7. La paciente del Pabellón 13
Aurienne
Las escasas horas que Aurienne y Mordaunt lograron dormir en el Serbal Sangrante les permitieron reponer la suficiente seith como para usar la viedra.
Cuando se despertaron, sus interacciones habían adquirido una extraña formalidad, como si quisieran alejarse de la intimidad propiciada por el agotamiento.
Desayunaron unos bollos tremendamente duros que había hecho Edo (o «cruasanes con hueso», como los había llamado Mordaunt).
Se separaron en la viedra, tras una incómoda despedida.
Aurienne regresó a Swanstone, deseando saber qué había sucedido en el Færwundor. Fue directamente al despacho de Xanthe.
—Adelante —contestó esta, cuando llamó a la puerta.
—Acabo de volver —dijo Aurienne—. ¿Qué ha pasado en el Tor?
Algo iba mal. Xanthe no levantó la vista del escritorio. Tenía los nudillos hundidos en la frente.
—El Færwundor ha desaparecido —contestó.
—¿ Desaparecido ? —preguntó Aurienne—. ¿Cómo que ha desaparecido?
—Está destrozado. Reducido a escombros. No quedan más que cenizas.
—Pero… Pero si acabo de estar allí…
Xanthe levantó la vista.
—Los aldeanos le echan la culpa a un incendio. Otros dicen que fue una explosión de gas. Nunca habría pensado que los druidas tuvieran gas.
Aurienne la miró boquiabierta.
—Los Dreor nos descubrieron, a Mordaunt y a mí. Habrán decidido destruir las pruebas. Ya habían matado a la mayoría de los druidas —dijo—. ¿Hay algún superviviente? —preguntó, con la desagradable certeza de que ya sabía la respuesta.
—Ninguno. Es un montón de escombros. Lo registramos todo con los Warden que nos acompañaron.
No encontramos ni un cadáver. Es abominable.
Se llevará a cabo una investigación, pero no sé si habrá quedado algún resto, salvo quizá alguna prueba de que lo destruyeron a propósito.
—En la mandíbula apretada de Xanthe se reflejó cierta obstinación—.
En cuanto consigamos alguna prueba, llevaremos a la Orden Dreor ante el Stánrocc, atada de pies y manos.
—Destruiremos la Orden al completo —dijo Aurienne, cuya sorpresa se había transformado en ira.
Xanthe, que solía ser la que echaba espuma por la boca, la miró sorprendida.
—No sé si, políticamente, tendremos la influencia necesaria para aniquilar a una de las Ocho.
Aurienne ni siquiera pudo fingir moderación en su respuesta.
—Todo este sufrimiento ha sido intencionado. Lo de la viruela fue a propósito. Lo hizo la Orden Dreor. Ese t ā cn debería ser exterminado.
—Eso se aleja mucho de tu dogmatismo habitual. Como no tengamos cuidado, acabarás fuera de control —dijo Xanthe. Sus labios se curvaron en una sonrisa, pero luego se quedó mirando fijamente a Aurienne durante un buen rato.
Esa noche, Aurienne no paró de dar vueltas en la cama.
La ira seguía bullendo en su interior. Los druidas muertos.
El imponente roble, destruido. Los laboratorios allanados.
La ciencia al servicio de las atrocidades, en vez de al de la vida.
Aquella rabia persistente la asustaba; apenas se reconocía.
Daba vueltas y más vueltas, incapaz de reconciliarse consigo misma y con su vigoroso deseo de venganza. ¿O era de justicia?
Ya no podía seguir siendo tan moralista con respecto a su superioridad sobre los Fyren.
Tras aquel repugnante giro de los acontecimientos, le habían entrado ganas de cometer una masacre.
Una sombra aterrizó entre las sábanas blancas de Aurienne.
Actos de Brutalidad Injustificada, que nunca se había acercado a ella en la cama, se estaba aproximando con sus patas de terciopelo negro.
Los ojos dorados de la gata brillaban en la oscuridad.
Caminó con sinuosa determinación sobre el muslo de Aurienne, cruzó por encima de su abdomen y trepó hasta su pecho.
Apoyó las diminutas almohadillas de las patas en sus clavículas.
La gata se acurrucó en forma de espiral y le acarició la piel con los bigotes, mientras apoyaba la pequeña barbilla en el corazón acelerado de Aurienne.
Esta se quedó inmóvil. La gata desprendía calor. Aurienne encontró la paz.
La rabia no se extinguió. Se posó sobre ella como un sudario.
Después de lo que Aurienne había presenciado en el Færwundor, las tareas que la esperaban como directora del Centro de Investigación de la Seith no le parecían tan abrumadoras como de costumbre.
Invitó a Quincey a pasar a su despacho con su montaña de Temidos Trámites Administrativos y se enfrentó a ellos sin rodeos.
Ningún problema era tan terrible como los cuerpos ensangrentados de decenas de druidas muertos, ni nada tan difícil de superar como ver a Grön morir ante sus ojos.
Las bibliotecas le habían fallado. Quincey leyó las respuestas a su solicitud sobre la Orden Dreor, cada vez más nervioso.
Cuando empezó con las primeras notas de disculpa, Aurienne pensó que se trataba de una curiosa coincidencia.
Pero, a medida que las excusas se sucedían, la coincidencia dejó de ser una explicación válida.
