Capítulo 49
Cole
Cuando Brooke y yo nos quedamos a solas, he intentado convencerla para que se marchase a casa a descansar, pero insiste en cuidarme y no puedo sentirme más amado, le suplico:
—Bésame, amor mío. Dime que esto no es un sueño, que estamos aquí juntos, nos amamos y esto es para siempre.
Brooke se acerca a mis labios, me mira a los ojos, me sonríe y dice:
—Te amo, Cole Kessler. Y es así desde que pensaba que eras un hombre casado y con dos hijas —confiesa—.
No tienes ni idea de todo lo que luché por no enamorarme de ti mientras era la niñera de tus hermanas.
Y luego cuando descubrí que eras un hombre libre, pese a nuestras diferencias, caí en tus encantos porque no pude resistirme.
—Y yo te rompí el corazón sin querer —me interrumpe.
—No hablemos del pasado. Nos hemos perdonado, tenemos un hijo maravilloso y nos amamos. No quiero volver a separarme de ti, Cole —confiesa y me hace el hombre más feliz sobre la tierra.
—Me alegro de que hayas comprendido que soy irresistible y no podrás estar alejada de mí —bromeo, no me gusta verla con ese miedo en los ojos. Ha pasado mucho en estos días.
Brooke me abraza y me besa con pasión. Sé que es mía, que me ama y que esto es lo que deseo para siempre. Solo a ella en mi vida.
Interrumpe el beso cuando subimos de nivel y dice:
—Estás convaleciente. Será mejor que paremos.
Bajo la mirada hacia mi miembro, duro, y susurro:
—Al menos ya he comprobado que el tiro y la operación no han afectado a la parte más importante de mi cuerpo.
Brooke baja la mirada, comprueba mi estado y suelta una sonora carcajada.
—Van a pasar unas cuantas semanas hasta que puedas tener sexo —manifiesta en tono profesional y me hace esbozar una enorme sonrisa.
—Podamos —la rectifico—. Porque solo lo deseo contigo. Soñaré con ello, hasta que me den el alta. Me muero por volver a hacerte el amor, Brooke —confieso perdido en sus intensos ojos negros—. Y quiero tener más hijos —añado de golpe y ella me mira sonriente.
—¿Más hijos? —pregunta con sorpresa.
—Sí. Una de las razones es porque en una ocasión mi padre me dijo que era increíble hacer el amor con la mujer que amabas embarazada, y es una experiencia que no me pienso perder —le indico, sonriente—, y la otra es que deseo una gran familia como la mía junto a ti.
—Me parece muy bien. Pero iremos paso a paso —susurra antes de darme un beso en los labios.
—Tú marcas el ritmo y yo te sigo al fin del mundo, mi vida.
—No sabes lo que me alegro de que estés así de nuevo —confiesa mirándome embobada en mí.
—¿Y Adrian? —pregunto de golpe. Supongo que mi padre se habrá encargado de la seguridad de toda la familia.
—La policía le dio un tiro. Está grave, no saben si se salvará. Se encuentra en otro hospital —revela y siento sus ojos apagados, con dolor.
—Comprendo tu tristeza —murmuro. No quiero que se sienta culpable por lo que pasó.
—Es la única familia que tengo y casi nos mata. Me salvaste del tiro que me iba a dar. Estaba fuera de sí. Era como un hermano para mí. Mi única familia —susurra con dolor.
—Ahora me tienes a mí, a nuestro hijo y a mi familia entera que te adora. No quiero que vuelvas a pensar que estás sola.
—Mi ángel y mi diablo a la misma vez —susurra abrazándome.
—Brooke Sullivan, eres mi completa debilidad. Por ti haría hasta lo impensable. Desde que me miraste por primera vez me cambiaste la vida —reconozco—. Y bendito cambio, porque solo quiero vivir eternamente enamorado a tu lado.
—La vida nos brinda esta nueva oportunidad y no la vamos a desaprovechar, todo lo contrario, la vamos a vivir para siempre.
Brooke me besa, luego me obliga a comer algo y pasa la noche a mi lado, cuidándome y pendiente de mí cada vez que respiro y me muevo, y no puedo sentirme más afortunado pese a las circunstancias.
Desde que me han trasladado a la habitación del hospital, hace ya más de veinticuatro horas, no han dejado que me levante de la cama y lo cierto es que estoy impaciente por irme a mi casa. Odio los hospitales.
Cuando intento bajarme en la cama me mareo un poco, Brooke que sale del baño corre hacia mí y me para, regañándome:
—Cole, ¿qué haces? No puedes levantarte aún. Has estado varios días en cama, necesitas reposo. Perdiste mucha sangre y te han sacado una bala entre el pecho y el hombro.
—Joder, Brooke. Odio ser un inútil. No poder levantarme, tengo el brazo inmovilizado y una herida en el pecho, pero puedo caminar —me quejo.
—Debes de tener paciencia. Has estado grave, todo lleva su proceso. Te recuperarás, pero poco a poco. No quiero que cometas ninguna tontería porque te las tendrás que ver conmigo —me advierte de forma severa.
—¿Y qué vas a hacer? —la reto con una sonrisa.
—Ahora mando yo que soy la doctora. Como no sigas todas las indicaciones de los médicos y las mías olvídate de que tengamos intimidad, de cualquier clase —especifica sabiendo que tiene la sartén por el mango—. Vas a tener el periodo de abstinencia más largo de tu vida.
