Capítulo 27
Brooke
Tres días después
Suena el timbre, estoy esperando a Jax para que me ayude a montar la cuna de mi bebé y abro la puerta sin preguntar antes quién es.
Me topo de frente con Cole y tengo que agarrarme con fuerza al marco ante la impresión que siento al verlo de nuevo y haya averiguado mi dirección.
Desde hace tres semanas, desde que nos volvimos a ver, que no había vuelto a saber nada de él, pensé que le había quedado claro que no tenemos nada de qué hablar.
—¿Qué haces aquí, Cole? ¿Cómo sabes dónde vivo? —le reprocho, seria y nerviosa ante su presencia.
Él pasa al interior de mi apartamento sin que lo invite. Se queda parado en el centro del salón y lo observa con atención. Luego se gira y me mira. Posa sus ojos en mi vientre y cierta incomodidad se apodera de mí.
—¿Cómo estás? —pregunta observándome con detenimiento, con una mirada fría y seria.
—Ya me ves, muy bien. ¿Te puedes ir? —le indico parada al lado de la puerta abierta, haciéndole un gesto con la mano para que se marche.
—Tenemos que hablar, Brooke —anuncia con un tono tan controlado que hace que me inquiete.
—Tú y yo no tenemos nada de qué hablar, Cole —le espeto, agitada y nerviosa.
—Yo creo que sí —dice muy seguro de sí mismo y esto hace que se desplieguen todas mis alertas—.
Por favor, siéntate —me ruega con una calma medida.
Su actitud me desconcierta. Me quedo parada y en silencio hasta que me indica—: No me voy a mover de aquí hasta que hablemos.
—Y sé por el tono de su voz que lo cumplirá.
Cuando voy a cerrar la puerta aparece Jax con un destornillador y un martillo en la mano, miro a Cole, luego a Jax y suelto presa del pánico:
—Cole, Jax es el padre de mi hijo, vamos a montar su cuna. Como puedes apreciar no es buen momento para que hablemos. Vete, por favor.
Jax me mira paralizado, con los ojos muy abiertos ante la tensa situación.
Una sonora carcajada de Cole hace que Jax y yo lo miremos sin entender nada.
—Si necesitas que el padre de tu hijo monte su cuna creo que Jax es el hombre equivocado —lanza dirigiéndome una mirada llameante—. Basta de mentiras, Brooke —alza la voz, enfadado—. Déjanos solos —le ordena a Jax de forma severa como si fuese un empleado suyo.
Jax me mira sin saber qué hacer ni qué decir. Se hace un silencio sepulcral en mi apartamento hasta que mi amigo dice nervioso:
—Brooke, yo creo que tenéis muchas cosas de las que hablar.
—Jax, no me dejes sola —le suplico en un susurro.
Mi amigo se acerca a mí, me da un beso y un abrazo y se despide diciéndome al oído:
—Luego me cuentas cómo ha ido todo.
—No… —te vayas, —le iba avolver a suplicar, pero el cobarde de Jax me ha dejado sola con Cole.
Cierro la puerta y lo encaro haciendo acopio de toda mi valentía.
—No tienes derecho a presentarte aquí de estas formas.
—Perdón, igual te tenía que haber llamado, o esperar algunos años a que el remordimiento de conciencia no te dejase vivir por dejar a tu hijo sin padre y decidieses decírmelo —me espeta, furioso y enfadado.
Me pongo cómoda en el sofá, últimamente me canso mucho en pie.
—¿Por qué estás tan seguro de que es tu hijo? —pregunto con miedo. ¿Qué ha cambiado en estas semanas? ¿Por qué aparece ahora exigiendo sus derechos?
—Por favor, Brooke, deja de negarlo —alza la voz a la misma vez que se pasea intranquilo delante de mí—.
¿Quieres saberlo? —pregunta y lo miro con cierta intriga—.
Bien, he jaqueado tu teléfono. He leído todos tus mensajes y puedo decirte que he averiguado hasta el mismo día en el que te diste cuenta de que estabas embarazada a los cuatro meses.
Daphne fue a la primera persona a la que se lo dijiste, estabas muerta de miedo.
Después de mí no ha habido ningún otro hombre en tu vida y confirmas en varias conversaciones que es mi hijo.
Hasta he visto las ecografías que tienes en tu email .
¿Quieres más? —estalla perdiendo la paciencia.
—¡¿Cómo has podido hacer eso?! —le reprocho con lágrimas en sus ojos, alterada, mirándolo con decepción.
—¿Y tú? ¿Cómo has podido negarme en mi cara que fuese mi hijo? —me reprocha furioso, dolido y decepcionado.
—Te has saltado las leyes y has cometido un grave delito al jaquear mi teléfono —le espeto, alzando la voz.
—Puedes denunciarme. Asumiré las consecuencias, pero era la única vía que me dejaste —admite con valentía—. Ahora ya sé toda la verdad. Es mi hijo.
—Bien, ¿y ahora qué quieres? ¿Por qué estás aquí? No voy a exigirte nada. Este bebé es solo mío. Te libero de toda responsabilidad —le dejo claro, zanjando el asunto.
—¿Así de fácil? ¿Me crees tan falto de escrúpulos como para desentenderme de mi hijo? —brama.
—Una vez me dijiste que siempre te cuidaste de embarazos indeseados, no querías hijos.
Siento este embarazo, ni siquiera sé cómo sucedió.
Me di cuenta de que estaba en estado cuando tenía cuatro meses y ni siquiera tuve la oportunidad de plantearme poder abortar.
Era demasiado tarde —le espeto con rabia y varias lágrimas rodándome por las mejillas.
