La Decisión de Karina, Capítulo I (La Decisión de Karina, Insanas Consecuencias nº 1) 5
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La joven esposa rápidamente camino de ida y vuelta por distintos puntos de su sala de estar, pensando en el asunto en que estaba metida.

Se preguntaba cómo había sido capaz de aceptar tal situación.

Pero también sabía que había sido su propio esposo quien se lo pedía.

Deseaba negarse. No quería ser parte de algo tan infame.

Sin embargo, también había una pequeña parte de su mente que le invitaba morbosa e insistentemente a perderse en tal situación.

Pero lo primero era más fuerte que lo segundo, y justo en el momento en que le iba a decir a su esposo que ya no había acuerdo, el melodioso sonido de su timbre les anunciaba la llegada del visitante.

El marido, notando la indecisión de su esposa, le preguntó por una última vez:

—Entonces, ¿lo harás?

Karina miró a su marido, y luego hacia la puerta —otra vez sonó el timbre—. Por un momento se preguntó qué aspecto tendría el hombre que esperaba al otro lado. He ahí en parte su respuesta:

—¡Sí, Guillermo! ¡Lo haré! Pero después de este día no quiero en mi vida volver a encontrarme con ese hombre. ¿Estás de acuerdo?

—¡Claro que sí, cariño! Y no te preocupes.

Una vez que me otorguen el ascenso pasaré a depender directamente de otro directorio, así que no lo volveré a ver tan seguido.

¿Estás lista? —le consultó el marido a su esposa.

Ambos ya sabían quién era el que llamaba a la puerta, y lo que tenía que hacer cada uno para que todo funcionara como estaba previsto.

—¡Sí! ¡Estoy lista! —La joven esposa tragó saliva después de darle su respuesta. Luego se pasó las manos por su vestido. Lo hizo como si lo estuviera estirando hacia abajo, señal de su extremo nerviosismo.

—Lo harás bien, cariño, tú tranquila —le dijo finalmente Guillermo. Luego, con decisión, se dirigió hasta la puerta y sin preámbulos la abrió.

La casi trastornada joven miraba desde la sala de estar en dirección hacia la puerta. Solo escuchaba palabras de bienvenida por parte de su esposo y como una rasposa voz le respondía en forma azorada.

Hasta que Karina vio entrar a su hogar a don Renato que, acompañado de su esposo, llegó caminando a paso lento hasta donde ella estaba.

—Ella es Karina, don Renato, mi esposa —dijo Guillermo a modo de presentación entre su jefe y su mujer.

Para los dos últimos fueron los cinco segundos más largos de la existencia de cada cual.

Karina, enfundada exquisitamente en su minivestido negro, veía a un tremendo hombre, panzón y de espaldas anchas, que rondaría los cincuenta años por lo menos.

Vestía un traje color gris oscuro y no llevaba corbata.

Debía medir casi los dos metros, calculó Karina, sorprendida. La chica debía mirarlo hacia arriba.

A pesar de que la joven se daba cuenta que ese hombre andaba muy bien vestido, no pudo dejar de encontrarlo algo vulgar y con aires de huraño, por los toscos rasgos de su rostro moreno.

Se fijó, además, que aquel maduro hombre tenía un cuello ancho y musculoso.

También le llamó la atención su cabello gris.

La chica supo al instante y con toda seguridad que el jefe de su marido debía usar algún tipo de tónico para el cabello para no tenerlo tan canoso.

Su mirada era dura, y quizá con un brillo despectivo hacia quien lo rodeara.

¿Ese era el hombre al cuál su esposo espera que ella sedujera?

Por su parte, don Renato estaba impactado por la flamante imagen de la mujer de su subordinado.

Veía que la joven esposa de Guillermo era una delicada y armónica arquitectura femenina de por lo menos un metro setenta de estatura.

El hombre estaba más que encantado, y más aún por verla vestida con un ajustado vestido negro, el cual realzaba todas sus formas de hembra hecha y derecha.

Esa sí que era una verdadera mujer. El hombre, mientras la analizaba, se la iba comiendo con sus ojos.

Si los ángeles existían, este era uno de ellos caído del cielo, se decía, mientras se la seguía devorando de pies a cabeza.

Sus rodillas eran exquisitas y bien formadas.

Sus piernas eran largas y torneadas. Con unas caderas amplias que daban paso a una cintura estrecha y de ensueño.

Sus senos eran notorios y del porte preciso para hacer juego en su curvilínea complexión.

Y lo que más lo dejó atontado, y casi babeando de calentura inusitada, fue esa hermosa carita de princesa celta que se gastaba la muy condenada.

Con su ardiente y morboso temperamento trabajando a tope —tal como lo había expuesto Guillermo con antelación— pensaba que esa mujer era mucha hembra para su leal trabajador.

Esa mujer estaba hecha para hombres como él, determinaba, aún examinándola corporalmente.

Le encantaba la tez blanca de su rostro, la lozanía de sus mejillas.

Y esos labios rojos y sensuales, como las fresas en sazón, como hechos solo para estar besándolos hasta dejar sin aliento a su hermosa dueña, se decía en el momento en que ya comenzaba a sudar, mirando su rostro totalmente despejado de sus castaños cabellos, que mantenía tomados con una traba.

Le encantaba verla ataviada con aquel ajustado minivestido.

Daba la impresión de que en cualquier momento se reventaría para dejarla completamente desnuda, o en ropa interior.

Su ajustada prenda le remarcaba cada forma de su sensual y exuberante cuerpazo, debido a lo estirado que se notaba.

Hasta que cayó en la cuenta de que aquella exquisita criatura lo miraba fijamente, con esos preciosos ojos verdeazulados.

—Es un verdadero gusto poder conocerla, Karina. ¿Le puedo decir Karina, verdad? —fue lo primero que atinó a decir don Renato una vez recuperado de la primera impresión.

—El gusto es mío, don Renato —le contestó la joven esposa, muerta de vergüenza.

Esto, al percatarse de la lujuriosa forma en que el jefe de su marido la había estado mirando.

Karina tuvo que disimular simpatía. También se dio cuenta de que, una vez le estiró su manita en señal de saludo, este se la tomó y le estampó un beso en esta.

La chica notó una humedad tibia en la piel de su mano, y claro, don Renato, llevado por la lujuria, aprovechó el beso para pasar levemente su lengua por su suave piel, con la sola intención de sentir el sabor de aquella hermosa mujer.

—Me permití traerle un presente, Karina. Espero le gusten las flores.