La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 3. La manía del destino de meterse donde no lo llaman #2
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3. La manía del destino de meterse donde no lo llaman #2

—¿Qué son todas esas zonas onduladas que hay alrededor del Tor? —preguntó Mordaunt, dando unos golpecitos con el dedo a las líneas blancas que rodeaban el Færwundor—. ¿Fortificaciones?

—Es el laberinto del que te he hablado.

—Pues no parece un laberinto —dijo Mordaunt—. Más bien parece una espiral.

—Sea lo que sea, tendremos que atravesarlo. Es la única forma de llegar a la entrada del Færwundor.

—¿Y qué hay dentro del Færwundor?

—Ni idea —contestó Aurienne—. Es el cuartel general de los druidas, así que imagino que será bastante rústico.

Una torre de piedra llena de hierbas, morteros y cosas por el estilo, como una botica antigua.

Y tal vez uno o dos altares. Casi el noventa por ciento de mis datos sobre la luna de Begbéam indican que el amanecer es el mejor momento para una sanación.

Propongo que quedemos a las tres de la mañana para que nos dé tiempo a colarnos en el Færwundor y probar suerte.

La taberna más cercana es El Erizo Espinoso.

—Vale.

—Ojalá pudiéramos entrar en el Færwundor de forma legal —suspiró Aurienne—. Sería mucho más fácil.

Mordaunt chasqueó la lengua con desdén.

—Lo legal es aburrido. Carece de Incidentes.

—¿Qué propones que hagamos, entonces?

—Entraremos caminando las sombras juntos —contestó Mordaunt con una despreocupación excesiva, teniendo en cuenta lo absurda que era aquella sugerencia.

Aurienne era una Haelan. Los Haelan no recorrían el Sendero Sombrío. Seguro que no lo había oído bien.

—Perdona —balbuceó—, ¿caminando las sombras? ¿Yo?

—No —dijo Mordaunt—. Yo. Yo te llevaré.

—Me tomas el pelo.

—No —replicó Mordaunt—. No pongas el grito en el cielo. Entraremos y saldremos en un abrir y cerrar de ojos.

Aurienne, que ya se había llevado las manos a la garganta, como si tuviera el grito a punto, se las apartó del cuello.

—Pertenezco a uno de los Senderos Brillantes. Quién sabe qué me pasará si intento recorrer uno Sombrío.

—Nada. Irás como pasajera.

—¿Ya has caminado las sombras con otras personas? —le preguntó Aurienne.

—Sí —contestó Mordaunt.

—¿Y qué tal les fue?

—Bien, creo. No tuvieron oportunidad de contarme cómo les había ido.

—¿Que «no tuvieron oportunidad»? —repitió Aurienne.

—No.

—¿Porque las mataste?

—Porque las maté.

—Genial.

—Te prometo que todo irá bien. Vamos a practicar un poco. Ven conmigo.

Mordaunt se volvió a poner la capa y el embozo y llevó a Aurienne a una galería con columnas altas situada en la parte trasera de la casa.

Como la mayor parte de Rosefell Hall, estaba cubierta de maleza y abandonada; el pobre señor Parson, único responsable de los miles de hectáreas de la finca, había conseguido mantener limpias la mayoría de las baldosas del suelo, pero el musgo se había infiltrado inexorablemente entre las grietas y había subido por las columnas.

También se había abierto paso hasta la estatua de una kore que se encontraba al fondo del deambulatorio.

El quitón de la kore estaba ahora adornado por un encaje verde.

En la cesta de piedra llevaba dientes de león marchitos y una única margarita valiente.

Había un huerto sorprendentemente fértil y bien cuidado en uno de los laterales del deambulatorio que, según Mordaunt, pertenecía a la señora Parson.

A Aurienne seguía sin entusiasmarle su plan pero, como no tenía ninguna sugerencia mejor, se limitó a aliñar la conversación con un poco de alarmismo.

—No me parece prudente que camines las sombras llevando contigo a otra persona. Tu sistema seith es frágil. No deberías forzarlo.

—Llevarte conmigo no es forzarlo.

—¿Me vas a llevar, literalmente? —preguntó Aurienne.

—Sí —respondió Mordaunt—. ¿Prefieres que lo haga como un saco de patatas o al estilo nupcial?

—Como las patatas —dijo Aurienne.

—Una elección poco romántica, aunque te pega ser un tubérculo.

—¿Tengo que hacer algo? —le preguntó Aurienne—. ¿Usar mi seith?

—No —contestó Mordaunt—. Voy a hacer que te quedes sin aliento.

Y eso fue lo que hizo, literalmente. Se la echó al hombro como si estuviera manipulando un saco de patatas, algo que ofendió bastante a Aurienne, que se quedó colgando con el culo en pompa. El pastel de pollo y champiñones que se acababa de comer cambió de lugar.

—Me lo he pensado mejor —dijo Aurienne, dándole unos golpecitos en la espalda a Mordaunt—. Al estilo nupcial, por favor: no quiero desperdiciar la cena.

Mordaunt obedeció y la cogió en brazos como ella le había pedido, con lo que Aurienne se vio en la incómoda posición de estar en los brazos del Fyren como si fuera su novia. Olía a humo de endrino y jabón de afeitar. E irradiaba su calidez habitual.

A Aurienne le habría gustado Tener el Control y preferiría cualquier cosa antes que aquella situación tan íntima. Se sentía peligrosamente a gusto entre sus brazos. Ironías del Destino. Ojalá el Destino se metiera en sus propios asuntos y dejara de entrometerse en los suyos.

La luna, prácticamente llena, brillaba en lo alto y proyectaba su agradable luz sobre Mordaunt, que llevaba a Aurienne como a una amante en la oscuridad.

—¿Preparada? —le preguntó él, agarrándola con fuerza—. No quiero dejar ningún pedazo de ti atrás.

—¿Cómo que pedazos? —preguntó Aurienne.

Antes de que pudiera pedirle una explicación más detallada sobre los riesgos que entrañaba caminar las sombras, Mordaunt se puso manos a la obra sin previo aviso. Pasaron de un extremo a otro del deambulatorio en un instante.