La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 6. Kintsugi #2
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6. Kintsugi #2

Aurienne se esperaba un beso pomposo y galante en el dorso de la mano y eso fue lo que obtuvo, en un principio.

Sin embargo, al ver que ella no se apartaba inmediatamente, Mordaunt posó suavemente los labios sobre sus nudillos, entre las ampollas y grietas causadas por su Coste.

Empezó a bajar por el dorso de sus dedos y ascendió por la muñeca.

El corazón de Aurienne se estremeció, gratamente sorprendido.

Una y otra vez, sus labios se fundían con su piel, sin romper apenas el contacto antes de pasar al siguiente punto.

Los besos se iban amontonando unos sobre otros y el mundo cantaba de nuevo.

Pero ¿eran realmente besos? Aurienne no sabía cómo llamarlos. ¿Besos? ¿O plegarias?

Mordaunt estaba embelesado. Tenía los ojos entrecerrados. La estaba colmando de ternura. Le giró la mano y le dio un beso en la palma, donde llevaría el t ā cn si recorriera el Sendero Sombrío.

Aurienne se había esperado un beso. No que la venerara.

Mordaunt le acarició el interior de la muñeca con los labios. Sus ojos trazaron una trayectoria ascendente hacia su hombro, cuello y boca. Como si cada parte de ella formara una línea que conducía a ese objetivo final. Como si la veneración y el deseo fueran lo mismo.

Aurienne notó que volvía a sonrojarse. Se arrepintió de su bravuconería. Había puesto en peligro su propia paz.

Apartó la mano. Mordaunt la soltó poco a poco y sus dedos se separaron en una larga caricia.

—No deberías concederme libertades tan a la ligera —dijo Mordaunt, mirando fijamente el cuello de Aurienne—. Me da esperanzas de otro tipo.

—Menudo beso —repuso ella.

—Tus manos me están sanando. Las besaré tanto como me lo permitas. —Mordaunt salió de su ensimismamiento. Sus ojos se endurecieron hasta adoptar su expresión habitual, brillante y burlona—. Ha sido otro crimen pasional. Pero sé que me perdonarás.

—Ah, ¿sí?

—No supone peligro alguno coquetear contigo.

—No me digas.

—A prueba de tontos.

Aurienne reprimió una risa triste.

—No te imaginas hasta qué punto.

—Cuéntamelo —dijo Mordaunt.

—No. Para contarlo harían falta vino y lágrimas, y no quiero llorar.

—Muy bien —replicó Mordaunt—. Deberíamos descansar…, si es que eres capaz de dormir a mi lado.

—No creo que haya muchos lugares más seguros para mí —dijo Aurienne.

Mordaunt parecía a la vez confuso y satisfecho. Ella le dedicó una sonrisa fugaz.

Él la miró sorprendido y dijo:

—¿Sabías que tienes un hoyuelo?

—Sí.

—Pues yo no.

—¿Y?

—Es… —Daba la impresión de que Mordaunt tenía una docena de palabras en la punta de la lengua—. Muy bonito —dijo finalmente.

—¿Lo suficiente como para que admitas que soy más guapa que tú? —le preguntó Aurienne.

Mordaunt soltó una carcajada breve y maravillosa. Se pasó la mano por el pelo.

—Fairhrim. Me estás pidiendo que deje a un lado mi ego.

—Me lo tomaré como un sí —contestó ella—. Gracias por admitirlo por fin.

—He tardado demasiado en ver la realidad. —Mordaunt seguía con la sonrisa en los labios, pero en sus ojos había cierta seriedad, casi un atisbo de tristeza.

—No te pongas triste —le dijo Aurienne—. Seguirás siendo guapo, solo que no el más guapo de todos.

—Eres mejor que yo en todo lo realmente importante.

—Tienes una droga psicotrópica desconocida en el organismo.

—Le echaré la culpa encantado por cualquier tontería que diga o haga.

Aurienne iba a decir «igualmente», pero un bostezo enorme e incontrolable se apoderó de ella.

Fairhrim y Mordaunt ahuecaron las almohadas rellenas de paja. Se acomodaron en sus respectivos lados de la cama y se dieron la espalda.

Su descanso se tiñó de tristes sueños sobre el roble y los druidas.

