La debilidad del diablo Capítulo 39
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Capítulo 39

Brooke

Una semana después

Cole lleva más de dos semanas instalado en mi apartamento y aún no ha vuelto a su fantástico ático.

No esperaba que fuese a durar tanto en este lugar tan pequeño y falto de comodidades como a las que está acostumbrado, pero me está sorprendiendo al respetar mi vida tal y como era antes de aparecer en ella.

Hoy hace un día gris, está lloviendo con fuerza y tenemos aviso rojo por fuertes lluvias, viento y tormentas.

Estoy preocupada porque justo esta mañana Cole ha tenido que asistir a una reunión en la empresa de forma presencial porque no se podía realizar por videoconferencia debido al temporal.

Jax se ha quedado conmigo, vive muy cerca, pero no puedo dejar de pensar en Cole.

Paso la mañana algo intranquila, detrás de la ventana viendo cómo ahí fuera todo cada vez es peor. Le escribo un mensaje al padre de mi hijo y le indico:

—Por favor, no vayas a volver a mi apartamento con este temporal. Quédate donde estés hasta que todo pase. Jax está conmigo y tu hijo y yo estamos bien.

No recibo contestación de Cole en dos horas y me preocupo.

—Para que luego digas que el padre de tu hijo no te importa —murmura Jax sentado en el sofá mirando cómo me paseo intranquila por el salón.

—No digo que no me importa. Sabes bien lo que siento por Cole, pero no quiero que me vuelva a romper el corazón.

No podría resistirlo. ¿De verdad tú lo ves a él con una simple mujer como yo en su vida millonaria?

—pregunto con una carcajada amarga—. No soy elegante, sofisticada, no me muevo en su mundo de lujos, ni tengo operaciones de estética realizadas como las mujeres que siempre lo rodean.

Y, por supuesto, jamás dejaría de lado mi trabajo.

Siempre he querido ser pediatra y no voy a renunciar a mi vocación.

—Una vez te planteaste algo con él —me recuerda cuando caí en sus redes.

—Sí. Y fue el mayor error de mi vida. Lo tengo muy presente.

—Yo que tú le daría una oportunidad. Ese hombre tiene pintas de querer poner toda la carne en el asador y que lo vuestro sea para siempre.

Tomo una bocanada de aire y miro hacia la puerta cuando siento que se abre. Cole aparece empapado, pero está bien. Tengo que refrenarme para no correr hacia él y abrazarlo.

—¡¿Por qué has venido?! Te dije que te quedases donde estabas. Este temporal es peligroso —lo reprendo con el corazón latiéndome con fuerza contra el pecho.

—No me iba a quedar en el despacho en Kessler. Era volver aquí o a mi ático. Y aquí está todo lo importante de mi vida. —Me dirige tal mirada cargada de deseo que hace que mis piernas tiemblen. Mojado y calado hasta los huesos está arrebatador.

—Será mejor que te cambies de ropa si no quieres coger un gran resfriado —le indico.

—Sí. Me daré una ducha caliente.

—Yo me marcho. Tengo turno en dos horas, pero creo que voy a ir tirando para el hospital, hace falta gente —dice Jax.

—Ten mucho cuidado —le advierto—. Ponme un mensaje cuando llegues.

—Gracias por cuidar de Brooke en mi ausencia —le indica Cole antes de meterse en el baño.

Despido a mi amigo con un gran abrazo y luego me encamino hasta la cocina. Voy a preparar una sopa de verduras caliente para que Cole entone el cuerpo.

Cuando sale de la ducha, con un chándal gris que le queda increíble, haciendo juego con sus ojos, se sorprende al ver la mesa lista para comer.

—Pensé que igual te venía bien una sopa caliente.

Cole me sonríe y se sienta en la mesa sin dejar de mirarme.

—Gracias. Es justo lo que necesito.

De repente, se produce un apagón en la luz. Cole y yo nos miramos y susurra:

—Vaya, ahora se va a ir la luz.

