La debilidad del diablo Capítulo 34
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Capítulo 34

Cole

Si Brooke cree que he cedido es que no me conoce lo suficiente.

Si ella así lo quiere así será. Salimos del hospital, Natt nos espera con el coche listo y nos lleva hasta el apartamento de Brooke.

Cuando llegamos comprobamos que el ascensor del edificio está en reparación y estarán en ello varias horas durante la mañana.

—Vamos a mi ático, Brooke. Al menos hasta que se arregle el ascensor —le pido de forma paciente.

—Llamaré a Daphne e iré a su casa mientras. Cole, no voy a ir a tu ático —me repite de forma tajante.

La miro furioso, conteniendo una gran rabia. No quiero discutir.

—Eres una completa insensata. Sí así lo quieres… —Cojo a la madre de mi hijo en brazos, ella da un sonoro grito y comienzo a subir los escalones cargándola en mis brazos.

—Cole, no puedes subir tres pisos conmigo así —protesta, escandalizada.

—Creo que no me queda otro remedio ante lo testaruda que eres —le indico sin parar el ritmo.

—Estás loco —dice, enfadada.

—Mira quién habla, la que no se viene a razones estando en el estado en el que te encuentras.

Llevar a Brooke aferrada a mi cuello, contra mi pecho y sentirla tan cerca me hace desear que los escalones que subo cargado con ella no se terminen nunca.

Llegamos a su piso, le pido las llaves del apartamento, ella intenta bajarse, pero no se lo permito. Una vez dentro la llevo directo hacia la cama.

—¿Contenta? —pregunto, exasperado.

—¿Me has querido demostrar lo fuerte y en forma que estás al subir conmigo cargada en brazos después de todo el peso que he puesto en el embarazo?

—Ha sido un placer —le revelo con una sonrisa, inclinándome sobre ella—. Estás preciosa con todo el peso que has puesto en el embarazo. Más deseable que nunca —le dejo muy claro.

—Cole, para, por favor —me advierte, colocando las manos en mi pecho, tratando de alejarme de ella.

—Señor, su maleta —dice Natt entrando en el apartamento. Es tan pequeño que todo está en el mismo lugar prácticamente.

—Gracias, Natt. Tráeme luego mi coche y déjalo en la puerta.

—Sí, señor. ¿Es todo?

—Por el momento, sí. Puedes irte.

Cuando Natt se marcha Brooke se incorpora en la cama, fija la mirada en la maleta en medio del salón, la puerta de la habitación está abierta y da directa ahí, y pregunta con asombro:

—¿Y eso? ¿Por qué Natt te ha dejado una maleta? —me mira con desconfianza.

—Porque como no quieres venir a vivir conmigo a mi ático yo vendré a vivir a este apartamento para cuidarte hasta que nuestro hijo nazca. No vas a estar sola —zanjo el asunto.

—No —niega de inmediato—. Ni lo sueñes —me advierte, seria.

—Es lo que hay, Brooke. No pienso dejarte sola. Tú y mi hijo me importáis demasiado. ¿Quieres que renuncie a mi super ático y a todos mis lujos con los que vivo día a día? Lo haré sin dudarlo si tú te sientes más cómoda aquí.

—Yo no te estoy pidiendo que te mudes a mi casa, no te confundas, Cole —me deja claro usando un tono serio y de advertencia. Puedo sentirla muy enfadada, pero me da igual.

—Lo sé. Lo hago para cuidarte y cuidar de mi hijo en las circunstancias por las que pasas. No voy a dejarte sola, te lo repito.

—¿Y dónde vas a dormir? Solo hay una habitación y una cama —refleja, como si ya no fuese consciente de ello.

—En el sofá, Brooke. No me importa.

—¡¿Por qué eres tan testarudo?! —alza la voz y la siento exasperada.

—No te alteres. Asume que no me voy a ninguna parte. Voy a cuidarte, así que relájate y hazme una lista de cosas que puedas necesitar. Le diré a Natt que lo traiga cuando venga a dejar mi coche.

—Cole, esto es ridículo —brama.

—Por supuesto que lo es. Tengo un ático impresionante en el que los dos estaríamos mucho más cómodos, con personal a nuestro servicio, pero te empeñas en venir aquí.

—No quiero tus lujos, y desde ya te advierto que vamos a tener que ponernos de acuerdo en la educación de nuestro hijo porque no pienso permitir que lo colmes de caprichos innecesarios como a los que estás acostumbrado —me advierte.

