podía adquirir.

¿Qué era entonces Fairhrim para él? Una obsesión, una angustia, una náusea visceral.

Y, si aquel anhelo no era una Fantasía, ¿qué era? La respuesta comenzó a tomar forma con una concisión aterradora.

La revelación se vio interrumpida por un dolor repentino en el pecho que no tenía nada que ver con su atribulado corazón. Fairhrim le había arrancado los tentáculos del difractor, que se habían aferrado con rencor al vello de su pecho.

—Joder —exclamó Osric.

—Perdona… —dijo Fairhrim, pero dejó la frase en el aire al tiempo que abría los ojos de par en par—. Espera —susurró sorprendida.

—¿A qué? —le preguntó Osric, frotándose el pecho—. ¿A que me arranques el otro pezón?

Fairhrim levantó el cable del difractor, en cuyo extremo se habían quedado pegados a la almohadilla adhesiva unos cuantos pelitos del pecho de Osric.

—Eso nunca te había dolido.

—No. Hoy te has ensañado.

Fairhrim se quedó mirando fijamente los pelos arrancados, como si tuvieran las respuestas a todos los misterios de la vida.

Acto seguido, se abalanzó sobre Osric y le acarició el muslo desnudo con la yema de los dedos.

Un cambio radical de actitud que a él no le importó en absoluto; de hecho, le gustó.

Debía de recordar lo ocurrido la noche anterior para hacer algo tan atrevido.

Estaba más que preparado para tener una erección inmediata bajo el tapetito cuando…

—La torpraxia llegaba hasta aquí —dijo Fairhrim, pasándole los dedos justo por encima de la rodilla—. ¿Sientes esto?

—Sí, lo siento —contestó Osric.

Porque aquello era lo que estaban haciendo.

Evaluando su torpraxia, el entumecimiento que se iba extendiendo por su cuerpo junto con la corrupción seith, como había hecho tantas veces antes.

Osric le hizo saber a su polla que no era necesario que hiciera nada.

Relájate. Falsa alarma. Pero era demasiado tarde: la polla no quería relajarse.

Estaba en estado de alerta. Fairhrim lo estaba tocando.

El tapete pronto comenzaría a levantarse.

Fairhrim le pasó un dedo por la tibia y la parte superior del pie, antes de hacer lo mismo con sus brazos y antebrazos. Osric lo sentía todo. Se lo dijo a Fairhrim. Lo que no le comentó fue que su tacto era estimulante en otros sentidos. El tapete se movió y comenzó a levantarse.

—La torpraxia está remitiendo —murmuró ella, antes de volver a concentrarse en las notas—. Es increíble.

—Eres un Portento —dijo Osric.

Fairhrim guardó el historial y empezó a recoger sus cosas. Osric se dio cuenta de que la consulta había terminado.

No quería que se fuera.

Se vistió. Su polla no estaba de acuerdo con lo que estaba pasando y se rebeló saliéndose dos veces de la ropa interior, porque también quería que la examinaran para comprobar si tenía torpraxia. Osric lo disimuló con los pantalones y dejándose la camisa por fuera.

—Ya que estás aquí, todavía te debo una cosa —dijo.

—¿Qué?

—Los libros sobre los Dreor.

Fairhrim esbozó una sonrisa tan dulce y encantadora que el atormentado corazón de Osric dejó de latir y empezó a tirar hacia ella.

—Oh —dijo—. No me atrevía a volver a pedírtelo, después de nuestro…, después de que…

—¿Después de que me traicionaras y me encerraras en un armario como si fuera una miserable fregona? —le preguntó Osric.

Ella no tuvo el detalle de mostrarse arrepentida. La sonrisa encantadora seguía ahí. Osric ya no sabía si tenía un corazón en el pecho o una brújula obsesionada con Fairhrim.

Ella se puso a su lado mientras salían del salón. Él era consciente de todo lo relacionado con Fairhrim: su cercanía, el ligero balanceo de sus caderas al caminar, con el consiguiente roce de la suave falda de su vestido de color pastel, y el golpeteo de sus tacones sobre el suelo.

Había dos bibliotecas en la propiedad, divididas más o menos en Humanidades y Ciencias. El material sobre los Dreor, compuesto por unas cuantas crónicas históricas, se encontraba en la biblioteca de Humanidades, en el ala este de la planta superior.

Osric abrió las puertas de la biblioteca con la llave. Después de la oscuridad de los pasillos de Rosefell, él y Fairhrim se quedaron momentáneamente cegados por la luz del sol que se filtraba a través de las largas cortinas blancas.

—Oh —dijo Fairhrim, llevándose ambas manos al pecho.

Era la reacción adecuada. Los lejanos ancestros de la familia Mordaunt, con más gusto y sabiduría que los antepasados inmediatos de Osric, habían hecho de aquella biblioteca un lugar precioso.

Las ventanas del suelo al techo, que daban a unos balcones tipo Julieta, dominaban todo un lado de la sala.

Las paredes estaban revestidas por paneles de roble tallados; el techo era de yeso abovedado y tenía unas cornisas doradas en las que bailaban antiguas deidades romanas.

