Capítulo 13
Brooke
Llego al ático de Cole corriendo y así entro en su habitación, muy asustada porque no me haya contado la realidad de las dimensiones de su caída.
—Ya estoy aquí. —Me siento en la cama a su lado y le examino la pierna, lleva unos pantalones cortos de deporte, nada más. No sé si lo hace a conciencia esto de mostrarme con frecuencia su impresionante torso para ponerme nerviosa o algo, pero lo consigue.
—Ya estoy mejor —susurra con voz ronca y los ojos entrecerrados.
—¿Dónde te has golpeado? —pregunto, muy preocupada.
—No sé, solo me caí. Pero me levanté bien. Soy fuerte y ya han pasado doce días desde que me pasó esto, voy mejorando.
—Ya. —Lo miro y pongo los ojos en blanco—. Voy por hielo.
Cuando regreso se lo coloco en la pierna, él se estremece un poco, pero aguanta con los dientes apretados.
—¿Lo has pasado bien? Espero no haber interrumpido nada importante —comenta mirándome con atención.
—No te preocupes. Nada que no pueda retomar otra noche.
—¿Otra noche? —pregunta con interés.
—Sí, otro día. No te sientas culpable por haberme llamado.
—¿Y si te pido que el resto de las noche no salgas? —siento la pregunta como una orden.
—¿Qué pasa, Cole? —cuestiono, seria, mirándolo con atención.
—Bueno, creo que le he cogido miedo a estar solo. Por si me vuelve a pasar… Si me llego a golpear la cabeza en mitad de la noche y no estás…
—Vale, si no quieres no saldré por la noche, pero durante el día haré mi vida cuando no cuide de ti. Como tú acabas de decir, vas mejorando, ya han pasado casi dos semanas desde la rotura del gemelo.
—Gracias, Brooke. Me quedo más tranquilo si estás cerca.
—Voy a ponerme un poco más cómoda, ahora vuelvo.
—Estás muy guapa con ese vestido —dice con una enorme sonrisa de diablo.
—Ya. Es una simple prenda de treinta dólares —comento sin creer en su cumplido.
—En tu cuerpo parece que cuesta tres mil. Estás muy guapa esta noche, Brooke. ¿Cuántos tíos se te han acercado en esa fiesta en la que estabas? —pregunta con sumo interés.
—En estos momentos no me interesan los hombres, no estoy receptiva al amor —susurro.
Cole atrapa mi mano, me acerca a él de un tirón y murmura muy cerca de mis labios:
—¿Y si yo te hago cambiar de opinión?
—Puede que a ti te guste divertirte con una mujer como yo, pero a mí no me gusta divertirme con hombres tan ricos como tú. La diferencia es bestial y no me siento cómoda.
—¿Y si no lo llamamos diversión y dejamos que todo surja? —propone de golpe.
—¿A qué te refieres? —inquiero con el ceño fruncido, sin entenderlo bien.
—Vamos, Brooke. La tensión sexual entre nosotros se palpa. Está claro que nos atraemos, y mucho —reconoce—. ¿O me lo vas a negar? ¿No te gustaría descubrir dónde nos lleva todo eso? Porque a mí sí.
—¿Le atraigo, señor Kessler? —inquiero en tono de broma mientras tiemblo por dentro, pero tengo que disimular. Este reconocimiento me ha cogido desprevenida por completo.
—Desde el primer día que te vi —susurra bajito, como si estuviese revelando un secreto—.
¿Me vas a decir que yo no te atraigo? —pregunta de forma directa, muy seguro.
Me quedo en silencio—. Nos hemos besado en dos ocasiones y tengo grabadas en mi mente las reacciones de tu cuerpo —dice sin pudor alguno mientras que yo me ruborizo y altero.
—Sería de piedra si no me atrajese un hombre con tus ojos, tu sonrisa y tu cuerpo, Cole —admito. No puedo mentirle. Es la clase de hombre que cuenta con la experiencia suficiente como para saber lo que siento cuando lo tengo cerca.
—Bien, ya hemos dado un paso. Hemos reconocido en voz alta que nos atraemos mutuamente, porque creo que era algo que los dos intuíamos desde que nos besamos por primera vez —reconoce con una amplia sonrisa.
—¿Y ahora qué? —inquiero mirándolo con dudas.
