La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 11. Cosas que nunca sucederán
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11. Cosas que nunca sucederán

Cosas que nunca sucederán

Aurienne

Las gotitas de las pestañas de Aurienne suavizaron el mundo. Todo se llenó de una alegría trémula, de un resplandor celestial. Mordaunt, con el pelo mojado y la camisa empapada, estaba rodeado por un halo titilante.

Aurienne le dio una explicación.

—Parece que hemos revertido la desmielinización que afectaba a tus canales seith cervicales.

Estoy bastante segura, salvo porque, obviamente, eso es imposible de hacer, pero las pruebas…

Aunque, claro está, tenemos que confirmarlo con un difractor…

Sin embargo, no existe ninguna cura conocida para la desmielinización.

Ni para la de los canales seith, ni para ninguna otra.

¿Te das cuenta de lo que significa? Es extraordinario.

No solo tendrá consecuencias en nuestro tratamiento de la corrupción seith, sino que también será útil para otros trastornos desmielinizantes…

—Mordaunt parecía un poco perdido. Aurienne se rio—.

Perdona. Algo de lo que estamos haciendo está funcionando: eso es lo importante.

La buena noticia dejó a Mordaunt inusitadamente callado.

La miró con cariño. Bajó las manos por sus hombros, las deslizó por sus antebrazos húmedos y estrechó las suyas.

Luego, como si aquello no fuera suficiente, la atrajo hacia él y la abrazó con fuerza.

Pero tampoco eso le bastó y la levantó en volandas.

El abrazo rompió el dique de las emociones que Aurienne estaba conteniendo y estas salieron a la superficie con una alegre efervescencia.

Mordaunt la hizo girar en un círculo perfecto bajo la luna llena.

En ese momento, Aurienne supo lo que era la felicidad, y fue lo mejor y lo peor que le había pasado nunca.

Se aferró a él, mejilla con mejilla, corazón con corazón, mientras el mundo daba vueltas a su alrededor en retazos de cielo color púrpura.

Se detuvieron. Como un destello blanco, una sonrisa se dibujó en el rostro de Mordaunt.

Y Aurienne, desconcertada por la sorpresa y abrumada por la desesperación, presenció cómo su propio resentimiento se desvanecía.

Él la dejó en el suelo, pero no la soltó. El tiempo se detuvo; contuvieron la respiración con el corazón acelerado. Ninguno de los dos se movió.

—No lo estamos haciendo —dijo Mordaunt con voz ronca—. Eres tú. Lo has hecho tú.

—Nada de esto habría pasado si tú no estuvieras aquí —repuso Aurienne.

—Y yo no seguiría aquí mucho tiempo de no ser por ti.

—Por esta noche, te dejaré tener la última palabra.

La sonrisa de Mordaunt brilló en la creciente oscuridad.

—¿Nos vamos de aquí?

—Uf, no quiero ni pensar en la bajada…

—Fairhrim.

—¿Qué?

—No mires abajo.

Él la cogió en brazos, la abrazó como a una amante y caminó con ella las sombras por la traicionera senda embarrada hasta el claro. Fue un proceso rápido y extrañamente delicado; Aurienne estaba mareada y aturdida, pero no se sentía mal.

Al llegar al mirador, descubrieron que sus cosas habían desaparecido: el sombrero de ella, el bastón de él y los guantes de ambos.

Pero eso era lo de menos. Mordaunt seguía sonriendo, que era lo importante.

Como también lo eran las ramas frondosas que se desplegaban como un encaje oscuro sobre el cielo y el gorjeo argénteo del ruiseñor enredándose en las ramas.

Una vez más, el mundo entero volvía a cantar.

Mordaunt los condujo rápidamente de sombra en sombra hasta que salieron de entre los árboles y volvieron al paseo del lago. Aurienne le recriminó que abusara de su seith, pero él la ignoró.

La dejó de pie en el paseo marítimo. El hotel, que tenía las puertas y las ventanas abiertas de par en par, brillaba como una joya en la distancia.

Los acordes de un vals llegaron a sus oídos.

Los huéspedes, ataviados con vestidos de noche y trajes de etiqueta, pululaban por la terraza.

Se oían carcajadas y conversaciones lejanas, irreales tras lo que acababa de ocurrir en lo alto de las cataratas.

Mordaunt se puso delante de Aurienne, la tomó de la mano y se llevó su t ā cn al corazón.

—Eres brillante. Limitarme a darte las gracias me parece… insuficiente.

Aurienne sintió el calor de su pecho a través de la camisa. Estaba eufórico, rebosante de una alegría casi infantil. Ella también estaba feliz; increíble, embriagadora y vertiginosamente feliz.

—Necesitamos un difractor para confirmarlo —dijo.

—Lo que necesitamos es celebrarlo —replicó Mordaunt. El vals llegaba desde la terraza con un ritmo lento y musical—. Baila conmigo —le pidió, ofreciéndole la mano.

Ella, desconcertada, aceptó.

Mordaunt la guio por el paseo marítimo al compás de las lejanas notas.

Bailaron bajo la luz de las estrellas describiendo largos giros asimétricos, avanzando por la orilla hacia el hotel.

Las aves nocturnas volaban en círculos, descendían en picado y perseguían cosas invisibles trazando arcos sobre sus cabezas.

