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Luego de que el ensalzado jefazo hartó de hembra su ardiente mirada, se dio a entablar otra conversación con Guillermo.
A estas alturas la botella de borbón había reemplazado a la de vino, y los hombres estaban enfrascados en otra conversación de trabajo.
Fue ese el momento en que Karina, cuando ya se disponía a levantarse de la mesa para recoger la vajilla, sintió en su pierna derecha la ardiente manaza del jefe de su esposo.
Supo al instante que el muy descarado le estaba corriendo mano.
La primera reacción de Karina fue ponerle un codazo y decirle miles de cosas.
A la vez que rápidamente llevó su mirada al rostro de Guillermo para que este tomara conocimiento de que su jefe la estaba tocando por debajo de la mesa.
Pero su marido seguía conversando como si no se diera cuenta de nada.
La joven esposa al instante recordó que en el acuerdo también entraba el dejarse tocar.
Por lo que simplemente, y muy de malas ganas, llevó su vista en dirección contraria de donde estaba ubicado don Renato, y lo dejó tocar, haciéndole creer que ella lo disfrutaba tanto como él, haciéndose cómplice de sus infames acciones.
Por su parte, don Renato estaba totalmente ajeno a las estupideces que hablaba Guillermo sobre su aporte y dedicación en la compañía.
Este solo se concentraba en continuar el ardiente manoseo que le estaba dando a los suaves y fibrosos muslos de Karina.
Aquellas esplendidas piernas eran interminables, según iba tocando.
Poco a poco le había ido subiendo el minivestido hasta dejar al aire una buena parte de esos bellísimos muslos de ensueño, que ya lo tenían al borde de un severo aneurisma.
Al contrario de todo lo que estaba disfrutando don Renato, Karina se sentía como la reina de las estúpidas al estarse riendo, fingidamente, mientras el jefe de su marido no paraba de manosearle las piernas en las mismas narices de este.
Ella no estaba segura si su esposo se habría percatado o no de que la estaban tocando.
Pero entendía que en aquellos instantes ya daba lo mismo.
Ella de igual forma debía dejarse. Era parte del plan.
Así que finalmente no lo dudó para servirse un trago ella misma, mientras aquel tosco hombre seguía en lo suyo ahí por debajo de la mesa.
Por otro lado, el amachado director ya estaba que se desmayaba a causa del tremendo morbo que le causaba estar tocando a la mujer de otro.
También por las suavidades en que se estaba ensalzando.
Pero lo que más lo tenía enloquecido era que ella estaba dejándose manosear como si de verdad le gustara, y todo delante de su marido.
Su verga ya desde hace rato que se le había comenzado a parar, y ya hasta le dolía de lo tan erecta que se le había puesto gracias a Karina.
En estos momentos las emociones de Karina eran contradictorias.
En parte pensaba que ni ella ni su marido se merecían lo que estaba sucediendo debajo de la mesa.
Su mente le decía que estaba mal, pero lo más raro de todo era que al estar debatiéndose entre lo correcto e incorrecto, esa extraña situación de igual forma le causaba un extraño estado emocional que le ordenaba que siguiera con lo planificado con su esposo.
La situación en aquel departamento era como si el alcohol y el diablo ya estuvieran metiendo su mano en todo lo que allí ocurría.
Al contrario de lo que se había propuesto Karina, su curvilíneo y llamativo cuerpo comenzó a temblar y a sentir sensaciones prohibidas.
Una pequeña parte de su sistema nervioso, en forma gradual, ya comenzaba a disfrutar con la perversidad del momento.
Karina seguía bebiendo trago y dejándose tocar por el jefe de su marido.
—Total, si algo más trata de hacerme, ahí está mi marido para defenderme, —se decía en su mente, mientras bebía, la suculenta dueña de casa.
Pero la realidad era una sola para Karina. El hecho de seguir bebiendo con su esposo presente, mientras que por debajo de la mesa se dejaba manosear por un hombre que por primera vez veía en su vida, lentamente iba prendiendo su libido.
Guillermo y ella habían previsto el problema que podrían tener si él bebía mucho. Ninguno anticipó los estragos que podría provocar el alcohol corriendo en la sangre de Karina.
FIN CAPÍTULO 1.