—Ahora me muero por besarte, Brooke —murmura y consigue que todo mi cuerpo tiemble. Se acerca a mí y se apodera de mis labios de una forma hambrienta y posesiva. Le correspondo de igual forma, porque Cole Kessler es el único hombre que me hace desearlo de esta manera casi desesperada.
En esta ocasión es Cole quien pone fin al beso.
—No estoy en mi mejor momento, Brooke —reconoce y esto hace que le dedique una sonrisilla—, cuando algo pase entre nosotros quiero que lo recuerdes el resto de tu vida —lo siento como una promesa—.
Ahora hazme un gran favor, coge una camiseta mía del cajón, póntela y duerme esta noche a mi lado —me suplica con una mirada brillante.
Le dirijo un gesto tierno, le sonrío y me dirijo hacia el vestidor en silencio. Me deshago de mi vestido y me coloco una camiseta suya que me queda enorme.
Cuando Cole me ve aparecer descalza esboza una amplia sonrisa.
Palmea el lado de la cama libre y me invita a ir hacia allí.
Dudo, pero finalmente lo hago. Me gusta demasiado y dormir con él puede que sea el mejor sueño de mi vida.
Me tiendo en la cama, lo miro y él tira de mí para que me acerque más. Me abraza y dice:
—Ahora cuéntame más cosas sobre ti, Brooke Sullivan.
Pasamos la noche hablando sobre nuestra infancia. Me sorprende que Cole se haya criado en Qatar. Solo me dice que llegó a Nueva York con dieciocho años cuando sus padres volvieron a estar juntos.
—Es muy tarde, vamos a dormir. Otro día te contaré la historia de amor entre mis padres, creo que te gustará porque tiene final feliz —susurra con una sonrisa.
Me abraza, lo abrazo y recuesto la cabeza sobre su amplio pecho mientras me pregunto en qué momento hemos pasado a tener esta clase de intimidad. Me siento en una completa nube. No sé a dónde me lleve todo esto, pero siento la imperiosa necesidad de vivirlo.
Cuando me despierto tengo los impresionantes ojos grises de Cole mirándome muy de cerca. Me remuevo un poco incómoda, no sé qué decir. No sé si algo haya cambiado entre nosotros desde anoche o todo fue parte de un increíble sueño.
—Creo que cuento con la enfermera más guapa de Nueva York —susurra con una sonrisa inmejorable.
—Igual hemos traspasado un poco los límites —murmuro, sonriente.
—No le debemos explicaciones a nadie, Brooke —me recuerda—. La pregunta es: ¿Estás cómoda conmigo? —inquiere.
—Mucho —revelo en tono bajito, sintiendo cierta vergüenza.
—Yo hacía mucho tiempo que no dormía tan bien —admite.
—Cole, ¿dónde nos lleva todo esto? —pregunto sintiendo cierta culpa.
—¿No quedamos anoche que nos íbamos a dejar llevar? —me recuerda besándome la frente.
—Yo… no estoy muy segura de esto —admito con miedo. Cole Kessler y su mundo me dan verdadero pánico.
—Yo tampoco —revela—. Solo probemos —propone—. Déjate llevar, Brooke —lo siento como un ruego desesperado.
Me levanto, me doy una ducha y hago el desayuno. El resto de la mañana y parte de la tarde Cole la pasa reunido delante del ordenador por cuestiones de trabajo.
Yo aprovecho para ponerme al día en mis cosas y seguir adelante con mis planes, que por ahora son solo míos.
Cole me sorprende cuando aparece en el salón apoyado en unas muletas. De inmediato lo miro para reprenderlo, pero me indica:
—No me digas nada. Llevo todo el día sentado en el sillón del despacho con la pierna en alto.
No me voy a ir a la cama. —Lo siento un poco estresado—.
Me apetece cenar contigo en el salón de mi casa, relajados.
¿Pedimos algo de comida? ¿Qué te gusta, Brooke Sullivan?
—pregunta con interés mirándome a los ojos con tal brillo que consigue acelerarme el corazón.
—Soy una chica sencilla. De pizzas y hamburguesas —comento, sonriente.
—Vamos a pedir la mejor pizza de toda Nueva York. Te va a encantar.
—¿Quieres sorprenderme? —inquiero, sonriente y coqueta.