No había guantes que separaran sus manos.

Aquel contacto tan prolongado entre sus palmas, la de él áspera por los mangos de los cuchillos y la de ella por el instrumental, era sorprendentemente íntimo.

El sello que Mordaunt llevaba en el dedo presionaba el canto de la mano de Aurienne, mientras sus t ā cn se tocaban.

El cerbero y el Aer estaban pegados el uno al otro de forma deliberada, algo que no había ocurrido ni una sola vez en los siglos y siglos de existencia de sus órdenes; verdaderamente, aquella era una noche prodigiosa.

Resultaba reconfortante saber que, después de aquello, no se irían cada uno por su lado, que pasarían unas horas más juntos, en la misma habitación, hablando, bromeando y entreteniéndose.

¿Cuándo había sido la última vez que Aurienne había sentido algo así?

No creía que hubiera vivido nunca un momento como aquel: siempre había otras cosas que hacer, motivos para apresurarse, plazos, pacientes, obligaciones más importantes.

Aquella noche era diferente. Aquella noche, tenía ganas de alargarlo.

Llegaron al muelle en el que Mordaunt había amenazado con tirarla al agua. Él la miró de reojo y la agarró por la cintura como si fuera a empujarla.

Aurienne ahogó un grito y se aferró a su camisa.

—Los dos estamos hechos un desastre —dijo Mordaunt—. Nos vendría bien un baño.

—Ni se te ocurra.

Riéndose, Mordaunt la dejó en el borde del muelle. Ella siguió agarrándolo por el cuello de la camisa. Él la sujetó por las caderas. Ambos contuvieron el aliento. Aurienne deslizó las manos hasta posarlas, entrelazadas, sobre la nuca de él. Mordaunt bajó la vista hacia sus labios.

En serio, ¿qué era aquello? Se sentía tan viva, con los brazos alrededor de él y las mejillas doloridas de tanto sonreír.

Era algo irracional, hermoso, conmovedor y auténtico.

Aurienne se sentía a punto de descubrir algo que estaba más allá del bien y del mal, de lo moral y lo inmoral: una especie de revelación.

Había una extraña fuerza gravitatoria en el cruce de sus respiraciones que los atraía mutuamente, con pequeñas sacudidas.

Se miraron a los ojos. Los de Mordaunt eran penetrantes e inquisitivos, aunque no había pronunciado la pregunta que había en ellos.

Uno de los rizos de Aurienne le rozó la mejilla y él cerró los ojos, como si lo hubiera acariciado.

Aurienne sintió una agradable molestia al lado izquierdo del esternón. Decidió no analizarla. Sería como diseccionar a un pájaro para ver de dónde venía su canto. Así que lo dejó estar.

Su alegre júbilo se convirtió en algo más profundo. Se sentía como si una parte dormida de su alma hubiera despertado; como si un rayo estuviera a punto de caer.

Mordaunt movió involuntariamente las yemas de los dedos que tenía posadas sobre la parte baja de su espalda.

—Fairhrim…

Dejó la frase en el aire y desvió la mirada. El corazón de Aurienne se burlaba de ella con sus latidos. No podía controlarlo; palpitaba como le venía en gana.

Estaban tambaleándose al borde del agua. A medio paso de caerse. Todo era precario: el momento, el umbral, el equilibrio. Estaban divididos. Indecisos. Angustiados. Querían. Pero no debían. Era una locura. Era lo más sensato. Sería el final. Podía ser el principio.

Aurienne le acarició la piel áspera de la mandíbula, cubierta por una barba incipiente. Él tomó su rostro entre las manos. Se miraron el uno al otro durante un instante, condenados por el destino, enloquecidos por la luna, y por un momento estuvieron a punto de…, a punto de…

Con una delicadeza desgarradora, la boca de Mordaunt se encontró con la de Aurienne.

El punto donde sus labios se tocaron se convirtió en el eje brillante sobre el que giraba el resto del mundo.

Ella enredó los dedos en el cabello de él y le devolvió el beso.

Buscó con los labios la hendidura de su cicatriz.

Cada vez que ella pegaba la boca a la suya, le decía: «No deberíamos, yo quiero, pero no deberíamos»; y, con su beso, él le respondía: «Lo sé, lo sé».

Inhalaban placer y exhalaban desdicha. Él deslizó sus manos ávidas por la espalda de Aurienne, las extendió sobre ella y la abrazó con fuerza.

Ella se agarró al cuello de la camisa, con las manos ligeramente temblorosas.

Se besaron largamente bajo el persistente atardecer, en la frontera entre la alegría y el sufrimiento, entre la cordura y la locura. Aurienne guardó en su corazón el recuerdo de la luna en su cabello, del azúcar quemado de su lengua y de las aves nocturnas que perseguían el verano.

Él la acorraló al borde del lago. El viento le levantó el vestido por detrás y la falda rozó las pantorrillas de Mordaunt.

Ella enganchó los dedos en la pechera abierta de su camisa.

—Si caigo, tú vienes conmigo.

—Creo que… —dijo Mordaunt con un susurro ronco— ya es demasiado tarde.

Aurienne no sabría decir cuál de ellos había sido el culpable de que acabaran en el lago: quién había resbalado, quién había tirado a quién y quién lo había empujado.