La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 3. La manía del destino de meterse donde no lo llaman
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3. La manía del destino de meterse donde no lo llaman

La manía del destino de meterse

donde no lo llaman

Aurienne

Cuando Aurienne se materializó en Rosefell Hall, se aferró a la viedra hasta que el estómago dejó de darle vueltas.

Siempre se mareaba al viajar a través de las viedras; las inmersiones sucesivas en la gratícula le provocaban náuseas.

Las estrellas giraban demasiado rápido sobre su cabeza.

El camino de grava se extendía tembloroso ante ella.

Un fragmento de oscuridad se despegó de la viedra y la saludó.

—Hola.

Aurienne no le perforó los tímpanos a Mordaunt con un chillido pero, si lo hubiera hecho, le habría estado bien empleado.

Se había puesto la capucha más profunda y el embozo más negro que tenía. Lo único que destacaba entre las sombras eran sus ojos claros y unos cuantos mechones de cabello de color platino, artísticamente peinados.

Se quitó la capucha para mostrar una sonrisa marcada por una cicatriz. El cosquilleo de alegría que recorrió a Aurienne al verlo la pilló por sorpresa. Como si lo hubiera echado de menos. Como si le importara. Reprimió aquel sentimiento.

Mordaunt se inclinó hacia ella con una elegante reverencia.

—Mi salvadora ha regresado. Sin duda te parecerá una impertinencia que te diga que estoy encantado de volver a verte.

—No me lo parecería si creyera que estás siendo sincero —replicó Aurienne—. Ahórrame tus ínfulas teatrales.

La sonrisa dio paso a una carcajada. Mordaunt había dejado atrás la dulzura de la conversación de la azotea. Volvía a ser el de siempre: caballeroso, arrogante, burlón. Solo que le notó la cara más delgada. Cíele tenía razón: parecía como si hubiera estado enfermo.

—¿Has estado enfermo? —le preguntó Aurienne.

—¿Por qué lo dices?

—Por tu cara.

—Qué insolencia.

—Contéstame.

—Estoy bien —dijo Mordaunt—. Ya lo he superado, en realidad.

—¿Qué te pasó?

—Un virus estomacal, pero no empieces a hacerme preguntas sobre la diarrea. No es de buena educación.

—Deberías decirme cuando no te encuentras bien —le reprochó Aurienne—. Soy tu Haelan.

—Eres mi Haelan —repitió Mordaunt, antes de pasarse una mano por la mandíbula. Seguía sonriendo, pero su mirada no reflejaba diversión.

Entonces, como si quisiera distraerse, Mordaunt observó con desdén el atuendo de Aurienne, algo que a ella sí le pareció una impertinencia.

—¿De qué vas vestida? ¿De aventurera solitaria? ¿De exploradora?

—¿Y tú? ¿De viuda plañidera? ¿O de los restos mortales del difunto? —replicó Aurienne, mientras observaba su vestuario con una mirada idéntica de desdén.

Y volvieron a enzarzarse de forma inevitable, como un alfiler y un imán.

Mordaunt, enfadado, la llamó «paroxismo».

Ella lo informó, en términos generales, de que él era una «adhesión». Él la llamó «vórtice».

—Fiasco —dijo Aurienne.

—Crisis —replicó Mordaunt.

—Sibarita.

—Descarada.

—Forúnculo.

—Estiradista.

—Eso no significa nada.

—Y tú tampoco.

Fue una conversación de lo más fructífera. Le recordó a Aurienne que Mordaunt era oficialmente el hombre más insoportable que había tenido la desgracia de verse obligada a curar.

Se miraron furiosos; la rabia hervía a fuego lento entre ambos, borboteando.

—Cómo he echado de menos el placer de tu compañía —dijo Mordaunt.

Hizo entrar a Aurienne en el destartalado y laberíntico Rosefell Hall a través de las cocinas, donde se quitó la capa y el embozo, y dejó al descubierto un traje plateado tremendamente innecesario, pero de corte magnífico.

Aurienne fue recibida por su variopinta jauría.

Rigor Mortis (gran danés), Incendio (retriever), Perjurio y Falsificación (border collies), Escándalo Público (bulldog; flatulento empedernido), Alta Traición (borzoi) y Crème Brûlée (lebrel).

Todos se acercaron renqueando a ella y se desplomaron a su alrededor, golpeando el suelo con las colas a modo de saludo.

Diversos Delitos, un terrier artrítico que solía oponerse a la presencia de Aurienne con ladridos vigorosos y roncos, la saludó con alegre contrariedad.

Crème Brûlée, el tímido lebrel tuerto, se dejó acariciar.

Incendio le llenó la ropa negra de pelos de color crema.

Alta Traición, que era un cabeza de chorlito, se apoyó en ella por detrás y le hizo doblar las rodillas.

Mordaunt les ordenó autoritariamente que se sentaran, pero los jubilados lo ignoraron y siguieron toqueteándola con sus hocicos húmedos.

También fueron a recibir a Aurienne la señora Parson, la criada de Mordaunt, una mujer robusta y sensata que no encajaba en la casa de un Fyren, y el señor Parson, un jardinero amable y tímido.

Mordaunt abrió la puerta del único salón utilizable de la casa. Perjurio y Falsificación empujaron a Aurienne al interior.

El salón estaba como siempre. Se trataba de una estancia exuberante y rococó en la que parecía que había tenido lugar una pelea entre una galería de arte y una tienda de antigüedades. La tienda de antigüedades había ganado, pero ambas lo habían dejado todo patas arriba.

