La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 7. La paciente del Pabellón 13 #2
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7. La paciente del Pabellón 13 #2

Aurienne esbozó una sonrisa forzada, porque claro que podía ser tan Mal Tío. Era un puto Fyren.

—¿Nos lo puedes presentar a Élodie y a mí? —preguntó Cath.

—Ni soñarlo —respondió Aurienne—. No es nadie importante. Solo uno de mis Rollos Ocasionales. ¿Té?

—Sí, por favor —dijo Cath, mientras empujaba la taza hacia delante—. ¿Se lo presentas a tus padres y a nosotras no?

—Exacto.

—Pues, desde luego, te tiene bastante distraída.

—Qué va.

—Estás echando la leche en el azucarero.

—Mierda.

El rescate llegó en forma de Quincey, que se llevó a Aurienne para presidir un comité en lugar del Haelan Whitman.

El comité era sobre Ética Clínica, precisamente.

Algo muy apropiado, teniendo en cuenta que ella iba por ahí aplicando ilegalmente a miembros de la Orden Fyren tratamientos no aprobados, lo cual podría costarle las alas de Haelan, si alguien se enteraba.

El destino, una vez más, se estaba burlando de ella.

Aurienne no se permitió pensar más en Mordaunt a partir de entonces, salvo por una preocupación justificada: estaba impaciente por conseguir un difractor para él y confirmar qué cambios se habían producido tras la sanación en el Færwundor.

Mordaunt estaba igual de nervioso al respecto y le enviaba constantemente mensajes por medio de su deofol para preguntarle por la fecha de la próxima cita.

Sin embargo, con la puesta en marcha del programa de vacunación contra la Viruela, todas las clínicas de la Orden Haelan, incluidas las de las aldeas remotas donde ella solía reunirse con Mordaunt, estaban llenas.

No pudo reservar en ninguna hasta que se produjo una cancelación fortuita quince días después, y, para entonces, tanto ella como Mordaunt estaban a punto de volverse locos de frustración.

—Creo que he encontrado un sitio para reunirnos —le dijo Aurienne a la deofol de Mordaunt, que, una vez más, había ensombrecido su t ā cn con su presencia.

Cerró la puerta de sus aposentos con llave mientras el humo negro de la deofol adoptaba la forma de una loba—.

Tengo que confirmar si disponen de algún difractor —añadió—. No los hay en todas las clínicas.

La deofol de Mordaunt, cuyas interacciones anteriores con Aurienne se habían limitado básicamente a comentarios sarcásticos y gruñidos, se contuvo. La loba se tumbó a sus pies como una alfombra paciente y humeante.

—Tómate tu tiempo, Haelan —dijo.

Aurienne hojeó una enorme carpeta con el inventario detallado de la clínica.

—Pues sí, estamos de suerte. Tienen un difractor. Dile a Mordaunt que nos vemos mañana, en Grasmere. La viedra está en el Plátano Traicionero. Sé que es un poco precipitado.

—No importa —contestó la loba—. Acudirá encantado. Gracias, Haelan.

Aurienne cerró la carpeta de golpe. La loba podía ser muy educada cuando quería.

—Nos veremos allí al mediodía. Y si Mordaunt se queja de que sea a plena luz del día…

—No lo hará —dijo la deofol, antes de hacer una reverencia—. Te estamos muy agradecidos.

En lugar de esfumarse, como de costumbre, se quedó flotando a la altura de los ojos de Aurienne.

Incómoda por la mirada inquisitiva de aquella criatura de alma negra, ella le preguntó:

—¿Querías algo más?

—Tú debes de ser la Bella Torturadora —dijo la loba.

—¿La qué?

—Solo es algo que él va murmurando por ahí. Creo que le gustas.

—¿Que le gusto ? —preguntó Aurienne.

—Curioso, ¿verdad? —dijo la loba.

—¿Ha olvidado que yo recorro uno de los Senderos Brillantes y que él tiene un cerbero enorme y llameante en la mano?

La deofol se encogió de hombros.

—Toda luz implica combustión.

Aurienne se fue a la cama dándole vueltas a aquella críptica observación.

Pero el descanso fue breve. Unas horas más tarde, la despertó la presión de una seith aterciopelada en su t ā cn.

Lo levantó para dejar pasar a la deofol de Xanthe, Saophal. El ajolote se materializó con un resplandor y dijo:

—Te necesitan urgentemente. Sígueme.

Aurienne se puso en estado de alerta. En su mente se arremolinaron mil razones por las que podían necesitarla con urgencia, a cada cual más disparatada.

¿Tendría que ver con el Færwundor? ¿Tendría que ver con Mordaunt?

¿Habrían descubierto el pacto? ¿Iban a despedirla, quitarle las alas de Haelan y expulsarla de Swanstone?

—Date prisa, querida, un poco más de energía, por favor —dijo Saophal mientras ella se calzaba las botas.

Se puso una capa sobre el camisón.

—¿Qué pasa?

—Necesitamos que nos ayudes con una paciente —dijo Saophal, posándose en el hombro de Aurienne—. Te reclaman en el Pabellón 13.

—¿En el Pabellón 13? —preguntó confusa, mientras bajaba las escaleras de caracol de la torre norte. El Pabellón 13 era una sala en desuso que se encontraba en las mazmorras de Swanstone. En épocas menos civilizadas, había sido el manicomio de la Orden.

—¿Cómo están tus reservas de seith? —le preguntó Saophal.

