La Decisión de Karina, Capítulo I (La Decisión de Karina, Insanas Consecuencias nº 1)
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Todo empezó una lluviosa noche de invierno que en un principio parecía normal.
Momentos antes, su esposo, en total estado de nerviosismo, le había pedido a ella que se pusiera el minivestido más corto y ajustado que le fuera posible.
También le pidió que no se pusiera mucho maquillaje, y que tomara sus cabellos castaños con una traba.
Esto último, con la única finalidad de despejar su cara.
A su marido le gustaba verla así cuando quedaban para salir, ya sea a comer afuera, o a reuniones entre amigos.
Mas, en esta ocasión, no era precisamente para una romántica cena de aniversario, o alguna junta con algunos conocidos, para lo que se estaba acicalando con tanto esmero la curvilínea y guapa mujer de veinticinco años, mientras su esposo la esperaba afuera de la habitación conyugal.
La hermosa mujer, si bien había accedido a las insistencias de su marido, en su fuero interno no estaba muy conforme con lo que iban a hacer.
Fueron dos meses en los que su esposo la estuvo intentando convencer hasta que por fin lo consiguió.
Karina, esa especial noche de invierno, en la informal cena que se llevaría a cabo en su propio departamento, debía coquetear y seducir al jefe de su cónyuge, para lograr de alguna forma que este le concediera a su marido el alto cargo al cual estaba postulando dentro de la empresa.
—Cariño, no te estoy pidiendo que te acuestes con él. Solo sedúcelo y hazle creer que le gustas. Solo con eso será suficiente para que acceda a darme el puesto —le había dicho Guillermo, tres días antes, en uno de sus últimos intentos para que su mujer le ayudara a obtener el ansiado ascenso.
Ya para aquel día la situación para la joven esposa era tan perversa como graciosa.
Ella no se veía intentando seducir a un hombre que jamás en su vida había visto.
Mientras tomaba su café con leche descremada —antes de irse a la clínica en donde trabajaba de secretaria— le preguntó seriamente a su marido el porqué de sus insistentes exigencias:
—Pero, Guillermo, si tú mismo me habías dicho que ese cargo ya prácticamente lo tenías ganado.
De verdad que no veo la necesidad de tener que coquetearle a tu jefe para que él te conceda el puesto.
¿Acaso haces mal tu trabajo? —La chica lo miraba penetrantemente con sus intensos ojos verde azulados, a la vez que bebía de su taza de leche.
—No es eso, Karina. Tú sabes que me he partido el pescuezo para lograr un cargo más elevado en la empresa.
—¿Entonces? —insistió Karina.
El marido aún mantenía la fe. Sabía que argumentando bien lo que le estaba solicitando Karina tal vez podría ceder. Así que tomó aire y se dio a revelarle detalles que hasta ese momento no le había dicho.
—Es que en un principio solo era yo quien optaba a ese cargo, pero a mediados de este año llegaron de otra sucursal dos tipos.
—Guillermo notó que había logrado captar la atención de Karina, así que siguió explicándole—.
Por un amigo me he enterado de que ellos también enviaron sus antecedentes a Recursos Humanos con claras intenciones de conseguir ese puesto.
¿Te das cuenta? Quieren arrebatarme lo que por tanto tiempo he trabajado —terminó diciéndole con cara de fastidio.
—Ah, ya veo, pero tú también me dijiste que tu jefe ya en varias ocasiones te había insinuado que el cargo ya casi era tuyo. Si hasta salimos a cenar esa noche para celebrar. ¿Lo recuerdas?
—A ver, Karina, —le dijo Guillermo, intentando que ella entendiera su tan extraña solicitud—.
Uno de los postulantes al cargo es familiar de otro de los directores.
Y al otro, lo he visto que en varias ocasiones ha invitado a don Renato a almorzar.
Otras veces los tres se encierran en su oficina a hablar de no sé qué cosas.
Si sus risotadas llegan hasta mi escritorio.
No sé, siento que con la llegada de esos huevones he ido perdiendo terreno, y la notificación de quien será ascendido es la semana que viene. ¿Me entiendes ahora?
—Mmmm, más o menos. De todas formas, con todo eso que me dices, no veo que te vayan a dar el puesto solo porque yo le coqueteo a tu jefe.
Eso no hablaría bien de él. Se supone que es una persona con principios, y que por lo mismo su resolución se debe basar en el perfil y en las competencias profesionales de quienes postulan al cargo. Al menos así lo es en mi trabajo.
El marido, notando que su esposa al menos ahora ya se daba a discutir del asunto —no como al principio que de tan solo tocarle el tema la conversación terminaba en pelea— terminó de arreglar su corbata en el cuello de su camisa para sentarse en la mesa en donde ella desayunaba.
Desde ahí siguió insistiendo.
—Claro que así es, amor. Pero en este caso yo sé los motivos por los que te lo estoy pidiendo.
—¿Sí? ¿Y se podría saber cuáles son esos motivos? —le consultó la chica, ahora mordiendo una rebanada de pan integral con mermelada sin azúcar.
—Verás, cariño, don Renato es un hombre casado y ya algo entrado en años.
Pero en la empresa todos sabemos de sus gustos y debilidades por las mujeres.
Sobre todo, si son jóvenes y bonitas. —La joven quedó atónita con eso que escuchaba.
Ella jamás se lo habría imaginado. En tanto, Guillermo, su esposo, continuaba entregándole detalles—.
Y no es de que él sea un conquistador nato.
Pero hay varias chicas en la oficina que ya han salido con don Renato y han obtenido jugosos aumentos de sueldo por solo haberle coqueteado, sin haber tenido la necesidad de acostarse con él.
¿Me entiendes ahora? Yo estoy en desventaja con ellas.
A Karina se le pusieron los pelos de punta con todo eso que le narraba su marido en cuanto a su superior y las jóvenes chicas con las que ya había salido. Más todavía, al tener en cuenta que ya eran innumerables las ocasiones en que Guillermo le solicitaba algo más o menos parecido.
Cuando se lo propuso por primera vez, hubo discusión en el joven matrimonio.
Fue un domingo en la mañana. En esa ocasión, y después de escucharlo, Karina le dijo sus cuantas verdades a Guillermo en cuanto a lo absurdo y vulgar que era su propuesta.
Luego de hacerlo, enojada, había tomado su bolso y salido del departamento, con un sonoro portazo, y se fue con destino a la parroquia.
Ella, cada domingo, en forma sagrada, hacía clases a los niños que iban a realizar la primera comunión.
Obviamente, también participaba de la misa.
Guillermo solo dejó pasar unos cuantos días y volvió a la carga con su inusual petición.