13. La mañana siguiente #2
Cuando esta hubo entrado, la señora Parson cerró la puerta y se volvió hacia Osric.
—Pobrecita mía. ¿Qué pasó ayer?
—Un caballero no cuenta sus intimidades, pero…, entre usted y yo, Parson, tengo que reconocer que esa mujer sabe bien qué hacer con una polla.
La señora Parson lo miró estupefacta.
—Me refería a la sanación.
—Ah, claro —dijo Osric—. Fue muy bien. Hemos venido a confirmar el éxito con el difractor. Y también bebimos un poco de más. De ahí el… —En el baño se oyeron más arcadas.
La señora Parson chasqueó la lengua.
—¿Cómo se le ha ocurrido hacerle atravesar una línea ley en ese estado?
—No sabía que estuviera tan mal. Anoche solo parecía un poco achispada.
—No hay otra como ella. Cuídela mejor.
Osric estaba decidido a defender su inocencia, pero aquella advertencia le hizo sentirse bastante avergonzado. La señora Parson tenía razón: no había otra como ella.
La criada regresó al fregadero y expresó su descontento con Osric manipulando con brusquedad la loza. Sin dejar de mirarlo mal, metió los platos en el lavavajillas Cochrane, un electrodoméstico que la señora Parson había adquirido hacía poco y que dejaba la vajilla como los chorros del oro.
Su acusación hizo que Osric se propusiera convertirse en un caballero andante. Llamó a la puerta del baño. Fairhrim no respondió.
Abrió la puerta, prácticamente convencido de que la encontraría muerta. Empezó a pensar desesperadamente dónde iba a enterrarla. Plantaría Campanillas de Invierno en su tumba y las regaría con sus lágrimas.
Fairhrim estaba acurrucada en el suelo. Cuando Osric le preguntó si había fallecido, ella le contestó que sí.
Él la cogió en brazos, como un auténtico caballero haría con una damisela, y se la llevó al salón.
Ella se desplomó en el sofá, con los labios pálidos y un aspecto lamentable.
Osric le puso un cojín detrás de la cabeza y luego se sentó torpemente a su lado, con las manos en las rodillas.
No estaba acostumbrado a cuidar de nadie. Y, sinceramente, se le daba fatal.
La señora Parson hizo gala de su arte para preparar infusiones y entró con una tetera humeante que desprendía un intenso aroma a jengibre, un cuenco de sopa y unas galletas saladas. Fairhrim lo devoró todo con un murmullo de agradecimiento y sintió de inmediato el efecto revigorizante.
Miró a la señora Parson con asombro.
—¿Qué lleva la infusión? Aparte de… jengibre y tomillo —dijo, olisqueándolo.
—Nada, cuatro cositas —contestó la señora Parson con un gesto vago, antes de ahogar un grito, decir que había dejado el fogón encendido y salir corriendo.
A Fairhrim se le humedeció la cara con el vapor de la tetera mientras murmuraba con recelo algo sobre la brujería culinaria.
—¿Te encuentras mejor? —le preguntó Osric.
—Sí. ¿Dónde está el difractor?
Él fue a buscar el condenado aparato. Al difractor no le había sentado nada bien que lo secuestraran y lo sacaran de la clínica.
Hacía de las suyas allá donde lo dejaran; extendía sus largos cables y hacía tropezar a Osric, a la señora Parson, al señor Parson o a los perros, siempre que tenía ocasión.
Osric lo había relegado a un rincón oscuro del zaguán, donde se encontraba en ese momento, intimidante y malévolo.
Osric lo miró desde la puerta y, sin vacilar, antes de amedrentarse, se abalanzó sobre él y lo agarró con fuerza, como si estuviera luchando con una bestia salvaje.
El difractor le arreó en las orejas. Él apartó los cables de un manotazo.
El aparato intentó estrangularlo. Él agarró los cables con el puño.
El perverso instrumento soltó un tentáculo y le dio un latigazo en las partes más sensibles de su anatomía.
Osric echó a correr por el pasillo. Al llegar al salón, empujó el difractor hacia delante con fuerza y entró detrás de él en la habitación, jadeando desconcertado.
La cosa había estado muy reñida. Solo unas pocas letras diferenciaban al vencedor del vencido.
—¿Estás bien? —le preguntó Fairhrim, ante aquella entrada tan dramática.
—Perfectamente —resolló Osric.
Los perros la habían descubierto.
—Creo que les caigo bien —dijo muy seria, medio ahogada bajo aquellos cuerpos que no paraban de moverse.
Perjurio y Falsificación retozaban, jugando al pilla pilla.
Alta Traición, el borzoi, intentaba subirse a su regazo; Rigor Mortis, el gran danés, se había convertido en un chal sobre sus hombros.
Escándalo Público la lamió hasta dejarla empapada.
Incendio, un retriever que nunca había mostrado interés en recoger nada en su vida, le puso algo en la mano para incitarla a jugar a buscarlo.
Que se tratara de una carísima cuchara antigua para bombones que Osric tenía en muy alta estima era lo de menos.
Osric y Fairhrim tardaron un rato en decidir hacia dónde enfocar el proyector del difractor, dado que las paredes de la sala de estar estaban cubiertas por numerosos cuadros y tapices.
