La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 11. Cosas que nunca sucederán #2
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11. Cosas que nunca sucederán #2

La caída fue tan lenta y larga como el crepúsculo. Él se rio sobre su cuello, se abrazaron y el agua les cubrió la cabeza.

Ahogarse era de lo más emocionante.

La luna de Hunig brillaba sobre el lago completamente en calma, salvo por las ondas que se extendían alrededor de aquellas dos personas empapadas y jadeantes.

—¿Estás bien? —le preguntó Mordaunt.

—He… He perdido un zapato —contestó Aurienne casi sin aliento.

—Me debes un reloj de bolsillo nuevo —balbuceó él.

Salieron del agua resollando por el frío y la risa, y llevando consigo un reloj estropeado y un solo zapato, respectivamente. Volvieron como pudieron al hotel, culpándose descaradamente el uno al otro de la tragedia.

La gente los miró cuando cruzaron el jardín, pero a Aurienne le dio igual. Ninguna de aquellas personas sabía que estaba sucediendo algo imposible. Que estaban curando una enfermedad incurable.

Además de…, de lo que fuera que acabara de suceder a orillas del lago.

Cuando entraron en el vestíbulo del edificio, unos cuantos huéspedes más alzaron las cejas con disimulo, pero los empleados, que eran muy profesionales, miraron tranquilamente a Aurienne y Mordaunt, y los envolvieron en toallas y albornoces mullidos.

El dueño del alojamiento les preguntó si les gustaría cenar en el restaurante esa noche; de no ser así, ¿podía proponerles enviar la cena a la suite?

Aurienne dijo que preferían lo segundo. Mordaunt, en un arranque de prodigalidad y con un aspecto totalmente indecente debido a la camisa mojada, le pidió que les subieran también champán.

El dueño sacó el sombrero de Aurienne, el bastón de Mordaunt y los guantes de ambos, y les preguntó si les pertenecían.

Les devolvió las cosas con paciencia y amabilidad, como si únicamente fueran la decimoquinta pareja de imbéciles que se habían caído al lago ese día, en lugar de dos miembros altamente cualificados de las órdenes más prestigiosas de los T ī endoms. Aurienne mantuvo el puño derecho cerrado y Mordaunt hizo lo mismo con el izquierdo.

Entraron en la suite y deshicieron las maletas.

Aurienne insistió en que Mordaunt se duchara primero, ya que ella necesitaba lavarse el pelo y tardaría más.

Mordaunt dudaba que fuera más lenta que él, pero accedió de todos modos.

Mientras se duchaba, una avalancha de camareros con guantes blancos invadió sus aposentos.

Retiraron el diván del balcón y lo sustituyeron por una mesa con un mantel blanco impecable y dos sillas, una a cada lado.

Encendieron unas velas y las dejaron flotando en un centro de mesa lleno de agua.

Una botella de champán tintineaba en una cubitera.

Cuando a Aurienne le tocó ducharse, usó generosamente los productos para el cabello de Mordaunt, que tenían pinta de caros.

Después, limpió el vaho del espejo del baño, se desenredó el pelo con los dedos y se echó la melena por encima del hombro para que al secarse le quedara lo menos despeinada posible.

Habida cuenta de lo tarde que era y del carácter privado de la cena, decidió pasar por alto el decoro y ponerse el camisón, en lugar de cambiarse de ropa.

—Voy a cenar con la ropa de dormir —dijo a través de la puerta del baño.

—Eres caos puro —replicó Mordaunt.

Aurienne se tapó la boca con la toalla y se rio, agradeciendo que él no pudiera verla. Ese día ya la había hecho reír demasiado. Se le iba a subir a la cabeza.

Recuperó la serenidad delante del espejo antes de salir del baño. No podía hacer mucho por ocultar el brillo de diversión de sus ojos, pero al menos podría controlar la boca.

(¿En serio era capaz de hacerlo? Acababa de besar con ella a un Fyren, así que tampoco lo tenía muy claro).

Mordaunt se acomodó en un sillón mientras los camareros iban de aquí para allá con el carrito de servicio y la cristalería.

La miró con lentitud y admiración, desde los pies descalzos hasta los hombros desnudos, como si la estuviera saboreando.

—Y entonces llegó Fairhrim, vestida con la luz de las estrellas —dijo. Aurienne bajó la vista hacia lo que se había puesto para dormir: un camisón de satén gris que a ella le parecía de lo más soso—. Resplandeciente —continuó Mordaunt—. Cubierta de escarcha. Con una anárquica corona de rizos.

Luego se volvió hacia los camareros.

—Es mi esposa —les dijo, por si no les había quedado claro.

—Sí, señor —contestaron ellos.

— Mi esposa.

—Desde luego, señor —replicaron los camareros.

—Déjalo ya, tonto —le susurró Aurienne.

—«Esposa» es una palabra muy bonita —subrayó Mordaunt.

—Lo que usted diga, señor —convinieron ellos.

—Esposa. Esposa. Esposa.

Aurienne se fijó en que Mordaunt tenía una copa semivacía en la mano, lo cual lo explicaba todo.