—Para eso aún falta un tiempo, pero sí te digo que a mi hijo no le va a faltar de nada, Brooke. Ahora voy a darme una ducha.

Abro la maleta, la coloco encima del sofá y entro en el minúsculo baño, pero no pienso quejarme.

Le voy a demostrar que puedo adaptarme a su vida sin problema, que por ella y por mi hijo haría lo que fuese.

Hasta que esta mujer no entienda que no solo la amo, sino que es mi completa debilidad no pienso parar de demostrarle que voy a seguirla hasta el fin del mundo, bailaré al son que me pida.

Salgo del baño liado en una toalla algo pequeña de cintura para abajo y siento cómo Brooke clava sus ojos en mi cuerpo al toparme con ella.

—¿Qué haces levantada? —le regaño al verla en la cocina del apartamento, que es una estancia abierta al salón.

—No pensaba tener invitados en mi casa. Estoy viendo que haya de todo y no pienses que vivo entre miserias.

—Le diré a Natt que traiga un poco de todo y listo.

—Cole, ¿alguna vez haces algo por ti solo sin mandarle a nadie? ¿No sabes ir al supermercado? —estalla algo alterada.

—Hace años que no piso uno —reconozco—. Me perdería.

—También puedes hacer la compra por internet y te la traen a casa, ¿nunca lo has probado? —pregunta en tono irónico.

—No, tengo a personal que se encarga de eso.

—Ya —murmura poniendo los ojos en blanco.

—Quería comentarte algo y no quiero que lo convirtamos en una discusión —le planteo con tacto.

—¿No puedes vestirte? —inquiere en tono molesto con la mirada clavada en mi torso desnudo.

Esbozo una sonrisa y le indico:

—Creo que mi cuerpo no es nada nuevo para ti como para que te incomode, pero entiendo que igual te atraigo demasiado y el médico nos dijo que nada de sexo, tampoco es que quiera despertar tu apetito sexual en estas circunstancias —bromeo con una amplia sonrisa mientras siento que Brooke me taladra con sus ojos.

—Tranquilo, no volvería a acostarme contigo ni aunque fueses el último hombre en la tierra. Se aprende de los errores.

—Para mí no fuiste un error, Brooke. Ni se te ocurra pensarlo —le advierto en un tono suave.

—Tú para mí sí lo fuiste, el mayor de toda mi vida —me espeta con rabia y una mirada encendida.

—¿Estás segura? —le pregunto acercándome a ella—. ¿Te arrepientes de nuestro hijo? —inquiero con miedo.

—Amo a mi hijo, creo que es lo único bonito de mi vida. Pero eso no quiere decir que me arrepienta de todo lo que sucedió entre nosotros.

—Yo lo recuerdo cada día como lo mejor que me ha pasado en la vida. No puedo sacar de mi cabeza todas las veces que estuvimos juntos. Hasta he llegado a preguntarme en cuál de ellas concebimos a este bebé.

La miro serio, siento cómo su respiración se altera. Sé que he conseguido que recuerde esos momentos de ambos juntos, tan íntimos, especiales y ardientes. Donde todo era deseo, pasión y lujuria.

—No solo fue sexo —susurro en su oído y logro estremecerla. Aspiro su dulce aroma, me alejo de ella y comienzo a colocarme unos calzoncillos y un chándal sin importarme que se encuentre detrás de mí.

Siento cómo entra en su habitación y cierra la puerta con fuerza.

Voy hasta la nevera, me echo un zumo y definitivamente creo que hay que hacer una compra para esta casa.

Cojo mi ordenador, me siento en el sofá e intento entrar en la página web de un supermercado y hacer una compra para que la traigan a domicilio.

Cuando llevo más de una hora delante de la pantalla y solo he conseguido crearme una cuenta y añadir agua y zumos, porque en la página de cada producto existen treinta marcas diferentes, cierro el ordenador, exasperado y digo en voz alta:

—Es más fácil construir una empresa desde cero que hacer la compra, joder.

Escucho cómo Brooke se ríe. Alzo la mirada y la observo recostada sobre el marco de la puerta de su habitación. Estaba tan enfrascado en mi tarea de hacer una maldita compra que ni siquiera me he dado cuenta de que estaba ahí ni cuánto tiempo llevaba mirándome.

—Pierdes la paciencia con facilidad. Tendrás que practicar porque un hijo requiere de mucha —susurra y no lo tomo como crítica sino como un consejo.

