La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 5. El árbol hueco
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5. El árbol hueco

El árbol hueco

Osric

Por regla general, a Osric le gustaba darse cuenta de que estaba a punto de morir.

—¿Cómo que estamos en la Triple Muerte? —preguntó, aunque su lengua se negaba a colaborar.

Así que aquello era a lo que se dedicaba ahora: a discutir con los árboles.

El roble le susurró la respuesta.

—Te han empalado, por eso no puedes moverte. Tienes el cerebro lleno de piedras por las drogas, por eso no puedes pensar. Y has estado a punto de ahogarte y rematar la faena.

—Ah —dijo Osric.

—Los druidas insertaron la Triple Muerte en este lugar —comentó Fairhrim, con la mirada perdida.

—Así es —contestó el roble.

—Muy inteligente —dijo Fairhrim—. Menos mal que nos has detenido.

—Nada es casual, todo tiene un propósito —repuso el árbol.

—¿Cómo es que puedes hablar? —le preguntó Osric, preocupado por si él y Fairhrim se habían vuelto locos al mismo tiempo.

—No estoy hablando —contestó el árbol—. Os encontráis en un estado alterado. Sois capaces de interpretar cosas que los de vuestra especie normalmente no pueden.

Fairhrim se rodeó las piernas con los brazos y apoyó la barbilla en las rodillas. Observó al árbol con expresión ingenua y maravillada, como una niña perdida en un sueño.

—¿Eres el Hombre Verde?

—¿Tengo pinta de hombre? —le preguntó este, en un tono que denotaba algo que solo podría describirse como frondosa irritación—. Soy un roble de la arboleda de Dodona.

—Eso está en Grecia —dijo Fairhrim.

—Sí. Los druidas me trajeron aquí.

—¿Por qué te trajeron aquí?

—Para consultarme en sus adivinaciones. Nos encontramos en un lugar fronterizo. El velo es fino y no obstaculiza el paso entre ambos mundos.

—¿Entre ambos mundos?

—Entre ambos mundos —confirmó el árbol—. Aquí las cosas pueden estar en dos lugares a la vez. Existen por separado, pero con una sola raíz. Y aquí el tiempo es un círculo infinito.

—Deja de hablar como un puñetero oráculo —le soltó Osric.

—Es que soy un oráculo —dijo el árbol.

—¿Qué les ha pasado a los druidas? —preguntó el Fyren.

—No lo sé —contestó el árbol—. Quiero que los encontréis. Por eso he impedido que os ahogarais, aunque me hubiera gustado alimentarme de vosotros. Yo no puedo ir a buscarlos, obviamente. Ni sé a dónde han ido. Ya no puedo sentirlos. Quizá haya sido cosa de los Odiosos.

—¿De quiénes? —preguntó Osric.

—No sé cómo os llamáis entre vosotros las criaturas sin raíces —dijo el árbol.

—Bueno, ¿y qué aspecto tienen?

—No lo sé. No tengo ojos, aunque pueda Ver. Apenas soy capaz de distinguirte de una vulgar lombriz.

Fairhrim se enredó un junco en los dedos.

—¿Por qué iba alguien a hacer daño a los druidas?

—Por lo que hay debajo —contestó el árbol.

—¿Y qué hay debajo? —preguntó Osric.

—Respuestas —dijo el árbol.

A Osric lo estaban sacando de quicio aquellas contestaciones tan vagas.

—¿Por qué no puedes Ver dónde están los druidas?

—¿Por quién me tomas, por un adivino de tres al cuarto? —le preguntó el árbol—. Yo puedo Ver la inmensidad del porvenir, no la pequeñez del presente.

—Viene alguien —dijo Fairhrim.

—Si son los Odiosos, será mejor que os escondáis —indicó el árbol—. Por detrás de mí. Entrad. Rápido.

¿Por qué tenían que esconderse? ¿Por qué Osric seguía los consejos de un árbol?

Fairhrim estaba completamente absorta en la contemplación de un punto en el aire a diez centímetros de su nariz y no se movió. Osric la empujó.

Ella y Osric, con las pupilas dilatadas y las extremidades flácidas, se tiraron al suelo y se arrastraron desorientados hasta la parte trasera del árbol. A Osric estuvo a punto de darle un ataque de risa.

Encontraron una fisura en el tronco: la madera se había podrido hacía mucho tiempo. Fairhrim fue la primera en entrar. Osric, sintiéndose como un tonto sumiso, la siguió.

El árbol se cerró. La grieta por la que Osric y Fairhrim habían entrado por la parte de atrás desapareció por completo. El interior era oscuro y pequeño. Él y Fairhrim tenían el pecho pegado el uno al otro.

En el exterior del árbol se oían golpes y rasguños. El sonido espeluznante de una respiración agitada habría resultado reconfortante en cierto modo, pero los seres que estaban fuera no respiraban.

—Es antinatural —susurró el árbol, contrariado—. A los muertos se les debe permitir dormir su prolongado sueño.

Mientras Osric procesaba aquella pista, llegó rápidamente una segunda: algo impactó contra el árbol, se oyó un crujido y la punta de una hoja curva apareció a escasos centímetros de su nariz.

—Hel —susurró Osric, al reconocer la guadaña—. Son Dreor.

Fairhrim no reaccionó de la forma esperada. En lugar de entrar en pánico al instante, bostezó.

Los Dreor giraron la hoja cruelmente antes de sacarla. Los golpes se sucedieron, impactando contra la antigua corteza del roble mientras las guadañas la perforaban a izquierda y derecha, arriba y abajo. Osric y Fairhrim se pegaron el uno al otro. La corteza crujió y se agrietó.