—A cada instante —reconoce colocándose a mi lado y haciendo una llamada para encargar la pizza .
Cenamos sentados en la gruesa alfombra del salón de Cole, con una pizza exquisita entre nosotros y hablando de gustos cinematográficos. Decidimos qué película ver tras la cena.
—Ha estado riquísima la pizza . La mejor que he probado nunca —le indico a Cole recogiendo las sobras—. Gracias.
—Sabía que te iba a encantar. Es mi preferida y la de mis hermanas, aunque a ellas les gusta hacerlas.
—Aún me cuesta verte como el hermano de Blair y Harper —comento, sonriente—. En mi cabeza te sigo asociando como su padre —carcajeo.
—Pues vete quitando esa idea. Los niños no van conmigo —declara, rotundo.
—¿No quieres ser padre? Se te ve muy cómodo con tus hermanas.
—No me gustan las responsabilidades más allá del trabajo. Y un hijo es una responsabilidad para toda la vida. No me siento preparado para ser padre. Me gusta mi vida tal y como es. Con Blair y Harper tengo suficiente.
—Ya.
—¿Y tú, te ves cómo madre? Mis hermanas se te dan muy bien.
—Soy muy joven. Tengo mil planes en mente, una vida por delante. Y un hijo te ata y limita mucho. Puede que dentro de unos diez años… —comento con una amplia carcajada.
—Creo que pensamos igual —conviene Cole dedicándome una sonrisa.
Al final nos decidimos por ver el clásico de Solo en casa en Nueva York .
Una película que nos marcó a ambos cuando éramos niños.
Disfrutamos viéndola con un bol de palomitas entre nosotros.
Nuestras manos se rozan de vez en cuando al meterlas en el bol, nos miramos, nos sonreímos y presiento una tensión entre nosotros que cada día crece más.
No nos hemos vuelto a besar más desde anoche y lo cierto es que me muero por volver a hacerlo.
Cole me resulta a cada instante más atractivo e irresistible.
Y ahora que no lleva su habitual ropa elegante y cara, viste con prendas de deporte, lo siento como más cercano.
Terminamos la película, son más de las doce de la noche, y ambos nos quedamos mirando las vistas del ático hacia la ciudad de Nueva York de noche, son impresionantes.
—¿Te puedes creer que en los años que llevo viviendo aquí nunca había admirado las vistas desde esta posición ni tan relajado como en estos momentos? —comenta Cole. Estamos recostados en su amplio sofá.
—Creo que tienes una vida muy estresante y este parón te está sentando hasta bien.
—Debí tomarme unas vacaciones con esto —hace referencia a su pierna y la levanta—, pero Kessler tiene mucho trabajo en estos momentos y no quise dejar a mi padre tan cargado.
—Eres un buen hijo. Se nota que quieres mucho a tu padre.
—Sí, lo quiero mucho. Tenemos una relación increíble. Somos también amigos y jamás pensé que nos llevaríamos tan bien, ya que llegó a mi vida cuando tenía dieciocho años.
—Tienes una vida cargada de sorpresas —murmuro.
—Sí. No te lo pienso negar. Pero lo llevo bien —carcajea.
Nos miramos en silencio, Cole se acerca, me toma la barbilla con su mano, se inclina y me besa. Es un beso pausado, lento, medido, que me hace desearlo hasta lo inimaginable. ¿Cómo puede besar tan bien? Se cierne sobre mí hasta que maldice:
—¡Joder! —Se separa de inmediato y fija la mirada en su pierna.
—¿Estás bien? —Me siento de inmediato y llevo la mano hacia su gemelo.
—Sí, solo que el momento me ha hecho olvidar que no estoy recuperado del todo —susurra con una sonrisa increíble.
Lo ayudo a levantarse, lo meto en la cama y cuando voy a salir de la habitación me ruega:
—Vuelve a dormir conmigo, Brooke —vacilo a su petición.
Me quedo en silencio—. No va a pasar nada entre nosotros.
Ya te dije que el día que suceda algo será porque tú quieras y deseo que lo recuerdes para siempre.
No es mi intención estar haciéndote el amor mientras que me duele la pierna, solo deseo centrarme en tu placer —susurra con una sonrisa.
Pensar en Cole haciéndome el amor me pone nerviosa. Finalmente asiento y accedo. Dormir junto a él es increíble.