4. La luna de Begbéam
La luna de Begbéam
Osric
La noche de la luna de Begbéam, Osric se encontraba de un humor excelente. Estaba contento, esperanzado, incluso emocionado . En la última luna llena, Fairhrim había logrado ralentizar la degeneración de su sistema seith; tal vez en esa ocasión lograra detenerla por completo.
Se pasó un buen rato en el vestidor, arreglándose. Obviamente, no se trataba de una cita, ni nada parecido, pero le gustaba estar irresistible.
Aquella noche volvería a tener a Fairhrim entre sus brazos.
No es que eso hiciera que el corazón se le acelerara y latiera de forma agradablemente irregular; simplemente, le gustaba llevarla en brazos, oír sus ligeros jadeos y sentir cómo se aferraba a él.
Era muy divertido descomponerla un poco, con lo tensa que estaba siempre.
—¿Te estás preparando para una cita? —le preguntó alguien.
Era el puñetero grillo criticón. Cada vez que pasaba en silencio demasiado tiempo, Osric daba por hecho que había muerto. Pero luego volvía a aparecer cuando menos lo necesitaba.
—No. Lárgate, pequeño horror —contestó Osric.
—¿Y por qué llevas una hora arreglándote el pelo? —le preguntó el grillo.
—Me gusta llevarlo perfecto —respondió Osric mientras seguía acicalándose delante del espejo—. No soy de los que hacen las cosas a medias.
No era capaz de decidir si estaba mejor con capucha (misterioso y siniestro) o sin ella (despreocupado y elegante), y alternaba entre las dos opciones mientras admiraba el contorno de su mandíbula.
—Pues yo creo que quieres impresionar a la Haelan —opinó el grillo—. Hace que esa pústula que tienes por corazón se acelere.
—No digas tonterías. —Osric se alejó del espejo—. ¿Qué tal estoy?
—Si quisiera ver payasos, iría al circo.
—¿Perdona?
—Te gusta —canturreó el grillo.
Osric, lo suficientemente ofendido como para apartar la vista de su reflejo, buscó al grillo con la mirada, pero había demasiados escondites entre los suntuosos objetos que se amontonaban en su vestidor.
Envió seith a su t ā cn y buscó entre las sombras del tocador, las botellas de aceites para el cabello, los botes de cremas, las pomadas y los útiles de afeitado.
Ni rastro del grillo. Pasó el t ā cn por las levitas, los chalecos, las botas y los guantes que había dejado por ahí desparramados.
Pero no le sirvió de nada: todas las prendas podían ser un escondite y, mientras se arreglaba para ver a Fairhrim, había sacado un montón de ropa.
Osric recuperó la serenidad.
—Estoy demasiado centrado en mí como para fijarme en nadie más.
—Qué mentiroso.
—Es verdad.
—Puedes ser sincero conmigo, ya que no lo eres contigo mismo —contestó el grillo muy serio, compadeciéndose de él.
—No sé cómo tengo que decirte que estás equivocado —replicó Osric, tranquilamente.
—Piensas en ella todos los días —insistió el grillo.
—Porque me está ayudando a curarme.
—¿Olvidas que he sido testigo de tus Agonías?
—Reaccioné de forma exagerada —dijo Osric, poniéndose los guantes—. Es típico de mí.
—A lo mejor tienes alguna posibilidad con ella. Imagínate que es asesinófila. O memosexual.
— Oye .
—Rezaré por ti —dijo el grillo.
—No te molestes.
—Cuando el ser humano fracasa, hay que dar una oportunidad a los dioses.
A pesar del comentario sarcástico del grillo, Osric no perdió el buen humor.
A paso ligero, fue hasta la viedra para dirigirse al Erizo Espinoso, la taberna que se encontraba cerca de Glastonbury Tor en la que había quedado con Fairhrim.
Salió de la línea ley en las tierras bajas de Somerset a las tres y veinte (llegaba tarde por culpa del grillo, no del pelo).
La luna llena estaba en su cénit. Una nubecilla enturbiaba su resplandor.
Fairhrim lo estaba esperando en la viedra.
Una vez más, había tenido en cuenta su consejo de vestirse de negro y llevaba un conjunto descoordinado cuyo único mérito era que los pantalones se le ajustaban bien a los muslos y las nalgas.
A Osric le gustaban los traseros bonitos.
(Pero sin pasarse. Siempre y cuando no fueran mejores que el suyo.
Tendría que examinarlo más detenidamente para confirmar que ese no era el caso).
Osric rara vez veía a Fairhrim sin el uniforme blanco de Haelan. El negro le sentaba bien. Realzaba su expresión seria e intensa. Enfatizaba la oscura promesa de sus ojos.
Había cambiado la bolsa de Haelan por una mochila de cuero, que llevaba en la parte baja de la espalda. Esa noche, el único indicio de que pertenecía a su orden era el t ā cn, un cisne blanco, que en ese momento llevaba oculto bajo unos guantes negros.
—Llegas tarde —señaló Fairhrim.
—Dijiste a las tres, pero no especificaste ningún huso horario —replicó Osric con desparpajo. No obtuvo respuesta alguna por parte de Fairhrim, ni de exasperación ni de ninguna otra cosa.
Ahora que se fijaba, parecía cansada.
—¿Un día duro? —le preguntó Osric.
