La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 10. La luna de Hunig #2
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10. La luna de Hunig #2

Fairhrim caminaba tan rígida al lado de Osric que más que una mujer felizmente casada parecía la víctima de un parásito que la había elegido como portadora. Osric examinó el muelle en busca del lugar más discreto para tirarla al agua.

Con ganas de algo dulce para quitarse el sabor de aquel caldo de pies, se detuvo junto a un carrito que vendía piruletas de color rosa en forma de corazón. Buscó una moneda. El vendedor, que creía que Osric quería comprar la piruleta para Fairhrim, se la puso a esta en la mano y dijo:

—Un dulce para otro dulce.

Osric compró una segunda piruleta, esbozando una sonrisa falsa.

—No era para ti —precisó Osric, mientras él y Fairhrim se alejaban del carrito.

—Ya lo sé —contestó ella—. Eso hace que sea aún más dulce.

Siguieron caminando junto al lago.

—¿Por qué miras tanto hacia el agua? —le preguntó Fairhrim.

—Estoy pensando dónde ahogarte —contestó Osric.

—No te atreverías.

—Ahora no, hay demasiada gente —dijo él—. ¿Estás preparada para disculparte por lo que hiciste?

Fairhrim arqueó las cejas.

—¿Disculparme yo ? Muy gracioso. Eres tú el que debería pedirme perdón a mí.

—No fui yo quien le puso marcadores de seith a otra persona sin comentarle qué otros usos podían tener.

—Ese no era su propósito; hice lo que tenía que hacer en aquel momento —respondió Fairhrim con severidad—. Ibas a liberar a Tristane.

—La van a matar —dijo Osric.

—Sabía a lo que se arriesgaba —replicó ella.

Osric la llamó «Pugnaz». Ella lo llamó «Causa Perdida».

Siguieron caminando. Fairhrim lamió pensativa la piruleta. Osric no prestó especial atención a su técnica, que no tenía ninguna relevancia para él.

—Lo cierto es que entiendo que salieras corriendo —dijo Fairhrim—. Si algo así le hubiera pasado a Xanthe, yo no habría dudado en romper cualquier promesa que te hubiera hecho.

—Me alegra que nuestras promesas tengan el mismo valor —repuso Osric.

—¿Ninguno?

—Ninguno.

Siguieron caminando por el paseo, que estaba cada vez menos concurrido.

Osric lanzó una piedra al lago en calma.

Las ondas le recordaron al canto de los pájaros en el Færwundor.

El viento hacía que el vestido de Fairhrim se le pegara al cuerpo.

Se ceñía a sus pechos y caderas, y se amoldaba maravillosamente a sus muslos.

Por supuesto, esa vez Osric tampoco se fijó especialmente en ello.

—Este sería un buen lugar para tirarte al agua. Por cierto, solo por saberlo, ¿se te da bien nadar? —dijo.

Le molestó que Fairhrim respondiera afirmativamente.

—El agua está preciosa. Se puede ver el fondo. Las pajas de Scrope no la han contaminado.

Osric no se esperaba que mencionara aquel recuerdo y se atragantó con la piruleta.

—La estás chupando demasiado rápido —le dijo Fairhrim mientras él tosía—. Acabas de comprarla.

—La chupo al ritmo que me da la gana —contestó Osric.

—Yo podré seguir chupándola mucho después de que tú hayas terminado —dijo Fairhrim.

Un comentario tan erótico como siniestro—.

Las cataratas de Enfys están a media hora andando en esa dirección —añadió, señalando el lugar donde el paseo de madera se adentraba en el bosque—.

Intentaremos hacer la sanación al atardecer.

Si no aparece un Dreor y nos ataca, deberíamos estar de vuelta a tiempo para la cena.

—¿Qué tiene de especial este lugar? —le preguntó Osric.

—No fue una decisión fácil —contestó Fairhrim—.

El sesenta por ciento de los datos apuntaban a la puesta de sol en la luna de Hunig.

El ochenta por ciento hacía referencia a lugares cerca del agua.

Hay cuatro líneas ley que se entrecruzan en esas cataratas.

El factor determinante fueron las notas de traducción de tu querido Widdershins, en las que se mencionaban los arcoíris.

Hay pocos lugares en los T ī endoms donde suela haberlos, pero estas cataratas son famosas por ellos.

—Fairhrim miró con recelo el cielo nublado—.

A ver si tenemos suerte. Todo esto es una locura, la verdad.

Los datos. Las tentativas. Los resultados.

—Tú haciendo de mi dulce esposa —dijo Osric.

Fairhrim lo miró, lamiendo la piruleta amenazadoramente.

La había echado de menos.

No se lo dijo. Ella lo había traicionado. Era lo Peor.

Entraron en un desfiladero rocoso con las paredes cubiertas de lirios silvestres y helechos que filtraban la luz verdosa y dorada.

Mientras avanzaban, el zumbido de las abejas les dio la bienvenida.

El revoloteo de las libélulas, que volaban de aquí para allá con las alas difuminadas, lo sustituyó a medida que se acercaban a la cascada.

A lo lejos se oía un estruendo incesante.

Caminaron en silencio en medio del ruido.

La niebla fluía hacia ellos. Más allá de un recodo del camino, se encontraron en un mirador de madera con vistas a un claro de sauces llorones, dividido en dos por un arroyo verde esmeralda.

