La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 4. La luna de Begbéam #2
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4. La luna de Begbéam #2

—Es noche de luna llena —respondió Osric, encogiéndose de hombros—. La mayoría de los druidas estarán en los crómlech. Deja de preocuparte. Yo soy lo más peligroso que hay aquí.

Por fin llegaron al final del laberinto, que acababa en la cima plana de Glastonbury Tor. Allí se toparon con un jardín, en medio del cual se alzaba el Færwundor: una torre de piedra rodeada de robles.

—Menudo jardín —susurró Fairhrim al entrar en él. Osric la observó mientras se alejaba y se fijó en que tenía un buen trasero, posiblemente mejor que el suyo—. Casi parece una biblioteca —añadió.

Era una descripción muy acertada. Las plantas se amontonaban unas sobre otras en repisas rocosas.

Debajo de cada ejemplar había una etiqueta con una inscripción en lengua druídica, incomprensible tanto para Osric como para Fairhrim.

Las etiquetas estaban iluminadas por polillas fosforescentes del tamaño de la mano de Osric, que por naturaleza o adiestramiento se posaban felices al lado de ellas.

Para entrar en el jardín, había que pasar por un arco cubierto de enredaderas llenas de capullos.

Osric y Aurienne lo atravesaron. Como si hubieran estado esperando ese momento, los capullos de la enredadera se abrieron de golpe.

Sus pétalos de color malva con motitas blancas desprendían un olor agridulce, como a nectarinas trituradas.

—¿Qué tipo de planta florece bajo la luna llena? —se preguntó Fairhrim, mientras analizaba la flor que le quedaba más cerca—. Tienen un color morado intenso precioso. Nunca había visto unos pétalos así. Parecen galaxias.

Osric y Fairhrim aspiraron el potente aroma de las flores y estornudaron.

Fairhrim avanzaba con el t ā cn iluminado en alto.

—No conozco ni la mitad de estas especies —dijo, al principio sorprendida ante tal imposibilidad y luego absolutamente maravillada—. Algunos de estos ejemplares son enormes… Deben de datar del periodo Carbonífero. ¿Con qué las alimentarán los druidas?

Se agachó para observar un macizo de plantas con unos lóbulos muy marcados. Luego analizó un elegante racimo de flores de color vino que caían sobre una cornisa.

—¿Podrías dejar el turismo botánico para otro momento? —le dijo Osric, que estaba deseando entrar en el Færwundor—. Tenemos que acabar de hacer la sanación antes del amanecer.

Fairhrim observó las ramas llenas de amentos de un árbol que se arqueaba sobre ellos y perfumaba el aire con su dulce aroma.

—Creo que todo lo que hay aquí es una medicina o un veneno —dijo Fairhrim con asombro.

—¿Qué?

—No toques ni pises nada.

Osric se quedó inmóvil.

—No las conozco todas —continuó Fairhrim—, pero esa, justo la que tenemos encima, es Orfilia, un somnífero muy potente.

Y esa planta de hojas negras es Potosí. Su savia es un fuerte estimulante, una vez destilada.

¿Ves cómo la están recogiendo? Esas flores blancas tan bonitas son Campanillas de Invierno y tienen un efecto paralizante.

Aquello de allí parece algún tipo de Crecencia Insidiosa, que causa isquemia intestinal.

Esas son bayas de Lyphithea, cuya ingesta provoca la muerte en cuestión de segundos.

Esa de las hojas peludas sirve para aumentar el rendimiento, creo que su nombre común es Gorila.

Y esos arbustos…, sus raíces se pueden sintetizar para conseguir tevaquina, que hace que el cerebro se te salga por la nariz.

Esta seta es Mantilla de Viuda, creo. Y eso Espino de Bruja; solo lo había visto en polvo.

Y me parece que ese parterre de ahí es de Amapolas Sombrías, solo que por las noches están cerradas.

—Fairhrim caminaba delante de Osric, señalando plantas a medida que avanzaba—.

Eso es un somnífero. Eso te destroza los riñones.

Eso es Madreselva de Hécate; en Swanstone lo usamos como sedante.

Y toda esta zona de aquí…, no tengo ni idea. Podrían ser híbridos. Experimentos.

—Esta plantación debe de valer una fortuna —dijo Osric.

—Conozco a algunos farmacólogos que darían cualquier cosa por tener acceso a este lugar —dijo Fairhrim—. Un momento…

En su rostro se dibujó una expresión tan extraña que Osric tardó un poco en identificarla.

Se trataba de confusión.

—¿Qué pasa? —le preguntó.

—Acabo de darme cuenta de que todas estas plantas no deberían estar floreciendo a la vez.

Al menos, ninguna de las que yo conozco.

La mayoría florecen en primavera y otras son de floración tardía y solo producen inflorescencias en otoño.

Pero estamos en verano. Y al aire libre.

Las condiciones no son como las de un invernadero.

Entonces ¿cómo es que todas florecen a la vez, como si fuera primavera, verano y otoño al mismo tiempo… ?

Osric no supo qué responder. Continuaron hacia el centro de la espiral. A medida que avanzaban, empezaron a oír una especie de tintineo arrullador.

A Osric le pesaban las piernas tras la subida. Esta también había pasado factura a Fairhrim, que arrastraba los pies.