—Bien. He dormido un poco. ¿Qué hora es?

—Las tres y media —dijo Saophal.

—¿Qué le pasa a la paciente? —preguntó Aurienne—. ¿Presentación? ¿Síntomas? ¿Por qué está en el Pabellón 13? ¿Es algo contagioso? ¿La vamos a aislar?

Saophal se aferró al hombro de Aurienne mientras esta echaba a correr.

—Necesitamos que desactives su sistema seith.

—¿Desactivarlo? ¿Qué? ¿Te refieres a mis microoclusiones?

—Sí.

—Pero si se encuentran en fase experimental y solo son para casos terapéuticos específicos, como las hemorragias seith… Uy, perdón, Haelan Abercorn…

—Tranquila, no necesito para nada el diafragma —jadeó Abercorn, al que Aurienne acababa de propinar un codazo. A la vuelta de la esquina, detrás de él, apareció el Haelan Prendergast. Ambos se estaban poniendo apresuradamente las batas sobre los pijamas.

Junto con Xanthe, Abercorn y Prendergast integraban el equipo de dirección de la Orden de Haelan. ¿Por qué estaban allí? Aurienne se puso aún más nerviosa.

—Ahí dentro —dijo Saophal.

Aurienne abrió la puerta de lo que en su día había sido una de las celdas del Pabellón 13. Abercorn y Prendergast se apretujaron detrás de ella. En las paredes había unos crueles grilletes oxidados, pero no los habían usado para inmovilizar a la paciente.

Cinco Warden, sin guanteletes y con los t ā cn brillando con una intensidad cegadora, se encontraban allí de pie, en círculo.

Unas barreras de protección que chisporroteaban de energía se entrecruzaban entre ellos.

En el centro del círculo yacía una mujer completamente desnuda, salvo por las brillantes barreras de protección que llevaba en los tobillos y las muñecas.

Tenía la cabeza gacha y el cabello negro y lacio revuelto.

Su rostro estaba ensangrentado. Y parecía tener un tobillo roto.

Xanthe ya estaba allí, con un camisón holgado. Bajo la luz de las barreras protectoras, sus arrugas parecían especialmente profundas. Les hizo un gesto con la mano a Aurienne, Abercorn y Prendergast para que entraran.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó Abercorn.

—¿Quién es esa mujer? —quiso saber Prendergast.

Verity, la líder de los Warden que patrullaban en Swanstone, introdujo un brazo entre las barreras. Sacó la mano flácida de la prisionera y le abrió la palma izquierda.

En ella sonreía la calavera de un cerbero.

La sala se llenó de exclamaciones.

—¿Una Fyren en Swanstone? —preguntó Prendergast.

—No es una Fyren cualquiera —dijo Verity—. Es la comandante de la Orden Fyren. Tristane Épervier.

Las barreras protectoras que retenían a Tristane se agitaron. Los ojos de los Warden brillaron con dureza y rabia.

—¿Cómo la han capturado? —preguntó Prendergast.

—Con una barrera de protección sensible a la seith en la viedra —respondió la Warden llamada Tenet—. Una nueva aplicación solicitada por vuestra Orden. Cualquiera cuya firma no esté incluida en el listado de Swanstone es capturado en cuanto sale de la línea ley. Ha funcionado.

Aurienne y Xanthe se miraron. Se le había ocurrido a la primera ampliar las barreras protectoras más allá de los límites de Swanstone, una idea que le había transmitido a Xanthe, y ella, a su vez, a los Warden. No esperaba que fuera a tener tanto éxito.

—Por el equipamiento de Tristane, no parece que se trate de una visita amistosa —dijo Verity.

Levantó una bolsa y se oyó un tintineo como de cristal—.

Aquí hay venenos. —Levantó otra bolsa—. Granadas.

—Hizo lo mismo con unos cuantos objetos de metal brillante—.

Armas de diversos tipos. Y, por último, esto.

Verity levantó una daga larga y afilada.

Aurienne se dio cuenta de que era una navaja blaec de Fyren.

Ninguno de los presentes conocía el significado del oro de la empuñadura excepto ella, que ahogó un grito de sorpresa.

Los Fyren marcaban el número de víctimas que habían matado con finos hilos de oro enrollados alrededor de la empuñadura.

La navaja blaec de Mordaunt brillaba muchísimo.

La empuñadura de Tristane era un repugnante pedazo de oro macizo.

Verity se volvió hacia Xanthe.

—Habías advertido a nuestra Orden de una amenaza revelada por una fuente anónima. ¿Era esta?

—Me dijeron que había una amenaza, no especificaron cuál —respondió Xanthe—. Pero supongo que será esta.

Aurienne guardó silencio, dado que ella era esa fuente anónima.

—Es una vulneración flagrante de los Acuerdos de Paz —dijo Abercorn—. Intentar entrar en Swanstone, armada hasta los dientes de esta manera… Y se trata de la comandante de los Fyren…

—Es escandaloso —apuntó Prendergast—. Absolutamente escandaloso.

—Convocaremos una reunión en el Stánrocc para decidir qué hacemos con ella —dijo Xanthe. Se volvió hacia los Warden que mantenían a Tristane inmovilizada—. Os felicito por vuestro autocontrol. No parece muy maltrecha.

—Tenet la reconoció: es la única razón por la que no la hemos matado —repuso Verity—. No queríamos desencadenar una guerra abierta haciendo pedazos a la líder de la Orden Fyren.