10. La luna de Hunig #3
Estaba deseando que aquello funcionara.
Le importaba de verdad.
Osric sintió cómo los últimos vestigios de su ira se desvanecían. Intentó aferrarse, al menos, a la irritación. Pero su irritación se había disipado. Fairhrim era increíble. Al igual que lo que estaba haciendo. Estaba aterrorizada, casi a punto de desmayarse, y aun así había subido allí por él.
¿Cómo no iba a perdonarla?
La cascada rugía sin cesar. La niebla se arremolinaba a su alrededor como un velo con múltiples pliegues, abriéndose y cerrándose, extendiéndose y acumulándose sobre sí misma, amortiguando todo lo que había más allá de ella.
Se condensó hasta convertirse en una especie de llovizna.
Ya no había horizonte que delimitara la unión entre el cielo y la montaña, no había hotel ni lago, solo estaban Osric y Fairhrim, empapados, en aquel vacío pálido y opalescente.
Osric inclinó la cabeza hacia ella. Ella le puso la palma de la mano en la nuca. Su rostro estaba a pocos centímetros del de él. Sus respiraciones se fundieron en el aire impregnado de rocío.
—Tiene que ser ahora —susurró Fairhrim, aunque no se veía el sol y no había ni un solo arcoíris.
Su t ā cn estableció contacto. Su seith se volcó en el sistema de Osric. En aquel momento, las nubes se abrieron.
El aire crepitó y se oyó un suave chisporroteo.
La luz incidió sobre los velos de condensación, se fracturó y fragmentó, se refractó en sus componentes individuales y se hizo añicos, fraccionándose en mil pedazos.
Los jirones de niebla se transformaron en prismas.
Millones de colores brillaban a su alrededor. Estaban dentro de un arcoíris.
No se parecía en nada a los arcoíris que Osric conocía.
Los colores se fundían unos con otros en cataratas y riachuelos, con tonalidades de flores silvestres, vidrio marino, pinos, verano, hierro, hielo, lámparas de gas, hiedra, sangre del corazón y cardenales, dando lugar a un remolino iridiscente.
A Osric se le llenaron los ojos de lágrimas demasiado rápido como para poder contenerlas; los colores adoptaron formas imaginarias de bosques, palacios, pináculos y de una especie de cielo alternativo; un mundo paralelo a aquel, pero completamente ajeno.
El rugido de las cataratas era como una melodía de otro mundo, rapsódica y cautivadora.
Osric se sentía a punto de adquirir un conocimiento más profundo.
Sus sentidos se agudizaron. No entendía nada. Apenas estaba empezando a comprender.
Fairhrim estaba pintada sobre el mundo con pigmentos imposibles. El vaho emanaba de ella como una nube de humo iluminada por el sol. La mano que estaba presionando contra su piel era sagrada.
El agua fluía a sus pies como una confesión.
El velo de niebla los envolvió y, en lo alto de aquel peñasco, dejaron de ser una Haelan y un Fyren, para convertirse en dos seres esenciales, él y ella, unidos, pecho contra pecho.
Se quedaron inmóviles, condenados por el destino, entre prismas, rayos de luz y sueños frustrados.
Y allí, en aquel lugar primigenio, en el reducido espacio entre el cielo y la tierra, entre el rencor y el perdón, entre colores desconocidos y una lluvia que no era lluvia, ella le transmitió su energía curativa.
Una vez más, su seith fue como una especie de bruñido, una bendición, una esperanza.
La tierra giró. El velo se asentó. Los colores se desvanecieron como pétalos que se cierran. Solemnemente, en silencio, el mundo volvió a solidificarse.
El sol, embriagado por su propia belleza, se hundió en el lago.
Allá en lo alto, la luna de Hunig impidió que el cielo se oscureciera.
Osric y Fairhrim se miraron, eufóricos y aturdidos.
Ella le hizo quedarse en aquel abrazo sanador, con la mano sobre su nuca.
En algún momento, él la había rodeado con los brazos y Fairhrim temblaba entre ellos, sin aliento.
Osric le apartó un rizo de cabello oscuro en el que se habían acumulado unas gotitas que parecían perlas.
Fairhrim le puso la mano sobre la clavícula y proyectó un diagnóstico en tiempo real. Este parpadeó tenuemente sobre la niebla plateada. Osric esperó, debatiéndose violentamente entre la esperanza, el miedo y otra vez la esperanza.
Entonces ocurrió una cosa, algo extraordinariamente inaudito. Fairhrim echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Una carcajada alegre, sincera y dichosa. Su sonido nítido resonó en la niebla. Osric grabó aquel instante en su mente; algún día, aquel recuerdo sería lo único que le quedaría.
—Creo que lo hemos vuelto a conseguir —dijo ella, como si no se lo creyera.
—¿Estás…, estás segura?
Aquel diagnóstico titilante, incomprensible para Osric, siguió girando lentamente. Los ojos de Fairhrim brillaban, llenos de curiosidad, mientras lo examinaba. Se llevó las manos a la boca y asintió.
Osric tenía ante él una belleza triplicada por su genialidad. Lo estaba logrando. Luna tras luna, lo estaba curando. Estaba consiguiendo lo imposible.
¿Qué podría haber sucedido entre ellos si él no fuera quien era y ella tampoco? ¿Podría algo salvar aquella brecha? Ya se lo había preguntado en el Stánrocc.
Fairhrim se limpió la mejilla embarrada y le sonrió. El alma de Osric se estremeció como si algo sagrado la hiciera vibrar.
¿Podían los pequeños lazos del corazón humano salvar una brecha tan gigantesca?