9. El stánrocc
El stánrocc
Osric
Algunas cosas eran frías y aun así quemaban. La menta. El hlutoformo. El cegador sol invernal sobre la nieve. Fairhrim. La traición de Fairhrim.
Osric era lo suficientemente consciente como para saber que la deslealtad había sido mutua: él le prometió una cosa y faltó a su palabra de inmediato.
Pero la traición de ella era peor, porque había sido premeditada.
Había esperado al momento oportuno. Le había implantado los marcadores seith y, durante todos aquellos meses, había sabido que podía ponerlo de rodillas a voluntad.
La traición de Osric había sido una reacción. La de ella era una Traición con Alevosía y, por lo tanto, mucho peor.
Ese día, la Orden Fyren recibió una citación para acudir al Stánrocc y explicar, si era posible, el ataque frustrado de su líder a la Orden Haelan.
La Orden Fyren celebró una reunión muy sombría. Como segundo al mando de la Orden, Sacramore fue el afortunado para representarlos en el Stánrocc. El Stánrocc era un círculo de piedras en el que las ocho órdenes se reunían para resolver conflictos ocasionales entre sus miembros.
Los enfrentamientos entre las propias órdenes se habían vuelto poco frecuentes desde la firma de los Acuerdos de Paz, que prohibían los actos directos de agresión entre ellas, bajo pena de muerte.
A Sacramore no le hizo ninguna gracia su ascenso.
Le daba vueltas a la navaja blaec en la palma de la mano una y otra vez, mientras se paseaba irascible y distraído por delante de los Fyren que estaban allí reunidos.
Unos ochenta miembros de la Orden habían acudido a la reunión, lo que dio lugar a un batiburrillo de opiniones:
—¿En serio? ¿Tristane tenía que ir a por Swanstone, para cabrear a los Haelan y a los Warden a la vez?
—Tenemos que hacer que la liberen.
—Sabía a qué se arriesgaba. Yo digo que la dejemos tirada.
—Estamos hablando de Tristane. ¿Sabéis todo lo que ha hecho por esta orden?
—Si vivimos tan bien es gracias a ella.
—Si Tristane pensaba romper los Acuerdos de Paz, debería habernos hecho partícipes de la decisión.
—Esto es una catástrofe. Vamos a quedar como una panda de gilipollas en el Stánrocc.
—Me gustaría saber cuántos millones le ofrecieron por hacer algo así.
—¿Quién va a ir al Stánrocc?
—Yo no .
—Muéstrate arrepentido, Sacramore. Y déjales claro que no fue una decisión de la Orden Fyren. Que fue única y exclusivamente suya.
—Exacto. Debemos evitar las hostilidades con las otras órdenes.
Sacramore suspiró.
—Veré qué puedo negociar.
—Imagino que no demasiado —dijo Lirain, con su voz aterciopelada—. La han pillado con las manos en la masa y lo saben perfectamente.
—¿Van a llevar a Tristane al Stánrocc esta noche? —preguntó Osric.
—Lo dudo mucho —dijo Sacramore—. Los Warden no se fiarán de que, después de haberse saltado los Acuerdos una vez, la Orden Fyren no vuelva a hacerlo e intente liberarla.
La dejarán en Tintagel. —Se volvió hacia los Fyren que estaban presentes—.
¿Quién quiere acompañarme esta noche? Podemos llevar a ocho representantes, incluyéndome a mí.
—La petición de Sacramore no obtuvo respuesta—.
¿En serio? ¿Vais a dejar que vaya solo a recibir el castigo?
Los Fyren empezaron a murmurar cosas como «sí», «eso parece» y «suerte, amigo».
Al final, Sacramore convenció a Osric para que lo acompañara, además de a lady Windermere, Beaufort, Lirain y, como había llegado tarde y no se estaba enterando de nada, a Leofric.
El grupito se reunió alrededor de una viedra.
—Sin violencia ni amenazas, por favor, queridos —dijo Sacramore—. Debemos mantener el equilibrio. ¿Vais todos desarmados? Ya conocéis las reglas del Stánrocc.
Se hizo un largo silencio.
—Más o menos —dijo Lirain, antes de tocar un medallón que llevaba al cuello.
Beaufort, que tenía un martillo enorme colgado del cinturón, se encogió de hombros.
—Yo soy el herrero —dijo.
Lady Windermere hizo girar un adorno con púas que se había puesto en la punta de la trenza. Osric, que llevaba una fina daga escondida entre la hombrera derecha y el hombro, se puso a silbar. Leofric sacó la lengua y, antes de que volviera a meterla, se vio el brillo de una cuchilla de afeitar.
—Vale —dijo Sacramore—. No podría pediros más.
—¿De verdad tú no llevas nada? —le preguntó Osric.
Sacramore sacó un largo palillo de dientes metálico del bolsillo.
—Soy muy quisquilloso con la higiene dental. Vamos. Acabemos con esto.
Presionaron contra la viedra los seis t ā cn con forma de cerbero, que emitieron un brillo rojizo.
El Stánrocc era un enorme monolito solitario situado en medio de un círculo de piedras verticales que se encontraba en el T ī endom más septentrional: Fortriu.
