La debilidad del diablo Capítulo 11
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Capítulo 11

Brooke

—No me puede pedir eso, Maggie —susurro con pena y cierta angustia cuando me entero de lo que le ha pasado a Cole.

—Por favor, Brooke —me ruega, desesperada.

—He entrevistado a cinco personas esta mañana y ninguna me gustan para que cuiden de Cole. Miré tu informe y ponía que habías empezado la carrera de medicina.

—Pero no la terminé —le indico cortándola.

—Eres la persona ideal para cuidar de mi hijo en estos momentos, eres de confianza —insiste—.

Ya un día nos sentaremos con tranquilidad y me contarás porqué dejaste la universidad.

Yo estudié medicina, aunque no la ejerzo —revela y la miro con atención.

Maggie Kessler es una caja de sorpresas. No sabía esa faceta de ella.

De repente, me quedo pensativa en ese informe que me ha nombrado. Cole no solo pidió referencias mías a la agencia en la que trabajé cuidando niños, sino que me investigó a fondo, ahora estoy segura.

—Solo serán unas semanas —insiste ante mi silencio—. Yo me encargaré de las niñas. Te pagaré más —añade y la siento algo desesperada—. Por favor…

—No es cuestión de dinero, Maggie —murmuro con pena.

—Entonces, ¿por qué no quieres aceptar? —pregunta con interés.

—Igual Cole prefiere que lo atienda un hombre —justifico.

—No digas tonterías, a ti ya te conoce. No quiero meter en su ático a nadie ajeno. Di que sí, Brooke, por favor. Te lo agradeceré el resto de mi vida. Podrás pedirme lo que sea.

—Está bien —accedo ante la presión a la que me somete. Sé que me voy a arrepentir de esta decisión, pero tampoco quiero que Cole esté solo en estas circunstancias, y, qué diablo, también porque me muero por verlo desde que me he enterado de que se ha lesionado.

Maggie se abraza a mí, emocionada, y no deja de darme las gracias. Cada día la admiro más. Es una gran madre y una increíble mujer en todos los sentidos.

Quedo con ella en que me trasladaré al ático de Cole y lo cuidaré, pero podré salir y entrar y ausentarme las horas que necesite para continuar haciendo mi vida.

No estaré a su lado de forma permanente.

Por suerte, es una mujer discreta y no me pregunta en qué ocupo el resto de mis horas libres al día.

—¿Ya sabe Cole que iré a cuidarlo? —pregunto a su madre cuando me despido de ella.

—Sí. Acabo de hablar con él. Te espera esta noche. Aquí tienes las claves para acceder a su ático y ya he hablado con el conserje. Es un edificio con mucha seguridad y no dejan pasar a nadie que no conozcan o esté acreditado.

—Vale.

—Espero que todo vaya muy bien, Brooke —susurra, agradecida.

—Yo también —contesto con miedo.

El chófer de la familia Kessler me lleva hasta mi casa y luego al ático de Cole junto con mi maleta por insistencia de Maggie.

Cuando me bajo delante del imponente edificio tomo una gran bocanada de aire.

Entro y me recibe un conserje muy amable llamándome señorita Sullivan, me sorprende que me conozca.

Me indica que puedo subir y me señala qué ascensor debo coger.

Al parecer, el ático de Cole Kessler tiene uno privado y exclusivo para él.

Si el edificio está cargado de lujo por fuera y lo que he visto de su interior, no quiero imaginar cómo será el ático de Cole, pienso una vez dentro del ascensor donde tecleo la clave numérica que me dio Maggie y siento que subo a una gran velocidad.

Cuando las puertas se abren y descubro que me encuentro en el mismo ático, tengo el enorme salón con unas vistas increíbles delante, no sé ni qué decir.

—¿Hola? —pregunto cohibida, dando unos pequeños pasos, mirando a mi alrededor. No veo a nadie—. ¿Hola? —insisto.

—¿Brooke? —escucho la voz de Cole. Lo observo salir de la cocina apoyado en unas muletas. Me mira atónito. Clava sus intensos ojos grises en mi maleta y pregunta con asombro—: ¿Qué haces tú aquí?

—¡¿Qué haces levantado?! —lo reprendo de inmediato caminando hacia él—. Debes de tener la pierna en alto. —Intento ayudarlo a llegar hasta el sofá y le coloco el pie arriba con decisión.

—¿Qué estás haciendo aquí, Brooke? ¿Cómo has entrado en mi casa? —pregunta, serio.

—Voy a ser tu enfermera. Voy a cuidarte mientras estés así. ¿No te lo dijo tu madre? —pregunto con sorpresa. Por la cara de Cole deduzco que no sabía nada y me siento perdida.

—Solo me dijo que había encontrado a la enfermera perfecta y vendría hoy —comenta con los ojos clavados en los míos.

—Pues resulta que soy yo. Pero si no estás conforme me voy. No quiero incomodarte —le indico, apurada.

Se queda en silencio, mirándome, sopesando la situación.

—Ya que estás aquí, quédate —dice esbozando una amplia sonrisa que no logro entender.

—¿De verdad? —insisto—. No llevaré a mal que no quieras que sea yo. Lo entendería —susurro.

—No. Quédate. Hace mucho que no nos vemos, igual nos podemos poner al día. —insiste.

—¿Qué estabas haciendo en la cocina? ¿Hay algo que pueda hacer por ti? —pregunto con interés.

—Estaba bebiendo agua y viendo qué había para cenar en el frigorífico. Las horas pasan muy lentas y me aburro. Nunca había estado así, impedido —justifica.

