Capítulo 12
Cole
Cuando me despierto y cierto olor a tortitas recién hechas me llega al olfato sonrío pensando en Brooke. Escucho que toca a la puerta de mi habitación y pregunta:
—¿Estás visible? ¿Puedo pasar?
—Adelante —le indico y la observo entrar con una bandeja con el desayuno. Huele a café recién hecho y tortitas—. Creo que ya lo has visto todo de mí cuando se me cayó la toalla —le recuerdo con una amplia sonrisa, disfrutando del rubor que aparece en sus mejillas al mencionar ese momento.
—Te traigo el desayuno —dice obviando mi comentario.
—Eres madrugadora, apenas son las siete de la mañana.
—Me tengo que marchar en una hora y regresaré al mediodía.
—Yo tengo varias reuniones que me mantendrán ocupado hasta la tarde.
Brooke coloca la bandeja sobre mis piernas y observo todo lo que me ha traído. Tiene una pinta exquisita.
—Se ve todo muy apetecible —murmuro mirándola a los ojos.
—Gracias, no sé que te gusta para desayunar y decidí poner un poco de todo.
Estoy a punto de decirle que me gustaría desayunarla a ella, entera y completa, pero me refreno.
—Me gusta todo, aunque solo suelo desayunar un café con leche.
Los fines de semana sí hago desayunos más consistentes y más si los paso con mis hermanas.
Por cierto, hablando de ellas, creo que me odiarán un poco por haberles robado a su niñera para que me cuide —reflejo con orgullo. En parte me gusta tener a Brooke cerca.
—Creo que tu madre le iba a explicar que te cuidaría por unos días.
—Me recomendaron reposo por varias semanas —le recuerdo.
—Pero irás mejorando, igual en dos semanas ya no me necesitas.
—Estoy seguro de que aparecerán por aquí para verte. —Brooke me sonríe y espera a que me ponga a desayunar—. ¿Tú no comes nada? —pregunto.
—Ya lo hice.
—Te levantas temprano.
—Me gusta aprovechar el día, y la vida —manifiesta y siento de golpe que yo la estoy desaprovechando al no besarla como deseo en estos momentos.
Me como todo lo que me ha preparado bajo su atenta mirada, ella se lleva la bandeja.
—¿Necesitas algo más? ¿Vas a trabajar desde aquí? —pregunta.
—No. Mi padre vendrá en un rato, me ayudará a ducharme y luego le pediré que me acomode en mi despacho para hacer frente a las reuniones que me esperan hoy.
—Vale, nos vemos luego. Que tengas un buen día —dice antes de marcharse.
Paso una mañana infernal, siento que Brooke regresa, me trae un sándwich al despacho con discreción, algo que le agradezco y cuando termino mis reuniones ya es de noche.
Al día siguiente la rutina es casi la misma, pero la sorprendo haciendo la cena en la cocina, tiene puesta música y observarla bailar desde una distancia prudente apoyado en mis muletas me alegra el día.
Al tercer día, mi madre aparece por casa con mis hermanas, ya estaba tardando mucho, y junto con Brooke pasamos una tarde entre risas y juegos que me hace admirar y desear más a la niñera de mis hermanas.
Los siguientes días Brooke me deja el desayuno y vuelvo a verla por la noche. Ella se encarga de la cena y luego vemos juntos un rato la televisión.
En más de una ocasión he estado tentado de llamarla para que acudiese a mi habitación con alguna excusa tonta, pero me recuerdo que tengo veintisiete años y soy un adulto para andar con este juego de niños.
Hoy mi padre no ha podido venir a ayudarme a ducharme y al final de la tarde le pedí a Brooke que lo hiciese ella. He disfrutado de cada segundo que se ha ruborizado por tenerme tan cerca con escasa ropa.
Lo cierto, es que cada día me encuentro mejor, pero no quiero decirlo en voz alta por temor a que se marche creyendo que ya no la necesito. En realidad, la necesito a mi lado cada día más.
***
Hace once días que Brooke está viviendo en mi casa y no doy abasto para darme duchas frías con la gran dificultad que conlleva debido a mi estado, no puedo pedirle ayuda para entrar en el baño cuando estoy empalmado como un adolescente solo por mirarla.
