La Decisión de Karina, Capítulo I (La Decisión de Karina, Insanas Consecuencias nº 1) 7
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El matrimonio no gustaba del tabaco, pero si don Renato.

Este ni siquiera pidió el permiso de ninguno de los dos para ponerse a fumar feliz de la vida en medio del departamento.

Por lo que la mujer ya predispuesta a atender al viejo mejor que a su marido —según habían convenido— rápidamente improvisó con un plato de té para que el vejete botara las cenizas y colillas.

Estaban ubicados junto a los ventanales de la sala de estar, y fueron tres vasos de bourbon que se tomaron cada uno entre risotadas y conversación.

En el fragor de la charla, Karina, con su vaso en mano, celebraba cada salida que emitía el jefe de su marido.

También le recibía el vaso para ser ella quien se lo dejaba en la mesa, o viceversa.

Cuando el viejo daba muestras de querer tomarlo, ella se le adelantaba y se lo pasaba siempre mirándolo sonriente.

El jefe de Guillermo ya se sentía enamorado.

De pronto también hablaban solo ellos —don Renato y Karina— quedando Guillermo de lado.

O este último sencillamente iba al baño dejándolos solos por unos buenos minutos.

Al rato, otra vez Karina les avisaba que pasaran a la mesa. Recordando la estrategia que habían urdido con su marido, muy a su pesar, ella se tuvo que sentar al lado de don Renato. Guillermo, su marido, se ubicó al otro lado de la mesa.

El director se sentía en la gloria, ya que desde que había llegado a ese departamento creía notar como la joven y atractiva dueña de casa lo miraba más a él que a su propio marido.

En un principio pensó que solo eran ideas suyas, pero ahora, al haber sido testigo de cómo aquella delicia de hembra lo ubicaba en la mesa a su lado, se convenció de que tenía muchas posibilidades con la mujer de su empleado.

Don Renato sabía que por la diferencia de edad estaba algo en desventaja, pero tenía dinero, y en esos momentos era capaz de comprarle un avión, si es que ella se lo pedía, con tal de que le abriera las piernas.

Mientras se daban a cenar, era ahora el matrimonio quien se daba a parlotear de distintas situaciones.

Por su parte, don Renato, mientras ingería la comida en forma seria —moviendo solo sus cuadradas mandíbulas mientras masticaba—, pensaba en como poder abordar a aquella fantástica mujer que estaba sentada a su lado y muy apegada a él.

Poco a poco nacían en su mente unas insanas intenciones de usar su poder para lograr cogerse a la esposa del dueño de casa.

Su corazón latía aceleradamente con el solo imaginar que tal vez Karina, por la forma en que lo estaba atendiendo, tarde o temprano se metería en una cama junto a él, con la firme intención de aparearse en todas las posiciones en que él la dispusiera.

Después de terminada la cena, el matrimonio con el señor director, se dedicaron a la sobremesa.

Otra vez al jefe le había vuelto el habla.

Mientras les hablaba de cosas de la vida cotidiana, él mismo se dio a descorchar otra botella de vino.

Karina, por su parte, celebraba todo lo que el viejo opinaba.

Don Renato ya traspiraba, y de a momentos perdía el hilo de su conversación al estar imaginando todas las cosas que le gustaría hacer con la esposa de su subordinado.

Sin embargo, y a pesar del estado de excitación prohibida en que se encontraba, al tener sentada a su lado a tan escultural mujer, había decidido esperar a ver qué pasaba durante el resto de la velada, así determinaría cuál iba a ser el mejor momento de intentar algo con ella.

La botella de vino poco a poco fue bajando y don Renato, al notar que el alcohol ya estaba empezando a crear estragos en las mentes de sus anfitriones, decidió cuidarse. Tal vez para esa misma noche algo podría lograr con la hembra si esta se embriagaba, maquinó ya algo fuera de sí.

La conversación y las risas ya se habían apoderado otra vez de los tres integrantes de aquella mesa.

Karina seguía atendiendo a don Renato en forma preferencial.

Hasta ese momento ella estaba cumpliendo a cabalidad lo acordado con Guillermo.

Sus risas y las provocadoras miradas para don Renato eran totalmente fingidas, pero la situación que vivía de igual forma la entretenía.

El jefe ya estaba al borde de un ataque cardíaco. Este fantaseaba con emborrachar hasta la inconsciencia a su empleado para luego poder llevarse a un motel a la hermosa criatura que el muy desgraciado tenía por esposa, y hacer realidad con ella sus más bajas y depravadas fantasías.

Don Renato, de soslayo y cuidando de que el marido no se diera cuenta, miraba hacia el cuerpo de Karina.

Sus perfectas curvas lo maravillaban. Veía de reojo como esas femeninas líneas que nacían desde la parte de atrás de su cuello le daban forma a su figura de hembra hecha para el pecado.

De cómo estas, al ir bajando y al terminar de dibujar su espalda, daban paso a delinear sus caderas y formar aquel perfecto par de nalgas que se cargaba tan potente mujer.