La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 10. La luna de Hunig
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10. La luna de Hunig

La luna de Hunig

Osric

Cuando el deofol de Fairhrim volvió a pinchar el t ā cn de Osric, su primer impulso fue ignorarlo.

Se encontraba sumido en una vaga melancolía, enfadado con ella por lo que había hecho, aunque a la vez la echaba de menos.

Aquel torbellino de sentimientos no encontraba un lugar en el que asentarse, sino que se arrastraba, pesado y oscuro, del corazón a la mente, y viceversa.

Debería salir a cometer algún acto de libertinaje deplorable, pero prefería lamentarse. Las mujeres como Fairhrim convertían a los hombres respetables en unos pringados patéticos y lánguidos.

Era demasiado alboroto para una simple Fantasía. Debía aferrarse a su rabia por encima de todo lo demás.

El deofol de Fairhrim presionó el t ā cn de Osric con tal fuerza que a este le pareció que estaba volviendo a morderle.

Dado que solo faltaban unos días para la luna llena de julio, Osric lo dejó pasar.

Al fin y al cabo, necesitaba saber dónde reunirse con Fairhrim para el próximo intento de sanación.

La jineta blanca se materializó. Sus ojos rojos brillaron con desdén.

—Eres un capullo integral —dijo como único preámbulo.

—Hola, cabrón dentudo —replicó Osric.

—Cada vez que pienso que no puedes ser más imbécil, acabas superándote. ¿De verdad creías que Aurienne iba a permitirte interceptar el traslado de Tristane?

—Nadie tiene que permitirme hacer nada —dijo Osric—. Hago lo que quiero.

—¿No acaba ella de demostrarte lo contrario?

—No me dijo que los marcadores de seith tenían otros usos.

—Tampoco se lo preguntaste —resopló el deofol—. Tienes que reunirte con ella en el Hotel Llawgnychu el día de la luna de Hunig. La sanación tendrá lugar al atardecer. Aurienne se alojará en el hotel. Tú puedes alojarte en el basurero más asqueroso de Dyfed; es lo único que te mereces.

El deofol desapareció, haciendo crujir su pelaje con irritación.

El día de la luna de Hunig, Osric descubrió que el Hotel Llawgnychu no estaba incluido en la red de viedras.

Al parecer, se enorgullecía de ser un lugar remoto y exclusivo, por lo que obligaba a sus huéspedes a llegar a una viedra situada a dos horas en carruaje, desde donde los trasladaban a las montañas de Dyfed.

El hotel estaba situado junto a un lago.

En su día había sido la mansión privada de algún ricachón y, hacía poco, lo habían convertido en hotel para que otros ricachones pudieran disfrutarlo.

Tenía unos jardines enormes, una elegante terraza y un paseo largo y serpenteante alrededor del lago.

Las parejas lo recorrían cogidas del brazo entre banderolas que ondeaban al viento y puestos que vendían helados, limonadas y dulces.

Osric sobornó al recepcionista para que le diera la mejor habitación del hotel, porque era el desgraciado más rico que había allí y se lo merecía.

Tras elegir una mesa en la terraza, Osric descubrió que el hotel era un lugar muy frecuentado por enamorados y recién casados, o por solteros que aspiraban a formar parte de cualquiera de esas categorías.

Fue abordado tres o cuatro veces por varias damas elegantes y un único hombre esperanzado.

Los rechazó a todos antes de poner unas cuantas thrymsas en la mano del camarero, decirle que estaba casado y que, por favor, mantuviera alejada a la chusma.

Osric pidió un cóctel espumoso con alcohol y bolas de melón congeladas. Se recostó plácidamente mientras disfrutaba de él. Aquello sí que era vida: estar allí a solas, con su copa y sus problemas. Sin Fairhrim.

—Disculpe, señor —le dijo el camarero, interrumpiéndolo.

Osric, que se sentía en paz con el mundo, le respondió pomposamente.

—¿Qué sucede, mi querido amigo?

—Ha llegado su esposa, señor —contestó el camarero.

Había alguien detrás de él. No era la mujer de Osric, porque no tenía. Ni tampoco a nadie especial. Lo que sí tenía era una persona que lo irritaba sobremanera.

Fairhrim se acercó a Osric. Se inclinó hacia él. Olía bien. A jabón. A Fairhrim. Le dio un beso suave en la mejilla.

—¿Cómo estás, cariño? —le preguntó, como si se hubiera vuelto loca. Osric la miró mudo de asombro.

El camarero cogió una silla para que Fairhrim tomara asiento.

Ella pidió un café solo y se giró hacia Osric con una sonrisa amable, como si a él le faltara un hervor, cosa que explicaría por qué estaba mirando boquiabierto a su esposa, como un imbécil.

El camarero, encantado de haberlo echado todo a perder, se retiró.

¿Su esposa? ¿Su esposa ? Fairhrim tenía una vis cómica que Osric desconocía.

—Siento haberme ausentado —añadió.

—No pasa nada —dijo Osric—. Ha sido el mejor regalo que podías haberme hecho.

Fairhrim iba vestida como el resto de las mujeres que estaban paseando: con unos guantes blancos largos, un sombrero con velo y cintas, y un vestido rosa pálido, sedoso y fresco, que le marcaba la silueta.

Estaba impresionante, preciosa, como un Monet andante, pero a Osric eso le daba igual, porque ella era, ante todo, una puñetera Haelan que lo había metido en un armario lleno de esqueletos para asegurarse de que mataran a Tristane.

