La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2)
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1. «Qui dit aimer dit souffrir»
Q ui dit aimer dit souffrir
Osric
La fortaleza de Swanstone se alzaba prominente y austera.
Sus empinadas almenas, recubiertas de musgo y aciano marino, se precipitaban hacia la orilla.
Más allá de las murallas, se agitaba un mar embravecido.
Las olas blancas se elevaban como cuchillas antes de romper en las aguas negras. La marea estaba subiendo.
En el exterior de la ventana más alta de la torre más alta, se encontraba sentado Osric Mordaunt.
Bastardo de nacimiento, Fyren de profesión y canalla por inclinación.
En el interior de la ventana más alta de la torre más alta, estaba sentada Aurienne Fairhrim. Prestigiosa Haelan, eminente maestra y paradigma de la rectitud moral.
Tiempo atrás Osric había considerado a Fairhrim como una mera herramienta, como un Medio Para Lograr un Fin, cuyo único mérito era el de ser la única persona capaz de curar su enfermedad.
La consideraba altiva y fría, irritantemente arrogante y, lo peor de todo, de una belleza moderada, en el mejor de los casos.
Estaba convencido de que la odiaba.
Pero se había equivocado. Se había equivocado en muchas cosas.
—¿Te pasa algo? —le preguntó Fairhrim.
Osric negó con la cabeza, pero era mentira. Claro que le pasaba algo. Se estaba enamorando de ella. Algo emocionante. Algo horrible. Se guardó la verdad para sí mismo y percibió su sabor en la lengua.
El sol salió como un amante, lánguido y sublime, y tiñó el mar de un tono ambarino.
En el alféizar de la ventana, entre Osric y Fairhrim, había una hilera de plantas medicinales y orquídeas exóticas cubiertas por campanas de cristal.
Las orquídeas reflejaban el amanecer en sus pétalos de color albaricoque y blanco.
Las sombras que protegían a Osric y evitaban que fuera descubierto por los Warden que patrullaban menguaron.
—¿No deberías irte? —dijo Fairhrim, siempre tan sensata.
—Pues sí —contestó Osric—. En unos días te enviaré a mi deofol para preparar lo del Færwundor.
—Gracias de nuevo. Por todo. —Fairhrim levantó una de las campanas y cogió una flor de una de las orquídeas—. Toma.
—¿Y esto? —preguntó él.
—Sé que eres un gran apasionado de la belleza.
Le entregó la flor. Él se las ingenió para rozarle los dedos con los suyos al cogerla.
Volvió a casa en una nube.
En Rosefell Hall, la residencia de la familia Mordaunt, Osric dejó la orquídea sobre la repisa de la chimenea, entre cajas de música decoradas con piedras preciosas y una colección de dagas germánicas. Desprovista de agua y expuesta al calor del fuego, la flor solo tardó unos días en marchitarse.
Una cronología que encajaba a la perfección con los sentimientos de Osric. Al principio frescos y arrebatadores, a la tercera noche se habían marchitado para dar paso a la vergüenza. Observó los restos de la flor con una copa en una mano y una piedra de afilar en la otra.
Un Fyren enamorado de una Haelan. Qué descabellado. Qué grotesco. Qué inviable.
Era un imbécil. Un estúpido. El responsable de su propia desgracia.
Que los dioses se compadecieran de él.
Por favor , que los dioses se compadecieran de él, repitió por segunda vez.
Los dioses no respondieron. Lo cual no era de extrañar; por lo general, Osric no se esforzaba demasiado en complacerlos, y a menudo pronunciaba sus nombres en vano, con frecuencia acompañados de comentarios sobre sus tetas.
Un Fyren enamorado de una Haelan. Menos mal que no se lo había dicho. ¿Qué habría hecho ella? Seguramente morirse de risa. O tirarse por la ventana.
Osric tocó la orquídea marchita. Al hacerlo, se fijó en el t ā cn que tenía en la palma de la mano: la calavera roja de cerbero que lo identificaba como miembro de la Orden Fyren.
La calavera le sonrió. Normalmente, Osric se enorgullecía de su t ā cn; se lo había ganado a base de décadas de sudor y sangre, y era la fuente de su poder.
Sin embargo, aquella noche, la sonrisa con colmillos se burlaba de él.
Le recordaba que, en la palma de la mano, Fairhrim llevaba un cisne blanco, el t ā cn de la Orden Haelan, y que nunca podrían estar juntos.
Osric no estaba acostumbrado a enfrentarse a lo imposible.
Antes de lo de Aurienne Fairhrim, nunca había conocido ningún obstáculo insuperable en la vida.
Se había topado con dificultades, sí, pero siempre había logrado superarlas usando con inteligencia el dinero o poniéndole una espada en el cuello a alguien.
Pero aquel contratiempo no era tan fácil de resolver. Lo de la espada era tentador, pero Osric no tenía muy claro en qué cuello sería mejor ponerla para solucionar el problema. ¿En el suyo? ¿En el de ella?
El fuego crepitaba sombríamente en la chimenea.
Él arrojó la orquídea al fuego. Sus pétalos eran tan delicados que se quemaron antes de tocar las llamas.
Revolotearon en la corriente ascendente del hogar, como brasas inquietas entre las cenizas negras.
