13. La mañana siguiente
La mañana siguiente
Osric
Osric descubrió algo sobre sí mismo aquella noche.
Le había dicho a Fairhrim que era un hombre de todo o nada, pero se había equivocado.
Había tomado únicamente lo que ella le había dado.
Migajas. Caricias. Un intercambio ebrio de orgasmos que, como ella le había recordado una y otra vez, no significaba nada.
Había aceptado las migajas y se había mostrado agradecido por ellas, como un patético perro callejero lloriqueando a sus pies.
Después, Fairhrim se había vuelto a poner el camisón y se había ido al otro extremo de la cama. Y allí era donde dormía en aquel momento, con los labios entreabiertos y respirando de forma lenta y regular en la oscuridad.
Él extendió la mano hacia ella, cogió un mechón de su cabello y lo acarició entre los dedos.
Patético.
Se incorporó sobre los codos, se arrastró hasta ella y le dio un beso en la frente.
Patético .
Aquello no era digno de él. Ella era solo una Fantasía.
¿Había sido un error acostarse con ella?
Cuando aún no había pasado nada entre ellos, lo atormentaba la incertidumbre, y, ahora que había pasado, lo atormentaban las certezas.
Ahora sabía lo que se sentía cuando Fairhrim le acariciaba la polla.
Sabía lo que se sentía cuando ella se corría, qué sonidos emitía.
Sabía cuál era su sabor y deseaba volver a probarlo. No sabía si arrepentirse o alegrarse.
Osric cayó en un profundo sueño del que lo despertó, horas más tarde, su peor enemigo: el sol.
Otro pedacito más de su cerebro se despertó. Había otro enemigo presente. Tenía la forma de una mujer que estaba recostada sobre él y le cortaba perversamente la circulación en las extremidades inferiores. Su mente resacosa le recordó que aquella mujer era Fairhrim.
Se le había subido el camisón, lo que le permitía disfrutar de unas vistas deliciosas de aquellas piernas desnudas entrelazadas con las suyas. Le entraron ganas de ascender por ellas, de mordisquearlas. Tenía unos hoyuelos preciosos en la parte posterior de los muslos que se moría por besar.
Al parecer, no le estaba cortando la circulación de todas las extremidades: había una en concreto que estaba perfectamente. A la altura de las circunstancias.
En muchos aspectos (salvo por lo del sol cegador), así era como a Osric le gustaba despertarse. Calentito, saciado, un poco resacoso, vagamente poscoital y asfixiado por una mujer hermosa. Un poco surrealista, la verdad, lo de estar tumbado medio desnudo con Fairhrim.
O prácticamente tumbado, porque su polla, obviamente, gracias a la imagen de sus piernas y al recuerdo de aquella cálida sensación alrededor de sus dedos, ahora estaba erecta.
¿Qué iba a hacer al respecto? En circunstancias normales, pegaría su erección a la persona que estuviera en la cama con él para probar suerte, pero esa persona ya no era la Fairhrim borracha. Y no tenía ni idea de cómo se tomaría la Fairhrim sobria que le diera un empujoncito amistoso con la polla.
Ella ya le había advertido que era algo puntual.
Y él no era tan patético como para masturbarse en la cama con ella durmiendo encima de él. Por favor . Solo lo suficiente como para hacerlo en el baño, a puerta cerrada.
Osric entró en el lavabo, donde se duchó y descargó lo que le quedaba en las pelotas.
Aquello último le trajo muchos recuerdos de Fairhrim, de su aroma y sabor, e hizo que se le ocurrieran ideas para futuras actividades, en caso de que ella se mostrara receptiva.
Sobre todo, estaba deseando que se le sentara en la cara.
Salió del baño únicamente con una toalla en la cintura. No era que quisiera presumir —era un hombre modesto—, pero tenía la ropa en la maleta, no en el aseo. Una ojeada en el espejo le confirmó lo tremendamente atractivo que era. Si Fairhrim lo veía así, se animaría a otro asalto.
Pero Fairhrim ni lo miró. Salió de la cama arrastrándose como un gusano.
Murmuraba cosas en voz baja. Las actividades de la noche anterior no formaban parte de los comentarios; se ceñía al tema de la Bebida, con subcategorías como «¿Por qué lo haría?», «Ha sido culpa de él» y «Arrepentimiento generalizado», con una voz tan pastosa como un huevo poco hecho.
Osric le preguntó por qué una Haelan tan extraordinaria como Aurienne Fairhrim no podía curarse una simple resaca. Ella lo miró completamente desesperada y le dijo que la seith no servía para eso. ¿No habría un poco de té por ahí?
Pues sí: una bandeja con el desayuno los esperaba al otro lado de la puerta de la suite. Osric la cogió y la puso sobre la mesa. Sintió una brisilla en los bajos; la polla se le estaba saliendo por entre los pliegues de la toalla.
Fairhrim no se dio cuenta. Se inclinó sobre la mesa y se preparó una taza de té chapucera. (Que los dioses lo perdonaran por lo que se le había pasado por la cabeza hacerle por detrás).
Se preguntó si sería capaz de convencerla de que los orgasmos eran buenos para la resaca. Quería pensar que podía ser más listo que un gusano.
El gusano se arrastró hasta una silla. Tanto ejercicio la dejó agotada; apoyó la frente en un platito, con cara de estar a punto de echarse a llorar. Le pidió a Osric que le pasara el cuaderno y un lápiz y que, por el amor de todos los dioses, cerrara las cortinas.
