La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 2. Aurienne se preocupa #3
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2. Aurienne se preocupa #3

—Apenas parece un deofol —se burló Cíele, aunque tenía el pelaje del lomo erizado—. Es más bien una masa informe de seith.

—¿Por qué tengo que ir de negro? —se preguntó Aurienne—. Es más, ¿tengo ropa negra?

—A lo mejor es para que te camufles. ¿Cuándo vais a entrar?

—Durante la luna llena, dentro de tres días.

—Avísame si las cosas se tuercen. Puedo llamar a los Warden si necesitas refuerzos.

—Esperemos no llegar a ese punto —dijo Aurienne—. Los druidas son nuestros aliados. No merecen que los descuarticen.

—Si los druidas se limitan a intentar aplicar la Triple Muerte a Mordaunt, no les pasará nada —dijo Cíele. Luego apoyó la mejilla en la de Aurienne a modo de despedida, un gesto que esta sintió como el roce de una brisa, y desapareció con un destello blanco.

Aquella tarde, después de llevar a cabo la demostración del quimioluminiscenciador, un poco distraída por lo que se avecinaba, Aurienne regresó a sus aposentos para ponerse algo negro.

Empezó a rebuscar, cada vez más desesperada, en un armario compuesto principalmente por prendas blancas de Haelan, hasta que finalmente encontró unos pantalones oscuros de lana y un jersey negro de cuello vuelto.

Se puso las botas más oscuras que tenía y una capa azul marino, y se trenzó el pelo meticulosamente, sujetándolo con horquillas en la coronilla.

Un par de guantes negros con dos botones le dieron al conjunto el toque final de criminalidad.

Aurienne se envolvió en la capa para ocultar aquel atuendo tan inusual y bajó la escalera de caracol por la que se salía de la torre norte.

Los Warden que estaban de servicio la saludaron mientras atravesaba los patios de Swanstone de camino a la reja levadiza.

Sus armaduras y yelmos cerrados le impedían ver quién era cada cual.

Aurienne había aprendido a reconocerlos por sus gestos o sus breves saludos: Verity era la líder y la más simpática, lo cual no era decir mucho; Haven, la impetuosa; Solace, la más callada; Ataraxia, la que siempre estaba en las murallas; y Tenet, la taciturna experta en vigilancia.

Aurienne esperaba de todo corazón no necesitar que ninguno de ellos la rescatara cuando se colara en el Færwundor.

Los Warden llevaban unas lanzas enormes, pero lo más peligroso eran sus armaduras, que atrapaban a cualquiera que se acercaba y, con solo mover un dedo enguantado, lo desmembraban.

Ningún druida merecía tal destino. En cuanto a Mordaunt, a menos que fuera extremadamente rápido caminando las sombras, acabaría hecho trizas.

Si los druidas y los Warden lo capturaban, podía ser la primera persona en experimentar una Muerte Cuádruple.

Absorta en aquellos pensamientos tan morbosos, Aurienne se acercó a Verity y Haven en la reja levadiza.

Sus brillantes barreras de protección parpadeaban inquietas sobre las baldosas.

Cuando llegaban a una pared, las barreras se inclinaban y se elevaban, iluminando con su luz titilante los cisnes esculpidos.

—Buenas noches —dijo Aurienne, mostrando su t ā cn.

Haven, que era la que estaba más cerca de la puerta trasera, la abrió.

—¿Vas a la viedra, Haelan?

—Sí —contestó Aurienne—. Volveré mañana por la mañana.

—Una de nosotras te acompañará —dijo Haven—. Nuevo protocolo.

—Está bien —replicó Aurienne, que conocía perfectamente tanto el nuevo protocolo como la razón de este.

Verity, sin embargo, no, y aprovechó la oportunidad, mientras cruzaban el puente hacia el continente, para preguntarle a Aurienne sobre ello con su parquedad habitual.

—Han informado a los líderes de tu Orden de una amenaza inminente. Ellos se han negado a proporcionar más detalles a la mía, más allá de que Swanstone es el objetivo. ¿Sabes algo al respecto?

—No tengo ni idea —respondió Aurienne—. Yo también acabo de enterarme del nuevo protocolo.

La actitud de Verity reflejó su malestar, que era evidente incluso a través de la armadura.

—Hemos jurado proteger este lugar; nos han dicho que está en peligro, pero no cuál es la amenaza. Han destinado aquí a Tenet durante las próximas dos semanas.

