La debilidad del diablo Capítulo 33
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Capítulo 33

Brooke

Supongo que será por la medicación que me han dado que he dormido toda la noche de tirón.

Cuando abro los ojos me encuentro con Cole a mi lado.

Está recostado en el sillón con los ojos cerrados.

Fijo la mirada en el sofá cama y sé que no ha pasado ni una hora allí porque está igual que antes de dormirme.

Lo miro en silencio, el corazón se me acelera y cierro los ojos para evitar que varias lágrimas que pugnan por salir lo hagan.

Reconozco que no he dejado de amarlo, pero, al mismo tiempo, juré que nunca más me romperían el corazón.

No volveré a sufrir más por Cole, por eso he de ser fuerte y no puedo volver a caer en sus redes.

Cole entreabre los ojos, me mira, lo miro, me sonríe, se endereza, ve que ya ha amanecido y me pregunta:

—¿Qué tal estás?

—Bien. Creo que todo está controlado. A ver qué dicen los médicos.

Varias personas entran en la habitación, me asean, me dan el desayuno y luego el doctor nos hace una visita para ponernos al tanto de la situación. Cole está en todo momento presente.

—Señora, la amenaza de parto prematuro está controlada. Puede volver a casa, con ciertas indicaciones a seguir.

—Sí, por supuesto —digo de inmediato. Deseo marcharme a mi apartamento solo para no tener a Cole pegado a mí todo el día.

—Deberá guardar reposo, no hacer esfuerzos físicos, si nota que vuelven las contracciones venir de inmediato al hospital y no mantener relaciones sexuales —recita.

Cuando dice esto último Cole y yo nos miramos y de inmediato aparto el contacto visual con sus increíbles ojos grises que son una completa perdición.

—No se preocupe, doctor. Haré todo lo que me dice.

—Pueden volver a casa, espero que vaya bien. Cualquier cosa, vuelvan de inmediato.

Cuando nos quedamos a solas Cole dice de golpe:

—Vendrás a vivir conmigo a mi ático.

—Ni lo sueñes —le espeto, pensando que se ha vuelto completamente loco.

—¿No has escuchado al médico? Tienes que mantener reposo —dice un poco enfadado.

—Tengo una casa, Cole —le indico de manera sarcástica.

—Pero vives sola, no cuentas con nadie que cuide de ti.

—He pasado todo el embarazo sola. Soy médico, sé cuidarme —le recuerdo.

—Pero ahora estoy yo aquí. Voy a cuidar de ti. En mi ático vas a tener todas las comodidades que necesites.

—Cole, no necesito ni tu ático, ni tus lujos ni tu dinero. Tenlo muy claro —manifiesto de forma tajante.

—¿Pero es que no lo entiendes? No puedes estar sola necesitando reposo —dice, y lo siento desesperado porque no quiera irme a su ático.

—Voy a estar bien. Sé cuidarme y cuidar de mi hijo, pero no pienso volver a tu ático por nada del mundo.

—Eres la madre de mi hijo, Brooke, comprende que quiera lo mejor para vosotros.

—Lo entiendo, pero no me voy a mudar a tu mundo de millones. Yo no encajo en eso. Y no puedes obligarme —zanjo el asunto dirigiéndole una mirada fulminante.

—¿No puedes valorarlo? —me suplica, paciente.

—No. Está decidido, Cole. Y te agradecería que no sigas insistiendo porque lo único que vas a conseguir es que sigamos peleando y eso no le hace bien al niño. Me alteras.

—Eres exasperante, Brooke —murmura paseándose delante de mí, inquieto—. Por lo menos déjame que te lleve a casa y compruebe que tienes en tu apartamento todo lo que puedas necesitar para guardar el reposo establecido y no hagas nada de esfuerzo.

—Vale —accedo si es la única forma que se quede contento y no lo tenga presente de forma constante…