Aurienne se despertó en plena noche con el fuego crepitando en la chimenea y un brazo pesado sobre las caderas.

Ella y Mordaunt se habían acercado el uno al otro mientras dormían.

Aurienne tenía la espalda pegada a su pecho y la cabeza apoyada en su brazo.

Le habría gustado poder echarle la culpa a él de la situación, pero, al entreabrir los ojos, se dio cuenta de que ella estaba tan en medio de la cama como él y, por lo tanto, era igual de culpable.

¿Mordaunt estaba despierto o dormido? Podía sentir su respiración tranquila y regular sobre el cuello. Aurienne buscó el pánico, la repulsión. Un Fyren la estaba abrazando.

Pero aquellas emociones no se presentaron. Se sentía cómoda. Se sentía segura.

«Dentro de cien años, nada de esto importará».

No se alejó de él. Puede que se tratara del efecto residual de la droga, pero, por una vez en la vida, Aurienne no se cuestionó ni analizó nada. Se limitó a existir entre los brazos de Mordaunt.

La luz del fuego iluminaba las paredes y se reflejaba en el vello del antebrazo de Mordaunt.

El aroma de la hierba seca por el sol perfumaba el ambiente.

Aquel instante era un respiro, un interludio sin exigencias ni obligaciones, oculto, protegido.

Era la libertad del aislamiento, de dejar de lado todas las preocupaciones y obligaciones para ocuparse de ellas en otro momento. Era una nueva forma de estar juntos.

Aurienne se sentía como si estuviera al borde de un camino salvaje e inexplorado. Sintió aquel arrebato de euforia que se produce al ir más allá de donde uno debe estar.

Ella y Mordaunt se habían sentido atraídos el uno por el otro en sueños…

, por las rarezas del inconsciente, por la extraña lógica de las almas.

La sanadora en brazos del asesino, el pecador entrelazado con la santa.

Yacían como dos mitades de un todo, como fragmentos unidos en una nueva forma; estaba mal, pero bien, y por eso era feo y hermoso a la vez.

Una Haelan y un Fyren compartiendo cama. La prueba indiscutible de que la magia existía.

Entre sus brazos, Aurienne descubrió la extraña sensación de estar donde debía.

Mordaunt se movió. Su t ā cn se hizo visible por un instante. El cerbero presentaba una simetría perfecta entre las cuencas oculares, los cuernos curvados y la calavera.

La luz del fuego podía hacer que las cosas más repugnantes se volvieran bellas.

Mordaunt cerró la mano. Ahora yacía junto a ella como un hombre, simplemente.

Un leño cayó en la chimenea. Mordaunt se despertó.

Así que estaba dormido. Aurienne oyó una suave inhalación y dejó de sentir su respiración en el cuello.

Se tumbó de espaldas. Él la miró con un ojo gris y otro blanco, y un rostro surcado por las cicatrices del sufrimiento del pasado. Seguía con el brazo encima de ella.

Permanecieron inmóviles, pero sus sombras temblaban sobre las paredes rugosas, se estiraban y brillaban, se fragmentaban y se unían entre los destellos de la luz del hogar.

Los minutos parecían horas en aquel lugar donde el tiempo se alteraba.

Aurienne disfrutó de los detalles. De la lentitud con la que Mordaunt recorría su rostro con la mirada, como si él también la estuviera saboreando y empapándose de ella.

De su muñeca pegada al antebrazo de él y de la poesía del contacto de su piel.

De la forma en la que el fuego proyectaba su calor sobre ellos en fragmentos dorados, en líneas de luz discontinuas.

El fuego era importante. Tenía un Significado.

Al igual que las sombras de los pájaros en el páramo y la caligrafía de la lluvia.

Si apartaba un poco los ojos y miraba un poco más allá, con la vista desenfocada, los significados estaban ahí, inciertos, fugaces, borrándose y reescribiéndose a sí mismos.

Cada destello en el rostro de Mordaunt y en la piel de Aurienne desvelaba un poco de su historia: odio y cariño, romance y locura, cal y arena, algo ancestral y, sin embargo, tan nuevo como el fuego.

¿Era revelador o premonitorio?

El mundo se había vuelto trémulo y borroso. Aurienne observó cómo el fuego proyectaba sus inquietos sueños sobre el techo. El avance, la retirada, la sombra y la luz.