—¿De verdad te hubieses planteado deshacerte de nuestro hijo si llegas a descubrirlo antes? —pregunta, serio, haciéndome sentir un completo monstruo.
Se hace un silencio entre nosotros, nos medimos con miradas acusatorias mientras nuestros ojos arden en reproches.
—No. No hubiese sido capaz —revelo y rompo a llorar. La situación me está superando por completo. No puedo más. Llevo mis manos a mi rostro y trato de ocultarme, no quiero que Cole me vea así.
De repente, lo tengo arrodillado ante mí, hace que lo mire y pregunta con los ojos anegados en lágrimas también:
—¿Por qué no fuiste a buscarme cuando te enteraste? ¿Por qué me lo negaste en el hospital? ¿Tienes idea de cómo me mataste en vida al decirme que no era mi hijo?
—Solo te estaba liberando de una responsabilidad que no deseabas —me excuso.
—¡Qué sabrás tú lo que yo deseo! —estalla.
—Una vida sin hijos, sin compromisos, dedicado en exclusiva a tu trabajo y en estar cada cierto tiempo con una mujer diferente… —recito en tono condescendiente.
—Eso era antes de que partieses por completo en dos mi rutina cuando apareciste en mi vida.
Cuando te miré por primera vez a los ojos prendiste algo muy dentro de mí que no he logrado apagar más.
Pierdo la cordura cada vez que siento tu mirada sobre la mía.
Tus ojos tienen la culpa de este fuego que arde en mi cuerpo cada vez que te veo y no consigo calmar —confiesa—.
Te deseo en mi vida para no dejarte volver más.
Quise hacerme el fuerte, pensar que podías ser una más, pero no, Brooke.
Te quiero, joder. Casi me volví loco en todos estos meses donde no supe nada de ti —revela.
Se acerca a mí, se apodera de mis labios y me besa con pasión mientras ambos lloramos. Me doy cuenta de cuánto había extrañado en este tiempo sus labios, su sabor, pero, tomo conciencia de inmediato de lo que está sucediendo y decido alejar a Cole de mí. Lo miro seria y le digo:
—Siempre vas a ser el padre de este bebé —admito sin remedio, llevándome ambas manos al vientre—.
Ya veremos cómo lo hacemos entre nosotros, pero no tienes que mentirme y decirme que me amas.
No vamos a formar una familia ni te voy a alejar de la vida que tanto te gusta llevar —establezco de forma distante—.
No es mi intención causarte inconvenientes.
Te doy mi palabra de que te avisaré cuando nazca.
—¡¿Qué?! —pregunta con los ojos muy abiertos, perplejo ante mi reacción—. ¿Es que no has escuchado nada de lo que te he dicho? —me reprocha, confuso.
—Mi oído está en perfecto estado, Cole —susurro con calma.
—¡¿No me crees?! —inquiere, molesto.
—No me gustan las mentiras —susurro.
—Vaya, perdón. Tengo delante a la reina de ellas —brama.
Lo taladro con los ojos y le digo:
—No quiero que finjas quererme para conseguir a tu hijo.
—Brooke, te quiero de verdad —revela, desesperado—. Mírame a los ojos —me ordena, lo hago e intento mantener el tipo.
—Pues yo no —suelto de golpe, me coloco en pie y lo alejo de mí.
—No me creas tan tonto como para no saber cuándo una mujer se entrega a mí en cuerpo y alma como tú lo hiciste, Brooke —revela con suficiencia.
—Y tú no me creas tan tonta como para seguir sintiendo algo por ti cuando me rompiste el corazón —admito con rabia y dolor, alzando la voz.
—Intuyo porqué desapareciste de mi ático.
Miré las cámaras de seguridad y sé que escuchaste la conversación con Axer —revela y me deja de piedra—.
Brooke, ese día tenía pensado confesarte lo que sentía por ti.
Quería una relación seria, pero no pensaba decírselo antes al imbécil de Axer —justifica y lo siento desesperado.
—Te acostaste conmigo, era lo que querías para que se te pasasen las ganas de mí —susurro con desprecio recordando aquella conversación con su amigo.
—Las ganas de ti no se me van a pasar en la vida. ¿No lo entiendes? No sé ni cómo pasó, pero te adueñaste de mi corazón —me espeta, desesperado. Da un par de pasos hacia mí, me toma de las manos y me suplica—: Brooke, vuelve conmigo a mi ático. Intentémoslo.
—Estás loco —susurro y doy un paso atrás, pero me sigue.
—No. Te quiero en mi vida para siempre.
—Yo no soy una mujer para ti.
—Voy a demostrarte que sí lo eres —susurra armado de paciencia.
—No te esfuerces. Lo único que nos unirá será nuestro bebé. Ahora vete, por favor. Necesito estar sola.
—Brooke, igual precisas tiempo para asimilar todo esto. Piénsalo. Nuestro hijo se merece criarse junto a unos padres que se quieran. Yo crecí sin un padre y no voy a permitir que mi hijo pase por lo mismo.
—Ni yo voy a permitir que se crie en una gran mentira ni con unos padres que solo sepan discutir.
—Brooke, reflexiona —me ruega.
—Vete, Cole —le suplico entre lágrimas.
El padre de mi hijo toma una gran bocanada de aire, se acerca, me da un beso en la frente y dice antes de marcharse:
—Hablamos, Brooke. Ni se te ocurra volver a desaparecer —suena a advertencia.
Cole cierra la puerta y yo me derrumbo en el sofá llorando, rota por completo ante tantas emociones vividas. Me acaricio el vientre y susurro con pena:
—Lo siento, mi pequeño. Sé que tú percibes todo esto. Mamá va a estar bien. Vamos a intentar manejar la situación lo mejor para todos. Te lo prometo. Vas a ser un bebé muy feliz.