La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 1. «Qui dit aimer dit souffrir» #2
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1. «Qui dit aimer dit souffrir» #2

Se comportaba con magnificencia, como una reina, aun vestida con la polvorienta capa de viaje. Recorrió la mesa con sus ojos verdes. El cabello negro le caía en un triángulo perfecto y brillante.

Tristane era una legendaria caminasombras, una asesina sin igual y la comandante de los Fyren.

Todos los Fyren presentes le debían sus considerables fortunas.

Ella había sacado a la Orden Fyren del anonimato hacía décadas y la había convertido en lo que era en la actualidad: un gremio formado por los asesinos mejor pagados de los T ī endoms. Y ella lo dirigía con mano de hierro.

Tristane llegó acompañada por lady Windermere, una esbelta Fyren que empuñaba un látigo y cuya especialidad era el estrangulamiento.

Parecía enferma. Tenía las mejillas hundidas y los ojos rojos e hinchados.

Varias personas de la mesa le preguntaron por su salud y sobre si había avanzado en la investigación de la desaparición de Brythe.

(Brythe era un compañero Fyren; él y lady Windermere habían sido amantes durante mucho tiempo, hasta que Brythe había desaparecido hacía unas cuantas semanas).

—No hemos encontrado nada —dijo lady Windermere, entrelazando sus delgadas manos—. Ni rastro de Brythe. Ni un rumor. Ni su cadáver.

Osric, como todos los demás, gimió consternado. Paradójicamente, él era el responsable de la muerte de Brythe. Este había aceptado un encargo en Swanstone, y Osric, como no sabía en qué consistía y no quería poner en riesgo la vida de Fairhrim, lo había asesinado a sangre fría.

Bueno, no exactamente a sangre fría. Más bien templada. A Osric le preocupaba mucho que hicieran daño a Fairhrim. Además, había estado a punto de morir al matar a Brythe.

—¿Alguno de vosotros recuerda algo de la última vez que vio a Brythe? ¿Algo raro? —preguntó lady Windermere desesperada.

Se oyeron algunos murmullos inútiles, aunque amables, en torno a la mesa; no, nadie había notado nada inusual.

Lady Windermere se retiró con un suspiro desgarrador.

—Pobrecita mía —dijo Beaufort, chasqueando la lengua—. Lo está pasando fatal.

—No puede llorar su pérdida, pero tampoco pasar página —observó Sacramore.

—No me parece muy sano —comentó Lirain—. Lo mejor es dar por hecho que está muerto, pasar el luto y seguir adelante.

—Es mejor que no abandone la esperanza —opinó Sacramore—. Si lo hace, la pérdida la matará.

—Brythe acabará apareciendo —replicó Leofric con convicción, aunque no de forma muy acertada—. Seguro que está por ahí de juerga en algún sitio.

—No sería la primera vez —señaló Osric.

—A lo mejor se ha largado a América —sugirió Beaufort. (América era un gran país del otro lado del océano, cuya principal exportación era el jazz melódico).

Tristane negó con la cabeza.

—Ninguno de nuestros deofoles ha podido encontrarlo. No tenía motivos para desvincularse de nosotros. No es necesario buscarle tres pies al gato. Está muerto.

—Y la pobre Windermere se está consumiendo de pena —apuntó Beaufort—. Esto es demasiado macabro.

Sacramore, que era un romántico, suspiró.

—Era su Gran Amor.

—Por eso deberían evitarse los Grandes Amores —dijo Lirain.

Osric asintió enérgicamente. Los Grandes Amores daban más problemas que alegrías. Él nunca cometería ese error.

Tristane se acomodó en un rincón de la taberna, como solía hacer para asignar los encargos a los Fyren siempre que se reunían. Osric fue hacia su mesa cuando le tocó el turno.

Como siempre, Tristane se había llevado su propio vino. Era francesa y se negaba a beber las «atroces porquerías», como ella las llamaba, que hacían pasar por vino en los T ī endoms. Le sirvió una copa a Osric.

Este, que se consideraba un experto, cogió la botella.

—¿Qué estamos bebiendo?

—Es un Domaine de Brecé. Nunca lo has probado, así que no finjas.

Osric se tragó el orgullo, porque efectivamente nunca lo había hecho, y bebió un trago.

Tristane le entregó tres sobres.

—¿Tres encargos? —preguntó Osric.

—Tengo entendido que eres pobre —dijo Tristane—. Deja de malgastar el dinero en tonterías.

Era cierto que, últimamente, Osric tenía mucho menos dinero, pero se equivocaba al pensar que había dilapidado su fortuna inútilmente.

Había sobornado en secreto a la Orden Haelan para que lo ayudaran a curarse de la corrupción seith.

El privilegio de contar con la experiencia de Fairhrim le había costado veinte millones de thrymsas, además de hacerle correr el riesgo de enamorarse de ella.

Pero Tristane no debía saberlo.

—Me resulta difícil comprar con moderación: todo me queda bien —contestó, mientras se guardaba los sobres.

—No tienes pinta de haber comido mucho últimamente —replicó Tristane.

Le sujetó la barbilla con dos dedos y le giró la cabeza de izquierda a derecha.

Sus uñas pintadas de negro se le clavaron en la piel—.

No me gusta nada verte así. Me recuerda al niño hambriento que encontré robando pasteles para su maman .