No nos hemos vuelto a besar ni a acercarnos de una forma íntima, pero una sola sonrisa de ella, un gesto, cuando aprecio que se agacha o lleva un escote más pronunciado, me sumerge en este estado que no logro controlar.
Mi cabeza la imagina de mil formas diferente haciéndole el amor, gritando mi nombre y suplicándome que no pare de darle placer.
En mi mente comienzo a catalogar a Brooke como una mujer perfecta y creo que esto es producto de estar tanto tiempo encerrado en mi ático y ser la única fémina apetecible con la que tengo relación.
Nunca me había reído a carcajadas limpias y de forma abierta con una mujer tan divertida, ni había visto una película con palomitas sin meterle mano, ni verla cocinar mientras disfruto de su presencia e imagino que la empotro contra la pared y me la como entera.
Tenerla en casa es una tortura y un placer a la misma vez que no sé explicar.
Cuando sale y pasa horas fuera me comporto como una pareja celosa que piensa con quién estará y si ha estado con otro hombre.
Nunca me dice dónde va y esto me mata. Al menos, por el momento, no se ha ausentado ninguna noche, duermo con la tranquilidad de que está en un cuarto cercano.
Hoy es viernes y Brooke me dice que es el cumpleaños de su mejor amiga y va a salir esta noche.
—¿Dónde vas? —pregunto como si tuviese derecho a hacerlo.
—Solo vamos a cenar. No llegaré muy tarde.
Creo que despejarme con mis amigos me vendrá bien, no me divierto con ellos desde hace unos meses, con la enfermedad de mi madre, su muerte, el mes que pasé trabajando para ti…
—enumera y siento pena por ella al mismo tiempo que me gustaría ser yo con quien saliese esta noche y proporcionarle esa distracción.
—Ten cuidado. ¿Quieres que le diga a Natt que te lleve? —le ofrezco de inmediato. Su seguridad por las calles de Nueva York de noche me preocupa.
—Me recogen en la puerta. No te preocupes, y también me traen.
—Si por cualquier cosa quieres regresar antes llama a Natt. Lo avisaré.
—No es necesario, Cole. Siempre he salido, he cogido el metro y te aseguro que vivo en un barrio mucho más peligroso que este. Nunca he tenido a nadie que cuide de mí. Estoy acostumbrada a estar sola.
Siento las palabras de Brooke como si me clavasen una navaja en el corazón. Algo muy dentro de mí quiere protegerla y que no le pase nada. Ese instinto protector solo lo había tenido por mis hermanas hasta el momento y es algo que me desconcierta por completo y no sé manejar.
—¿Cuándo me recupere me permitirás que te invite a cenar una noche?
—le ofrezco de golpe. Algo dentro de mí quiere darle a Brooke todo lo que no ha tenido ni vivido a su edad.
Tampoco es que nos llevemos muchos años, solo cinco, pero siento que he vivido como dos décadas más que ella.
Ella recién sale del cascarón mientras que yo ya tengo plumas.
—Seguro que tu ambiente no va con el mío, Cole. Desentonaría —declina con una sonrisa cautivadora. Tiene ese don de sonreír y alegrarle el día a todo el que tiene cerca. Sus ojos negros siempre tienen un brillo especial en ellos, son como dos faros encendidos.
—Puedo demostrarte que no. Acepta la invitación, Brooke —insisto. Algo en mi interior solo quiere que esta noche piense en mí, en una cena juntos y solos, fuera del ambiente de trabajo que supone que esté aquí en mi ático cuidándome.
—Solo si soy yo la que invita y escoge el lugar —me rebate.
—Entonces serán dos citas, yo lo he propuesto primero.
—Vale, pero dos citas de amigos —me deja muy claro.
—Por supuesto, no estaba hablando de otra cosa.
—¿Te hace falta algo? —pregunta—. Voy a arreglarme y me marcho.
—No, todo está bien. Solo ven a decirme adiós cuando te vayas.
—Lo haré.
