2. Aurienne se preocupa #2
—Después de semejante introducción, espero que tengas una respuesta —dijo Xanthe.
—Tengo una hipótesis relacionada con los niños en muerte cerebral —contestó Aurienne—. La Orden Dreor.
—La Orden Dreor —repitió Xanthe lentamente.
—Ahora sabemos que alguien ha propagado la viruela adrede.
Sabemos que han invertido muchísimos recursos en ello y luego todavía más en obstaculizar el desarrollo de la vacuna en todos los T ī endoms. Sabemos que la Orden Dreor lleva décadas en declive.
Yo solo sé lo básico de ellos: que están locos y que son muertos vivientes.
El último brote de viruela de Platt tuvo lugar hace cien años, en Lichfield, donde se encuentra su cuartel general.
Todavía no he podido relacionar esos puntos mediante hechos.
Acabo de escribir a las bibliotecas para recopilar todo el material disponible sobre la Orden Dreor.
Aunque también podría estar totalmente equivocada.
Xanthe se quedó allí de pie, con los hombros encorvados y una expresión de profundo cansancio en la cara.
—También podrías tener razón. Aurienne, es terrible.
—Ya.
—Voy a tener que contárselo al resto de los líderes.
—Vale, pero no les des el nombre de nuestro informador. Y que les quede claro que se trata de una mera especulación. Voy a investigar un poco sobre los Dreor. Cuando tenga algo más concreto, podemos plantearles la hipótesis. De momento, no es más que una conjetura por mi parte.
Xanthe se masajeó las sienes.
—Tiene lógica. La Orden Dreor está casi extinta; necesitan nuevos miembros.
¿La viruela crea candidatos ideales para los Dreor?
No esperaba que su orden tuviera el dinero, los contactos o la inteligencia necesarios para concebir un plan de esta magnitud.
—Xanthe entrecerró sus astutos ojos—. Si estás en lo cierto, los niños que sobrevivan corren peligro. Ellos serían el premio.
—Hay que garantizar su seguridad —dijo Aurienne—. Aquí tenemos las camas llenas de supervivientes, pero hay más por todo el T ī endom.
—La Orden de las Hérgulas nos acaba de informar de que la viruela también está causando estragos entre sus recién nacidos.
—Deberíamos traerlos a Swanstone. A todos los niños que podamos.
—Me temo que nos esperan días oscuros, Aurienne.
—¿Haelan Xanthe? —dijo alguien desde fuera del baño.
Xanthe abrió la puerta. Una aprendiz de Haelan con una túnica gris la estaba buscando.
—Siento la interrupción. ¿Alguna de vosotras ha visto a Lambert?
Lambert dirigía el departamento de Donaciones y Financiación de Swanstone. Xanthe contestó que no, igual que Aurienne.
La aprendiz suspiró.
—Su esposa está en recepción. Dice que lleva días sin pasarse por casa.
Aurienne no pensaba en Osric Mordaunt, porque tenía todo bajo Control.
Aun así, no pudo evitar fijarse en lo poco comunicativo que estaba siendo desde su tête-à-tête en la azotea.
No recordaba haber pasado nunca tanto tiempo sin que el seith de él tocara su t ā cn: Mordaunt solía ser víctima de todo tipo de crisis y no dudaba en aprovechar aquella vía de conexión.
En circunstancias normales, su silencio no le habría molestado, pero pensaban entrar a escondidas en el Færwundor durante la próxima luna llena y apenas habían planeado nada.
Como Mordaunt seguía sin dar señales de vida, Aurienne le había enviado a Cíele, su deofol, para que concertara una reunión con él.
Mordaunt lo había ignorado durante varios días.
Pero este por fin había regresado con una respuesta.
—He conseguido ponerme en contacto con el Fyren de una puñetera vez.
—¿Le ha pasado algo? —preguntó Aurienne.
—Según él, ha estado ocupado con unos asesinatos —respondió Cíele—. Ha debido de estar enfermo. Tenía las mejillas y los ojos hundidos.
—Si ha estado enfermo debería decírmelo —replicó Aurienne.
—Ha propuesto que os reunáis el martes para planear lo del Færwundor.
Aurienne sacó la agenda.
—Tengo una demostración del quimioluminiscenciador de Fulhame por la tarde. ¿A qué hora?
—Va a enviar a su deofol para confirmarlo —dijo Cíele.
—De acuerdo. Gracias por ir a verlo, querido. Sé que no te gusta nada.
—Por desgracia, es inevitable —repuso Cíele, antes de desaparecer en una nube blanca, peluda y malhumorada.
Los días pasaban volando entre el trabajo en el laboratorio (reparaciones extremolaterales de fibras de seith; hidrodisecciones de seith; consideraciones quirúrgicas de las irregularidades congénitas en los sistemas seith), los turnos en el pabellón de la viruela de Platt, las reuniones presupuestarias un tanto exasperantes y las trivialidades administrativas de Quincey.
El martes por la tarde, Aurienne aún no había recibido noticias de Mordaunt sobre la reunión de esa noche.
Estaba caminando de aquí para allá en el despacho. Quincey entró con un poco de té y unos cuantos casos más de irregularidades administrativas.
Arienne cerró la puerta con llave y se preparó para volver a llamar a Cíele. Un maullido agudo la interrumpió. Era su gata.
