4. La luna de Begbéam #3
Osric y Fairhrim contemplaron en silencio el gran roble. La inmensidad del árbol los sobrecogió e hizo que se sintieran intimidados. Estaban en presencia de algo ancestral. Aquel lugar parecía demasiado sagrado como para decir nada.
El trozo de cielo que había sobre ellos se iluminó. Un pájaro cantor entonó su melodía matutina. Las notas, similares a las de una flauta, se elevaron hacia las alturas. El aroma a nectarinas trituradas invadió el aire y estimuló el cerebro de Osric.
Fairhrim dejó de prestar atención al roble y consultó el reloj de bolsillo.
—Ya casi está amaneciendo —susurró—. Es la hora.
Osric se quitó la capucha, se bajó el embozo y se aflojó el cuello. No solo le pesaban muchísimo las piernas, sino también los brazos. Pero todo había ido tan bien como esperaba. Si el Færwundor continuaba así de tranquilo, la salida también sería fácil.
Ahora necesitaba que Fairhrim llevara a cabo otra sanación milagrosa.
—¿Me atreveré a ser tan tonto como para volver a tener esperanzas? —preguntó. Se le enredaba la lengua. El aire era empalagoso.
—Estos eran el lugar y la hora más propicios de todos, sigún…, según … los datos —dijo Fairhrim. Intentó guardar el reloj de bolsillo, pero se le resbaló y lo cogió al vuelo por la cadena. Frunció el ceño y se miró los dedos.
A sus pies, el reflejo de la luna de Begbéam centelleaba en las aguas del río. Unas pequeñas ondas se agitaron alrededor de la luna, la deformaron y la rompieron; firme e inquebrantable, esta resurgió como una esfera blanca entre las oscuras aguas turbulentas.
Una polilla polinizó una de las flores moradas. Osric observó cómo la flor descendía por culpa del peso. La polilla revoloteó aturdida y la flor volvió a su lugar.
La dulce melodía del pájaro cantor resonó en la torre. Osric dijo que le parecía preciosa.
Fairhrim lo miró preocupada.
Qué tonto era. No había nada de que preocuparse.
Todo iba bien. La vida bullía a su alrededor.
Y qué majestuoso era el roble, que había permanecido allí durante cien frágiles vidas humanas, y qué cautivadora era la luna, que suavizaba todo con sus puntos de luz difusa, y qué asombrosa era la pureza del rocío sobre el musgo.
Era todo tan hermoso que estuvo a punto de echarse a llorar.
Fue entonces cuando empezó a sospechar que algo iba mal.
Supo que era así cuando Fairhrim juntó los dos dedos índices y dijo con mirada perdida «curruspín».
Alguna parte del cerebro de Osric detectó lo dilatadas que tenía las pupilas y lo consideró un posible motivo de preocupación.
El pájaro cantaba. Osric lo escuchaba, pero no captaba el sonido a través de los oídos.
El sonido no era sonido; podía percibirlo tanto con los ojos como con las orejas.
El pájaro emitía pequeños chirridos y réplicas en forma de notas que caían como guijarros en las aguas tranquilas y se dispersaban formando amplios círculos dorados.
—Cómo brilla —comentó Fairhrim, que también lo estaba mirando. Su voz sonaba muy lejana y, como la del ave, emitió unas ondas concéntricas de luz alrededor de ambos.
—Estamos colocadísimos —dijo Osric.
Su propia voz se sumó a las ondas, dibujando amplios arcos de color azul violáceo que se cruzaron con los de Fairhrim.
Esta se desplomó a su lado, sin fuerzas.
—Las flores deben de ser alucinógenas —susurró.
Parecía que no le preocupaba lo más mínimo.
Osric sabía que debería preocuparle, y a él también.
Pero ¿por qué? Estaban tumbados sobre el musgo, al lado de un estanque, y las hojas reflejaban la luz de la luna, y aquello era lo más importante.
¿Qué hacía él allí? Estaba agradablemente confuso—. Tengo que curarte —añadió Fairhrim.
Se arrastró hacia Osric mientras él, con las piernas completamente entumecidas, intentaba acercarse a ella.
Los primeros rayos del amanecer tiñeron el cielo de rosa. Fairhrim, con las piernas entrelazadas con las de Osric, le puso la palma de la mano en la nuca y proyectó su seith hacia él. Su t ā cn era pura belleza, un torrente de luz blanca.
El tiempo ya no era algo pasivo; al igual que su seith, brillaba y se dilataba, latía como un corazón, se refractaba y se intensificaba.
Osric, que tenía las manos sobre el musgo, sentía cómo la tierra se movía debajo de él, notaba cómo giraba, cómo cada vuelta daba lugar a un día, y cómo esos días se convertían en años, y los años en siglos, solo que en aquel momento el tiempo estaba comprimido y había desaparecido, no existía de forma lineal; era como el árbol de las cuatro estaciones.
Allí, en algún lugar entre el tiempo y el no tiempo, entre el yo y el no yo, sobre la puerta del Annwn, Fairhrim vertió su poder curativo en él.
La piel de Osric era tan translúcida como el ala de una polilla; este podía ver sus canales seith y la luz en los puntos en los que la seith de Fairhrim los llenaba.
Estaba a su merced; su luminosidad lo invadía todo, su cerebro, sus ojos y su corazón, propulsando la sanación mediante pequeños impulsos a través de los nodos y en largas ráfagas por sus canales seith.
Ella apartó su t ā cn. Luego, tarareando soñadoramente en voz baja (Fairhrim nunca tarareaba soñadoramente en voz baja), se asomó al borde del estanque y miró hacia abajo.
—Hay otras estrellas ahí, en el fondo. Y otra luna, y otro cielo.
—¿Somos los de Arriba o los de Abajo? —preguntó Osric.
—No lo sé —respondió Fairhrim.
Se inclinaron sobre las profundidades negras y cristalinas del agua.
Las hojas del roble temblaron inquietas y los carillones sonaron alarmados.
Osric sintió la necesidad de zambullirse en el estanque; se había apoderado de él la sensación de que algo eterno lo esperaba allí, una hermosa conclusión.
Fairhrim miró hacia abajo, igualmente embelesada.
El roble y las campanas volvieron a susurrar; ya no se trataba de una melodía, sino de una advertencia.
Entonces sucedió algo tan extraño que a Osric estuvo a punto de explotarle el cerebro: el árbol habló.
—No lo hagáis —dijo.
—Yo quiero hacerlo —contestó Fairhrim.
—¿Habéis oído hablar de la Triple Muerte? —preguntó el árbol.
—Sí —contestó Osric—. Pero aquí no hay ningún druida, así que hemos eludido ese obstáculo.
—Pobre incauto —repuso el árbol—. No lo habéis eludido.
—¿Qué?
—Estáis en él.