8. Incursiones en la autodisciplina y molestias asociadas
Incursiones en la autodisciplina
y molestias asociadas
Osric
Osric le había dicho a Fairhrim que no suponía ningún peligro coquetear con ella. «A prueba de tontos», le había asegurado. Aunque eso último no lo tenía demasiado claro: él era muy tonto.
Dado que se encontraba en plena crisis emocional, y además era un hombre, Osric se miró con dramatismo en el espejo del lavabo.
Sería estupendo que dejara de babear por ella cinco minutos.
Aquello empezaba a ser vergonzoso. No debería haberle pedido permiso para volver a besarle la mano.
Con Fairhrim no era capaz de impostar sus besos.
Estos siempre aspiraban a más. Querían ser reales.
Tenía que dejar de sucumbir a la tentación.
Pero ¿de qué servían las tentaciones, si uno no sucumbía a ellas?
No dormía bien porque estaba demasiado ocupado recordando cómo le había besuqueado la mano y el antebrazo, cómo había estado tumbado en la cama con ella entre sus brazos y cómo olía su cabello, unos recuerdos que hacían que se sintiera vulnerable y aturdido.
Miró fijamente al hombre que sufría con elegancia en el espejo. Ojeras. Tenía ojeras .
—¿Qué me pasa?
—¿Quieres la lista por orden alfabético o cronológico? —respondió el grillo criticón—. También podría organizarla por temática.
—Vete a la mierda —replicó Osric.
—Tienes muy mala cara —dijo el grillo. Casi parecía preocupado.
Las ojeras de Osric no respondían a sus carísimas cremas francesas.
A su favor, había que decir que eran las once y media de la mañana.
Típico de Fairhrim, obligarlo a levantarse a unas horas tan intempestivas.
Había quedado con ella al mediodía, una hora pésima para una cita clandestina, pero al parecer todas las clínicas estaban llenas por la campaña de vacunación contra la viruela en los T ī endoms y tenían que aprovechar la oportunidad que se les había presentado.
Aceptaba tener un aspecto deplorable, pero se negaba a vestirse en consecuencia.
Osric se puso unos pantalones ajustados para lucir paquete y se echó sobre los hombros un abrigo de un intenso color burdeos.
Salió de Rosefell Hall y se dirigió rápidamente a la viedra como el hombre distinguido, bien dotado y de gustos tremendamente caros que era.
El grillo se despidió de él llamándolo «Carbunco». Osric no sabía qué era aquello, pero le pareció una exageración.
Cuando puso el t ā cn sobre la viedra, Osric tomó una Decisión.
La Decisión era intentar no tocar a Fairhrim en toda la sesión.
Nada de artimañas para que le diera permiso para besarle la mano, ni ningún otro alarde de imbecilidad.
(Si ella quería tocarlo a él ya era otro asunto; no veía por qué no iba a permitírselo.
Estaba en juego su dignidad, no la de ella).
Cuando se materializó en el Plátano Traicionero, descubrió que Fairhrim ya estaba allí.
Llevaba puesta una delicada capa blanca, como si fuera una especie de virgen vestal científica.
Él abrió la boca para verbalizar aquella observación, pero Fairhrim se giró, levantó los ojos hacia los suyos, su capucha cayó hacia atrás y, de repente, iluminarla se convirtió en el único propósito del sol.
La lengua de Osric retrocedió inútilmente hacia sus amígdalas.
De todos modos, no había palabras para describirla, como tampoco había palabras para plasmar la belleza de la luz del sol sobre un pétalo.
Fairhrim extendió la mano hacia la suya con una sonrisa.
Una bandada de tórtolas alzó el vuelo, dispersó la luz que los rodeaba y la transformó en un resplandor moteado.
Una leve brisa se levantó. Se oyó el sonido de un arpa eólica.
Él sintió el deseo de entregarle su alma.
La mano de ella se cerró alrededor de la suya.
El corazón de Osric abandonó su ubicación habitual y empezó a palpitarle en la garganta.
Ella lo atrajo hacia sí, como para abrazarlo…
Pero no. La sonrisa no era para Osric. Era para la familia que acababa de llegar a la viedra detrás de él. Lo había agarrado de la mano no para acercarlo a ella, sino para quitarlo de en medio.
—Lo siento, siempre está estorbando —dijo Fairhrim, mientras apartaba a Osric. El corazón de este volvió al lugar habitual. Dejó de pensar en el resplandor. Las tórtolas resultaron ser palomas. Y al final Osric decidió que prefería quedarse con su alma.
Fueron andando hasta la clínica. Él se obligó a reprimir sus sentimientos. Una Fantasía no debería sumir a nadie en tal estado de inquietud.
Fairhrim estaba completamente absorta en sus pensamientos y caminaba como si Osric no estuviera presente.
Osric, a quien le gustaba existir, intentó reintroducirse en la realidad.
—Me he enterado de lo que ha pasado con el Færwundor —dijo.
Aquello captó la atención de Fairhrim.
—Es horrible. Los Dreor se enteraron de que se habían colado unos intrusos y decidieron eliminar las pruebas. Lo destruyeron todo.
—Menudo alarde de mala leche.
—Si te enteras de algo, estoy dispuesta a pagar por la información.
Osric le dijo con altivez que dudaba que pudiera permitirse sus honorarios.
