La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 12. Necesidades biológicas #2
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12. Necesidades biológicas #2

Aurienne tuvo la sensación de que, sin querer, le había causado un profundo dolor.

Se quedó allí de pie en la noche silenciosa, sola en el balcón, sin saber si aquello había sido una discusión extraña o una confesión más extraña todavía.

Aurienne se lavó los dientes, se metió en la cama —un suntuoso lecho con sábanas de seda y almohadas que se amontonaban como cúmulos— y cerró los ojos. Supuso que Mordaunt no volvería esa noche. Seguramente estaría espiando, robando o asesinando.

Aun así, dejó las puertas del balcón abiertas.

Dio vueltas y más vueltas en la cama, deseando estar de regreso en sus aposentos de Swanstone, en lugar de allí, borracha y sola, en aquella suite tan romántica en la que no podía haber romance alguno.

Había hablado de Amagris. Eso no le gustaba.

Ojalá no lo hubiera hecho. Hablar de ella era hablar de dolor.

Pensar en el amor era pensar en la pérdida.

Aurienne rebuscó entre las cenizas de la memoria: las noches en los brazos de Amagris, las playas de olas suaves, los besos húmedos y sedosos, la juventud.

Y, después, el abandono. Y los cuerpos ocasionales calentando su cama.

Tenía el corazón hueco.

Pero ¿por qué Mordaunt no podía ser uno de esos cuerpos ocasionales?

Nadie se enteraría nunca. Aquello no tenía nada que ver con el amor.

La luna flotaba baja en el horizonte, casi demasiado brillante, justo a la altura del balcón, como si estuviera pendiente de lo que ocurría en el interior.

Una brisa empujó hacia dentro las largas cortinas de gasa.

Estas rozaron el suelo con un suave susurro, dibujando remolinos blancos sobre la madera.

Una sombra cruzó por delante de la luna.

Una figura de hombros anchos irrumpió en la habitación, con la camisa medio abierta ondeando a su alrededor y la luz de la luna iluminando su cabello.

¿Cómo podía ser tan atractivo físicamente y tener una naturaleza tan retorcida?

Mordaunt se acercó a la cama. A Aurienne se le aceleró el corazón.

Levantó la vista hacia él. Al ver que estaba despierta, se sentó a su lado. El colchón se hundió.

—No suelo desear cosas que no puedo tener —susurró Mordaunt, hablándole a la oscuridad.

Se pasó una mano por el cabello, convirtiéndolo en un revoltijo plateado—.

Y, cuando deseo algo con todas mis fuerzas, me da igual lo que tenga que romper, robar o matar para conseguirlo.

—Le acarició el antebrazo a Aurienne con el dorso de un dedo.

Unas delicadas alas de papel revolotearon por sus venas—.

Pero ahora me enfrento a algo que no se puede conseguir; ni con violencia, ni con engaños, ni con sangre, ni con espadas, ni con dinero sucio. Y no lo soporto.

¿Y qué era aquello que Mordaunt quería pero no podía tener?

Aurienne lo había sentido cuando la había abrazado en el lago y ahora lo veía en la atormentada mirada argéntea que no se atrevía a cruzarse con la suya. Era ella.

Él la deseaba y la odiaba por ello.

Mordaunt apartó la mano.

—No sé por qué te lo estoy contando. No sé qué te estoy pidiendo.

Aurienne extendió la suya para agarrársela y entrelazó los dedos con los de él.

Ella, como siempre, analizó, planificó e imaginó las posibles situaciones que podrían darse a continuación, hasta que las opciones se fueron reduciendo cada vez más y más. Se precipitaban hacia algo inevitable, impulsados por las circunstancias y por sus propios deseos.

Aurienne lo atrajo hacia sí. Se fundieron en un abrazo. Él la estrechó con fuerza, con ferocidad, dejando caer todo su peso sobre ella. Aurienne enterró la cara en su hombro. Tenía la sensación de que se le iban a romper las costillas.

—Te deseo —le dijo Mordaunt al oído—. Aunque no tenga sentido, aunque no pueda significar nada, aunque sea como cortejar la tristeza…

¿Era aquello lo que se sentía antes de romper un corazón?

Aurienne deslizó las manos por debajo de su camisa y le acarició la espalda llena de cicatrices. Posó la boca en su cuello y lo cubrió de besos, de unos besos tan feroces que casi parecían mordiscos.

Se quitó la piedra bruja del cuello. Esa noche pesaba demasiado, estaba demasiado cargada por la tristeza del pasado. De todos modos, su función era protegerla de las pesadillas. Y Aurienne no tenía intención de dormir.