Aurienne retiró los adornos de la mesita de centro —varias botellas de cristal con forma de anémona y un caballo de terracota— y los sustituyó por los pasteles de carne de Grette, del Publica o Perece.

—¿Me vas a invitar a cenar? —preguntó Mordaunt.

—Sí.

—Qué romántico.

—Qué económico.

—¿Qué?

—Estaban de oferta, dos por uno —dijo Aurienne—. ¿De carne asada a la cerveza o de pollo con champiñones?

Mordaunt eligió el de carne asada. Se los comieron.

Mordaunt dijo que el suyo estaba delicioso y era muy tierno, a diferencia de Aurienne.

Ella dijo que la textura hojaldrada de la masa era soberbia, igual que él.

Aurienne sacó unas cuantas cosas del bolso.

Extendió sobre la mesa un mapa de Glastonbury Tor, el promontorio sobre el que los druidas habían construido la fortaleza del Færwundor.

—Habíamos quedado en poner en común toda la información sobre el Færwundor esta noche —dijo ella—. Yo he traído todo lo que he podido encontrar. ¿Qué tienes tú?

—Un plan.

—Enséñamelo. —Mordaunt se metió la mano en el bolsillo y sacó un trozo de papel, que le entregó a Aurienne, en el que ponía: «Plan: hacer un plan». Aurienne se armó de paciencia—. ¿Tu plan es hacer un plan? —le preguntó.

—Un poco cutre, ¿no?

—Muy cutre —replicó Aurienne—. Estás empezando a sacarme de quicio.

—Mi afición favorita —dijo Mordaunt.

—Al menos ya has estado en el Færwundor. Algo es algo.

—Bueno…, en realidad no.

—¿No? Si mataste al vidente de los druidas.

—Lo maté en un restaurante —dijo Mordaunt—. En Londres.

—¿En un restaurante? —repitió Aurienne.

—En su fiesta de cumpleaños.

—¿Mataste a un hombre en su propia fiesta de cumpleaños?

—Obvio: sabía que iba a estar allí. ¿Qué pasa?

Aurienne y Mordaunt se miraron fijamente, sin entenderse el uno al otro. El abismo que separaba sus principios no podía ser más extenso.

—La verdad, muchos de tus actos hacen que pierda la fe en nuestra especie —dijo Aurienne.

—No tengo muy claro que pertenezcamos a la misma —replicó Mordaunt.

—Criminal.

—Valkiria.

Aurienne se apretó el puente de la nariz con las yemas de los dedos.

—Vale. Muy bien. Perfecto. Así que vamos a entrar a ciegas en el Færwundor.

—No tan a ciegas —dijo Mordaunt, señalando la mesa—. Tú tienes un mapa.

—Solo del exterior. Tenemos algunos contactos druidas en Swanstone que nos proporcionan muchas plantas para los jardines medicinales, pero no me atrevo a pedirles demasiada información sobre su cuartel general.

Lo único que confirma este mapa es la ubicación de Glastonbury Tor sobre tres líneas ley y que en algún punto de su interior se cruzan dos flujos de agua, lo que coincide con las notas de traducción de Widdershins para la luna de Begbéam.

Widdershins era un profesor que aseguraba haber traducido las inscripciones de la Piedra de Monafyll, un antiguo obelisco en el que aparecía representada una peregrinación curativa durante las lunas llenas.

Aurienne y Mordaunt habían abordado al hombre en su propia casa para hacerse con las traducciones, que describían el peregrinaje en los términos más imprecisos e inútiles posible.

Aurienne estaba usando las notas de Widdershins como referencia para interpretar los datos, y al decir «datos» se refería a una serie de anécdotas de dudosa procedencia, escasa calidad y origen no verificable que hablaban de sanaciones milagrosas durante la luna llena.

Aquel era todo el proyecto de investigación en el que se basaba la sanación de Mordaunt: mapas con garabatos, traducciones inventadas y datos anecdóticos. Ridículo.

Ridículo, pero allí estaban .

En realidad, lo más ridículo de todo era que, tras aquel «tratamiento» tan mal concebido, Aurienne había logrado detener la degeneración del sistema seith de Mordaunt.

Parecía increíble, pero basándose en cuentos de hadas y sesiones de sanación bajo la luna llena, habían conseguido algo que hasta entonces se consideraba médicamente imposible y habían paralizado el avance de una enfermedad implacable.

Se trataba de un hito. De un triunfo. O de una coincidencia.

Era demasiado tarde para mostrarse escépticos, pero demasiado pronto para celebrarlo.

Aurienne levantó la vista. Mordaunt tenía dos pezoneras en forma de corazón sobre los ojos.

No: lo más ridículo de todo era él.

— La vie en rose —dijo Mordaunt, mirando a su alrededor.

Aurienne había usado las pezoneras como marcadores en el mapa. Se las quitó de la cara.

—Concéntrate, por favor. Las dos corrientes de agua pueden ser subterráneas.

Hay una leyenda muy conocida que dice que Glastonbury Tor es hueco y que hay un gran sistema de cuevas en el interior de la colina.

Algunos mitos aseguran que allí, en las profundidades, es donde se encuentra la entrada del Annwn.

El Más Allá celta —añadió ante la mirada inexpresiva de Mordaunt—.

Un paraíso de eterna juventud, donde la enfermedad no existe.