—¿Es la Warden que está reforzando las barreras de protección de las ventanas y todo eso? La he visto trabajar.

—Sí. Ella tampoco sabe a qué nos enfrentamos.

A lo que se enfrentaban era a Tristane, la comandante de la Orden Fyren, pero Aurienne no podía decírselo porque daría lugar a preguntas bastante incómodas, como por qué tenía Aurienne acceso a un dato operativo tan confidencial sobre una Orden enemiga.

Osric Mordaunt había compartido la información con Aurienne, quien a su vez la había compartido con Xanthe, que había proporcionado una versión censurada al resto de los líderes de la Orden Haelan, que habían transmitido una versión aún más censurada al líder de la Orden Warden.

Así que la pobre Verity, rebosante de frustración, se veía obligada a hacer de niñera de los Haelan y acompañar a Aurienne.

—Puede que sea por algún tema político —especuló esta, pues sería normal permitirse alguna que otra conjetura en caso de no saber la verdad.

—Nuestras órdenes están por encima de la política —dijo Verity—. Pero, si lo es, deberíamos saberlo.

—¿Solo tienen interés en Swanstone, o también te han advertido acerca del cuartel general de los Warden?

—Solo en Swanstone —contestó Verity—. No creo que nadie sea tan tonto como para atacar el castillo de Tintagel.

—Espero que solo sea una amenaza temporal —dijo Aurienne—. Aunque, de todos modos, no me preocupa: no podríamos estar en mejores manos, con vuestra orden aquí.

Verity asintió con la cabeza; para ella, aquello no era un cumplido, sino un hecho.

Mordaunt le había dado algunas indicaciones a Aurienne sobre dónde poner las barreras de protección para impedir que Tristane entrara en Swanstone, lo que incluía el puente que conectaba con el continente. Aurienne había trasladado la sugerencia y se alegró al ver que habían seguido su consejo.

Se acercaron al pueblo de Swanstone-on-Sea, donde se encontraban la taberna y la correspondiente viedra.

Verity abrió la palma del guantelete derecho y apuntó hacia el suelo con su t ā cn: la cabeza cornuda de un uro.

Las barreras de protección se extendieron alrededor de sus pies y los de Aurienne.

La gente que pasaba por allí les dejó espacio.

A Aurienne siempre le habían intrigado las barreras de protección.

Como Haelan, la habían adiestrado para controlar la seith en diversos contextos específicos, casi todos internos, que requerían el contacto físico con su t ā cn.

Pero los Warden eran capaces de manipular la seith de forma externa y controlarla a distancia.

Lo más parecido a aquello que Aurienne había hecho eran los marcadores de seith que le había puesto a Mordaunt, que permanecerían inertes de forma indefinida hasta que ella decidiera desplegar esa seith.

Pero, una vez más, se trataba de una aplicación interna, mientras que los Warden podían cubrir edificios enteros con la suya.

Sin embargo, las órdenes guardaban con celo sus secretos y, cada vez que Aurienne preguntaba cómo funcionaban las barreras de protección, Verity y el resto de los Warden le respondían con vagas generalidades.

Por su parte, a los Warden también les fascinaba la forma en la que los Haelan utilizaban su seith.

Cuando le tocaba hacer su turno en la enfermería del castillo de Tintagel, miraban con asombro a Aurienne y sacudían la cabeza con incredulidad cuando la veían sanar heridas.

Aurienne y Verity llegaron a Publica o Perece, la taberna del pueblo. Aurienne se alegró de ver a Tenet en la viedra, instalando una elaborada barrera de protección en la base.

—Estoy muerta de hambre —dijo Aurienne—. Voy a hacer una parada en la taberna para comerme un pastel de carne y unas patatas fritas. Gracias por acompañarme esta noche.

Verity no respondió; simplemente, se limitó a hacer un saludo militar.

Aurienne entró en el Publica o Perece, donde la recibió una alegre multitud, y pidió la cena.

Luego, bajo la atenta mirada de Tenet, se acercó a la viedra y presionó el t ā cn contra las runas del Desastre Total, la taberna que quedaba más cerca de la casa de sus padres.

En la viedra parpadeó el cartel de «Cuidado con el pie».

Aurienne se adentró en la gratícula de viedras y atravesó a toda velocidad las líneas ley desde Swanstone-on-Sea hasta Londres, donde, ya sin la supervisión de los Warden, presionó las runas de su verdadero destino: Rosefell Hall.