Muy por encima del claro, un pico rocoso se elevaba hacia el cielo; las cataratas caían en cascada como un velo, desde el punto más alto.

Osric y Fairhrim inhalaron profundamente. El aire, impregnado de humedad, era maravillosamente fresco.

—Creo que deberíamos subir ahí arriba —dijo Fairhrim.

—No —replicó Osric.

—Sí. A lo alto de las cataratas. Hay un camino, mira.

Osric miró. Entre dos troncos de árbol había un sendero embarrado, empinado y estrecho que partía del mirador de madera, agradablemente civilizado.

—Eso no es un camino —dijo él—. Son los restos de un desprendimiento de piedras.

—Está bien.

—Es vertical.

Fairhrim se quitó los guantes y el sombrero y los colgó en la barandilla de la plataforma.

—Tu querido Widdershins hablaba de los arcoíris, así que vamos a meternos en medio de ellos, ¿vale? Suponiendo que el sol quiera cooperar.

Fairhrim se subió la falda y se la ató a la altura de las rodillas.

Se le veían las ligas, aunque Osric no tenía el menor interés en ellas.

Él se quitó el pañuelo y se lo guardó en el bolsillo, se remangó los puños y se despojó de los guantes.

Abandonó el elegante bastón; ir a la moda era incompatible con trepar como un mono por una rampa embarrada.

—Si hubiera menos luz, podríamos caminar las sombras —dijo Osric.

—Si hubiera menos luz, nos habríamos perdido la puesta de sol —replicó Fairhrim. Esa era su especialidad. Clavarle a todo el aguijón de la lógica e ir dejando víctimas agonizantes a su paso—. ¿Tienes reloj? —le preguntó—. Me he dejado el mío en el bolso.

Osric lo sacó. Fairhrim le agarró la muñeca con un dedo, inclinó la esfera del reloj hacia ella y dijo:

—Quedan veinte minutos para el ocaso. Venga, vamos a subir.

Se abrieron paso entre resbalones, ayudándose el uno al otro de vez en cuando. A Osric se le asignó temporalmente el papel de escalera. Algo que podría haberle ofendido, pero no lo hizo porque Fairhrim pegó los pechos a su cuerpo mientras trepaba por él y eso hizo que se lo perdonara.

Él la impulsó hacia arriba, ella tiró de él y siguieron subiendo.

Fairhrim perdió el equilibrio, Osric la agarró y la atrajo hacia sí, y ella, que rara vez decía palabrotas, se asustó y soltó un «joder» sobre su hombro.

Osric solo pudo responder con una sudoración excesiva, que esperaba que ella no notara.

Sentía su aliento a través de la camisa húmeda.

Y también su culo, que era lo que estaba usando para mantenerla pegada a él.

Todo ello indigno de mención. Fairhrim lo había traicionado. Era Cero Interesante para él.

—Había olvidado que tienes miedo a las alturas —dijo Osric.

—Estoy bien —replicó Fairhrim, aunque sus pupilas dilatadas desmentían tal afirmación.

Se aferró a Osric un instante más antes de armarse de valor y seguir trepando, con la mirada fija en las manos. Él era consciente de que cada vez que ella avanzaba un poco más era un acto de valentía.

Agotados y cubiertos de barro, llegaron a la cima. En el trasero de Fairhrim había una clara huella de una mano embarrada que Osric no mencionó, pero que le satisfacía sobremanera.

En la cima los esperaba una pequeña meseta, atravesada por un torrente caudaloso. El torrente pasaba por delante de ellos y se precipitaba hacia el borde, lo que hizo que Osric tuviera la extraña sensación de estar a punto de caerse y ser arrastrado por él.

A través de la bruma que emanaba de la catarata, se divisaban unas vistas llenas de montañas onduladas que rodeaban el lago como una muralla.

La panorámica era tan impresionante que hasta Fairhrim se olvidó por un instante del miedo y se unió a Osric en el borde, aunque se quedó un paso por detrás de él y se aferró a su codo con una mano temblorosa.

Miró contrariada hacia el cielo, que seguía nublado.

—No hay ni sol, ni arcoíris. Pero tenemos que intentarlo de todos modos.

No le pidió permiso a Osric para meter la mano en el bolsillo de su pecho y volver a mirar el reloj. (Una sensación extraña e íntima, como si acabara de sacarle un órgano de alguna cavidad).

Sostuvo el reloj con manos trémulas y las pupilas todavía dilatadas.

—Un minuto para la puesta de sol —dijo—. Ven aquí.

Fairhrim, que parecía decidida a quedarse donde estaba, utilizó el reloj y la cadena como una especie de correa para acercar a Osric a ella.

A él no le importó. Ella misma le desabrochó los primeros botones bajo el cuello, lo cual era una novedad, ya que normalmente le hacía desnudarse solo.

Tiró de la parte posterior de la camisa para dejarle la nuca al descubierto.

Tampoco se quejó por estar malgastando la seith en alguien como él, algo que solía ser habitual.

(Ahora que lo pensaba, ¿cuándo había sido la última vez que se había quejado de eso? No lo recordaba).

—Veinte segundos —susurró Fairhrim, con los labios pálidos.

Juntó las manos debajo de la barbilla, como si fuera a rezar. En la izquierda llevaba el reloj de bolsillo de Osric. En la derecha, su t ā cn brillaba con la seith a punto. Miró fijamente hacia las nubes, como si pudiera alejarlas con su fuerza de voluntad.