La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 5. El árbol hueco #2
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5. El árbol hueco #2

—¿Desde cuándo los druidas tienen instalaciones para pruebas de endotoxinas?

¿Y para envasado aséptico? ¿Desde cuándo tienen electricidad ?

—se preguntó Fairhrim. Pasaron por una esclusa de aire de una sala limpia en la que había un montón de instrucciones sobre cómo ponerse batas, redecillas para el pelo y calzas.

—Olvídate de los morteros y las majas —dijo Osric.

—Es un complejo farmacéutico supersofisticado. En Swanstone no tenemos ni la mitad de estas cosas. Se supone que nosotros somos los vanguardistas. No los druidas.

—¿Y dónde están los druidas?

Atravesaron el laberinto subterráneo. Las luces parpadearon y se volvieron a encender, lo que les permitió ver una especie de vestíbulo gigante de uno o dos pisos de altura.

Estaba en algún punto por debajo del árbol del Færwundor y sus raíces rodeaban el techo.

Una escalera de caracol descendía en espiral alrededor de una cascada que se encontraba en el centro de la sala.

Osric obtuvo la macabra respuesta a su pregunta cuando entraron en el vestíbulo: varias hileras de druidas muertos yacían sobre las baldosas blancas, asesinados más o menos al mismo tiempo que los centinelas del piso de arriba, a juzgar por el hedor.

Fairhrim ahogó un gemido en la cara interna del codo de Osric.

—Mordaunt, esto es… una masacre… —Un viejo druida yacía en el suelo como un Hombre de Vitruvio ensangrentado.

Le habían dado un golpe en la cabeza; la sangre, ya seca, le había descendido por la barba blanca y empapado la túnica verde.

Al acercarse, vieron que jadeaba—. Está vivo —dijo Fairhrim sorprendida.

—Muy bien —murmuró débilmente el druida—. Os merecéis un premio.

—Rápido, tenemos que ayudarlo —dijo Fairhrim, mientras se zafaba de los brazos de Osric.

—Los suyos son los responsables de la viruela —dijo Osric.

—No puede ser —replicó Fairhrim.

—Me temo que sí —repuso el druida.

—Pero… ¿por qué? —preguntó Fairhrim consternada.

—Los Dreor se apoderaron del Færwundor —contestó el druida—. Nos obligaron a producir la viruela en cantidades industriales. Saboteé todos los lotes que pude. Lo siento, lo siento…

Fairhrim apoyó el t ā cn en su mejilla barbuda.

—Ni siquiera sé cómo puedes seguir vivo. ¿Cómo te llamas?

—Grön.

—¿Hay alguien más con vida?

Grön respiraba con dificultad.

—Creo que no. Dicen… que los Haelan han creado una vacuna. Los Dreor ya no nos necesitan. La viruela ya no sirve para nada.

—No me lo puedo creer —susurró Fairhrim—. ¿Los Dreor obligaron a los druidas a producir la viruela? ¿Y los druidas teníais las instalaciones para hacerlo? Creía que solo cultivabais plantas medicinales, que Swanstone sintetizaba los medicamentos para vosotros…

—Hay que dejar que aquellos con t ā cn se sientan un poco superiores —dijo Grön—. Es mejor que nadie conozca la envergadura de nuestro proyecto. —El druida tosió—. Nadie lo sabe —añadió—. Así no hay impuestos.

—No puedo creer que los Dreor tuvieran la inteligencia necesaria para organizar esto —dijo Osric.

—No la tienen —repuso Grön.

—¿Quién fue?

—No lo sé —contestó el druida con esfuerzo—. El Vidente jefe se reunió con ellos. Le ofrecieron una fortuna por producir la viruela. Él se negó. Lo asesinaron a sangre fría. Cuando nos dimos cuenta, los Dreor habían invadido el Tor.

Llegados a ese punto la situación se volvió un poco incómoda para Osric, dado que el asesino del Vidente jefe había sido… él.

Levantó las manos mientras Fairhrim lo miraba enfadada.

—Solo fue un encargo.

—¿De quién? —preguntó Fairhrim.

—No lo sé. Recibí un papel con las instrucciones y la tarifa. Nada más.

En lo alto de la escalera de caracol, amortiguado por el estruendo de la cascada, se oyó un ruido sordo y el traqueteo de unas botas de acero.

—Tenemos que irnos —dijo Osric.

—No podemos dejarlo aquí —replicó Fairhrim, agarrando a Grön por los hombros.

Grön los miró con los ojos cubiertos de sangre seca.

—Dejad que mi cuerpo alimente al roble.

No se volvió a mover.

Las luces se apagaron. Los Dreor estaban bajando ruidosamente desde la sala de arriba.

A Osric no le gustaba nada aquello. Los Fyren se dedicaban a matar, no se les daba bien enfrentarse a los que ya estaban muertos.

—Tenemos que irnos —dijo.

—Creía que tú eras lo más peligroso que había aquí —repuso Fairhrim.

—Las circunstancias han cambiado.

Tiró de Fairhrim hacia él y se preparó para volver por donde habían venido caminando las sombras. Pero en aquella dirección se oía un ruido metálico. Osric levantó su t ā cn y leyó las sombras del vestíbulo, donde había otra puerta que daba al exterior. También había movimiento en ese pasillo.

