La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 9. El stánrocc #2
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9. El stánrocc #2

Osric se cubrió más la cara con el embozo y se colocó detrás de Beaufort.

No le venía bien que Aedan lo reconociera.

Se habían visto en casa de la familia de Fairhrim, cuando Osric se estaba haciendo pasar por un vendedor de bisturíes.

Debería haber reconocido antes a Aedan: se trataba de un Ingenaut especialmente guapo, si se obviaban las orejas.

(Fairhrim no estaba de acuerdo con esa última apreciación, pero ella no tenía buen gusto para los hombres; por eso no estaba enamorada de Osric).

La jefa de los Warden, llamada Dinadan, pidió silencio a los presentes dando unas palmadas con las manos enguantadas. De no haber sido porque iba a intentar que ejecutaran a Tristane, a Osric podría haberle caído bien: prescindía de los formalismos interminables e iba directa al grano.

—Bien —dijo Dinadan—, todos sabéis por qué estamos aquí.

La líder de la Orden Fyren fue capturada en la viedra de la Orden Haelan.

Y mientras intentaba escapar hirió gravemente a una Warden.

Llevaba consigo venenos, explosivos y armas de diversos tipos.

Los líderes de todas las órdenes han recibido un inventario detallado, así como un informe de lo sucedido la noche de su captura.

Ella asegura que solo había ido a tomar algo al Publica o Perece…

—Ja —dijo Xanthe.

—Lo cual, obviamente, no justifica su violenta reacción inmediata contra la Warden cuando las barreras protectoras la atraparon.

Dichas barreras eran indoloras y tenían la función de atrapar, no de desmembrar.

Tristane está retenida en el castillo de Tintagel, a la espera del veredicto del Stánrocc.

Nos hemos reunido aquí para decidir qué hacer con ella.

—Los Acuerdos de Paz establecen claramente las consecuencias para quienes los incumplen —dijo Birtwhistle, la líder de los Ingenaut, mientras consultaba un libro enorme—.

No hay necesidad de alargar innecesariamente el proceso.

Tristane se presentó armada en las puertas de otra orden con una clara intención hostil.

Hirió gravemente a una Warden, que sobrevivió solo porque estaba rodeada de Haelan.

Los Acuerdos no toleran ningún tipo de agresión contra otra orden, salvo en caso de legítima defensa. El castigo es la muerte.

—¿Alguno de mis compañeros se opone a que conceda la palabra al representante de los Fyren? —preguntó Dinadan.

Nadie lo hizo.

Sacramore dio un paso al frente.

—Gracias. En relación con los objetos encontrados en poder de Tristane, me gustaría señalar que ninguno de ellos es inusual para un Fyren que está de viaje; son las herramientas de nuestro oficio.

—¿Sabes por qué fue a Swanstone? —le preguntó Xanthe.

—No. La Orden Fyren no estaba al tanto y, de hecho, no tiene información sobre lo que Tristane pretendía hacer allí exactamente, si es que era algo más que tomar una copa en la taberna.

—Si consideramos la posibilidad de que solo estuviera de paso, ¿puedes explicar por qué se defendió con tal ferocidad al ser capturada? —preguntó Birtwhistle.

—Creo que cualquiera de nosotros reaccionaría de forma similar si se viera acorralado —replicó de inmediato Sacramore.

Los líderes del Sendero Brillante se miraron con escepticismo.

—¿Intentar matar a alguien es una reacción normal? —preguntó Dinadan.

Sacramore le dedicó una sonrisa encantadora que no tuvo ningún efecto sobre Dinadan: uno de los Warden había estado a punto de morir. La sonrisa de Sacramore se transformó en una mueca de dolor. Se volvió hacia el resto de los líderes.

—Nos gustaría que Tristane regresara con nosotros para que nuestra orden pueda ocuparse de ella (y del daño infligido a la reputación de nuestra orden) como considere adecuado.

Xanthe, Dinadan, la Ingenaut Birtwhistle y el Leyfarer Shearwater se burlaron de él de diversas formas y negaron con la cabeza.

La anciana que representaba a los Agannor, Omerra, se movió por primera vez. Sacó una mano arrugada del interior de la capa violeta y la levantó.

—No creo que ninguno de nosotros, independientemente de nuestro Sendero, pueda llegar a pensar que Tristane fue a la fortaleza de Haelan por algo irrelevante —dijo en un susurro apenas audible—. Y, dado que se trata de Tristane, su propósito tenía que ser necesariamente letal.

Sacramore la miró dolido, como si lo hubiera traicionado. Los Agannor eran sus compañeros del Sendero Sombrío y solían ponerse del lado de los Fyren.

—Sin embargo —continuó Omerra—, como su visita no provocó la muerte de ningún miembro de la Orden, propongo que consideremos un castigo alternativo.