Los lomos de terciopelo y cuero descansaban en las estanterías en filas ordenadas, entre las que Osric había ido intercalando a lo largo de los años grabados antiguos, pinturas sobre seda, infolios y alguna que otra novela francesa escandalosa.

Teniendo en cuenta el techo, había decidido que la temática fuera Las Metamorfosis de Ovidio, por lo que había adquirido esculturas de mármol para adornar los huecos que había entre las estanterías.

Ahora Aracne tejía, Ios se transformaba, Baco brincaba y Apolo perseguía a Dafne entre libros y escaleras móviles.

Fairhrim estaba entusiasmada con todo ello. Su entusiasmo entusiasmó a Osric.

—Es precioso —suspiró, acariciando las estanterías con los dedos al pasar.

—Muchas obras de toda una vida, terminadas y olvidadas —dijo Osric.

—Los libros tienen la capacidad de sobrevivir a las manos que los escribieron.

Al fondo de la biblioteca había una chimenea apagada, rodeada por unos suntuosos sillones de patas doradas. Osric había amontonado los libros sobre la Orden Dreor en una mesita baja. Llevaban allí encima desde su pelea con Fairhrim.

—Esos son los tuyos —le señaló.

Fairhrim dio un paso hacia él, un paso que la acercó lo suficiente como para que sus pechos rozaran el de Osric.

De repente, le dio un beso en la mejilla izquierda, seguido por otro en la derecha.

Retrocedió antes de que él fuera capaz de reaccionar.

Osric se quedó aturdido. Intentó mostrarse indiferente, pero Fairhrim acababa de besarlo en ambas mejillas con un cariño que hasta entonces había reservado para otros hombres que no eran él.

Ella se arrodilló en la alfombra junto a la mesita baja y hojeó los libros.

Mientras miraba atentamente las páginas, Osric no podía apartar la vista de su perfil.

Sus besos y su felicidad lo llenaron de gozo, de un gozo mucho mayor que la breve satisfacción que le proporcionaban las cosas nuevas y bonitas.

Si de verdad estuviera enamorado de ella —que no lo estaba, pero si lo estuviera —, ¿qué tendría que hacer? ¿Ahogarse? ¿Envenenarse? ¿Tirarse desde el balcón? Mejor no pensar en ello.

El cabello de Fairhrim, aún suelto, caía sobre las páginas. Osric se acercó por detrás y se lo echó por encima del hombro. Sus dedos se demoraron demasiado en el lateral de su cuello, en el lugar donde le hubiera gustado posar los labios.

Fairhrim lo miró. Osric esperó a que su lengua le proporcionara algún comentario descarado, o al menos una excusa plausible, para justificar aquel gesto de ternura, pero no se le ocurrió nada.

Peor aún, tuvo que hacer un esfuerzo para no ruborizarse, porque estaba actuando como un idiota enamorado. Se guardó las manos en los bolsillos.

Fairhrim cogió todos los libros en los brazos.

—Muchísimas gracias. Les echaré un vistazo cuando vuelva a Swanstone y te los devolveré lo antes posible. Pueden ser muy importantes para ayudarme a averiguar el porqué. Así solo me quedaría descubrir el quién .

—¿Sabes quién podría habértelo dicho? —le preguntó Osric. Fairhrim lo miró con curiosidad—. Tristane —dijo—. Si no hubieras hecho que la condenaran a muerte.

—Los Warden la han interrogado. Se ha negado a hablar.

—Y más que se negará cuando esté muerta. —Fairhrim lo miró con los ojos entornados. Tenía toda la pinta de estar tramando algo. Menudo peligro. Pero no compartió la idea con Osric. Él también entornó los ojos—. ¿En qué estás pensando?

—En nada.

—Prométeme que no harás ninguna estupidez.

—Te lo prometo —dijo Fairhrim. Osric tuvo clarísimo que aquella promesa no valía absolutamente nada.

—Eso no ha sido una promesa. Ha sido una antipromesa, Fairhrim. Todo lo contrario a una promesa.

—No seas tonto —replicó ella, estrechando los libros contra el pecho. Que fueran los libros y no la cara de Osric lo que apretaba contra el pecho era una injusticia tremenda. Él afrontó el agravio con valentía y determinación—. Tengo que irme —dijo Fairhrim.

Osric, que se había vuelto un poco adicto a sus gemidos de placer y aún no estaba preparado para despedirse, le preguntó:

—¿Te gustaría ver la biblioteca de Ciencias?

Y Fairhrim, que solía ser la viva imagen de la serenidad, lo recompensó con un «sí» de lo más entusiasta y abriendo mucho los ojos.

Osric la llevó al ala oeste de Rosefell.

—La biblioteca del ala este es la biblioteca original de la propiedad. Pero tuve que construir una nueva porque se nos quedó pequeña.

Fairhrim le rozó el brazo con el suyo al andar, un contacto que a Osric le supo a gloria. Mientras este abría las puertas, Fairhrim se fijó en la colección De humani corporis fabrica , de Vesalius, que estaba en una vitrina de cristal.