La Decisión de Karina, Capítulo I (La Decisión de Karina, Insanas Consecuencias nº 1) 3
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Ambos estaban de pie mirándose a los ojos, uno frente al otro. Pero Karina no entendía eso de que se haría el ebrio.

—¿Qué? —fue lo único que se dio a contestar, luego de mirarse por algunos segundos.

—¡Eso! —le confirmó Guillermo—. Lo invitaremos a cenar aquí al departamento.

Así tú te dedicas a atenderlo y engatusarlo haciéndole creer que pones más atención en él que en mí.

Luego, y mientras estamos bebiendo, yo me hago el que quedo ebrio, tirado en el sofá.

Ahí será cuando tú te la tendrás que jugar para convencerlo.

Lo dejarás que avance y que piense que tal vez tú estarías dispuesta a enredarte con él.

—Y ¿Qué hago si intenta algo más comprometedor? Tú mismo me has dicho que en la oficina todos hablan de que es un hombre lanzado con las mujeres.

—En ese caso, si yo veo que se pasa de la raya, yo reacciono y lo saco a patadas del departamento, y adiós trabajo y ascenso.

En ese instante la chica ya de verdad se la estaba pensando seriamente. Pero no se atrevía a darle la respuesta a su marido. Este mismo seguía presionándola.

—¡Cariño! Esto que te estoy pidiendo a mí tampoco me gusta, pero no tenemos más alternativa.

—¿No me dejarías sola en ningún momento con ese hombre? —le consultó de pronto.

—¡Claro que no! ¡Estarás segura! Y te lo repito, yo no te dejaré a solas con él en ningún momento. ¿Qué dices?

Tras uno breves segundos de nerviosa meditación, la joven esposa nuevamente le contestó a su marido.

—La verdad es que me da miedo, Guillermo.

Yo nunca he hecho algo así. Además, tuve muchas amigas trepadoras que usaban a los hombres para obtener beneficios personales.

Yo siempre las recriminé por eso. Ten en cuenta también que desde adolescente he participado en todas las actividades de la Iglesia.

Entonces ¿cómo podría yo hacer algo parecido?

—Lo harías por nosotros, cariño ¡Por nuestro futuro! Si lo logramos, nunca más en la vida te pediré algo semejante ¡Lo juro!

—¿De verdad? ¿Me lo juras?

—Claro que sí, mi amor. Al menos intentémoslo, no perderemos nada.

—¡Está bien, lo haré! —aceptó finalmente la confundida y joven esposa—. ¡Hagámoslo! ¡Pero solo lo haré por ti! ¡Que te quede claro!

Así fue como Karina aceptó lo que ahora, en pocos minutos ya, estaba por suceder. Tendría que seducir bajo su mismo techo al jefe de su marido. Con esto, pretendía asegurarle el ansiado ascenso al amor de su vida.

—Cariño, estoy lista —le dijo la joven casada a su esposo, una vez que abrió la puerta de la habitación matrimonial.