—Ya lo llevo. Hace meses que no estoy con una mujer —murmuro con pesar.
Brooke se acerca, roza mis labios con los suyos y susurra:
—Te aseguro que tu larga espera tendrá su merecida recompensa.
—Pienso secuestrarte —le advierto con una gran sonrisa—. No voy a dejarte salir en días de mi cama. No sabes todo lo que tengo en mente.
—¿Olvidas que tenemos un hijo? —inquiero, sonriente. La idea de pasar varios días en la cama de Cole me resulta muy tentadora.
—Para nada, pero cuenta con unos abuelos y unas tías que lo adoran y sé que cuidarán muy bien de él mientras que sus padres recuperan el tiempo perdido.
—Tenemos toda una vida por delante.
—Y ya se me hace corta. No tienes idea de todos los planes que quiero hacer contigo y con nuestro hijo.
Voy a darte todo, Brooke. Y no quiero que protestes —le advierto cuando sé que lo va a hacer—.
Todo lo mío es tuyo y de nuestro hijo. Llevo trabajando mucho desde hace diez años en la empresa de mi padre.
Me convertí en su socio, ambos somos los dueños de Kessler.
Jamás he tenido a nadie con quién compartir mi dinero, podemos tener una vida de ensueño.
—Vale, pero yo quiero trabajar —me deja muy claro.
—Por supuesto, amor mío. Yo tampoco pienso dejar de trabajar. Debo seguir aumentando mi fortuna. No deseo que nunca le falte de nada a mi hijo ni a mi familia.
—No quiero que te quejes cuando tenga turnos en el hospital —me indica.
—No lo haré. Te esperaré pacientemente en la cama. ¿Algo más, mi amor?
—Ya te iré diciendo —murmura con una amplia sonrisa. Se acerca y se apodera de mis labios.
Nos interrumpe una auxiliar, viene a asearme, y doy gracias cuando Brooke coge las cosas que la mujer tiene en la mano y le dice con amabilidad:
—Yo misma lo haré.
—Oh, señora, es mi trabajo.
—No se preocupe.
—Estaré más cómodo si lo hace mi mujer —intercedo con tono serio. La mujer se sonroja, y dice antes de marcharse:
—Por supuesto, señor Kessler. Será como usted desee.
Cuando nos quedamos a solas siento que Brooke me regaña con la mirada que me dirige.
—Tu mujer —susurra bajito, pensé que se había molestado por ser tan directo con la auxiliar.
—Sí. Mi mujer —reafirmo dirigiéndole una amplia sonrisa—. La mujer que amo, la madre de mi hijo, la única que ocupa mi mente y mi corazón. Mía por completo, y yo todo tuyo. Para siempre.
—¿Qué voy a hacer contigo, Cole Kessler? —murmura como una plegaria.
—Por el momento, asearme. Y créeme que en el estado en el que me encuentro hasta me hace ilusión que disfrutemos de este tipo de intimidad. Yo desnudo por completo ante tus ojos y tú paseando tus manos por todo mi cuerpo.
—Eres un completo diablo —susurra, sonriente.
Me quita la sábana que me cubre hasta mitad del pecho y me relajo para que me admire en todo mi esplendor.
—Todo tuyo, mi amor.
Brooke esboza una sonrisa y comienza a asearme con una esponja jabonosa por el pecho, continúa por mis brazos, por el abdomen, por las piernas y deja mis partes íntimas para el final.
—Nada que no conozcas bien —le recuerdo cuando siento que se pone un poco nerviosa al rozar mi miembro que comienza a ponerse semirígido y ella lo aprecia.
—Señor Kessler, compórtese —me advierte, sonriente—. Qué vergüenza si le llega a pasar con la auxiliar —bromea.
—No, mi amor. Esto solo pasa cuando tú me tocas. Acaba ya antes de que me mates en tu labor o me levante de esta cama y tome el control —le suplico con los ojos cerrados. Tener a Brooke tan cerca, inclinada sobre mí hace que en mi mente aparezcan todo tipo de fantasías.
Me pasa una toalla mojada por todo el cuerpo que me refresca y me cambia las sábanas con suma facilidad.
—Gracias —le indico cuando acaba.
—De nada. Me gusta cuidarte. —Se acerca y me besa.
Intento convencerla para que se vaya a casa unas horas, pero Brooke es muy cabezota y no cede. Mi madre nos hace una videollamada con Derek y lloro de emoción al ver a mi hijo. Aprecio que en estos cuatro días que he estado separado de él ha crecido y ya siento no haber estado a su lado.
A mitad de la tarde me visita el médico y me da permiso para levantarme de la cama poco a poco. Necesito estirar las piernas y despegar la espalda del colchón un rato.
—¿Cuándo podré volver a casa, doctor? —pregunto con interés.
—En dos días si todo va bien cuando se levante por completo, señor Kessler.
Cuenta con la ventaja de que su mujer es médico y estoy seguro de que ella lo cuidará muy bien, se encargará de esa herida y no lo dejará hacer nada que no deba.
Si Brooke no estuviese a su lado lo tendría en esa cama varios días más.
—Por supuesto, doctor. Me encargaré de que haga todo lo que debe —dice Brooke.
—Vale, dos días y a casa —murmuro resignado. Ya quiero ver y coger a mi hijo en brazos.