—Tengo velas y una linterna. —Me levanto y voy a cogerlas de un cajón de la cocina.

—Esperemos no estar hasta la noche sin luz —susurra Cole.

—No me gusta la oscuridad —revelo con cierto temor. Pese al día gris hay algo de luz, no es oscuro del todo.

—Podemos irnos a mi ático. Tengo el coche en la puerta —propone.

—¿Te vas a arriesgar a que te lo roben de nuevo? —pregunto.

—Este es más normalito. Igual no llama tanto la atención.

—No vamos a ir a ninguna parte. Es un riesgo salir ahí fuera tal y como está la tormenta.

—Yo desafío a la tormenta que haga falta por ti, Brooke. Solo tienes que pedírmelo.

—Pues te voy a pedir que nos quedemos en casa.

—Sin luz, sin internet… —murmura a modo de queja.

—Solo serán unas horas, recuerdo que en mi otra casa pasaba cada vez que llovía con fuerza.

Terminamos con la sopa, Cole la elogia, se la toma toda y como siento frío le digo:

—Me voy a la cama.

—¿Puedo hacerte compañía? —propone de golpe—. Si estamos juntos tendremos más calor.

Siento pena por él después de la mojada que ha cogido y le indico:

—Vale.

Me dedica una sonrisa de triunfo, se encarga de recoger la mesa y luego nos metemos en la cama. Cole deja la cortina echada hacia un lado para que podamos ver la intensidad de la lluvia a través del cristal.

Apenas rozo al padre de mi hijo, él está tumbado bocarriba y ambos estamos en silencio.

—No me gustan los días así —murmuro—. Me recuerdan al día en el que murió mi padre.

Cole me mira y dice:

—Lo siento. ¿Estás bien?

—De pequeña me daban miedo las tormentas, mi padre siempre se venía a la cama conmigo, y él tuvo que marcharse un día como este para ir a trabajar. Lo llamaron. Odio la lluvia y los días grises.

—Estoy aquí, Brooke —murmura Cole. Se gira, me mira y pregunta con tacto—: ¿Puedo abrazarte?

—Sí, por favor —le pido con miedo.

Cole me envuelve en sus brazos, me siento refugiada contra su pecho y es la sensación de protección más increíble que he sentido desde que mi padre dejó de abrazarme.

—Siempre voy a estar cuando me necesites, Brooke. No lo dudes nunca. —De repente mi hijo da una patada, creo que su padre lo siente porque se separa un poco de mí y pregunta con sorpresa—: ¿Así de fuerte patea ahí dentro? —asiento con una sonrisa—. No quiero pensar cuando salga.

Cole lleva su mano hacia mi barriga y la coloca ahí con cuidado volviendo a sentir a nuestro hijo juntos. Me permito cerrar los ojos, escuchar la lluvia y percibir el calor de Cole alrededor. Por primera vez en mi vida, en medio de una tormenta, deseo que el tiempo se pare.

Me quedo dormida y cuando despierto descubro al padre de mi hijo también dormido junto a mí. Sigue lloviendo y el viento azota con fuerza, compruebo que seguimos sin luz. De repente, siento que vuelven las contracciones y susurro:

—No, por favor. Hoy no. No es el momento.

Comienzo a controlar las contracciones con miedo, cada vez son más seguidas y sé lo que significa esto.

Cole se despierta, no le digo nada, va a beber agua, regresa a la cama y me pregunta si estoy bien.

Justo en ese momento un gran trueno resuena con fuerza y logra estremecerme, pero, por primera vez, mi miedo no se centra en la tormenta, sino en mi hijo.

Las contracciones son cada tres minutos y duran uno.

—Cole, sé que no es el momento de que esto suceda, pero no puedo controlarlo —murmuro con pánico.

—¿Qué sucede, Brooke? —me mira de forma relajada.

—El bebé va a nacer. Estoy de parto —anuncio, agitada.

—¡¿Qué?!? —pregunta con los ojos muy abiertos.