El difractor seguía enfadado y apenas colaboraba con Fairhrim, que tardó diez minutos en reanimarlo con impulsos de seith y otros diez en desenredar los cables, que se habían convertido en una especie de ensalada.
Por fin, pulverizó el hlutoformo, hizo desnudarse a Osric (que se tapó con un bonito tapete de color marfil, por decencia), le pegó los tentáculos y su sistema seith apareció ante ellos.
Él se fijó en que apenas estaba nervioso, ni siquiera expectante, casi. No era necesario. Sabía perfectamente que Fairhrim había vuelto a avanzar en la sanación. Pero ella, que no creía nada a menos que lo hubiera visto, cuantificado y registrado ella misma, se levantó para examinar los resultados.
El brebaje de la señora Parson la había revivido y volvía a estar activa.
Analizó la imagen proyectada en la pared por el difractor con la concentración habitual, inmóvil como una cariátide.
Como no estaban en una clínica, no disponía de ninguno de los instrumentos de medición especializados.
Se las arregló con el largo cacharro de plata con el que se sujetaba el moño.
Los rizos le cayeron por la espalda al quitárselo.
Incluso para el ojo inexperto de Osric, parecía que la imagen proyectada en la pared estaba mejor; se apreciaba una clara disminución del deterioro de los canales seith.
Fairhrim no lo celebró. Al parecer, con aquel arrebato de alegría en lo alto de la cascada había cubierto la cuota de emotividad para todo el año.
Se limitó a asentir y a tomar notas en el historial parpadeante «Pc: Pústula I. ».
Volvió a centrarse en la proyección.
—Qué interesante.
—¿Qué pasa? —le preguntó Osric.
—La sanación es más evidente aquí, aquí, aquí… —Fairhrim señaló ocho puntos diferentes en la imagen—. Justo donde estaban mis marcadores seith. Que ya han desaparecido, obviamente. Los agoté cuando te inmovilicé.
Efectivamente, la oscuridad de los canales seith había retrocedido más alrededor de los puntos en los que habían estado aquellos puñeteros marcadores, los que ella había utilizado para someterlo con un simple movimiento de su t ā cn cuando se habían peleado en la clínica.
—¿Cuál es la razón de esa mejora localizada? —le preguntó Osric.
—Ni idea —respondió Fairhrim—. Como te dije cuando te los puse por primera vez, ya no usamos marcadores seith para supervisar la evolución, hace décadas que eso ha dejado de hacerse.
Ahora disponemos de otros mecanismos menos invasivos.
La única razón por la que los usé contigo es porque no puedes venir a Swanstone periódicamente para hacer el seguimiento. Nunca había visto nada igual.
—Vuelve a ponérmelos —pidió Osric.
—¿Qué?
—Los marcadores seith. Si ayudan, quiero que vuelvas a ponérmelos —dijo Osric.
Fairhrim arqueó las cejas.
—¿Me lo permitirías, aunque sepas para qué puedo usarlos?
—¿Prometes no volver a hacerlo?
—Sí. ¿Y tú prometes no darme motivos para ello?
—Sí. —Tras aquel intercambio de promesas totalmente carentes de valor, Osric extendió el brazo hacia ella—. Adelante.
Tal y como había hecho tantos meses atrás, Fairhrim presionó su t ā cn contra Osric ocho veces, y ocho veces él sintió un dolor agudo, como si le clavaran una aguja en las profundidades de sus canales seith.
Aguantó con estoicismo y jadeó en lugar de gritar, pero, cuando ella terminó, tenía la espalda empapada en sudor y le dolía el labio que se había mordido.
—Muy bien —le dijo Fairhrim, dándole unas palmaditas en el hombro.
Esta volvió a centrarse en las notas. Miró a Osric mientras escribía. Un amago de sonrisa se dibujó en su rostro.
Al principio, Osric pensaba que su boca tenía una expresión dura.
Pero estaba equivocado. Los rasgos que antes le parecían angulosos ahora le resultaban delicados y encantadores.
Antes la consideraba fría, metálica, puramente funcional, como una tubería de plomo o una aguja de coser.
Pero también se había equivocado en eso.
La confianza y su creciente intimidad la habían vuelto más dulce, y el paso del tiempo, su ternura, su inteligencia y la chispa de su ingenio habían hecho que le pareciera maravillosa.
Había sido un error preguntarle por qué había renunciado al amor y presionarla para que le hablara de la hérgula. Osric se había enterado de qué era lo que le había hecho daño. Había descubierto la herida abierta.
«El amor corta más que un cuchillo».
Osric quería una respuesta y la obtuvo. Era más feliz antes, cuando aún creía que todo era posible. Aquella revelación había destrozado las ilusiones que anidaban en su corazón.
Era una sensación agridulce estar allí con ella, en aquella habitación, rodeado de todas sus reliquias y tesoros más preciados, y saber que nunca podría incluirla entre sus pertenencias. Fairhrim no solo hacía cosas imposibles, sino que ella misma lo era.
Qué extraño era enfrentarse a algo inalcanzable. Qué poco habitual encontrar algo que no se podía tener.