11. Cosas que nunca sucederán #3
—Había ido a Swanstone a dar un seminario con otros miembros de su orden.
De agentes antimitóticos en los tejos: un tema fascinante.
Hablamos al acabar. Ella sentía curiosidad por mí y yo me encapriché inmediatamente de ella.
Mucho después de que el seminario acabara, seguíamos buscando excusas para vernos.
Ella era auténtica, inteligente y guapa, muy diferente de todas las personas con las que había estado antes, y yo era joven e ingenua.
Me enseñó más sobre plantas que todos los diarios de botánica de mi padre juntos.
Yacimos juntas bajo las estrellas. Yo creía que era algo serio.
Que lo nuestro tenía futuro. Un futuro… en el que estaríamos juntas para siempre.
»La amaba con todo mi corazón. En el sentido más literal de la expresión.
Con todo mi ser. Era tan culta. Tan lista.
Y tan hermosa como solo las brujas pueden serlo.
—Aurienne acarició la curva de la copa de vino con la yema del dedo—.
Me quería, pero no como yo a ella. Las hérgulas son solitarias.
No son unas amantes al uso. Y, desde luego, no tienen madera de esposas.
Aprendí que con ellas nada es para siempre.
Al cabo de unos meses, me convertí en una simple anécdota para ella.
Me dijo que no podíamos estar juntas, al menos de la forma que yo quería.
Que las hérgulas no formaban vínculos duraderos.
Que quería seguir con su vida. No con otra persona ni con alguien mejor que yo; eso me habría dolido menos, creo.
Habría tenido lógica. Simplemente quería seguir con su vida. Y esperaba que yo también lo hiciera.
»Es difícil seguir adelante cuando pasas de la felicidad al dolor. Me quedé devastada. Lloré su pérdida durante meses. Con el tiempo, la pena se convirtió en insensibilidad. Ahora controlo mis sentimientos. Me limito a divertirme. Y no me entrego jamás.
Aurienne estaba lo suficientemente borracha como para compartir con él la vergonzosa estocada final.
—Me dijo que no era lo suficientemente salvaje para ella.
—Uf —replicó Mordaunt.
Debatiéndose entre las ganas de llorar y las de reírse a carcajadas, Aurienne añadió:
—Que no era lo suficientemente salvaje. Que no era lo suficientemente salvaje . Hice mis necesidades en un agujero en el suelo. ¿Cómo…, cómo es posible que eso no sea lo suficientemente salvaje?
Mordaunt la miró fijamente. Y entonces se echó a reír, y Aurienne no pudo culparlo.
Ella se tapó la cara, riendo y llorando a la vez.
—Llegué a pasarme días sin lavarme. ¿Eso no es salvaje? Soportaba los insectos. Comía setas llenas de tierra. Andaba bajo la lluvia sin paraguas.
—Eras toda una salvaje —declaró Mordaunt—. ¿Sin paraguas? Qué ferocidad.
—Gracias. —Aurienne se sorbió la nariz—. Espero que sea feliz, esté donde esté. Se lo deseo de verdad. Aunque yo, desde luego, no lo he sido.
—¿Cuánto tiempo hace de eso?
—Años. ¿Seis? ¿Siete?
—Así que por eso has renunciado al amor. Tejido cicatricial.
Aurienne sacudió la cabeza.
—No del todo.
—Creía que las cicatrices eran como una curación —dijo Mordaunt.
—Pues no. Son un recordatorio. Aunque hayan pasado años, aunque no recuerdes cómo te las has hecho, siguen doliendo cuando llueve.
—Aurienne tocó la piedra bruja que llevaba al cuello, un regalo de Amagris y ahora un peso, un recuerdo, una señal de que debía proteger su corazón—.
Ojalá solo fuera tejido cicatricial. El amor corta más que un cuchillo.
Y yo todavía lo tengo clavado. No sé si alguna vez dejaré de echarla de menos.
Así que… ¿quieres un consejo sobre lo de desear lo que no puedes tener?
Olvídalo. No quieras cortejar el dolor. No corras con los brazos abiertos hacia una despedida inevitable.
Una de las dos velas que quedaban se apagó. Una voluta de humo se difuminó y desapareció. A Aurienne le recordó al vaho que se arremolinaba en las cataratas.
La risa de Mordaunt se desvaneció. Una parte de él también se había apagado. La felicidad juvenil previa había desaparecido. Allí donde la luna lo tocaba, lo cubría como la escarcha. Permaneció sentado en la oscuridad, inmóvil, mitad hombre, mitad fantasma.
Aún no habían hablado del beso.
Aurienne, que deseaba aclarar las cosas, lo intentó.
—En cuanto a lo que ha pasado antes…
Mordaunt estaba esperando ese momento. Se apresuró a interrumpirla.
—Un crimen pasional más.
Al ver que le restaba importancia, Aurienne también decidió refugiarse en la seguridad de la ironía.
—Pues sí. Al fin y al cabo, no hay peligro en coquetear conmigo.
—Ninguno. Temes demasiado arriesgarte a sentir dolor como para arriesgarte a sentir cualquier otra cosa.
—¿Es sabiduría o cobardía? —le preguntó Aurienne.
—Es… comprensible.
—Ha sido un coqueteo muy intenso. Con lengua y todo.
—Ya te lo he dicho: si algo no soy es moderado. Espero que no lo hayas malinterpretado…
—No —mintió Aurienne de inmediato—. Ibas a decirme algo en el lago y al final no lo has hecho. ¿Qué era?
—No me acuerdo. —Mordaunt se encogió de hombros—. No debía de ser importante.
—No. Supongo que no.
Hubo un silencio cargado de falsedades. Aurienne colocó bien una cuchara sobre el mantel blanco. Mordaunt carraspeó. Ella se enrolló un mechón de pelo en la yema del dedo. La vela que quedaba, sofocada por la magnitud de las mentiras, se apagó.
La mirada de Mordaunt rezumaba melancolía.
Enderezó la espalda y volvió a llenar las copas. Levantó la suya. Aurienne, desconcertada, lo imitó, sin saber muy bien por qué narices iban a brindar.
—Por las cosas que nunca sucederán —dijo Mordaunt.
Aurienne esbozó una sonrisa triste.
Levantó la copa hacia la suya y brindaron por las cosas imposibles, con aquel vino que sabía a veinte veranos.