—Comencé a sentir contracciones hace una hora y cada vez van más rápidas. Tenemos que ir al hospital —revelo con miedo y urgencia.

—Vale. No te preocupes. Tengo el coche en la puerta, llamaremos para que lo tengan todo preparado al llegar. Vámonos. No hay tiempo que perder.

Cuando salimos de casa le indico:

—No hay luz, tenemos que bajar por las escaleras.

—Lo haremos poco a poco, tranquila, yo voy delante y te guio —dice Cole tomándome de la mano con fuerza.

Comenzamos a bajar los escalones y siento una fuerte contracción. Me paro en seco le aprieto de la mano con todas mis fuerzas y siento ganas de gritar.

Cole intenta cargarme en sus brazos, pero no lo permito. Estamos bajando una escalera estrecha y sin luz.

Tras quince intensos minutos llegamos al coche. Nos empapamos al meternos dentro y cuando Cole se pone al volante lo miro con verdadero pánico en mis ojos.

—Tengo miedo —confieso. No solo por el bebé, sino por la tormenta que tenemos encima hasta llegar al hospital.

—Todo va a ir bien, mi amor. No permitiré que nada os pase. —Se acerca a mis labios, me besa y pone el coche en marcha.

Llegamos al hospital y estoy a punto de besar el suelo por haberlo hecho sanos y salvo ante la tormenta y la lluvia bajo la que hemos venido todo el rato.

Me llevan a una sala, determinan que tengo una dilatación de cuatro centímetros y el equipo decide ingresarme en paritorio. Mi bebé va a nacer en breve. Ya estoy de treinta y ocho semanas y cuatro días por lo que el embarazo ha llegado a término y no existe riesgo para mi bebé por ser prematuro.

Estoy muy nerviosa, Cole se mantiene a mi lado, tomándome con fuerza de la mano e infundiéndome ánimos en todo momento.

Cuando alcanzo los siete centímetros de dilatación rompo aguas, me dicen que todo está dentro de la normalidad, pero minutos después la matrona observa una caída brusca de la frecuencia cardiaca del bebé.

El monitor comienza a emitir una alarma.

Me exploran y determinan que existe un prolapso del cordón umbilical.

El cordón ha descendido por delante de la cabeza del bebé al romperse la bolsa.

Cada contracción comprime el cordón y eso reduce el oxígeno del feto.

Sé que estamos ante una emergencia. Mi hijo está en grave peligro.

—Cesárea urgente —dice el médico—. Rápido, a quirófano con ella —ordena, agitado.

—¡¿Qué pasa?! —grita Cole ante el movimiento a nuestro alrededor. Está asustado.

—Nuestro bebé, Cole —lloro con mucho miedo.

—Todo va a ir bien, Brooke. —Me aprieta con fuerza la mano y me da un beso en la frente.

Cuando Cole intenta acompañarme lo detienen y le dicen:

—Señor, debe esperar aquí.

Lo miro con los ojos muy abiertos y la mano extendida hacia él. No quiero que se aleje de mí. Lo necesito más que nunca a mi lado.

Me meten en el quirófano, todo va muy rápido, apenas tengo tiempo de procesarlo.

Escucho voces, órdenes, el equipo se mueve de forma frenética, me administran la anestesia de forma urgente, no siento dolor, se hace un silencio que me resulta eterno y entonces escucho el llanto de mi bebé y rompo a llorar al ser consciente de que ha nacido.

—¿Está bien? —pregunto mientras se centran en cogerme los puntos de la cesárea.

—Sí. Está muy bien —me indica el médico.

Al cabo de un rato siento a Cole a mi lado, me da un beso en la frente y nos traen a nuestro bebé tras reconocerlo.

—Está en perfecto estado —dice el médico que lo pone en mis brazos.

Cole y yo admiramos a nuestro hijo con lágrimas en los ojos sabiendo que hemos superado la mayor tormenta de nuestras vidas juntos, que naciese sano y salvo.