Finalmente empezaron a acercarse al Færwundor.

La torre achatada tenía puertas y ventanas, pero en ellas no había ni cristales ni madera; al parecer, a los druidas les gustaba conservar las cosas al natural en el interior.

A ambos lados de la entrada del Færwundor había otros dos centinelas druidas con las capuchas puestas.

Osric pasó junto a los vigilantes caminando las sombras con Fairhrim en brazos y entró directamente en el vestíbulo de la torre. La dejó en el suelo cuando estuvieron a salvo en el interior. Tenía los labios pálidos, pero su rostro carecía de ese tono macilento que indicaba que iba a vomitar.

—Ya casi hemos llegado —susurró Osric.

—Gracias a Fr ī a —dijo Fairhrim—. Tengo las piernas agotadas, apenas puedo levantarlas.

—Igual que yo. Habla en voz baja y mantén los ojos bien abiertos. No sé si esos centinelas van a patrullar.

Fairhrim olfateó el aire.

—Aquí huele fatal.

—Cadaverina —dijo Osric.

Él y Fairhrim se miraron. Osric notaba cierta pesadez, no solo en las piernas, sino también en el cerebro. ¿Cadaverina? ¿Qué había muerto? Volvió a caminar las sombras y asomó la cabeza por la puerta del Færwundor.

Ninguno de los centinelas druidas se movió, a pesar de que el Fyren se materializó de repente entre ambos.

Osric le tocó el hombro a uno de ellos.

El druida cayó al suelo en cinco o seis pedazos medio descompuestos. Solo su torso se mantuvo erguido. Lo habían clavado en la piedra que tenía detrás con una estaca.

—Está muerto —observó con agudeza Fairhrim, que había seguido a Osric. Este le quitó la capucha al otro druida y, en lugar de un rostro, descubrió una masa carnosa llena de gusanos—. Fr ī a —susurró Fairhrim.

—Pobre desgraciado. —Osric volvió a ponerle la capucha.

—¿Quién habrá sido? —preguntó ella.

¿Estaba arrastrando un poco las palabras, o era él, que oía cosas raras?

—Ni idea —contestó Osric—. Vamos adentro. La sanación es lo más importante. Pero ten cuidado, aquí pasa algo raro.

Volvieron a entrar en el vestíbulo —o más bien se arrastraron a su interior— y echaron un vistazo al Færwundor propiamente dicho. Dentro no había más druidas, ni vivos ni en descomposición.

Se toparon con una sala enorme bañada por la luz de la luna. El Færwundor no tenía techo.

Las paredes interiores de la torre, empapadas por la humedad, estaban cubiertas por más de aquellas flores de belleza galáctica, que se abrieron cuando Osric y Fairhrim pasaron por delante. Fairhrim inhaló directamente una buena bocanada, lo que le hizo ahogar un ataque de estornudos.

En un pedestal en medio de la sala, se alzaba un gran roble, cuyas majestuosas ramas se extendían hacia el cielo iluminado por la luna.

Osric descubrió el origen de aquella extraña música: de las ramas del roble colgaban unos carillones de cobre y bronce que sonaban con suavidad.

Las raíces del árbol rodeaban la sala y convertían el suelo y las paredes en una obra maestra escultórica de estilo art nouveau .

En sus hojas se reflejaba una suave luz amarillenta, como si el sol de otro lugar se mezclara con la luz de la luna.

Fairhrim observó la copa del árbol. Osric la imitó.

Al principio pensó que este estaba enfermo.

Aproximadamente una cuarta parte de sus ramas se hallaban desnudas y secas.

Por encima de ellas, asomaban tiernos brotes verdes.

El siguiente cuarto presentaba un frondoso follaje de color verde oscuro, y el último tenía las hojas del color rojo ardiente de la muerte otoñal y estaba cargado de bellotas.

—¿Cómo puede encontrarse en las cuatro estaciones al mismo tiempo? —susurró Fairhrim.

Definitivamente, arrastraba las palabras. Osric la miró preocupado; tal vez fuera el cansancio, o el efecto de haber estado caminando las sombras.

Las raíces del árbol, rojas y oscuras como la sangre, serpenteaban desde el pedestal hasta un estanque situado en su base.

En realidad solo parecía un estanque porque estaba rodeado de piedras anchas y planas, pero el agua fluía con rapidez en la superficie, después de brotar de una fuente a la derecha y antes de desaparecer en una cascada espumosa bajo una cornisa de piedra, a la izquierda.

—Mira el agua. Debe de ser el río Istorr. Pasa por debajo del Færwundor. Supongo que asoma brevemente a la superficie aquí —dijo Fairhrim.

—Creía que estábamos buscando una intersección entre dos flujos de agua —replicó Osric.

Fairhrim señaló el pedestal del roble. En él se hallaba esculpida la cara de un hombre; su cabello y su barba estaban formados por unas hojas talladas, y de la boca brotaba un arroyo burbujeante y espumoso. El agua tenía un brillo verdoso que contrastaba con el color negro y plateado del río.

—Ahí —dijo Fairhrim—. Ahí es donde tenemos que hacer la sanación.

Se acercaron. Las baldosas que pisaban se ablandaron mientras la piedra daba paso a un musgo húmedo salpicado de violetas y algún que otro junco.