—Estoy bien. He tenido un pequeño virus estomacal.

Tristane le acercó su plato: ganso asado con patatas.

—Come.

(A veces Tristane tenía una actitud tierna y maternal con sus favoritos, entre los que se encontraba Osric. Daba bastante miedo: era como dejarse acariciar por un dragón mimoso).

Sacramore se acercó para hablar de unos temas administrativos. El propietario del matadero abandonado donde la Orden Fyren tenía actualmente su cuartel general se había enterado de la nueva función del lugar y se había opuesto.

—¿Cuál es el nombre y la dirección de nuestro querido arrendador? —le preguntó Tristane. Sacramore se los proporcionó—. Le voy a caramelizar las pelotas.

Osric estaba deseando preguntarle a Tristane si había hecho algún avance en el encargo que Brythe no había logrado completar en Swanstone, pero no encontraba ninguna forma de plantear la pregunta con naturalidad.

Era demasiado arriesgado hacerlo así de repente y más aún con Sacramore delante.

A Osric no le quedaba más remedio que esperar que Fairhrim tuviera en cuenta sus recomendaciones y que, cuando finalmente llegara a Swanstone, Tristane decidiera no entrar en la fortaleza ante la amenaza de las desagradables barreras protectoras de los Warden.

Cuando Osric volvió a Rosefell Hall, empezó a notar unos pinchazos terribles en el t ā cn. Llevaba días ignorando al deofol de Fairhrim y este le estaba transmitiendo su malestar. Era como si le estuviera clavando los colmillos por dentro, para que lo dejara pasar.

Osric, que ya estaba más dispuesto a enfrentarse abiertamente a Fairhrim y a sus misivas, levantó el t ā cn y permitió que el deofol se materializara.

El deofol de Fairhrim era una jineta blanca que tenía por costumbre saludar a la gente con insultos. Esa vez la cosa no fue diferente, sobre todo porque Osric lo había cabreado muchísimo.

—¿Me acabas de morder? —le preguntó Osric.

La jineta se fijó en su atuendo.

—Lo primero es lo primero: ¿por qué llevas puestas unas cortinas? —contestó, mirándolo con desdén.

—Es una chaqueta de esmoquin —replicó Osric.

—Pues es tan elegante como un futón —le soltó la jineta—. Me has estado ignorando.

—Es que he estado muy ocupado —respondió Osric—. Asesinando a gente —añadió. No quería que el deofol supiera que su ocupación había consistido en sumirse en la desesperanza.

—Tienes mala cara.

—Estoy bien, pero gracias por preocuparte.

—Era un comentario, no me preocupa en absoluto —dijo la jineta—. Se acerca la luna llena y Aurienne quiere que os reunáis para organizar vuestra imprudente incursión en el Færwundor.

—¿Puede venir a Rosefell Hall el martes por la noche? —le preguntó Osric.

—Un poco impulsivo, ¿no? Aunque eso es típico de ti.

Un poco impulsivo, un poco inútil y un poco memo.

—Osric le lanzó un cuchillo a aquel deofol tan insolente.

No era más que una criatura de seith y el cuchillo lo atravesó sin causarle daño alguno, pero él se sintió mejor—.

Y también un poco irascible —le espetó el deofol—. Le preguntaré si puede venir el martes.

—Enviaré a mi deofol para confirmar la hora —contestó Osric.

Esperaba que la jineta desapareciera, pero se quedó revoloteando delante de sus narices agitando la cola con fuerza.

—Lo de colarse en el Færwundor sigue pareciéndome descabellado. ¿Y si os descubren los druidas?

—Ha sido idea de tu ama —dijo Osric—. Según sus maravillosos datos, el Færwundor era el mejor lugar para la próxima sesión de sanación.

—Eso fue antes de que le contaras que estás en busca y captura por la ley druídica y que te someterán a la Triple Muerte si te pillan.

La Triple Muerte era un castigo druídico.

La muerte infligida tres veces: empalamiento, lapidación y ahogamiento.

Como asesino profesional, Osric admiraba el concepto.

Aquello sí que era tomarse la muerte en serio.

Una redundancia tras otra. En cuanto al ámbito personal…

Bueno, era una lástima que él fuera uno de los candidatos de los druidas para ponerla en práctica, pero no pensaba dejar que lo capturaran y le aplicaran aquel castigo.

—Los druidas ni siquiera se darán cuenta de que estamos allí —dijo Osric—. Soy muy bueno en mi trabajo.

El deofol seguía sin parecer muy convencido.

—Aurienne traerá toda la información que sea capaz de encontrar sobre el Færwundor. Y quiere que tú hagas lo mismo.

—De acuerdo.

—Si le pasa algo, iré a por ti.

—Jamás permitiría que le pasara nada —contestó Osric.

Su intención era que sonara intrascendente, pero sus palabras transmitieron una sinceridad de lo más rotunda.

Tanto Osric como el deofol se sorprendieron. La jineta agitó los bigotes mientras se desvanecía en el éter.

—Por extraño que parezca, te creo.

Osric estaba preparado para volver a reunirse con Fairhrim. No había ningún peligro; no había ningún Gran Amor. Las Fantasías no eran peligrosas. Hasta podía coquetear con ella si quería. Tal vez lo hiciera, solo para demostrarse a sí mismo que tenía razón.

Así de desmesurada era su arrogancia.