La Decisión de Karina, Capítulo I (La Decisión de Karina, Insanas Consecuencias nº 1) 2
25%

2

En esa segunda oportunidad, Karina se encerró en su habitación y no le habló en casi una semana, ya que ella pensaba lo peor.

Entendía claramente que —aunque no tuviera la necesidad de acostarse con el hombre— su marido prácticamente le estaba proponiendo que se prostituyera, solo por el ambicioso objetivo de obtener un buen cargo en su trabajo.

Sin embargo, Karina, ya a esas alturas, y luego de casi dos meses de escuchar las alocadas insistencias de Guillermo, ya entendía un poco cual era la estrategia de su marido. Pero aún no estaba convencida de caer en algo tan bajo.

—No lo sé, Guillermo. Yo no podría hacer algo así. Además, ¿quién te asegura a ti que tu jefe accedería a darte un ascenso solo porque yo le coqueteo?

Karina ya casi terminaba su desayuno, y su marido sentía que, si ella se iba a trabajar sin darle una respuesta positiva, su ansiado ascenso sería mucho más difícil de obtener.

No obstante, él notaba una posible respuesta positiva por parte de su mujer, así que le contestó apelando a su vanidad. Además, le diría solamente la verdad.

—¡Por Dios, Karina! ¿Cómo me preguntas eso? Solo mírate al espejo y lo sabrás al instante. Tú eres una mujer preciosa, y tienes un cuerpo espectacular. Cualquier hombre daría lo que tuviese por intentar tener algo contigo. ¿O acaso crees que no me doy cuenta de cómo te miran todos mis amigos?

—¡Pero yo no tendré nada con nadie! —se apresuró en contestarle la joven a su salido esposo, mirándolo otra vez en forma desafiante—. Además, si lo hago ¿con qué cara me presentaré luego en la parroquia a realizar las charlas de catecismo a los niños?

—Claro que no tendrás nada con nadie, mi cielo, y tampoco harás nada malo.

—Guillermo le hablaba mientras la seguía, ya que Karina se levantó de la mesa y caminó rápidamente hacia la habitación matrimonial—.

Solo te pido que le hagas creer a mi jefe que él tiene alguna posibilidad contigo, y cuando lo veas entusiasmado, o que se te insinúa, tú le das una luz de esperanza a cambio de ascenderme.

Solo debes dejarlo en ese estado. Luego él me asciende y ya está. Nos olvidamos del tema para siempre.

Guillermo veía a su mujer retocándose nerviosamente en el espejo. Se daba cuenta que ella lo miraba de soslayo mientras él le hablaba.

Karina, luego de retocarse para marcharse, giró su cuerpo hacia donde estaba su marido de pie, y le habló.

—No lo creo, Guillermo. De verdad que no lo creo. Sé que en lo que me pides no hay una mala intención de tu parte, pero igual es algo incorrecto. Además, me daría mucho miedo estar intentando seducir a un hombre que no conozco. De solo pensarlo me da asco. Definitivamente, ¡no! ¡No, Guillermo!

—Pero, mi amor —el esposo junto con volver a insistirle se acercó a ella y la tomó de sus dos manos—, piensa que si logró ese puesto nos cambiará la vida. Ya no tendrás que trabajar más. Podremos darnos todo tipo de lujos e irnos a vivir a un departamento mucho más grande y cómodo que este.

Karina escuchaba, mirándolo atentamente. A la vez pensaba en todo lo que su marido le decía. Todo era cierto. Además, sabía que estaban algo endeudados. Si bien no vivían mal, ella se daba cuenta y fantaseaba cómo les cambiaría la vida con el tan esperado ascenso de Guillermo.

—Ay, no lo sé, Guillermo —le dijo de pronto, llevando su verde-azul mirada en dirección contraria de donde estaba su esposo. Este vio como ella se mordía el labio inferior producto de los nervios que le causaba con todo lo que le decía. Por lo que siguió urgiéndola.

—Confía en mí, vida mía. Además, en ningún momento te dejaría sola en esto. Y menos te dejaría a solas con él.

Con lo último dicho por Guillermo, Karina se quedó mirándolo. En su rostro había una clara señal de incertidumbre.

—Pero ¿cómo podría yo hacer eso contigo estando presente? —le consultó Karina. Eso sí que le estaba causando una curiosidad tremenda.

De hecho, los miedos de Karina radicaban en que ella desde un principio se imaginaba que tendría que salir sola con el jefe de su marido. Ese había sido su temor más grande. Ahora solo se daba a intentar imaginar que era lo que realmente tenía pensado Guillermo. Por lo que le consultó:

—¿Y cómo se supone que lo seduciría? Si tú eres mi esposo, y estarías presente, según entiendo.

—¡Me haré el ebrio!