La Decisión de Karina, Capítulo I (La Decisión de Karina, Insanas Consecuencias nº 1) 6
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La nerviosa esposa de Guillermo recién se percataba de que en su otra mano, el señor traía un llamativo ramo de rosas rojas y blancas, situación que la sacó un poco del alterado estado en que quedó después de aquel escrutinio intimidador del hombre que acababa de conocer.

—¡Oh! ¡No sé qué decir! ¡Si son preciosas!

No debió usted haberse molestado, don Renato —dijo Karina sinceramente, por tan delicado detalle por parte de ese señor.

La joven por un momento se sintió encantada, y es que ¿qué mujer no se siente halagada cuando le regalan flores?

No importando la apariencia de quien se las obsequia.

Karina, rápidamente, sacó un florero en donde las depositó poniéndoles agua fresca. En tanto, su marido y don Renato, veían encantados la operación. Por su parte, el jefe no se explicaba cómo ese vestido no se rasgaba a cada movimiento que hacía la joven mujer de Guillermo.

Aquella situación ayudó un poco para que Karina se serenara. Al menos el maduro jefe de su esposo tenía buen gusto y se mostraba caballero. Se sintió algo más segura, creyó que no le costaría mucho trabajo convencerlo para que ascendiera a su esposo, sin ella tener que hacer mucho al respecto.

—¡Ah! ¡Ya casi lo olvidaba! —dijo don Renato a la vez que se dirigía a buscar una pequeña bolsa que había dejado a la entrada del departamento, antes de ir a saludar a tan suculento bocado de mujer. Desde el interior de la bolsa sacó una buena botella de vino tinto.

—Y esta es para el anfitrión —dijo riendo a la vez que le extendía la botella a Guillermo.

—No faltaba más, don Renato. Usted es nuestro invitado no tenía que haberse molestado.

—No es molestia, hijo. Pero sí me voy a molestar si no le pides a tu esposa que nos traiga unas copas para disfrutarlo ahora mismo, je.

Karina, que estuvo atenta a lo que pasaba a solo tres metros de donde estaba ella, aún admirando el ramo de rosas, rápidamente sacó del bar tres copas y las puso en la mesita de centro que estaba en medio de los sillones.

Sus movimientos de por si eran sensuales, y no por estar congraciándose con aquella tremenda mole de hombre, sino que ella por condición natural era así.

Pasados unos buenos minutos, el trio ya conversaba de todo un poco. El viejo director les contaba que antes de pasar a comprar las flores y el vino, había tenido que ir a dejar a su esposa al aeropuerto, ya que iba a un evento de uno de sus hijos que estudiaba en el extranjero.

También conversaron de la situación de la empresa. De cómo él, siendo de condición humilde, desde niño y con sus propias manos había logrado tener hoy todo un imperio en lo referente a la construcción de edificios.

Luego hablaron del trabajo de Karina, y del lugar en donde lo hacía. Claro que siempre con el hombre mirando y devorándose el antojable cuerpo de la joven dueña de casa. Su mirada era depredadora.

Don Renato recordó claramente que hace poco menos de un año Guillermo había presentado los papeles de Karina en su empresa para ocupar un puesto de secretaria.

Él, por esos entonces, la había rechazado al no ir adjunta la fotografía de la postulante.

Había optado por otra muchachita de muy buen ver, pero que no le llegaba ni a los talones a la tremenda Diosa que estaba viendo ahora.

Después de un rato, una vez ya con el ambiente distendido al interior de aquel departamento en que se desarrollaban estos sucesos, Guillermo y Karina estaban ambos sentados en el sofá grande.

Don Renato se había ubicado en uno de los sillones personales al frente de ellos.

Ya habían bajado más de la mitad de la botella de vino, y era don Renato quien se encargaba de llenar las copas del dueño de casa y la de su esposa cuando estas quedaban vacías.

El hombre estaba atento a cada movimiento que hacía la mujer, ya que el minivestido estaba subido más arriba de la mitad de sus muslos.

Pero ella, de tanto en tanto, y en forma disimulada, se lo bajaba.

Movimientos de ella que no pasaban inadvertidos tanto para su esposo como para el maravillado jefazo.

Una vez que se terminaron la botella de vino, Karina, algo sonrosada por la ingesta de licor, se fue a preparar la mesa para servir la cena. Los dos hombres se quedaron hablando de trabajo.

Don Renato no perdía detalle de los delicados movimientos de esa hermosa dueña de casa.

Por cada minuto que pasaba su nivel de excitación subía más.

Esas caderas ampulosas lo volvían loco. Al igual que ese par de nalgas bien paradas, que tan bien dibujadas estaban, como si hubiesen sido hechas por el más experimentado de los artistas en pleno apogeo del renacimiento.

También la vio agacharse para sacar unos cubiertos del cajón de una estantería.

Fue ahí cuando todas sus curvas se pronunciaron como también se realzaron sus carnes.

El minivestido se estiró y se le subió hasta más arriba de la mitad de sus bellos muslos.

El viejo estaba tan caliente que de no ser por el marido ahí presente sencillamente se la hubiera violado.

Total, tenía dinero para pagarle a veinte abogados si él quisiera, o sencillamente también podría sobornar a la autoridad.

Karina, por su parte, sentía la desesperada mirada de don Renato posarse en su figura.

Quizás era por las conversaciones de su esposo, en las cuales le dijo eso de que su jefe sentía debilidad por mujeres jóvenes y de lo ardiente y enamorado que era este.

El asunto es que en esos momentos ella sabía que don Renato se la estaba prácticamente devorando con su mirada.

Si incluso la sensación en su cuerpo, en los momentos en que estaba cerca, era como si estuviese completamente desnuda ante él.

Una vez que la azorada Karina tuvo todo listo en la mesa, les fue a avisar de que pasaran a sentarse para cenar. Fue ahí que advirtió que, mientras ella estaba ocupada en la cocina, los muy juguetones abrieron una botella de bourbon y ya tenían un trago cada uno en sus manos.

—No hay apuro, preciosa. Estamos conversando de trabajo —le dijo don Renato a Karina, mirándola con aquel brillo despectivo. A la joven le dio la sensación de que ese viejo, solo con su mirada, la estaba echando de la sala al estar llevándose en esta una conversación entre hombres.

Sin estar muy clara que hacer, Karina comenzó a retirarse tímidamente de la sala. Sin embargo, don Renato disponía otra cosa.

—No te vayas. Puedes quedarte. Qué tal si te nos unes, y te sirves tú también un traguito con nosotros.

Don Renato lo dijo a la vez que él mismo se encargaba de prepararle un trago a la joven hembra.

Ella notó en la voz del hombre que tal invitación sonaba más como una orden que como un ofrecimiento.

Por lo que dedujo que el jefe de su marido era de los que estaban acostumbrados a mandar, habituado a que siempre se hiciese solo lo que ellos decían.

La chica también pensó en que su esposo debía cuidarse del alcohol.

Pero luego recordó que solo llevaban una botella de vino y ¿quién se embriaga con solo una botella de vino?

, se preguntó de pronto. Recordó que todo eso era parte del juego, así que, asumiendo su papel, se sumó a beber con ellos.

Además, como al principio se sintió erróneamente echada de la sala por el jefe de su marido, en ese momento sintió una extraña sensación de halago al verse incluida en esa charla de hombres.

—¡Claro! ¡Gracias! —le contestó al señor, mientras ya recibía el vaso que este le extendía.