Brooke sale de mi habitación, me deja en la cama con la pierna en alto maldiciendo no poder ir tras ella esta noche.
Tengo la televisión de fondo muy bajito, estoy atento a sus pasos. Cuando la escucho que se acerca a la puerta y toca en ella subo el volumen de la tele.
—Cole, me marcho.
Mis ojos se agrandan cuando aprecio el vestido negro de tirantas que lleva, tiene un generoso escote, y encima es corto y luce sus maravillosas piernas.
Al menos, no va enfundada en unos zapatos de tacón, lleva unos botines planos y una cazadora negra, esta última terciada en el brazo.
Se ha arreglado el pelo y se ha maquillado.
Nunca la había visto tan guapa. Mi polla me da un fuerte tirón y tengo que colocar de forma disimulada un cojín sobre ella antes de que Brooke aprecie mi evidente estado.
—¿Puedes traerme un zumo, por favor? —le pido. Es una mala excusa para que al traérmelo se acerque más a mí y poder oler su aroma.
—Claro —me indica con una bonita sonrisa que me mata. Lleva los labios pintados en rojo y me muero por besarla.
Brooke me trae el zumo de la nevera, me lo va a colocar en la mesita de noche, pero extiendo mi mano.
Nuestros dedos se rozan y tengo que hacer acopio de toda mi buena voluntad para no tirar de su mano, apoderarme de sus exquisitos labios y tenderla en la cama junto a mí, impidiendo que se marche esta noche.
—Adiós, Cole —se despide.
—Pásalo bien —murmuro por cortesía, cuando en realidad lo que deseo es que se aburra tanto que no tarde en volver.
Clavo mis ojos en el culo de Brooke y me siento un completo salido. Nunca una mujer me ha tenido así. Llevo la mano hasta mi miembro duro y lo calmo con la mente en la mujer que acaba de salir de mi ático y deseo en mi cama en todas las posturas imaginables.
Han pasado más de tres horas desde que Brooke se marchó y aún no ha regresado.
Estoy de los nervios. Nunca he sido celoso ni de hacer estas tonterías, ni cuando tenía diez años menos, pero Brooke me lleva a ellas.
Cojo el teléfono y la llamo. Atiende la llamada al quinto tono cuando ya estoy a punto de jaquear su teléfono para saber dónde y con quién está, sobre todo si está sana y salva.
—Cole —dice y escucho mucho barullo a su alrededor.
—Brooke, ¿tardas mucho en volver? —le pregunto de golpe.
—Bueno, mis amigos me liaron de fiesta… Puedo volver por la mañana. No quiero molestarte al regresar —dice a modo de disculpa.
—Solo te llamaba porque al levantarme me he caído —le miento sin sentir el más mínimo remordimiento.
—¿Estás bien? Llamo a tus padres, una ambulancia… —dice asustada.
—Brooke, no estoy manco, te estoy llamando a ti. Solo te preguntaba si tardabas mucho para ponerme hielo y darme un masaje —le indico un poco crispado.
—Voy a coger un taxi. Mis amigos están muy a gusto y no se querrán ir todavía.
—Pásame tu ubicación y envío ahora mismo a Natt —le ordeno.
—Cole, no hace falta. Cojo un taxi.
—No te preocupes, ya la tengo.
—¿Cómo lo has hecho? —pregunta, perpleja.
—Brooke, tengo una gran empresa de seguridad y los ordenadores y la informática siempre fueron lo mío —alardeo—. Natt ya va para allá. No te montes en ningún coche que no sea él.
—Vale. ¿Estás bien? —pregunta, preocupada, y casi siento pena por mentirle de esta forma.
—Lo estaré cuando estés aquí.
Cuelgo la llamada, suspiro con fuerza, me paso la mano alborotándome el pelo al mismo tiempo que me reprocho en voz alta:
—¡¿Qué coño te pasa con esta mujer?! No es la más guapa a la que has besado, no es la más glamurosa, no es la más atractiva… sin embargo, es la única que ha conseguido que el corazón me dé un vuelco por completo con solo su preciosa sonrisa mirándome a los ojos.