3. La manía del destino de meterse donde no lo llaman #3
Alrededor del diez por ciento del cerebro de Aurienne se sintió fascinado por aquella hazaña.
El resto rebotó contra su cráneo e hizo que se le revolviera el estómago.
Mordaunt podría haberle advertido que caminar las sombras iba a hacer que se sintiera como si sus moléculas se hubieran dispersado para unirse a la vil oscuridad; que perdería el sentido de la vista; que le costaría respirar por la presión que la seith de él ejercería sobre ella; que, tras aquellos pasos desconcertantes, tendría el cerebro como una centrifugadora; que le entrarían ganas de vomitar todo el contenido del tracto gastrointestinal e incluso sus propios órganos, si estos tuvieran la amabilidad de desprenderse para tal fin.
Cuando Aurienne dejó de tener la sensación de que iba a desmayarse, se dio cuenta de que se estaba aferrando a la parte delantera de la capa de Mordaunt. El pastel de pollo masticado se agitaba siniestramente en su estómago.
Nunca más volvería a comer.
—Marea un poco, ¿verdad? —dijo Mordaunt.
Aurienne lo soltó e intentó mantenerse en pie por sí misma. Su triunfo duró solo un instante; el suelo empezó a moverse bajo sus pies y ella se desplazó tambaleándose hacia un lado, como un cangrejo borracho. Finalmente, se cayó al suelo.
El mundo parecía hecho de lodo. Aurienne se quedó inmóvil. Miró mareada a Mordaunt y confirmó que él se estaba esforzando por no reírse tanto como ella por no vomitar.
Además, le había mentido. Le había prometido que no le pasaría nada. Y vaya si le había pasado.
Mordaunt se agachó a su lado.
—Pareces una muñeca de trapo —comentó.
—A mí no me hace gracia —le soltó Aurienne, aferrándose a las baldosas y a la tierra.
—Pues a mí me parece una auténtica maravilla.
Por lo general, Aurienne podía controlar las náuseas acercándose el t ā cn a la frente.
Lo intentó, pero no funcionó. No eran náuseas normales.
Estaba mareada por haber recorrido un Sendero corrupto.
Todo su ser temblaba de repugnancia; su propia seith hormigueaba alarmada por lo incorrecto que era aquello.
—Acabas de caminar por el Sendero Sombrío —señaló Mordaunt—. Debes de ser la primera Haelan que lo ha hecho.
A Aurienne no le hacía ninguna ilusión aquel honor.
—Soy una vergüenza para mi orden.
—Vamos a intentarlo de nuevo —dijo Mordaunt—. Deja que te ayude a levantarte.
—Si me muero esta noche, encárgate de que alguien alimente a mi gata —contestó Aurienne con dramatismo, mientras extendía un brazo hacia él.
Mordaunt le agarró la mano desnuda con la suya enguantada.
La levantó, la cogió de nuevo en brazos y volvió a caminar las sombras.
La oscuridad se apoderó de Aurienne; la presión de la seith de Mordaunt le comprimió el cerebro y las entrañas.
Fue consciente, de una forma que nunca hubiera deseado, de la forma exacta de su páncreas y sus cuencas oculares.
Aurienne y Mordaunt se materializaron a unos metros de distancia. Esta se zafó de los brazos de él. Y volvió a desplomarse, exactamente igual que una muñeca de trapo.
Mordaunt se arrodilló a su lado.
—Estás mejorando.
A Aurienne, que en ese momento se encontraba fatal, su optimismo le pareció una insensatez. El mundo no paraba de dar vueltas. Consideró la posibilidad de aferrarse a él con los dientes, pero no lo hizo, porque necesitaba la boca para hablar.
—Me quiero morir.
—No seas dramática.
—Vete a la mierda.
—Estás en tierra firme.
—De firme nada. Parecen natillas.
—Ya te acostumbrarás.
—¿Y si no me acostumbro?
—Caminaré las sombras lo más rápido que pueda, te meteré mareada en el Færwundor y luego te pediré que vomites lejos de mis botas.
Con un elegante movimiento, Mordaunt se levantó y ayudó a Aurienne a ponerse en pie.
—¿Preparada? —le preguntó.
Aurienne contuvo las náuseas con un gemido y se agarró a su capa.
—Sí —contestó.
De nuevo aparecieron el infame resplandor de la seith de Mordaunt, la presión cegadora de la oscuridad absoluta, el humo insalubre del Sendero Sombrío que la dejaba sin respiración, la emoción de estar en un sitio y de pronto, aunque pareciera increíble, en otro.
Recorrieron las escasas decenas de metros que separaban ambos extremos del pasillo en un instante.
A Aurienne no le gustaba nada que algo relacionado con Mordaunt la impresionara, pero el virtuosismo era el virtuosismo, y él era un virtuoso.
A pesar de las náuseas, estaba temblando por la adrenalina.
Aquello era increíble. Mágico. Lástima que hubiera que recorrer el Sendero Sombrío para tener aquel privilegio. Y menudo vértigo, dioses, qué vértigo…
Aurienne volvió a caer como una muñeca de trapo.
—Alegra esa cara —le dijo Mordaunt—. Estás descubriendo algo nuevo. ¿No es un momento culminante en la vida de cualquier investigador?
Aurienne se aferró al suelo y a la poca dignidad que le quedaba.
—Esto no es un descubrimiento. Es una tortura.
Reflexionó sobre las decisiones que la habían llevado hasta allí, a caminar las sombras con un Fyren. Ahora que lo pensaba, las decisiones habían sido las equivocadas; la lógica, dudosa; y el resultado, devastador. Una vez más, se arrepintió de todo.
Mordaunt observó su cuerpo inerte con los dedos en la barbilla.
—Lo cierto es que hago que la gente pierda el sentido. Debería haberlo tenido en cuenta.
—Tienes un tacto emético —dijo Aurienne.
—¿Un qué?
La dignidad de Aurienne emitió un último gorgoteo agonizante, antes de que esta vomitara la poca que le quedaba sobre las baldosas.
—¿Un caramelo de menta? —le ofreció Mordaunt.