La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 12. Necesidades biológicas #3
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12. Necesidades biológicas #3

Él le introdujo dos dedos y profundizó un par de nudillos.

Los metió y los sacó lentamente unas cuantas veces hasta que se le empaparon, antes de ponerlos a ambos lados de su clítoris y empezar a moverlos al ritmo de las caricias de Aurienne.

La distrajo tanto que estuvo a punto de soltarlo.

Mordaunt se pegó más a ella; las sábanas subían y bajaban y el olor a sexo inundaba la habitación.

Aurienne posó una mano sobre sus testículos, los acarició hasta que lo hizo jadear y siguió con las caricias. Él respondió con unas cuantas embestidas involuntarias.

—Tú primero —dijo Mordaunt, en un susurro ahogado. Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad: el líquido preseminal goteaba por su erección, que se sacudió desesperadamente hacia arriba cuando ella retiró la mano—. Te voy a devorar —musitó.

Y eso hizo.

Aurienne sentía su boca por todas partes: en el cuello, en los pechos, lamiéndole ávidamente un pezón…

Arqueó la espalda mientras él dedicaba las mismas atenciones al otro y le provocaba un largo estremecimiento.

Entonces Mordaunt avanzó hacia su verdadero objetivo: le colocó una almohada bajo las caderas y descendió por su vientre dándole pequeños mordiscos hasta llegar a la sensible piel de la cara interna de sus muslos.

Inhaló mientras descendía, embriagado, enloquecido, y lamió el rastro de su excitación hasta llegar a su origen.

Aurienne hundió los dedos en el colchón; él la acarició primero con el aliento y luego con los labios.

No iba a aguantar mucho. Hacía semanas que no tenía un orgasmo; había dejado de masturbarse porque, cada vez que lo hacía, lo veía a él.

Lo veía haciendo exactamente lo que estaba haciendo en ese momento.

Mordaunt la besó y la lamió hasta que ella se inflamó y empezó a retorcerse debajo de él. Hundió los dedos en sus muslos. El sello se le clavó en la piel. Sintió la dureza del anillo, caliente como la sangre, adentrándose en ella.

—Sí, así —dijo ella.

Mordaunt la miró con los ojos completamente negros, nublados por el deseo, la lujuria y una posesividad velada. La empujó desde atrás con la otra mano para acercársela a la boca; estaba a punto de devorarla.

Le acarició el clítoris con el anillo. Ella se estremeció de placer. Mordaunt volvió a rozarla suavemente con el sello, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, hasta que ella se retorció debajo de él.

Aurienne estaba excitadísima. Necesitaba que la poseyera. Él la penetró con dos dedos. Su humedad le empapó los nudillos.

—Joder —murmuró Mordaunt, antes de sacar los dedos y chuparlos. Luego volvió a ponerle la boca encima y la estimuló con movimientos circulares. Diez segundos más así y se correría. Aurienne se pegó a su lengua.

Él continuó con aquellos pequeños círculos perfectos. Ella se tensó. Se aferró a su cabello y le apretó la cabeza entre los muslos. Él siguió metiendo y sacando los dedos.

Aurienne se corrió con un grito ahogado. Fue un orgasmo intenso, violento, que se prolongó con unas sacudidas de placer largas y fuertes.

Mordaunt no esperó a que se recuperara de las réplicas.

Jadeando, se puso encima de ella. Aurienne lo rodeó con piernas temblorosas.

Él buscó su abertura y empujó con suavidad.

Había hecho lo necesario para garantizar una fricción mínima, pero ahora Aurienne tenía el sexo hinchado y tuvo que entrar en ella con unas embestidas lentas y deliciosas, mientras sentía los últimos espasmos de su orgasmo.

Maldijo sobre su hombro mientras se abría camino.

La agarró de las manos y se las sujetó por encima de la cabeza, pegando el t ā cn de los Fyren al de los Haelan.

Mordaunt la penetró lentamente, susurrándole al oído palabras entrecortadas, maldiciones o súplicas a los dioses.

Pegó su pecho fuerte y sudoroso al de ella; su piel se fundió con la suya como nunca antes lo había hecho.

La llenaba, colmándola, y Aurienne, que apenas se había recuperado del primer orgasmo, sintió que se acercaba otro.

Se adaptó a su ritmo y lo siguió mientras él, jadeando, empezaba a acelerar.

A Mordaunt le temblaban los brazos. La mordió, clavándole los dientes en la unión entre el cuello y el hombro.

Llegaron juntos al clímax en aquella comunión pecaminosa, en aquel encuentro entre la vida y la muerte.

Él exhaló un jadeo ahogado en su hombro mientras se corría.

El calor inundó a Aurienne en unas ráfagas que la llevaron al límite.

Se arqueó contra él, lo vio todo blanco y luego rojo, antes de correrse con un gemido entrecortado.

Él se derrumbó sobre ella. Ambos temblaron de placer, pegados el uno al otro.

Después se hizo el silencio, un silencio ensordecedor rebosante de normas rotas y lealtades traicionadas, de divinidad buscada y humanidad encontrada.

El mundo dejó de girar, los cielos y el inframundo enmudecieron, las viejas disputas cesaron, la bandera blanca ondeó temblorosa.

La luna solemne se cernía sobre todo ello, resplandeciente por la luz de un sol muerto.

Ellos siguieron con las manos entrelazadas, húmedas por el sudor y temblorosas; el t ā cn de los Fyren ligado a la vida y el t ā cn de los Haelan vinculado a la muerte.

—Fr ī a, perdóname.

—Hel, llévame contigo.

En algún lugar, las diosas se rieron.