En cuanto el camarero se alejó lo suficiente, Fairhrim se despojó de su dulce apariencia. Miró a Osric como si fuera una mancha, tanto moral como física, en el paisaje.

—Ha habido una confusión rara con la reserva de mi habitación —dijo Fairhrim tensando el cuello, como solía hacer cuando él la molestaba especialmente.

Osric, que pasaba totalmente de la incompetencia de Fairhrim para las cuestiones administrativas y no entendía por qué le venía con aquel cuento, rebuscó en la copa hasta encontrar una bola de melón—.

Había reservado la suite de la última planta del hotel —continuó Fairhrim.

Osric masticó el melón—. Pero, al parecer, alguien ha sobornado al recepcionista para que se la den —dijo.

—Ah —contestó Osric, que ahora entendía por qué lo estaba involucrando en la historia.

—Les he preguntado si por casualidad era un tal «señor Vergalta» el que se había quedado con la habitación. Me han contestado que sí. Yo les he dicho: «Ah, es mi marido. El muy tonto debió de olvidar que yo ya había hecho la reserva». Y les he pedido que subieran mis cosas a nuestra habitación.

—Ahora entiendo por qué me has ascendido a marido —dijo Osric—. ¿Se puede saber por qué vas vestida como una abuelita?

Fairhrim, indignada, respondió:

—Esto es lo que se pone la gente cuando viene al lago.

—¿Un sombrero de apicultor?

El camarero pasó a su lado. Fairhrim bajó la mirada con recato, lo que infundió a Osric una falsa sensación de seguridad. Pero, en cuanto el camarero se fue, ella contraatacó.

—¿Y tú qué llevas colgado de la espalda?

—Una capelina.

—Un faldón. ¿De qué color se supone que es ese traje?

—Gris.

—Más bien color rata. ¿Y ese palo?

Osric, que estaba convencido de que el bastón le daba un aire interesante, se sintió ofendido.

—Es un bastón.

—¿Para apoyarte?

—Para presumir.

Fairhrim expresó su opinión con un mohín.

—¿Y esos guantes?

Esa vez fue Osric el que se puso tenso. Se trataba de un par de guantes de ante de color ciruela, nuevos y muy bonitos.

—¿Qué les pasa?

Fairhrim los miró como si fueran un par de pájaros muertos que yacían sobre la mesa.

—Ya hay suficiente miseria en este mundo sin que tú te inventes más.

—¿Perdona?

—¿Y por qué te has metido papel higiénico en la camisa?

—Es un pañuelo.

— Tú sí que pareces una abuelita.

El camarero regresó y se interpuso entre los dos ingredientes explosivos que eran Osric y Fairhrim. Dejó entre ambos las cosas del café de Fairhrim, lo que evitó que se hirieran mutuamente de gravedad.

Fairhrim volvió a comportarse como una esposa complaciente.

Osric puso la mano sobre el respaldo de su silla con aparente cariño, aunque en realidad era para amenazarla con estrangularla.

Fairhrim le clavó la mirada en la mano con tal intensidad que estuvo a punto de hacerle sangre, y siguió haciéndolo hasta que Osric la apartó y volvió a ponerla sobre el regazo.

No sabía muy bien si la había movido por voluntad propia o por voluntad de Fairhrim.

—¿Piensan dar hoy un paseo por el lago? —les preguntó el camarero—. Está un poco nublado, pero parece que al final no va a llover.

—Estaría bien —dijo Osric, pensando que el lago sería un lugar excelente para ahogar a Fairhrim—. En cuanto te hayas tomado el café, queridísima mía.

—Será un placer —dijo Fairhrim—. Sé un cielo y pásame una de esas gaufrettes .

Osric era un cielo. Fairhrim era «queridísima».

El camarero se retiró, momento que la cariñosa esposa de Osric aprovechó para decirle que era un canalla sin principios con afán de protagonismo. Él la llamó «quejica».

Osric pescó otra bola de melón. Fairhrim hizo a un lado el café y, con el aire de una mujer muy ocupada, le preguntó:

—¿Has acabado ya de jugar con tus bolas?

—Casi —dijo Osric—. No quiero parecer un pervertido, pero me gusta que me miren.

Hubo un silencio delicioso.

—Al menos uno de nosotros se lo pasará bien —dijo Fairhrim.

—¿No te gusta el café?

—Uy, está delicioso. Pruébalo.

Osric lo probó y se atragantó.

—Es caldo de pies.

—No quería sufrirlo sola —dijo Fairhrim—. ¿Me das una de tus bolas para limpiar el paladar?

Osric deslizó el vaso hacia ella.

—Puedes quedarte con las dos.

Fairhrim se metió las bolas en la boca. Osric esperó el veredicto.

—No están mal —dijo.

A pesar de aquel elogio tan poco entusiasta, Osric, más por cortesía que por deseo, le ofreció el brazo. Ella, que habría preferido agarrarlo de los pelos que del brazo, le clavó un dedo puntiagudo en el codo.

Bajaron los escasos escalones que separaban la terraza del lago y pasearon entre la elegante multitud. Las banderolas ondeaban bajo la brisa; las parejas estaban tumbadas sobre la hierba; los vendedores ofrecían helados, algodón de azúcar y fruta fresca cubierta de gotitas de agua.