En todas las bibliotecas habían desaparecido los textos relacionados con la Orden Dreor.
Alguien había revisado a fondo las mejores bibliotecas de los T ī endoms y había eliminado cualquier material relacionado con ella.
Otro acto que habría requerido meses y una gran cantidad de recursos.
A medida que iba desentrañando la trama capa a capa, Aurienne tenía la sensación de estar a punto de descubrir algo cada vez más gordo.
Le dio permiso a Quincey para que se retirara y centró su atención en las colecciones privadas.
Aunque, si la Orden Dreor había orquestado una cuidadosa purga de las bibliotecas públicas, ¿era posible que también hubiera hecho lo mismo con las privadas?
¿Podía estar segura de que los propietarios de esas colecciones no revelarían el inusual interés de los Haelan por la Orden Dreor?
¿Qué persona de confianza tenía una biblioteca privada? La respuesta le disgustó enormemente.
Mordaunt.
No le apetecía nada pedirle un favor, ni acrecentar su deuda con él. Pero ¿tenía otra opción?
Un aspecto positivo entre los numerosos horrores de las últimas veinticuatro horas había sido el resultado de la última sanación: Aurienne había observado una auténtica mejora en su estado (aunque todavía había que confirmarlo con el difractor).
Sus sentimientos ya no le entusiasmaban tanto.
La atormentaban los recuerdos de los labios de Mordaunt sobre su mano, del peso de su brazo sobre sus caderas, de la extraña dicha causada por el aislamiento.
Buscó refugio en la lógica, algo que, como buena devota del pragmatismo, aplicaba a sus problemas emocionales con una frecuencia muy poco saludable.
La lógica solo podía explicar algunas cosas; no era capaz de desentrañar los pequeños gozos de su corazón. Hacía mucho tiempo que no sentía esas alegrías. Se hallaba desconcertada, avergonzada, y contenta y triste a la vez.
Lo que estaba en juego allí no era el amor, eso lo tenía claro: ya había entregado su corazón una vez y no volvería a hacerlo nunca más.
Aun así, la confusión y el enfado no dejaban de enredarse en su cabeza. No debería pensar en él. Pero lo hacía. ¿Pensaría él en ella? No debería hacerlo. Aunque esperaba que lo hiciera, porque ella sí pensaba en él. Aunque no debería hacerlo.
Deseaba un poco de serenidad; deseaba despejar la mente.
Como experta Haelan, Aurienne ya casi nunca trabajaba en el laboratorio, pero durante los días posteriores encontró consuelo allí, en la aplicación rigurosa de la metodología y el protocolo.
Agarró los sentimientos con ambas manos y los sometió al mismo proceso: los decantó, los tapó y los guardó de forma segura en compartimentos refrigerados a prueba de fuego.
Como se hacía con los compuestos inestables.
Compartimentar y volver a compartimentar. ¿Era posible quedarse sin compartimentos?
Aurienne conservó las muestras de tejido y sus sentimientos en una solución de glutaraldehído al 2,5 por ciento hasta que Cath apareció para ir a almorzar.
Cath, la directora de Traumatología y Cuidados Intensivos, era, junto con Élodie de Virología, una de las mejores amigas de Aurienne.
Cath llevaba la cabeza rapada por culpa del Coste, que le provocaba la caída del cabello.
Tenía una lengua y un intelecto tan afilados como las puntas de sus zapatos.
Aurienne se sintió orgullosa de sí misma mientras iba hacia la cafetería: llevaba más de tres horas sin pensar en Mordaunt. Hasta que Cath le preguntó: «¿Qué tal Paja Cubana?», y lo estropeó todo.
«Paja Cubana» era el apodo (tal vez aún más desafortunado que «el Chico Cebolla») que Cath le había puesto a Mordaunt, que para ella solo era un hombre misterioso al que Aurienne había curado de una puñalada.
Aurienne se planteó huir.
—Paja Cubana está bien —contestó con la mayor frialdad posible.
—¿Solo bien? Ya lo sé, soy una cotilla de campeonato —añadió Cath en tono pacífico.
—Sí, bien —dijo Aurienne—. Ya no está, de hecho. He pasado de él.
—Ah, ¿sí? —preguntó Cath, mirando fijamente a Aurienne con sus ojos de color burdeos—. Te creería si no estuvieras buscando desesperadamente una salida.
—No seas boba —replicó Aurienne, que efectivamente se estaba planteando lanzarse por la ventana más cercana.
Llegaron a la cafetería de Swanstone. No era gran cosa; se componía de una larga hilera de mesas en un pasillo, ya que la cafetería habitual se había convertido en el Pabellón 14 (Viruela de Platt).
Llenaron las bandejas y buscaron una mesa. Como mejor se reponía la seith era con alimentos, cuanto más calóricos mejor; por ello, la comida en Swanstone era sustanciosa y fuerte, para alimentar a los Haelan que tenían la seith bajo mínimos.
Cath untó en una galleta un poco de queso de cabra batido y mermelada de higos.
—¿Sabe Xanthe lo que pasó con Paja Cubana? —le preguntó—. ¿Lo del apuñalamiento y todo eso?
—Sí —contestó Aurienne.
—Entonces no puede ser tan mal tío —dijo Cath.