—Veo que ya has empezado a beber.

—En mi defensa, he de decir que han traído Dolgoch’s —dijo Mordaunt, levantando una elegante botella de whisky escocés.

Él tampoco se había molestado en arreglarse.

Llevaba una camisa limpia y casi abierta del todo por fuera de unos pantalones que no parecía que se hubiera abrochado siquiera.

Su cabello, todavía húmedo, parecía más oscuro de lo habitual.

Estaba recostado, con la copa en la mano y la despreocupada seguridad de quien se sabe atractivo.

Los camareros los invitaron a sentarse y les comunicaron el menú de esa noche —rabo de buey estofado, rape y morcilla de patata, entre muchas otras cosas—, tras lo cual se alinearon delante de la pared.

Mordaunt les dijo que podían retirarse.

—Nos las arreglaremos solos, gracias. Llevamos una vida bastante sencilla, ¿verdad, señora Vergalta?

Aurienne solo fue capaz de responder con una sonrisa cortés a semejante disparate. Los camareros les desearon buen provecho, hicieron una reverencia y se retiraron.

—¿Sencilla? —dijo—. ¿Mientras levantas las campanas de plata que cubren los platos?

—Soy una persona humilde. Un proletario.

—Eres un auténtico principito.

—Gracias; es verdad —reconoció Mordaunt.

Le sirvió una copa de champán a Aurienne.

Las burbujas les hicieron cosquillas en la lengua.

Comieron el rabo de buey, el rape y todo lo demás.

Las velas flotaban entre las rosas. Se bebieron toda la botella de champán.

Ya solo quedaba un poco en el fondo de las copas y, bien fuera para alargar la bebida o el momento, ninguno de los dos se la acercó a los labios.

—Es la segunda vez —dijo Mordaunt, mirando hacia el lago— que tenemos que salir del agua como ratas medio ahogadas.

—Tal vez sea parte del proceso —contestó Aurienne—. Ambas sanaciones salieron bien.

—Anótalo en nuestro taparrabos.

—En mi taparrabos.

Los camareros volvieron para recoger los platos y les dejaron una mousse de chocolate y un vino dulce. Mordaunt le echó un vistazo a la botella y se la ofreció a Aurienne, que asintió con la cabeza.

Ella probó una cucharada de mousse. El vino que acompañaba al postre era ligero, dulce y sutilmente floral.

A Aurienne le ardían las mejillas. Se sentía agradablemente aturdida.

¿Sería aquello una irresponsabilidad? ¿O estaría bien?

¿Acaso no podía permitirse beber y ser un poco irresponsable, después de lo que acababa de conseguir en lo alto de aquella cascada?

Mordaunt giraba distraído un cuchillo de mantequilla entre los dedos.

Los pétalos de las rosas formaban pequeñas constelaciones aterciopeladas en el centro de mesa.

Todas las velas se habían apagado, excepto dos, que bailaban lentamente sobre el agua.

La luz acarició el delicado perfil de Mordaunt y, después, cuando este se giró hacia Aurienne, le caldeó los ojos.

—¿Por qué me miras así? —le preguntó él.

—Hoy he dejado de odiarte —contestó Aurienne, como quien comenta que el tiempo ha cambiado.

Mordaunt detuvo el cuchillo y se quedó inmóvil, como si temiera romper algún hechizo.

—¿Por qué? —quiso saber.

—Porque simplemente te he visto… como alguien que se alegraba de estar mejorando.

Mordaunt empezó a darle vueltas al cuchillo de nuevo.

—Entonces ¿te gusto? —le preguntó encantado—. Si es así no te preocupes: al final siempre le gusto a todo el mundo.

Aurienne lo humilló soltando una carcajada.

—Entre el odio y la atracción hay un amplio abanico de sentimientos. La indiferencia, por ejemplo.

Mordaunt volvió a dejar de mover el cuchillo.

—Ni se te ocurra mostrarte indiferente conmigo. Prefiero que me odies.

—Tienes una actitud muy extremista.

—Si algo no soy es moderado. —Las velas brillaban cada vez menos. Su luz no llegaba a iluminar los rostros de ninguno de los dos. Cuando Mordaunt volvió a hablar, había desaparecido cualquier rastro de frivolidad—. ¿Alguna vez has deseado algo que no podías tener?

—Supongo que tú te limitarías a robarlo —replicó Aurienne.

—Eso no siempre es posible.

—¿Qué es ese algo?

—Una ilusión. —Mordaunt se quedó callado unos instantes—. Me dijiste que te enamoraste una vez y que nunca más volverías a hacerlo —añadió finalmente.

—¿Quieres aprender de mi desgracia? —le preguntó Aurienne.

—Ilumíname.

Ella removió el vino que le quedaba en la copa.

—Al parecer, he bebido lo suficiente como para contarte la historia.

—Estamos un poco piripis —dijo Mordaunt.

Y Aurienne, que sin duda había bebido demasiado, le habló de Amagris.

—Me enamoré de una hérgula.

—Ah.