La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 6. Kintsugi
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6. Kintsugi

Kintsugi

Aurienne

—Si no fuera tan imposible, estaría en serio peligro de enamorarme de ti.

La caricia de Mordaunt, su inesperada ternura y aquellas palabras susurradas dejaron a Aurienne tan desconcertada como si la hubiera besado.

El amanecer lo reinventó por completo; delineó la nobleza latente en su semblante y engastó en oro blanco sus cicatrices. Tenía los ojos llenos de luz.

No debería encontrarlo atractivo. Era como encontrar atractiva la muerte. O el fin del mundo.

El cuero húmedo siguió la curva de la mejilla de Aurienne y se detuvo en su mandíbula.

Mordaunt apartó la mano. En sus labios se dibujó la habitual sonrisa burlona, pero una extraña expresión permaneció en su rostro, y Aurienne albergó la idea fugaz de que tal vez no estuviera bromeando del todo.

Se distrajo con el doloroso espasmo de un escalofrío que le hizo castañear los dientes. Apretó la mandíbula para reprimir el temblor.

—Tenemos que salir de aquí —dijo Mordaunt—. Vamos a buscar una viedra.

—No tenemos ni una pizca de seith entre los dos —repuso Aurienne.

—Pues buscaremos un lugar donde entrar en calor y descansar.

Mordaunt se levantó del barro con un chof húmedo y ayudó a Aurienne a ponerse en pie.

—¿Crees que nos habrá seguido algún Dreor? —preguntó ella, girando la cabeza hacia el río.

—Sería imposible que sobrevivieran a eso. Nosotros solo lo hemos conseguido porque hemos caminado las sombras. Pero, si ves a alguno, grita y le pongo la cabeza del revés.

Avanzaron tambaleándose y temblando por el camino de sirga que discurría paralelo al río.

Llegaron a una posada diminuta, parcialmente encajada en la orilla.

Un letrero torcido les indicó el nombre: El Serbal Sangrante.

Sus paredes estaban hechas de madera podrida y el techo era el casco de un barco antiguo.

A Aurienne no le habría sorprendido que la regentaran auténticas ratas de río.

Al lado había una pequeña viedra, que ni Aurienne ni Mordaunt tenían suficiente seith para usar.

—Comeremos algo y echaremos una cabezadita para recuperar la seith —dijo Mordaunt.

Entraron en la pequeña posada. Mordaunt descubrió con la frente las vigas de madera del techo.

El posadero era un hombre pequeño, pero los miró con un recelo enorme. A Aurienne le pareció normal que desconfiara. Ella y Mordaunt parecían salidos de un carro de estiércol especialmente húmedo.

Mordaunt lanzó una bolsa de monedas empapada hacia la barra.

—Ahí tienes cien generosas thrymsas a cambio de comida, fuego y cama.

—Si tiene la amabilidad de acogernos —añadió Aurienne.

El hombre contó las monedas.

—Síganme —replicó, con una expresión bastante más amable.

Les dijo que se llamaba Edo, que rimaba con «húmedo». Le dieron las gracias por la información. Los condujo a un pequeño cuarto sin ventanas que solo tenía una cama y una chimenea.

Mordaunt le preguntó si había una segunda cama disponible. Edo le contestó que no dijera tonterías.

Para comer, les sirvió un curri que más bien parecía un castigo.

—Métanse un poco de esto por el gaznate —les dijo, mientras les ponía los cuencos humeantes en las manos—. Les quitará la tiritona.

Mordaunt tosió al tomar la primera cucharada.

Aurienne, tras observar las tribulaciones de Mordaunt, probó discretamente el curri, que picaba muchísimo, y dijo que tomaría solo pan.

Mordaunt la llamó cobarde. Edo les llevó una palangana y ropa seca.

A Aurienne le proporcionó un camisón limpio y a Mordaunt un pijama que olía a cedro y a naftalina.

Se turnaron para lavarse mientras el otro miraba fijamente hacia un rincón.

Estar desnuda en presencia de Mordaunt era una sensación extraña e íntima; Aurienne se dio prisa e intentó no pensar en ello.

Colgaron sus cosas frente al fuego. Aurienne se quitó la piedra bruja del cuello y la dejó en el respaldo de una silla para que se secara el cordón de cuero.

La piedra bruja, una piedra plana y redonda con un agujero en el centro, era un regalo que le habían hecho para alejar las pesadillas.

Se la había dado Amagris, una hérgula a la que Aurienne había amado profundamente y que le había roto el corazón.

Amagris era la razón por la que había renunciado al amor.

Ahora llevaba la piedra bruja como una especie de talismán, como un recordatorio para no permitirse volver a ser tan vulnerable.

Aurienne echó un vistazo a la cama. Era un lecho deprimente, de hierro endeble esmaltado en blanco. La parte central estaba combada, lo que le daba cierto toque místico: una sensación de fatalidad inminente, una rendición a lo inevitable, una especie de memento mori .

—¿Crees que aguantará el peso de los dos? —preguntó Mordaunt. Aurienne hundió una mano en la cama. Se oyó un chirrido, pero era más de indignación que de dolor.

—Mejor no hacer movimientos bruscos. Cuanto antes nos durmamos, antes repondremos nuestra seith y antes podré volver a Swanstone y averiguar qué ha pasado en el Færwundor.