En la oscuridad, sobre la estruendosa cascada, los arañazos de las botas los rodearon.

—Mierda —dijo Osric—. Estamos atrapados. No puedo enfrentarme a tantos Dreor…

Fairhrim levantó su t ā cn, que emitió una luz blanca.

—La cascada.

—¿Qué pasa con la cascada?

—Que desemboca en un río subterráneo. Allá abajo es todo oscuridad.

—¿Y?

—Que nos hagas caminar las sombras a través de ella —dijo Fairhrim.

—¿Estás loca? No sabemos dónde termina. Podría extenderse durante kilómetros bajo tierra.

—Pero sí sabemos cómo va a terminar esto —dijo Fairhrim, en referencia a la horda que avanzaba hacia ellos.

—Podríamos ahogarnos antes de que pueda sacarnos de aquí.

—Confío en ti —dijo Fairhrim.

Dicho lo cual, lo agarró del brazo, saltó hacia delante y se zambulló con él en el río.

Lo último que vio Osric fue la guadaña de un Dreor cruzando el aire en el lugar en el que había estado su cuello; luego el agua le cubrió la cabeza y el Færwundor desapareció.

Se estremeció dentro del agua helada. Fairhrim, agarrada a su brazo, hizo lo mismo. La corriente los arrastró hacia una alcantarilla y recorrieron a toda velocidad la oscuridad anegada.

Osric levantó su t ā cn. Extendió la mano hacia la sombra más lejana que encontró y tiró de Fairhrim y de sí mismo, diez veces más rápido de lo que los estaba llevando la corriente, a través del río subterráneo.

Los propulsó hacia delante unas veinte o treinta veces, aferrándose a las sombras.

Su seith fluía con fuerza y seguridad en las tinieblas.

Osric interpretaba las curvas del río subterráneo, evitaba chocar con las paredes y esquivaba con Fairhrim las rocas afiladas, mientras avanzaban a toda velocidad.

Pero seguía sin haber luz. Le ardían los pulmones.

La mano de Fairhrim flaqueó sobre su brazo.

Él entrelazó los antebrazos con los suyos.

¿Hasta dónde llegaría aquel río subterráneo?

Su seith no iba a durar eternamente. Necesitaría respirar en breve.

Fairhrim necesitaría respirar en breve.

Empezó a ver borroso por el ojo derecho. Su Coste, la manifestación física del uso excesivo de la seith, se había desencadenado.

Extendió su t ā cn hacia delante y tiró una y otra vez hacia las sombras más lejanas.

Había perdido completamente la visión en el ojo derecho y la del izquierdo le empezaba a fallar.

Fairhrim le puso la mano en el pecho en medio de la corriente de agua y su seith entró en él, no para sanarlo, sino para reponer el suyo.

Era increíble. Su Coste fue remitiendo a medida que el seith de Fairhrim reponía sus reservas.

¿Desde cuándo era posible compartir la seith?

Entre el rugido del agua en los oídos, oyó un repentino chorro de burbujas mientras Fairhrim dejaba de respirar.

Él fue el siguiente. Su diafragma se contrajo.

Su cuerpo le gritaba que tomara aire. Volvió a perder la visión en el ojo derecho.

Iban a morir. Tenían los pulmones vacíos y aquella oscuridad interminable, a través de la cual estaba caminando las sombras, seguía y seguía…

¿Aquello que veía a lo lejos era luz, o era solo un espejismo, mientras el negro más absoluto se apoderaba de la periferia del mundo?

A Osric no le quedaba ni una pizca de aire en los pulmones. Pero siguió agarrando a Fairhrim del brazo.

La oscuridad dio paso a la luz.

Osric y Fairhrim no salieron a nado por sus propios medios; fue el río el que los expulsó como a dos ratas ahogadas.

Se arrastraron hasta la orilla lo justo para sacar el cuerpo del agua, tosiendo y escupiendo, antes de desplomarse.

Permanecieron acostados un buen rato, disfrutando del simple placer de respirar.

—¿Estás bien? —le preguntó Osric, con un susurro ahogado.

—Un poco mojada —respondió Fairhrim, antes de girarse y vomitar medio río. Osric respondió con un par de arcadas. Estaba desprovisto de seith, medio ciego y casi muerto.

—Espero que este Incidente te haya bastado —dijo Fairhrim.

Osric se rio. Se quedaron tumbados el uno al lado del otro con los juncos húmedos por almohada y el lodo del río como colchón, mientras el sol naciente teñía el cielo de dorado.

Fairhrim levantó una mano temblorosa.

—¿Qué pasa? —le preguntó Osric.

—La deofol de Xanthe está pidiendo paso —respondió Fairhrim.

El ajolote de Xanthe se materializó sobre ellos y los observó con sus ojillos negros.

—Fr ī a. Solo venía a ver cómo había ido la sesión curativa. Tenéis pinta de haber cruzado el Estigia.

—Dile a Xanthe que envíe a los Warden al Færwundor inmediatamente —pidió Fairhrim.

—¿Qué ha pasado? —preguntó la deofol—. Se suponía que iba a ser una simple sanación.

—Hemos descubierto una masacre —contestó Fairhrim—. Los druidas están muertos. Los Dreor los han asesinado. Los obligaron a producir la viruela. —El ajolote abrió las branquias, alarmado.

—¿ Perdona ?