La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 12. Necesidades biológicas
38%

12. Necesidades biológicas

Necesidades biológicas

Aurienne

Aurienne y Mordaunt siguieron en la mesa hasta que el agradable crepúsculo dio paso a la noche, la botella de vino dulce se acabó y lo único que quedaba en sus copas era la luz de la luna. Era un momento apacible, distendido y tremendamente romántico.

Mordaunt tocó la campanilla, lo que hizo que la avalancha de camareros con guantes blancos volviera a aparecer para llevarse los restos de la cena.

Retiraron la mesa y las sillas del balcón, y las sustituyeron por un diván que Aurienne y Mordaunt empezaron a disputarse inmediatamente, medio borrachos.

—¿Qué ha sido de lo de «las damas primero»? —le preguntó ella.

— Yo soy el enfermo —dijo Mordaunt.

Ambos se lanzaron a por el diván y aterrizaron juntos en él.

Empezaron a pelearse y a forcejear. Era peligrosamente emocionante estar pegada a Mordaunt, sentir su pecho firme bajo sus manos y tener la rodilla atrapada entre las suyas mientras la hacía rodar.

Él se tumbó encima de ella, riéndose, y le preguntó si de verdad creía que podía con él; ella le preguntó si de verdad creía que no podía.

Estaban disfrutando. Jugando a pelearse.

Empujándose para tener una excusa para tocarse.

Ella se zafó y salió de debajo de él. Él permitió que le diera la vuelta para ponerse encima.

Sus ojos eran de un suave color gris oscuro.

Tenía la mejilla áspera por la barba incipiente.

El champán, el vino y las hormonas bullían dentro de Aurienne y la iluminaban desde el interior.

El resultado: inhibición mínima, criterio cuestionable y control de impulsos nulo.

Su cuerpo se estremeció con la misma felicidad que había sentido en el lago.

Sus bocas se acercaron de nuevo. «Qué peligro», pensó Aurienne, mientras clavaba la mirada en los ojos risueños de Mordaunt y deslizaba las manos por sus brazos hasta los hombros.

Apoyó el pecho contra el suyo. Él la levantaba con cada respiración, arriba y abajo, arriba y abajo, al ritmo de su corazón, que latía con fuerza contra el pecho de ella.

El cabello de Aurienne formaba una cortina alrededor de ambos y los protegía del mundo.

Sus ojos se encontraron. Mordaunt dejó de reírse. Los dos se quedaron quietos. Su boca, cálida, sonriente y roja por el vino, estaba justo ahí.

Deliciosa. Prohibida. Inadecuada. Su emoción se había convertido en un angustioso arrebato de deseo. Un deseo similar al que sentía una vela por la llama: autodestructivo, consciente de que supondría el fin de ambos.

Aurienne no supo lo que era la tentación hasta que tuvo que resistirse a posar sus labios sobre aquella boca.

Ella sabía perfectamente lo que hacía cuando se sentó a horcajadas sobre él y él sabía perfectamente lo que hacía cuando le acarició con avidez una pierna; ella sabía lo que quería y él lo sabía también, y, sin embargo, no fueron más allá. Se contuvieron.

Aquel no era un hombre cualquiera. Era Osric Mordaunt.

Aun así, Aurienne quería hacerlo.

Aun así, no debía.

Sentía repulsión, deseo, rechazo, atracción.

No cruzaron el límite. Lo rozaron. Se tambalearon al borde de él. Acercaron sus rostros y sus labios se acariciaron en unos roces etéreos, tan ligeros que podrían haber sido deseos.

No era suficiente.

A Mordaunt se le había puesto dura. Ella deseaba frotarse contra él.

¿Qué estaba haciendo? Había muchas cosas en juego. El respeto por sí misma, la dignidad, el honor de su t ā cn.

Mordaunt bajó las manos y hundió los dedos en el diván en lugar de en su piel. Se quedó inmóvil. Dejó la decisión en manos de Aurienne.

Y ella, normalmente tan decidida, no supo qué hacer.

Se quedó suspendida en un limbo de indecisión, extraño y desconocido.

Como siempre, las pequeñas olas de la razón se agitaron y le preguntaron cuáles serían los beneficios y los riesgos.

¿Cuáles serían las consecuencias? Ella, que tanto valoraba el orden y las categorías, que entraba en pánico cuando los límites se desdibujaban mínimamente, ¿iba a cruzar ese?

No se trataba de un beso ficticio delante de los invitados de una fiesta.

No había ningún pretexto. No había ninguna excusa.

Podía trazar un límite nuevo. Separar el deseo físico del vínculo emocional. De esa forma, no habría peligro. Aquello no tendría nada que ver con el amor. Pertenecería a una categoría totalmente distinta.

¿Por qué era así? ¿Por qué no podía ser flexible y despreocupada? ¿Por qué tenía que ser tan angustioso y agotador mantener cerrados los compartimentos, aun cuando se estaban resquebrajando e intentando abrirse?

Porque tenía miedo a la caída. Porque él era un Fyren. Porque había aprendido la lección. Por Amagris.

¿Por todas esas cosas… para siempre? ¿Cuánto tiempo podía seguir negándose a sí misma un instante de placer?

El remordimiento y la culpa atormentaban a Aurienne. Lo racionalizó hasta el punto de quedarse paralizada. Encerró en sus cajitas los sentimientos que intentaban liberarse. Allí debían permanecer hasta que se marchitaran, se secaran y dejaran de ser una amenaza.