—Los Warden odian a los Dreor tanto como los Haelan odian a los Fyren. Va a ser una carnicería.

—Me alegro. Es lo que se merecen.

—¿Y lo de «No hacer daño»? —le preguntó Mordaunt, citando el lema de los Haelan.

Aurienne se encogió de hombros.

—Son los Warden los que lo van a hacer.

Mordaunt se tumbó en el borde del colchón. Aurienne se tapó con una manta, como si tener a un Fyren con ella en la cama fuera lo más normal del mundo.

Él se mantuvo rígido a su lado.

—No puedo creer que estés revirtiendo la corrupción —dijo al cabo de un rato.

El hecho de verbalizarlo lo convirtió en algo real.

Aurienne había logrado un progreso verdadero y tangible en algo imposible.

Estaba curando lo incurable. Estaba revirtiendo la degeneración del sistema seith.

Sonrió eufórica, no solo por los restos de sustancias alucinógenas que aún le quedaban en el organismo, sino también por el embriagador néctar de la alegría.

Disfrutó de la sensación. El mundo era maravilloso.

Se tumbó de lado junto a Mordaunt, sobre el colchón relleno de paja que picaba, y se dejó llevar por aquel sueño hecho realidad.

Mordaunt se puso las manos detrás de la cabeza y la observó con los ojos desiguales a causa del Coste.

El izquierdo, gris; el derecho, blanco. Aun así estaba increíblemente guapo, hasta con aquel pijama anticuado y el pelo enmarañado por el agua del río.

—Pareces contenta —dijo él.

—Tú también deberías estarlo.

—Y lo estoy. En términos generales.

—¿En términos generales?

—Mi arrogancia ha estado a punto de matarnos esta noche. Me confié demasiado. No he estado atento. Quería lucirme.

—¿Lucirte?

—Sacas lo peor de mí —dijo Mordaunt—. Debería haberme dado cuenta de que algo iba mal en cuanto nos encontramos a los centinelas druidas muertos. Debería haberme puesto en alerta máxima.

—Por entonces ya habíamos inhalado aquella flor. Nuestra capacidad cognitiva ya se encontraba mermada.

—Hemos estado a punto de morir. —Mordaunt se pasó la mano por la cara—. Tú nos has salvado la vida. Siempre me he enorgullecido de no deber nada a nadie, pero contigo…

—Ahora ya estamos en paz.

—¿Cuántas veces y de cuántas formas tienes que salvarme la vida para considerar que estamos en paz?

—Podría enumerar la larga lista de cosas que has hecho por mí y por mi Orden, pero se supone que debemos dormir —dijo Aurienne—.

Hoy has abusado muchísimo de tu seith. Ya sé que no había otra opción.

Pero, a partir de ahora, ten cuidado. El riesgo de que vuelvas a sufrir una embolia de seith es alto, aun con los avances que estamos haciendo. Tu sistema es frágil.

Mordaunt había dejado de prestarle atención.

—Puede que esté equivocado —reflexionó—. Puede que saques lo mejor de mí. Y puede que yo saque lo mejor de ti.

—¿Qué?

—Mira lo que estás haciendo con mi corrupción seith.

Has cogido algo que ha estado delante de las narices de todo el mundo durante cientos de años, unas historias que nadie se tomaba en serio, y las has sometido a tu prodigiosa inteligencia.

Pero has necesitado que yo te obligara a seguir adelante.

—Había una irritante dosis de realidad en aquella afirmación.

Por eso Aurienne no respondió—. Te has enfadado porque sabes que tengo razón —añadió Mordaunt—.

Y sí, pienso alardear de ello. Así que dirige esa mirada fulminante hacia otro lado.

—Ella lo hizo. La dirigió hacia la apertura de su camisa, donde un poco de pelo sobresalía por la uve del escote.

El tejido se ceñía a sus pectorales y sugería el contorno de unos músculos bien formados que se podrían seguir con la yema del dedo.

Lo último que necesitaba Aurienne era aquel tipo de pensamientos.

Desvió la vista hacia la pared—. Lo estás consiguiendo —continuó Mordaunt—.

Ya te dije en la clínica que lo estabas consiguiendo.

Debería volver a besarte la mano. Pero esta vez no pienso hacerlo sin tu permiso.

Dicho lo cual, Mordaunt, con naturalidad y elegancia, extendió la mano hacia la de Aurienne.

¿Qué era aquello? ¿Una broma? ¿Una jugarreta?

Miró fijamente a Mordaunt, que estaba levantando una ceja con aire burlón: no creía que ella fuera a permitírselo.

Observó la palma de la mano que tenía extendida.

Era una mano preciosa; lástima que la mancha de su t ā cn la echara a perder. Que lo echara a perder a él.

Aurienne no se movió. Mordaunt retiró la mano divertido, como si acabara de demostrar que tenía razón.

Su impertinencia hizo que Aurienne se envalentonara.

La burla de él se transformó en sorpresa cuando ella posó la mano sobre la suya.

La palma de Mordaunt era áspera, como la de ella.

Ambas estaban marcadas por la dureza de sus profesiones.

Le ofreció la mano izquierda. Si quería, él podía interpretar que no deseaba mancillar su t ā cn posándolo sobre el suyo.