Algo se movió y retumbó bajo sus pies. Osric extendió su t ā cn para leer las sombras. Se había abierto un túnel largo y estrecho.

—Bajad —dijo el árbol.

—¿Por qué? —preguntó Osric.

—Respuestas —contestó él.

El árbol tembló; le estaban clavando más guadañas. Un Dreor encontró la fisura en el tronco; aparecieron unos dedos cubiertos por unos guanteletes que intentaron abrirla a la fuerza. El árbol se cerró y aplastó los dedos enguantados como hojalata vieja.

—Debéis bajar —dijo el árbol—. Sé lo que va a pasar a continuación.

—Te están haciendo daño —protestó Fairhrim—. Te van a matar.

—Dentro de cien años, nada de esto importará —declaró el árbol.

Este se sacudió, mientras lo atravesaban con las guadañas desde la raíz hasta la copa. La punta de una de ellas rozó la sien de Fairhrim. Era demasiado peligroso quedarse allí. Osric la tomó de la mano y tiró de ella hacia abajo.

La voz onírica del árbol los acompañó mientras caían.

—Hace mucho tiempo que os Vi venir…

Allá fueron Osric y Fairhrim, hacia las profundidades del Tor. Las raíces del árbol los empujaron a izquierda y derecha hasta que emergieron en una especie de sótano, en el que aterrizaron de golpe.

Fairhrim se quedó tumbada, inmóvil y aturdida.

Osric le dio unos golpecitos en los cachetes (en los superiores).

—Oye. No te duermas.

Fairhrim sacudió la cabeza y levantó su t ā cn iluminado. Estaban en un gran sótano con el suelo de tierra. Apoyó la otra mano en la curva de la raíz más grande del árbol.

—¿Sigues ahí? —le preguntó. No obtuvo respuesta—. Lo han matado —dijo.

—Qué pena —contestó Osric—. Quería hacerle más preguntas.

Miró a Fairhrim y se dio cuenta de que su frivolidad estaba fuera de lugar. Unas lágrimas silenciosas corrían por el rostro de la Haelan.

—Era un árbol excepcional. Ha muerto protegiéndonos.

—Osric no sabía qué hacer. Fairhrim rara vez dejaba entrever alguna emoción y, si lo hacía, solía ser rabia.

Aquella tristeza era algo nuevo y desconocido para él.

Apartó la mirada para proporcionarle un poco de intimidad.

Ella acarició suavemente la raíz con las manos—.

Lo siento mucho —musitó. Fairhrim se secó las lágrimas con las palmas de las manos y continuó sollozando un rato—.

Hemos estado a punto de ahogarnos. Somos idiotas —dijo finalmente, con voz entrecortada.

—Esas flores eran muy potentes; nos han convertido en idiotas.

—Y las espinas que nos atravesaron estaban llenas de alguna sustancia paralizante de acción lenta —observó Fairhrim—.

Ni siquiera me di cuenta. Pensé que estaba cansada.

Ven. —Osric se acercó tambaleándose a ella.

Fairhrim le puso el t ā cn sobre los pantalones desgarrados.

Su seith fluyó hacia él con fría autoridad y ahuyentó la pesadez de sus piernas—.

Me voy a echar una siesta —añadió a continuación, recostándose.

—De eso nada —contestó Osric. La levantó y Fairhrim se dejó caer sobre él—. Creo que estamos en algún punto bajo el Tor. En algún lugar de tus dichosos túneles mitológicos.

Las paredes del sótano estaban llenas de estanterías.

Algunas contenían frascos de perfume, otras, latas de sopa y, en una esquina, Osric vio unas botellas de whisky escocés que le resultaban bastante familiares.

Eran exactamente iguales a las que había encontrado en la Fortaleza Wellesley, que resultaron contener la viruela en dosis transportables.

—No —dijo Fairhrim, al ver que él cogía una.

Osric abrió la botella. Aquel olor a químicos no tenía nada que ver con el del whisky.

—No es whisky. Es lo mismo que encontramos en la Fortaleza Wellesley.

Fairhrim se alejó de él tambaleándose y negando con la cabeza, como si estuviera viviendo una pesadilla.

—No me lo puedo creer.

Osric extrajo el tapón de un frasco de perfume y olfateó el contenido.

—No es perfume. —Luego rompió una lata de sopa. Un líquido transparente se filtró en la tierra—. Ni sopa.

—Los druidas no pueden ser los responsables de la viruela. No, por favor, no pueden serlo… —Fairhrim parecía a punto de volver a echarse a llorar—. Los druidas nunca lo harían. Jamás. ¿Cómo iban a hacer algo así? No tiene ningún sentido.

Osric estaba más interesado en escapar del Færwundor que en hacer frente a la ira y la confusión de Fairhrim. La abrazó contra su cuerpo y salió del sótano caminando las sombras, mientras ella balbuceaba incrédula.

Salieron por una puerta baja a un laberinto subterráneo de pasillos.

La parte inferior del Tor no tenía ni un ápice de la rusticidad natural del Færwundor que estaba sobre él; era una sucesión de pasillos de baldosas blancas y ventanas de cristal que conducían a varios laboratorios con encimeras brillantes de acero.

Osric solo podía describir aquel lugar como una planta de producción.

Las pálidas luces eléctricas parpadeaban a su paso, deslumbrándolos o haciéndolos tropezar en la oscuridad, alternativamente.