La debilidad del diablo Capítulo 15
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Capítulo 15

Brooke

Recibo un mensaje en mi teléfono donde Cole me cita en la Quinta Avenida, quiere que vayamos a comprar un vestido.

Me indica que no es una cita, que lo tengo que ayudar en un asunto y no puedo darle una negativa.

Intrigada salgo de su ático y acudo al punto de encuentro.

Lo observo bajarse del coche que conduce el chófer de su familia y dirigirse a mí con una gran sonrisa, caminando como si no le hubiese pasado nada y con un traje de chaqueta a medida azul marino y camisa blanca sin corbata que le sienta como un guante.

Lo admiro mientras el corazón me late con fuerza.

Solo él es capaz de revolucionarlo hasta estos límites.

Cuando llega a mi lado me saluda y me echa el brazo por los hombros, luego me da un beso en la mejilla, me siento en una clara desventaja con respecto a él, y ya no es solo en la altura.

Voy en vaqueros, zapatillas de deportes y una simple camisa azul cielo con mi bolso al hombro.

Menos mal que me he arreglado un poco el pelo y me maquillé, pero no tengo ropa acorde para salir con Cole Kessler, asumo con pena.

—¿Qué sucede? ¿En qué tengo que ayudarte? —pregunto con impaciencia.

—A vengarme de mis padres —susurra, serio. Me paro en medio de la calle y lo miro, alerta. Luego esboza una sonrisa y dice—: Vamos a tomarnos algo, te lo explico y más tarde vamos de compras.

Cole me toma de la mano con fuerza, tira de mí y me obliga a caminar a su lado por la calle como una pareja más, con los dedos de las manos entrelazados de forma cómplice e íntima. Siento su contacto y los nervios que se apoderan de mí apenas me dejan caminar con seguridad.

Me lleva a un bonito local en el que nos pedimos unos batidos que según Cole van a ser lo mejor que he probado en mi vida. Cuando nos lo ponen por delante susurra:

—Necesito algo dulce en estos momentos para aplacar la bilis que traigo en la garganta.

—¿Qué te sucede? —pregunto con interés, mirándolo con atención.

—Acabo de escuchar una conversación entre mi padre y mi madre en la que admitían que el viaje en el que se pasaron todo un mes fuera, y tú cuidaste de mis hermanas —refleja—, no fue todo el tiempo de negocios.

La gran parte fue de placer —brama mientras lo miro sonriente—.

No le veo la gracia —me reprocha algo crispado.

—No entiendes el amor —murmuro sin darle importancia a su enfado—. ¿Cómo quieres vengarte? —pregunto intrigada.

—Mi padre prácticamente me obliga a ir todos los años a un fiestón que organiza un amigo.

Meyer, el tío tiene mucho dinero y cinco hijas que quiere casar con hombres con fortunas.

No voy en busca de nada, solo porque son las primas de Axer, mi amigo Spencer también acude y me lo paso bien y siempre salen un par de negocios interesantes para la empresa —explica.

—¿Y qué pinto yo en todo eso? ¿Cómo quieres que te ayude? —pregunto con sorpresa.

—Ven conmigo, como mi pareja —suelta de golpe y lo miro con los ojos muy abiertos—. Quiero que mis padres se enteren al día siguiente por las fotos de la prensa que acudí contigo y Meyer se quedó con las ganas, como cada año, de cazarme para alguna de sus hijas —dice con una amplia sonrisa.

—Cole… yo no encajo en esos lugares. No sabría ni cómo comportarme —me excuso y sé que lee el miedo en mis ojos.

—Solo tendrías que ir de mi mano. Te prometo que no te dejaré sola en ningún momento. Por favor, di que sí —me ruega y lo siento desesperado.

—¿Cuándo has dicho que teníamos que ir a comprar un vestido te referías a uno para mí? —susurro, pensativa.

—Yo soy más de trajes de chaquetas —murmura haciéndome un guiño y robándome un beso breve en público inclinándose hacia mí por encima de la mesa—. Hoy estás preciosa, Brooke —susurra de golpe—. Di que sí me acompañarás, por favor —me ruega.

—El vestido lo tendrás que elegir tú, yo no sé a qué clase de fiesta vamos ni cómo van esas mujeres —comento con cierto agobio.

—No te preocupes, serás la más hermosa de todas. Gracias por aceptar. —Me planta otro breve beso en los labios, deja un billete sobre la mesa y nos marchamos.

Cuando entro de la mano de Cole en una de las tiendas más lujosas de toda la Quinta Avenida, ni en sueños pensé poder pisar ese lugar algún día, dos dependientas se nos acercan, siento cómo me miran de arriba abajo con cierto desprecio, observan mi mano unida a la de un hombre aparentemente muy rico, creo que estas mujeres saben muy bien lo que cuesta el traje que lleva Cole, y automáticamente se dirigen a él, ignorándome por completo.