Si recordaba lo de la noche anterior, lo estaba pasando demasiado mal como para demostrarlo.
Osric la reanimó un poco con una segunda taza de té. Ella alejó la comida tanto como le permitió el brazo.
—Se me han ocurrido algunas ideas por la noche —dijo Fairhrim, mientras apuntaba algunas cosas, a pesar de su estado.
Osric echó un vistazo furtivo a las notas para ver si aquellas ideas implicaban más sexo, pero solo había palabras como «inmunohistoquímica». Sinceramente, no le extrañaba que le doliera la cabeza.
¿Habría olvidado por completo lo que habían hecho la noche anterior? Qué tragedia.
De repente, en el t ā cn de Osric hormigueó una seith punzante e insistente. Era la deofol de Sacramore, que le pedía permiso para materializarse. Osric salió al balcón, y cerró la cortina y la puerta tras él.
La deofol de Sacramore era un pájaro secretario con unas pestañas y una impaciencia descomunales. Encrespó irritada las plumas de la cabeza mirando a Osric, mientras se materializaba.
—¿Dónde te metiste anoche? —le preguntó el ave—. No fuiste a la reunión.
—Tenía asuntos de trabajo que atender. —Osric no especificó que dichos asuntos habían implicado un polvo que no significaba nada y que, casualmente, iba a abastecer su banco de pajas durante el resto de su vida.
La deofol de Sacramore miró a su alrededor: el lago iluminado por el sol, los huéspedes más madrugadores deambulando por el paseo…
—¿De trabajo? Pues parece que estás de vacaciones.
—¿Qué quiere Sacramore?
—Vamos a cambiar de cuartel general, algo que sabrías si hubieras asistido a la reunión. Sacramore ha identificado varios lugares que hay que explorar. Te han asignado a Leofric como compañero.
—No necesito ningún compañero.
—Considéralo un castigo por no haber estado allí para protestar.
—¿Dónde es?
—Leofric te lo dirá. Disfruta del resto de tus asuntos de trabajo —le dijo la deofol, antes de esfumarse en una nube de plumas y mal genio.
Cuando volvió a entrar, Osric encontró a Fairhrim haciendo las maletas. Él quería hablar de su polla y ella quería hablar de logística, así que llegaron a un acuerdo y hablaron de logística.
—Me vuelvo a Swanstone —dijo Fairhrim—. Te enviaré a mi deofol cuando haya averiguado a qué clínica podemos ir para hacer una revisión con el difractor. Va a ser complicadísimo conseguir otra cita.
—¿Y si lo hacemos ahora?
—¿Cómo que ahora? No podemos presentarnos en una clínica así sin más.
—Da la casualidad de que tengo un difractor en Rosefell Hall.
Fairhrim parpadeó.
—¿Qué?
—Lo robé en la última clínica.
—¿ Perdona ?
—Lo necesitamos —dijo Osric—. Es muy difícil conseguir cita en las clínicas ahora mismo. Además, fue una venganza por haberme inmovilizado y encerrado en un armario.
—¿Robaste un difractor? —Fairhrim se llevó las manos a la cabeza—. Tienes que devolverlo.
—En cuanto acabemos con él —contestó Osric.
Fairhrim no parecía sorprendida. Tampoco tenía energía para discutir con él. Se frotó los ojos marcados por las ojeras.
—Pues entonces vamos a Rosefell. Y devolverás el difractor en cuanto dejemos de necesitarlo. No puedo creer que hayas hecho eso, es un equipo muy especializado y caro. Alguien se dará cuenta…
Hicieron las maletas. Osric volvió a meter en vereda a su polla errante, sin que nadie se percatara. Fairhrim se puso otro precioso vestido veraniego en un suave tono melocotón, que resaltaba de maravilla su aspecto enfermizo.
Los llevaron hasta la viedra en uno de los carruajes del hotel, cuyo balanceo náutico de lado a lado hizo que Fairhrim se sintiera aún más mareada.
Cuando desembarcaron, tragó saliva al ver la viedra y preguntó con un hilillo de voz:
—¿Tenemos que ir por la línea ley?
—¿Cómo quieres llegar a Rosefell si no? —le preguntó Osric.
—Reptando —contestó Fairhrim—. Arrastrándome hasta allí con los dientes.
Suspiró, apretó los labios con obstinación y presionó la palma de la mano contra la viedra. Osric la imitó.
El cartel de «Cuidado con el pie» parpadeó y fueron arrastrados hacia la línea ley.
A Fairhrim el viaje no le sentó muy bien y cuando llegaron a Rosefell Hall estaba pálida como la cera. Osric la ayudó a recorrer poco a poco el camino que conducía a la casa. Sus extremidades se movían en todas direcciones menos hacia delante.
Fairhrim se agachó al lado de un parterre y vomitó violentamente.
Entre los ruidos de las arcadas se oyó la voz del grillo criticón, inusualmente reflexiva:
—Si amas algo, déjalo marchar. Si vuelve a ti y vomita en tus peonías, es tuyo.
—Vete a la mierda —le dijo Osric, mientras ayudaba a Fairhrim a entrar en la cocina.
La señora Parson estaba dentro. Ahogó una exclamación al ver el estado de Fairhrim y la llevó al baño más cercano para que se refrescara.