—¿Quieres enseñarme a hacer la compra por internet? —le propongo recuperando un poco la calma.

Brooke me dedica una sonrisa maravillosa que consigue acelerarme el corazón. La observo caminar hacia mí, se sienta a mi lado y le extiendo mi ordenador.

—Todo tuyo —le indico, sonriente.

—Un importante hombre de negocios que sabe jaquear el móvil de la madre de su hijo, pero no tiene ni idea de hacer la compra por internet —susurra tecleando en el ordenador.

—Brooke, debemos hablar de muchas cosas —le solicito, serio.

Ella me mira a los ojos y dice:

—Primero vamos a realizar una compra. Tenemos que comer.

Asiento en silencio, la observo, me embobo en ella conforme me va explicando todo y tengo que hacer un gran esfuerzo para no estrecharla en mis brazos y besarla como deseo, pero no quiero estropear este momento. Ya es un logro que no discutamos ni nos reprochemos nada.

Cuando Brooke va a pagar y poner la numeración de su tarjeta le indico:

—Por favor, déjame hacerlo a mí.

—Es mi casa —me rebate.

—Pero estoy aquí consumiendo cosas y mi hijo también tiene necesidades.

Tenemos que poner en común que te dé dinero para que compres lo que va a necesitar.

Va a nacer pronto. Pese a tener dos hermanas pequeñas, no sé mucho de eso.

Te diría de salir de compras, pero en tu estado no es conveniente.

También lo podemos comprar por internet —le propongo.

—Mis amigos me han regalado el carrito y el asiento para el coche del bebé. Está en casa de Daphne. Yo compré una cuna que tengo que armar. A eso venía Jax el día que te presentaste por sorpresa en esta casa. También he comprado algo de ropita.

—Me gustaría participar en las cosas que vaya a necesitar.

—Bien, ya vamos viendo.

Me adelanto a Brooke, pongo la numeración de mi tarjeta que me sé de memoria y hago el pedido de la compra al supermercado. Le sonrío y le susurro:

—La próxima te toca a ti. No pretendo pagarlo todo.

—No quiero que nuestro día a día se base en peleas —me advierte y la siento preocupada.

—No es mi intención, Brooke. Quiero ser un buen padre. Me crie sin uno a mi lado y sé la falta que hace en la vida de un hijo —comento con cierto sentimiento de nostalgia hacia los años en los que mi padre no estuvo conmigo.

Brooke me mira en silencio, aparta la mirada de mis ojos, la centra en su vientre y se lo acaricia confesando:

—Siento no haberte dicho que era tu hijo desde un principio. Tenía mucho miedo. Tú, tu vida, todo tu dinero… Es un mundo que me asusta.

—No me gustan las mentiras, Brooke —le digo serio y sé que suena a advertencia—.

A lo largo de mi vida he pasado por muchas y desde que llegué a Nueva York con dieciocho años decidí ser siempre sincero con todo lo que me rodeaba.

Llegados a este punto, prométeme que nunca volverás a mentirme, que en todo lo relacionado con nuestro hijo siempre me dirás la verdad.

—Supongo que el hecho de que te mintiese sobre la paternidad del bebé hará que desconfíes de mí para siempre. No me verás con muy buenos ojos, y es algo que entiendo —murmura.

—Ojalá pudieras verte con los ojos que yo te veo, Brooke —susurro mirándola de frente, mientras mi corazón late muy deprisa.

Mi teléfono suena y es Natt. Sube a dejarme las llaves de mi coche, me deja varias bandejas de comida que trae de casa de mi madre y se marcha.

Cuando Brooke huele la exquisita comida que hace Rania la reconoce de inmediato y no tengo que persuadirla para que cenemos juntos. Me alegra verla comer con ese apetito, de hecho, disfruto y es algo que nunca me había pasado antes con ninguna otra mujer.

Obligo a Brooke a que se recueste para reposar la comida y soy yo quien se encarga de recoger la mesa y fregar los platos, porque en esa diminuta cocina no hay lavavajillas.

Luego redistribuyo mi agenda y paso todo mi trabajo para hacerlo desde casa.

Las reuniones presenciales las delego en mi padre y le agradezco que me lo ponga todo tan fácil en estos difíciles momentos por los que paso.

No pienso moverme del lado de Brooke hasta que nazca mi hijo, y luego ya veremos.