Luego desaparecieron, al igual que las ganas de vivir de Osric.
Pasaron los días. Osric estaba desanimado.
Deprimido, básicamente. Se tumbaba en los divanes adoptando posturas trágicas.
Tenía que enviar su deofol a Fairhrim para organizar la entrada en el enclave druídico conocido como Færwundor, pero no lo hizo, porque ella tenía la culpa de todo y no deseaba volver a tener ningún contacto con ella ni verla nunca más.
La señora Parson, su criada, al ver que no comía, le preguntó qué le pasaba.
—No hace más que lamentarse y lloriquear, señor.
Osric le ordenó, enfadado, que le dejara sufrir sus Agonías en paz.
La señora Parson, con una perspicacia de lo más irritante, le preguntó si el problema era la Haelan Fairhrim.
Osric le contestó que desearía no haber nacido nunca.
—Voy a hacer la compra —le dijo la señora Parson—. ¿Quiere algo?
—Morir y que me devoren los gusanos.
—Muy bien —repuso la señora Parson—. Entonces solo leche.
Los perros de Osric gimieron y lo empujaron con sus hocicos húmedos.
Rigor Mortis, el gran danés, se sentó encima de él y estuvo a punto de asfixiarlo, pero, por desgracia, Osric no murió.
Siguió sufriendo sus Agonías. La señora Parson le llevó un poco de sopa.
El señor Parson, el jardinero, le sirvió una copa bien cargada.
Osric se deslizó hacia fuera por el sofá hasta rozar el suelo con la cabeza.
La señora Parson le preguntó si quería que llamara a las plañideras.
Osric le dijo que deseaba fundirse con el barro.
Se tumbó boca abajo sobre la alfombra y se sumió en la autocompasión.
El deofol de Fairhrim hizo hormiguear su t ā cn varias veces, pero él lo ignoró.
El grillo criticón le dijo que era un imbécil.
Él no le contestó, porque no podía negarlo.
El grillo criticón, sorprendido, se retiró en silencio.
Y así fue como transcurrió la gran Tortura de Osric Mordaunt.
Tal vez Fairhrim fuera una sanadora excepcional, pero el tiempo era la mejor medicina, y, con el paso de los días, el recuerdo del tacto de Fairhrim, su sonrisa discreta y sus ojos brillantes se desvaneció, y Osric salió del trance.
Dejó de autocompadecerse. Merecía algo mejor que aquello, se dijo a sí mismo al verse reflejado en el espejo. Su cabello merecía algo mejor.
Se duchó. Se arregló. Le encargó a su sastre ropa que no necesitaba. Se centró en las actividades habituales: robos, asesinatos y hedonismo en general.
Intentó autoconvencerse de que el amor tenía que ser algo hermoso.
Aquello era como estar muriéndose; por lo tanto, no podía ser amor.
Era el mismo tipo de deseo que sentía cuando encontraba un cuadro especialmente bonito que no le pertenecía.
Se trataba de una Fantasía. Y era normal: él siempre quería más, siempre codiciaba más.
Por eso coleccionaba obras de arte, objetos y armas curiosas.
Fairhrim era muy preciada para él porque lo ayudaba y le era necesaria, y había que reconocer que era encantadora, y él nunca antes en la vida se había topado con aquel trío concreto de cualidades, por lo que había llegado a la conclusión precipitada de que aquellos sentimientos eran amor.
Pero no lo eran. La necesitaba para curar su corrupción seith.
Era una Haelan excepcional y poco común, y por ello la codiciaba.
Reconocía que se sentía atraído por ella. Pero nada más.
En lo que a conclusiones se refería, aquella era perfecta. Eludía por completo la cuestión de la imposibilidad. Él no la amaba. Qué alivio. Podía volver a la normalidad.
Aceptó algunos encargos extra, porque, cuando se sentía mal, siempre le venía bien una pequeña dosis de crimen.
Tras recuperar las ganas de vivir, Osric se reunió con sus compañeros Fyren en su taberna favorita: Los Huevos Caninos, en Londres.
Le preguntaron dónde se había metido y por qué parecía haber perdido un par de kilos, y él contestó vagamente que había estado unos cuantos días comportándose de forma poco digna para un caballero.
—Ven aquí, querido —le dijo Sacramore, haciéndole sitio en la mesa—. ¿El brocado es de oro auténtico? —le preguntó, al ver la chaqueta de su esmoquin.
—Pues claro —respondió Osric.
Sacramore era el segundo al mando de la Orden Fyren y un espadachín absolutamente letal.
También estaban presentes Leofric, un capullo integral y compañero de fechorías ocasional de Osric; Lirain, una femme fatale , en el sentido más literal de la palabra fatale , de cabello cobrizo y ojos verdes; y Beaufort, el herrero de los Fyren, que además tenía un maravilloso mechón blanco que contrastaba con su cabello negro y que Osric envidiaba muchísimo.
Osric puso una botella de Launceston’s Finest sobre la mesa.
—¿Acabas de birlarla del bar? —le preguntó Beaufort.
—A esos precios, los ladrones son ellos —replicó Osric.
—Hola, pequeñuelos —dijo alguien más.
Todos los Fyren sentados a la mesa se enderezaron. Tristane acababa de llegar.