Se zafó del abrazo de Mordaunt y se levantó del diván. Se alisó la parte de atrás del camisón mientras se alejaba.

Él se quedó donde estaba. Se puso las manos detrás de la cabeza. Recuperó la serenidad. Con la camisa por fuera y abierta hasta la mitad, era la viva imagen del típico borracho libertino.

—¿Vas a huir otra vez? —se burló inevitablemente. Al fin y al cabo, aquello era solo un juego, porque ella no suponía un peligro.

—Me parece lo más prudente —dijo Aurienne.

—¿Es que tenemos que serlo? —preguntó Mordaunt.

Ella no le contestó. No tenía respuesta. ¿Prudentes para qué? ¿Prudentes para quién? Ninguno de los dos lo recordaría al día siguiente.

—Vuelve —le pidió Mordaunt—. Siéntate encima de mí. Soy muy cómodo.

Aurienne se refugió en la barandilla de la terraza, abrumada por la confusión. Respiró profundamente para intentar calmarse.

Mordaunt abandonó el diván y se acercó tambaleándose a ella. No se puso justo a su lado en el balcón, sino más bien detrás, aunque la rodeó con un brazo para agarrarse al antepecho.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Aurienne.

—Mirando la luna —respondió él, pero ella sintió su aliento en un lado del cuello.

No debería importarle que estuviera tan cerca, pero lo hacía. El rostro de Aurienne, caliente por el vino, se calentó todavía más. Y luego más aún, porque él se acercó a ella, puso la cara sobre su cabello y respiró hondo. Aurienne se estremeció.

—Ladrona —dijo Mordaunt.

—¿Qué?

Su aliento cálido le rozó la oreja.

—Has usado mi champú. ¿Creías que no me daría cuenta? Te sienta muy bien, casi tanto como para perdonarte.

Ella le rozó el pecho con la espalda y la parte delantera de los pantalones con el trasero. El satén acarició la sarga. Seguía excitado.

Aurienne reprimió el impulso de recostarse contra él.

—Ya te lo pagaré.

—No —dijo Mordaunt.

—¿No? Si siempre quieres dinero.

Mordaunt no respondió. Aurienne se volvió hacia él. Vio que estaba muy serio.

—No des por hecho que sabes lo que quiero —dijo él.

Se hizo un silencio pesado entre ambos.

Aurienne, sin saber qué responder, se giró hacia las vistas que se extendían ante ellos. El reflejo de la luna en el agua, con su brillo cristalino, bañaba el lago con un halo divino. Los murciélagos revoloteaban con pequeños murmullos que parecían susurros de brujas.

Una brisa la hizo estremecerse. Mordaunt bajó la vista hacia sus pezones, sin duda visibles. Luego se volvió cortésmente, apretando los dientes.

—¿Las estrellas se están moviendo o es que he bebido demasiado? —preguntó.

—Un poco —repuso Aurienne—. Al menos la luna tiene la decencia de estarse quieta.

—Mírala —dijo Mordaunt—. Tan brillante. Tan lejana. Tan intocable. —El aliento que acompañaba cada palabra le hacía cosquillas en la oreja a Aurienne. Mordaunt guardó silencio un momento—. Me recuerda a alguien —añadió finalmente.

Ella levantó la vista hacia la luna serena y no pudo pasar por alto aquella imprecisión sin corregirla.

—Yo no soy así —replicó.

—¿Qué?

Aurienne posó su mirada ebria sobre la mano que él tenía apoyada en la barandilla: las venas, el sello del dedo índice, los nudillos surcados por finas cicatrices blancas.

Acercó su mano a la de Mordaunt y levantó la vista. Tenía la boca a un centímetro de la suya. A la distancia de un beso, aunque aquella no fuera una unidad de medida práctica.

—No soy intocable —dijo—. Me has subido a un acantilado. Has caminado las sombras conmigo en brazos. Hemos dormido en la misma cama.

—Eso fue fruto de las circunstancias, no de tu voluntad —dijo Mordaunt.

Se hizo un silencio tenso. La presión esculpió un triángulo oscuro en la mandíbula de Mordaunt.

Apartó la mano de la de ella.

—Hace un momento me has pedido que me sentara encima de ti —dijo Aurienne.

—Porque sabía que no lo harías.

—¿La seguridad de lo imposible?

Mordaunt se tocó el anillo con el pulgar y empezó a darle vueltas.

—Yo también soy un cobarde.

Aurienne, en un intento de aliviar la tensión, acercó su mano a la de él.

Él retiró la suya antes de que sus pieles se tocaran.

—Estabas en lo cierto. Deberíamos ser prudentes. ¿Qué sentido tendría algo más?

—¿Tiene que haber un sentido?

—Querer algo más sería como querer bajar la luna.

Él apartó del todo la mano y se la metió en el bolsillo. Aunque solo se tratara de un jueguecito absurdo, a Aurienne le dolió más de lo esperado que él rechazara su caricia. Pocas veces la rechazaban.

Dolida, dio media vuelta para irse a la habitación.

Mordaunt la retuvo.

Aurienne bajó la vista. Tenía los dedos alrededor de su muñeca. Su t ā cn entró en contacto con la piel de ella, pero él no la soltó.

Ella lo miró a los ojos, desafiante y enfadada.

—¿Después de todo ese rollo de la luna, la vas a agarrar de malos modos?

Mordaunt tenía los ojos tan vidriosos como la superficie del lago.

—No quiero enfrentarme a la inevitable despedida.

Finalmente, la soltó. Con un escalofrío de seith, se alejó caminando las sombras.