—¿Cuál es tu propuesta? —le preguntó Dinadan.

—Una escisión de t ā cn.

Todos los presentes se estremecieron, incluido Osric. Una escisión era un proceso terriblemente doloroso que implicaba la extirpación del t ā cn y, por lo general, la pérdida de uno o dos dedos, o incluso de toda la mano. Despojaría a Tristane de la seith y la dejaría medio muerta.

—La escisión podría ser una de las soluciones contempladas por la Orden Fyren, si liberarais a Tristane y nos la entregarais —dijo Sacramore.

Los líderes se agruparon para discutir la propuesta en voz baja. Sacramore se quedó a un lado; la hérgula, que todavía no había hablado, se quedó al otro.

Dinadan se separó del grupo para dar a conocer el veredicto.

—Hemos considerado la opción de la escisión. Sin embargo, teniendo en cuenta la agresión, las lesiones, la intención y la descarada osadía de atacar la sede de otra Orden, el consenso es claro. Ejecución.

Sacramore se vino abajo visiblemente. Lirain soltó un bufido. Leofric gritó:

—¡Mierda!

Dinadan se volvió hacia Sacramore.

—Con el fin de mantener la estabilidad entre nuestras órdenes, los líderes han tenido la gentileza de confiar en tu palabra de que Tristane era la única Fyren involucrada. Ni los Haelan ni los Warden exigirán ningún otro tipo de compensación a vuestra orden.

—¿Puedo preguntar cómo se va a llevar a cabo la ejecución? —quiso saber Sacramore.

—Yo me he ofrecido a hacer los honores —dijo Xanthe—. Pero, dado que ha sido la sangre de un Warden la que se ha derramado, Dinadan ha solicitado dar el golpe de gracia.

—¿Y cuándo tendrá lugar? —preguntó Sacramore.

La hérgula, que hasta entonces no había dicho ni una palabra, levantó la mano.

Sus ojos ambarinos prácticamente resplandecían en la oscuridad.

—¿Tienes alguna propuesta, Vel? —le preguntó Dinadan.

—Que sea en Lammas —dijo la hérgula, con una voz que no era ni de mujer ni de hombre, sino una melodiosa combinación de ambas.

—¿En la fiesta de la cosecha?

—Sí. Así Tristane podrá cosechar lo que sembró —repuso la hérgula, sonriendo entre las sombras de la capucha.

—Yo no tengo ninguna objeción —contestó Xanthe.

—Nos volveremos a reunir aquí para la ejecución de Tristane —dijo Dinadan—.

Mientras tanto, permanecerá en Tintagel.

Se anima a todos los presentes a revisar los Acuerdos de Paz y las normas de comportamiento entre nuestras órdenes.

Seguro que todos estamos de acuerdo en que sería mejor no tener que volver a reunirnos en estas circunstancias.

Sacramore fue hacia el grupo de Fyren con expresión sombría.

—Tristane está jodida —susurró Lirain.

—No debería haber ido a Swanstone —observó Sacramore.

—Todavía tenemos algo de tiempo —dijo Leofric—. A lo mejor se nos ocurre algo.

—¿Que a lo mejor se nos ocurre algo? Está en el castillo de Tintagel —replicó Osric.

—No podemos perder a Tristane —señaló Beaufort, antes de pasarse las manos por la cara.

—Vamos a hablar a otro sitio —dijo Sacramore.

Las órdenes se dispersaron y se dirigieron hacia la viedra situada en el centro de Stánrocc. Un arcoíris de t ā cn brilló en la oscuridad cuando sus propietarios los presionaron sobre la piedra: azul, blanco, rojo, púrpura, verde, bronce y dorado.

Entre todo aquel lío de capuchas, capas y yelmos, Osric no vio a Fairhrim hasta que estuvo a medio metro de ella. Sus miradas se cruzaron.

Ella había ganado. Él había perdido.

Más tarde, la escena regresaría a su mente como un cuadro en el que las siluetas que la rodeaban se agolpaban en los bordes como si se tratara de un marco profusamente tallado, mientras ella, envarada, se convertía en la fría y despiadada protagonista del retrato.

En aquella noche de verano, ella era el aguijón de la escarcha, el silencio del invierno, un ser distante e intocable.

Plata en sus hombros, hierro en su semblante y, en sus ojos, tan solo desdén.

La tenía al alcance de la mano, pero la extensión de hierba que los separaba era un abismo insalvable.

Osric nunca había sido tan consciente de sus diferencias como en aquel momento, rodeados por sus respectivas órdenes, vestidos de blanco inmaculado y negro intenso, en lados opuestos del Stánrocc.

¿Sería posible salvar esa brecha? Se sentía lejísimos de ella.

Había cierta belleza en ello. La triste belleza de las cosas imposibles.