Para que resultara más cómodo para las órdenes y facilitar las asambleas, los Leyfarer habían integrado el monolito directamente en la gratícula de viedras.
Pero solo aquellos con t ā cn podían utilizarlo como una de ellas.
El círculo de piedras erguidas estaba dividido en ocho partes por rocas bajas y desgastadas que partían desde el centro, como los radios de una rueda.
Cada orden tenía su lugar en el círculo.
Había cierta lógica en la disposición. Los Warden estaban enfrente de los Dreor, la defensa estoica frente al ataque desaforado.
Los Ingenaut, que manipulaban la materia, enfrente de los Agannor, que manipulaban la mente.
Los Leyfarer enfrente de las Hérgulas, ambos viajeros, aunque de diferentes tipos.
Y, por último, la Orden Haelan se encontraba enfrente de la Orden Fyren: salvadores frente a verdugos.
Osric y el resto de los Fyren se materializaron al pie del Stánrocc. Sacramore se echó la bufanda sobre el hombro y, lanzando una mirada sombría a sus compañeros, fue a reunirse con los líderes del resto de las órdenes.
Osric observó a las órdenes mientras se instalaban. Las armas no estaban permitidas en el Stánrocc, pero seguramente todos llevaban alguna entre los pliegues de las capas o bajo las armaduras y, obviamente, con sus t ā cn, muchos de ellos ya eran armas andantes por naturaleza.
Los Warden fueron de los primeros en llegar, resplandecientes con sus armaduras y yelmos blanquiazules.
Eran ocho, el número de miembros permitido para cada orden.
Solo su líder se quitó el yelmo, dejando al descubierto un cabello gris muy corto y unos ojos azul hielo.
Era, con diferencia, la más baja de su grupo, aunque tenía los hombros tan anchos como el resto.
Con un exceso de chaquetas de cuero, gafas protectoras en la frente, tatuajes y tabaco de mascar, llegaron cuatro Leyfarer.
Sus t ā cn, con forma de brújula, emitían un brillo de color bronce desde las palmas de sus manos derechas.
Como siempre, parecían aburridos de estar en tierra firme, en lugar de hallarse surcando líneas ley inexploradas.
A continuación llegó un pequeño grupo de Agannor, envueltos en capas púrpuras.
Osric evitó mirar sus t ā cn, que les permitía controlar las mentes.
Decían que una posesión de un Agannor era como una especie de euforia; la toma de decisiones, el dolor y los pensamientos desaparecían.
Algunas personas las buscaban deliberadamente; otras eran adictas a ellas.
Su líder era una mujer de edad similar a la de Xanthe, con unos ojos brillantes e inteligentes y el cuello arqueado en una joroba de erudita, fruto de demasiada lectura.
Darían por hecho que la Orden Agannor no había poseído ya al resto de los líderes para someterlos a su voluntad aquella noche.
Las Hérgulas enviaron a una sola representante, una persona con una capucha verde que no hablaba con nadie. Unos ojos ambarinos brillaban en las profundidades de su capucha. En su mano, Osric atisbó el t ā cn de las Hérgulas: tres liebres en círculo, de color verde.
Los Dreor no enviaron a ningún representante. Osric había asistido a varias reuniones en el Stánrocc a lo largo de los años, y jamás había visto a ninguno.
Media docena de Ingenaut llegaron luciendo los brillantes engranajes dorados de su t ā cn, pero Osric apenas les prestó atención porque su aparición coincidió con la de los Haelan. Ocho figuras vestidas de blanco se materializaron en el Stánrocc.
Osric reconoció inmediatamente el rostro rechoncho de Xanthe. Y quién iba a estar junto a Xanthe sino ella , irradiando autosuficiencia…
Leofric le dio un fuerte codazo.
—Es Haelan Tetazas —le susurró Leofric, subiéndose más el embozo—. La que me arregló el pezón. Tápate la cara.
Fairhrim miró impasible a Osric y Leofric, como si no los conociera de nada. Leofric suspiró aliviado. A Osric no había nada que le molestara más que la indiferencia de Fairhrim y alimentó la loca fantasía de plantarle un buen morreo delante de todos.
Algunos de los Haelan saludaron a los miembros de las otras órdenes.
Fairhrim habló con la hérgula solitaria.
Su lenguaje corporal era cauto y respetuoso, muy diferente al que empleaba con Osric.
La conversación fue breve; Fairhrim le puso fin con una de aquellas profundas reverencias con la mano en el corazón que solía hacer.
Los líderes de las órdenes se colocaron en el centro del círculo.
Xanthe, en representación de los Haelan, se situó junto a Sacramore.
El jefe de los Leyfarer, un hombre enjuto que se llamaba Shearwater, charlaba con la líder de los Ingenaut mientras mascaba tabaco.
Esta era una mujer llamada Birtwhistle, que tenía el pelo como un diente de león que había empezado a germinar.
La solitaria hérgula se mantuvo un poco al margen, jugueteando con unos tréboles entre sus largos dedos.
Osric sintió una punzada en la sien. Se giró y vio que Fairhrim lo estaba mirando fijamente. Esta desvió la vista con elocuencia hacia el grupo de Ingenaut, y Osric, al seguir su mirada, comprendió por qué: uno de ellos era Aedan el Perfecto.