La piedra bruja cayó con estrépito sobre la mesita de noche.

Y, por una vez, el presente se impuso al pasado y al futuro. Fue un alivio dejar de pensar, de planear. Existir sin el lastre de las consecuencias y los resultados.

—Dentro de cien años, nada de esto importará —dijo Aurienne. La luna ejercía sobre la sangre de ambos el mismo poder que ejercía sobre las mareas. No sabía si él estaría respirando. Ella no—. No puede significar nada —añadió.

Mordaunt se debatía entre el autocontrol y el deseo. Deslizó un dedo por el escote de su camisón.

—Es un ultraje.

—Es una necesidad biológica.

—Es un sacrilegio.

—Es quitarse una espina.

—Es un pecado.

—Si es un pecado, que nuestras diosas nos impongan el castigo.

En la noche oscura como el vino, Mordaunt sonrió lentamente.

—Eliges el castigo —dijo Aurienne.

—Y con mucho gusto.

Aurienne levantó los brazos. Él le quitó el camisón.

Este cayó al suelo formando un charco plateado.

Ella se recostó desnuda entre las sábanas blancas.

Mordaunt la miró como un devoto ante un ídolo encarnado; incrédulo, embelesado, hambriento.

Le acarició los rizos rebeldes con los dedos.

Ella lo atrajo hacia sí y le cubrió la mandíbula de besos, lentos como latidos, antes de buscar su boca.

Él le puso una mano en la nuca. No era un sacrilegio.

No era un ultraje. La besó como si fuera sagrada; cada contacto de sus labios era una plegaria.

¿Cómo podía ser un pecado entregarse a la devoción?

Podían convertir aquella cama en territorio sagrado.

La gloria divina quedó atenuada por la humanidad cuando él se abalanzó sobre ella y sus besos se volvieron voraces.

Aurienne lo rodeó con las piernas. Como si aplastarla no fuera suficiente, Mordaunt le puso una mano en la parte baja de la espalda y la levantó para pegarla a su erección.

Ella se impulsó hacia arriba con la cabeza caída hacia atrás.

Era una delicia estar sin aliento debajo de él, permitir que su boca ardiente sometiera su cuello, sus clavículas y su mandíbula con aquellos besos descontrolados, febriles, llenos de dientes.

Le iba a dejar marcas. Se dio cuenta al mismo tiempo que él de lo húmeda que estaba; Mordaunt inhaló y exhaló de forma entrecortada.

—Dioses, qué bien hueles —dijo.

¿Quedaba algún rastro de divinidad en aquello, en la desesperada sed de lujuria, en aquellos besos voraces?

«Lujuria» no era la palabra adecuada; demasiado burda, demasiado insustancial.

No reflejaba aquella necesidad de consumir o ser consumido.

El pulso de Aurienne latía con fuerza y le palpitaba en la garganta, en el corazón y entre las piernas.

Deseaba que él la tocara, deseaba tocarse a sí misma, pero sobre todo deseaba tocarlo a él.

Ahora sí que iban a pecar.

—Quítate los pantalones —le dijo Aurienne.

Una orden que Mordaunt obedeció de inmediato.

Se incorporó sobre un codo y se deshizo de ellos.

Ella pasó los dedos por su pene de arriba abajo, con caricias suaves y curiosas.

Él gimió pegado a su cuello, cerró la mano sobre la de ella y la arrastró con firmeza a lo largo de su miembro.

Aurienne sintió el calor, la dureza, la hinchazón de las venas, la ligera suavidad de la punta.

Cuando satisfizo su curiosidad táctil, empezó a subir y bajar rítmicamente la mano sobre su polla con movimientos amplios, haciendo que su piel se deslizara sobre el miembro duro.

Mordaunt metió una mano entre sus piernas y empezó a subirla lentamente.

Exhaló una maldición o una plegaria cuando se topó con su humedad, esparcida entre sus muslos.

Aurienne había estado con más mujeres que hombres; opinaba que las primeras eran mucho mejores amantes. ¿Cómo de bueno sería él? Mordaunt tardó tres o cuatro amplios movimientos circulares en responder a su pregunta. Sabía lo que hacía.

Su destreza le agradó. Se lo recompensó con unas caricias más firmes. Por el interior de su muñeca se deslizó una gota de líquido preseminal. Aurienne puso los dedos sobre la punta de su pene, lo apretó y, con la mano resbaladiza, reanudó los movimientos ascendentes y descendentes sobre su miembro.