—He tenido que escribir «desollamiento de pene» hoy.
Osric procesó aquella información en silencio. Podía haber pasado el resto de su vida sin saber que «pene» y «desollamiento» eran dos palabras que podían ir juntas.
Otra de las historias de terror de ocho palabras de Fairhrim.
—Joder —dijo.
—Ya —contestó ella.
Con ese comienzo tan halagüeño, partieron hacia Glastonbury Tor.
El Tor era una enorme protuberancia cónica que sobresalía en el paisaje rodeada por los anillos de su laberinto, que brillaban en pálidos arcos alrededor de su base. En la cima se alzaba la torre achatada del Færwundor.
—Esto es lo máximo que podemos acercarnos sin caminar las sombras, o correremos el riesgo de que nos vean —comentó Osric—. ¿Estás lista?
—Sí —contestó ella. Parecía tensa, pero ¿cuándo no parecía tensa Fairhrim?
La principal preocupación de la Haelan era que los descubrieran; la de Osric, que la sanación no funcionara. Ella no dejaba de toquetearse los guantes.
—No te inquietes tanto —le dijo Osric—. Son druidas. Ni siquiera tienen t ā cn.
—Es verdad. —Fairhrim relajó por un instante el ceño fruncido que hacía que sus cejas se juntaran—. Pues venga. Sigamos con la tortura.
Extendió la mano hacia él, un gesto que a Osric le resultó extrañamente emocionante. Este la levantó del suelo y la pegó a su cuerpo. La sensación de tenerla entre sus brazos lo había distraído por completo cuando estaban practicando para caminar las sombras. Aquella sensación volvió.
(Fairhrim no hacía que el corazón se le desbocara, así que el grillo podía irse a la mierda. Lo que sí notó fue que se le hinchaba dentro del pecho y empezaba a latir un poco más deprisa, pero eso era por el esfuerzo, obviamente ).
Osric se lanzó a caminar las sombras con Fairhrim.
El mundo pasó ante sus ojos en forma de destellos: caminos iluminados por la luna, campos de trigo, reses y ovejas, colmenas.
Fairhrim se aferró a él, emitiendo aquellos pequeños jadeos que tanto le gustaban.
Por supuesto, él no pensó en lo agradable que era tenerla entre sus brazos, ni fue catastróficamente consciente de su cercanía.
El objetivo para la sanación de aquella noche era el punto en el que se cruzaban los dos flujos de agua. Según el mapa, eso ocurría en algún lugar dentro del Færwundor.
Llegaron a la base del Tor, donde comenzaba el laberinto.
Había un cartel enorme en el que se advertía expresamente que no se podía seguir adelante sin autorización, que era una zona peligrosa y se castigaría a los intrusos.
Dos druidas inmóviles montaban guardia a ambos lados de la entrada del laberinto.
Unas hoces doradas brillaban como medias lunas en sus cinturas.
Sus capas de color gris verdoso eran un camuflaje perfecto entre las piedras cubiertas de hiedra.
Por desgracia para ellos, Osric y Fairhrim estaban aún mejor camuflados por la seith y las sombras, y pasaron a su lado sin incidentes.
Osric estaba muy satisfecho: todo iba según lo previsto, ni siquiera Fairhrim se había mareado inmediatamente. Iba agarrada con fuerza a la parte delantera de su capa. Habían acordado que le daría tres tirones si necesitaba descansar un rato y dejar de caminar las sombras.
Él pensaba atravesar el laberinto andando sobre las murallas, en vez de ir serpenteando por los siete anillos que ascendían por el Tor.
Pero cambió de idea al caminar las sombras hasta la cima del primer muro y encontrarse hundido hasta la cintura en un seto de zarzas enormes y espinosas.
Las largas espinas se les clavaron a ambos en las piernas.
Osric volvió a bajar al laberinto y dejó a Fairhrim en el suelo. Procedieron a sacarse mutuamente las afiladas espinas del trasero y las corvas, maldiciendo en voz baja.
—¿Estás bien? —le preguntó Osric.
Fairhrim no contestó, pero tragó saliva varias veces y se abanicó con una mano flácida. Osric la dejó con su mareo y se adelantó un poco para explorar. Le complació descubrir que no había más centinelas druidas.
—Mejor seguimos andando hasta que se te asiente el estómago —dijo, al volver con Fairhrim—. No te alejes mucho.
—Vale. —Fairhrim enganchó una mano enguantada en la cara interna de su codo, lo que por supuesto no hizo que a Osric se le desbocara el corazón.
Siguieron el antiguo pasadizo que ascendía por el Tor.
Los primeros muros del laberinto eran bajos pero, a medida que Osric y Fairhrim avanzaban, se hacían cada vez más altos y ocultaban más el resto del mundo.
Las luciérnagas los guiaban hacia el interior y hacia arriba como fuegos fatuos.
Cuando llegaron al tercer anillo del laberinto apenas veían el cielo, solo la luna llena que se alzaba justo sobre ellos, rodeada de hiedra y zarzas.
Tanto Osric como Fairhrim respiraban con dificultad mientras ascendían con paso lento; la subida era empinada y daba la sensación de que el aire escaseaba.
—¿No te parece raro que no nos hayamos encontrado más druidas por el camino? —susurró Fairhrim.