Aquello cabreó a Fairhrim, que le lanzó una mirada que lo empotró contra la pared.
A él le entraron ganas de enfadarla más todavía, a ver si lo empotraba de verdad contra la pared (le pareció que sería agradable), pero recordó su Decisión: no iba a intentar tocarla.
—Oscurantista —dijo Fairhrim.
—Tribulación —replicó Osric.
—Pólipo.
—Monomaniaca.
Osric esperaba más, pero Fairhrim siguió andando, distraída con algo que no era él.
Lo llevó a un edificio lleno de carteles de víctimas de la viruela de Platt en los que se veía una cantidad inquietante de pus.
A Osric se le revolvió el estómago. Fairhrim, que estaba acostumbrada a aquellas penurias desde que era un embrión, pasó por delante de ellos sin inmutarse. La clínica olía un poco a queso.
—Antes de empezar, tengo que pedirte un favor —le dijo Fairhrim.
—La respuesta es no —contestó Osric.
—Si ni siquiera te he dicho qué es.
—Aun así: no.
—La terquedad es un defecto impropio de un caballero.
—Yo no soy un caballero —replicó él—. Soy un pólipo.
—Mordaunt.
—¿Qué?
—Es importante —dijo Fairhrim—. Tiene que ver con los Dreor.
—¿De qué se trata? —le preguntó Osric—. No es que vaya a ayudarte, pero soy muy curioso.
—He solicitado información sobre la Orden Dreor en todas las bibliotecas académicas y de investigación de los T ī endoms y ninguna tiene nada; todo se ha perdido o ha sido destruido.
—Alguien ha sido muy meticuloso —dijo Osric.
—Pues sí —respondió Fairhrim—. Es desconcertante.
¿Tienes algo sobre la Orden Dreor en tus bibliotecas?
Después de lo que descubrimos que estaba tramando lord Wellesley, no me atrevo a preguntar a ninguna de las grandes casas con archivos privados.
También podrían estar involucradas. —Osric no respondió.
Fairhrim le dijo que era por el bien común.
Él se limitó a emitir un sonido poco comprometedor.
Fairhrim le pidió que se uniera a ella en la cima de la superioridad moral.
Él le dijo que era imposible, que ella ocupaba todo el espacio.
Ella apeló a su Naturaleza Bondadosa. Él le dijo que su Naturaleza Bondadosa había muerto hacía años, en trágicas circunstancias.
Fairhrim le preguntó en cuáles y Osric le respondió que por un desollamiento de pene—.
Haz lo correcto por una vez —le pidió Fairhrim.
—Hacer lo correcto me agota —dijo Osric—. Además, yo no dejo entrar a cualquiera en mis bibliotecas.
—¿A cualquiera ? —replicó Fairhrim—. ¿Insinúas que no sé cómo tratar los libros valiosos, pedazo de…?
Se calló al ver que Osric estaba conteniendo una sonrisa.
—Echaré un vistazo por ti —dijo este.
Fairhrim guardó las uñas.
—Gracias. Es todo un detalle. Te lo agradezco.
—Reboso caridad humana.
Fairhrim no reaccionó ante aquella afirmación tan absurda. Sacó el difractor Franklin y le pidió que se desvistiera con el tono distante de quien está concentrado en otra cosa.
Las veces anteriores siempre había salido de la habitación mientras él se desnudaba, pero esa vez no lo hizo y, en vez de ello, se entretuvo con el difractor.
A Osric no le importó; al fin y al cabo, era tremendamente viril y tenía un desnudo impresionante.
—No me importa que mires —dijo, mientras se quitaba las armas y la ropa.
Fairhrim estaba perdida entre los tentáculos del difractor, preguntándose en voz baja qué bárbaro lo habría guardado la última vez.
—¿Hum?
—Solo decía que no me importa que mires mientras me desnudo —repitió Osric, al tiempo que se quitaba la camisa.
La mirada abstraída de Fairhrim recuperó una pizca del sarcasmo habitual.
—Está claro que no se te puede acusar de exceso de modestia. Debería haber batas en el armario.
En el armario solo había un par de zapatillas. Osric se las puso.
Fairhrim ignoró su desnudez. Realizó los rituales acostumbrados: esparció el hlutoformo, le puso los cables adhesivos del difractor y proyectó su sistema seith en la pared.
Luego puso unos instrumentos plateados sobre la imagen para medir las distancias entre los brillantes marcadores seith que había colocado en el sistema de Osric.
Consultó la ficha del paciente Pústula I. , volvió a mirar hacia la pared y dijo:
—Efectivamente, el nódulo se ha curado. Bien.
Como mínimo, Fairhrim debería haberle dedicado otra sonrisa, aunque tampoco habría estado mal que se hubiera abalanzado sobre él en un arrebato de alegría. Pero se limitó a arrancar bruscamente los tentáculos del difractor del pecho desnudo de Osric.
—¿Bien? —repitió Osric—. ¿Eso es todo? ¿ Bien ?
—Muy bien. —Fairhrim asintió—. Excelente. Científicamente imposible. Fascinante. Veamos qué nos depara la próxima luna. ¿Quieres que te ponga una estrellita dorada?
—Sí.
Para disgusto de Osric, Fairhrim sacó una hoja de estrellas doradas adhesivas para los niños que se portaban bien, despegó una y se la puso en mitad de la frente.