—¿Buscaban algo, señores?

—Un vestido de gala para la señorita.

—¿Algún precio especial o marca? —pregunta una de las dependientas.

Cole la mira serio y con su porte de hombre millonario le indica:

—Nunca miro el precio de nada de lo que compro.

La mujer se queda impactada ante su respuesta, esboza una sonrisa y nos indica que pasemos a un reservado. Nos hacen sentarnos, nos ofrecen algo de tomar y comienzan a sacarnos vestidos donde esperan mi aprobación. Yo miro a Cole sin saber cuál elegir, él solo dice:

—Uno con el que te sientas cómoda, cariño. Quiero que seas tú, no que vayas disfrazada.

Cole me da toda la importancia a mí, ni mira a las dependientas de la tienda, diciéndoles implícitamente que yo tengo la última palabra.

Escuchar la expresión cariño de sus labios hace que mi corazón se acelere.

Me pruebo tres vestidos, uno color violeta, otro tono champán y otro en verde oliva.

Los tres me quedan de muerte. Me hacen un tipazo y son increíbles.

Cuando les he mirado el precio casi me mareo.

Llamo a Cole de forma disimulada para que me ayude con la cremallera trasera de uno de ellos y le indico entre dientes:

—¿Tú has visto lo que cuesta este vestido? —Me he decidido por el de tono champán, creo que es el menos llamativo y al vérmelo puesto es con el que a Cole se le han iluminado más los ojos.

—No importa el precio, Brooke. No sufras por ello.

Te aseguro que mi cuenta bancaria apenas lo notará.

También debes de elegir unos zapatos, un bolso y joyas —susurra y lo miro con los ojos muy abiertos.

¿Se piensa dejar más de diez mil dólares en esta tienda para ir a una estúpida fiesta solo unas horas?

—Te va a salir un poco cara la venganza a tus padres —murmuro.

—¿Y lo que va a disfrutar mi vista viéndote así vestida? —contesta con una enorme sonrisa.

—Estás loco, Cole Kessler —le indico, sonriente.

—Puede ser. Una locura de la que solo tú eres la única responsable. —Se acerca, me besa de forma breve, me da un ligero cachete en el culo y me deja sola en el probador para que me deshaga del vestido.

Pasamos más de dos horas en esa tienda de lujo eligiendo todo mi look , me muero de vergüenza cuando las dependientas sugieren un conjunto de ropa interior muy sugerente y Cole se adelanta a decir:

—Es perfecto, añádalo.

Lo miro con las mejillas ardiendo mientras que él esboza una amplia sonrisa, le entrega su tarjeta bancaria a la señora de la tienda y salimos de ahí como una pareja contenta y feliz.

—Tengo ganas de matarte, Cole Kessler —susurro en cuanto salimos a la calle.

—Y yo tengo ganas de follarte, Brooke Sullivan.

No sabes cuántas —revela dirigiéndome una mirada intensa, serio.

No es una broma y todo mi cuerpo comienza a sudar.

El deseo se instala en mi sexo y siento un fuerte tirón en mi vientre—.

¿Qué te parece si terminamos la noche en mi ático y nos dejamos llevar por lo que surja? —murmura en mi oído.

Lo miro en silencio, me lo pienso unos segundos mientras me muerdo el labio inferior y el resto de mi cuerpo tiembla, siento que es la decisión más importante de mi vida porque sé muy bien si acepto las consecuencias que puede tener lo que va a suceder entre nosotros.

No tengo la valentía de decir que no. Los intensos ojos de Cole me arrastran al pecado junto con todo lo que siento por él y soy incapaz de dominar.

—Me parece una idea estupenda —le manifiesto con la voz cortada, temblando de pies a cabeza.

Sonríe, me planta un beso increíble en medio de la calle y dice:

—Antes vamos a comprar sushi a un sitio increíble.

Llegamos al ático, nos ponemos cómodos y cuando regreso al salón Cole tiene puesta la mesa con velas y el sushi servido.

Se ha cambiado de ropa, ahora lleva unos vaqueros oscuros desgastados y una camiseta blanca, está arrebatador.

Yo me he colocado el vestido corto negro con el que salí la última vez, vi cómo me miró y deseo que esta noche se fije en mi cuerpo así de nuevo.

—¿Me has leído el pensamiento? —susurra en cuanto me ve—. Desde que te vi con ese modelito soñé con poder quitártelo algún día.

—¿Ha llegado el día? —inquiero con la voz cortada, mirándolo a los ojos mientras siento un gran nudo en la garganta y un fuerte pellizco en el estómago.

—No lo dudes —sentencia mirándome como un lobo a punto de comerse a su presa.