¿ Su gata? No exactamente. Más bien la que vivía en su habitación. O en cuya habitación vivía Aurienne. Se trataba de una gata negra llamada Actos de Brutalidad Justificada que le había regalado Mordaunt cuando se habían colado en la Fortaleza Wellesley.
Actos de Brutalidad Justificada estaba reclamando los restos del té con leche de Aurienne. Esta le echó un poco en el platito y lo empujó hacia el otro lado del escritorio.
—Solo un poquito, ¿vale? La teína no es buena para ti.
La gata echó las orejas hacia atrás cuando Aurienne osó mirarla. Odiaba a todo el mundo, incluida a ella.
Aun así, Actos de Brutalidad Justificada hacía honor a su nombre.
Era una cazadora despiadada y le gustaba dejarle a Aurienne cada día regalos en forma de arañas y ratas asesinadas de formas muy diversas y creativas para asegurarse su favor.
También era una proveedora magnífica de material para la colección de cráneos de Aurienne.
A ella no le molestaba el carácter arisco del animal, siempre y cuando fuera competente.
(En ese sentido, Actos de Brutalidad Justificada le recordaba curiosamente a sí misma).
La gata lamió el té mirando fijamente a Aurienne con sus ojos amarillos, por si esta intentaba cometer alguna ofensa, como acariciarla.
Luego, para asegurarse de que Aurienne tuviera claro cuál era su lugar, la gata tiró el platito de la mesa. Este cayó con un golpe seco sobre la alfombra.
—Qué impertinente —comentó Aurienne, mientras la gata salía corriendo.
Su deofol, Cíele, al que estaba llamando en ese momento, la quería mucho más. La jineta albina se materializó, acurrucada como una rosquilla blanca y peluda.
—Pobrecito —dijo Aurienne—. No pretendía despertarte. Es que hoy es martes y Mordaunt aún no me ha dicho nada de la reunión de planificación de esta noche. ¿Podrías ir a visitarlo otra vez?
Cíele asintió con un gruñido lúgubre.
—Con un poco de suerte, será la última.
—¿Por qué?
—Por la Triple Muerte de los druidas. —Cíele se estiró y dio media vuelta—. Se me ha ocurrido que a lo mejor podrías hacer que lo pillaran —añadió con naturalidad.
—Cíele —lo regañó Aurienne.
—Sé que no lo vas a hacer —dijo el deofol con un suspiro—. Ya tuviste la oportunidad de dejar morir al Fyren y no la aprovechaste.
—¿De verdad crees que debería haberlo hecho?
Cíele se puso serio. Juntó las patas y apoyó la barbilla en el pecho con gravedad.
—No. No después de lo que hizo por ti. Estaba bromeando, por desgracia.
—Menudo embrollo, ¿verdad? —repuso Aurienne.
—Sí.
—Detesto los embrollos.
—No durará mucho más —dijo Cíele—. Es un acuerdo temporal.
Tenía razón. El trato de Aurienne con Mordaunt era temporal.
El problema era que el objetivo final (curar la corrupción seith de Mordaunt) era, por lo que Aurienne sabía, científicamente imposible.
El acuerdo podía prolongarse durante meses o, Fr ī a no lo quisiera, años.
Sabrían algo más después de la sesión de sanación en el Færwundor.
Una seith maliciosa y oscura hizo hormiguear el t ā cn de Aurienne.
—Mira por dónde, la deofol de Mordaunt quiere que la deje pasar —le dijo a Cíele.
—Genial. Así me ahorro el viaje. Deja que pase; nunca he conocido a ese bicharraco.
Cíele, con la cola temblando de impaciencia, se subió al hombro de Aurienne mientras esta apuntaba con el t ā cn hacia el suelo.
La deofol de Mordaunt adoptó su forma habitual: una nube de humo negro con la apariencia de una loba.
Pocos tenían el control necesario sobre la seith para crear un deofol con el nivel de detalle de Cíele, el de Aurienne.
Ella no era nada quisquillosa al respecto, pero Cíele sí, y se burló de la neblina que se estaba formando.
Solo las fauces de la loba se veían con cierta precisión. Unos dientes enormes y afilados sonrieron a Aurienne y Cíele.
—Saludos, Haelan Fairhrim —dijeron los dientes, flotando a la altura de los ojos de Aurienne.
—Huele a perro mojado —comentó Cíele, olfateando el aire.
Los dientes desaparecieron y volvieron a aparecer más cerca que antes.
—Vaya. La Rata de Cloaca.
Cíele se cambió al otro hombro de Aurienne para alejarse de la loba.
—Soy una jineta.
—Eres la cena —replicó la loba.
—¿Pretendes que me sienta amenazado por un puñado de incisivos flotantes? —le espetó Cíele.
—¿Qué quiere tu amo? —le preguntó Aurienne a la loba, impidiendo que su deofol siguiera fanfarroneando.
—Que te reúnas con él a las nueve en punto en Rosefell Hall. —La loba sonrió con ironía—. Estoy deseando ver cómo te va.
Aurienne se enfadó, al igual que Cíele.
—¿Qué te hace tanta gracia? —le preguntó el deofol.
—Nada —respondió la loba—. Ah, y quiere que vayas vestida de negro.
—¿Por qué? —replicó Aurienne.
—¿Y yo qué sé? —contestó la loba—. Solo soy un puñado de incisivos flotantes.
La loba se esfumó. Sus dientes fueron los últimos en marcharse y siguieron sonriéndole a Cíele mucho tiempo después de que el resto de ella hubiera desaparecido.