—Según tu madre eres tú quién ha insistido en quedarte en este ático —comento paseando la mirada por el lujoso comedor. Aún no salgo de mi asombro al estar aquí, nunca había visto nada parecido, ni en revistas. ¿Cuánto dinero puede tener una persona y ganar al mes para mantener algo así?

—Es mi casa. Aquí vivo desde hace unos años.

—Es muy grande para vivir tu solo —aprecio mirando unas enormes escaleras que predicen que existe una planta superior.

—Era de mi padre, él vivía aquí cuando volvió con mi madre, luego decidieron comprar la mansión que ya conoces para que viviésemos más cómodos y me lo regaló —relata.

—Tiene una panorámica increíble —murmuro con la mirada clavada en los cristales que dan acceso a las vistas a Nueva York de noche. Jamás la había visto desde una altura como esta. Estoy impresionada.

—Sí —dice admirándolas él también—. Cuando te acostumbras ni reparas en ellas. Puedes subir y ver el ático entero, no podré enseñártelo como un buen anfitrión —bromea mirando hacia las escaleras que dan acceso a la planta superior.

—Lo haré luego.

—Veo que has llegado con maleta. ¿Te quedas? —pregunta con interés.

—Quedé con tu madre en que me trasladaría aquí por unas semanas, pero que no te cuidaría de forma permanente. Podría salir y entrar para seguir con mi vida. Si no te parece bien… Me puedo marchar —le ofrezco de nuevo.

—No, no. Está bien. Tampoco estoy inválido. Y así mi madre está tranquila de que tiene a una persona de confianza cuidándome y me deja tranquilo —resuelve y lo siento aliviado.

—Bien.

—¿Tienes otro trabajo u otro compromiso? —indaga con interés.

—No. Solo una vida. Como todo el mundo —contesto con una amplia sonrisa, sin dar más explicaciones.

—¿Tienes novio? —pregunta de golpe como quién necesita saber esa información. Me quedo en silencio, no me la esperaba—. No sé, recuerda que nos besamos… Igual has tenido algún problema —comenta con naturalidad.

—No. Tranquilo. Mi vida era demasiado ajetreada como para tener novio. No tenía tiempo para una relación. Además, una vez me rompieron el corazón y no arriesgo fácilmente.

—Eres alérgica a las relaciones después de eso —murmura con el ceño fruncido.

—Más o menos.

—Si te sirve de algo, yo también —confiesa de forma abierta.

—¿También te rompieron el corazón? —inquiero con interés.

—No. Yo nunca me he enamorado. No creo en el amor —dice muy seguro de él.

—Pues tienes el ejemplo de tus padres —reflejo. Son una pareja increíble que dan envidia verlos.

—Ellos sufrieron lo suyo durante años. Su historia no fue fácil.

—Pero ahora son inmensamente felices. Algún día me gustaría tener una familia como ellos —revelo con nostalgia.

—Por suerte, tengo dos hermanas que pueden ser mis hijas —bromea y ambos estallamos en carcajadas—. Ya siento que con ellas he cumplido con la función de padre en esta vida.

—Nunca te perdonaré que no me sacases del error de que eras su padre —le indico, sonriente.

—No lo sabía —me recuerda—. ¿Y qué pensabas de mí?

¿Te resultaba buen padre? ¿Qué nota me pondrías?

—pregunta en tono de broma, mientras reflexiono si estamos coqueteando abiertamente.

Lo estamos, pero no me importa dentro de este ambiente tan agradable.

Hacía tiempo que no me sentía tan bien con nadie.

—Bueno, llegué a pensar muchas cosas. En un principio escuché a las niñas decir que les habías dicho que si se portaban mal las llevarías a un internado hasta que volviese su madre —Cole estalla en carcajadas—. Y empecé a cuestionarte.

—Esas diablas. Fue una broma.

—Luego, aunque pasabas poco tiempo con ellas, sentía todo lo que te querían y los besos y abrazos que les dabas.

Cómo te desvivías por ellas y tus ojos cuando las miraban no podían ocultar el gran amor que sentías.

También las consentías y te preocupabas por ellas.

No me cabía duda de que las amabas —revelo mirándolo a los ojos—.

Y cuando me besaste… ahí te odié por ser un mal padre y me odié a mí misma por haberlo permitido —confieso—.

Ante mis ojos erais la familia perfecta.

Cole tira de mi mano, hace que me acerque a él.

No deja de mirarme a los ojos, estos me envuelven por completo.

El gris claro con el brillo tan especial que tiene en ellos me acelera el corazón hasta límites insospechados.

Acerca su rostro al mío, me roza los labios, no me aparto, desde que me besó me muero por repetirlo, luego profundiza el beso con la maestría que lo caracteriza y me dejo llevar.

Este hombre besa como un verdadero dios.

Hace que me olvide del mundo por completo.

Soy yo la que para el beso cuando subimos de intensidad y siento que cierta parte de la anatomía de Cole está despertando con demasiada rapidez.

Nos miramos en silencio, él baja los ojos hacia su miembro erecto, es tan consciente como yo del estado en el que se encuentra, y dice:

—Al menos cuando pienses en este beso no me odiarás. Somos libres, Brooke. Podemos hacer lo que nos dé la gana.

—Tú ahora mismo estás atado a esta rotura de gemelo interno —le recuerdo con una amplia sonrisa—, que dudo te deje hacer mucho más.

—¿Me estás retando? Porque puedo demostrarte que podemos tener sexo sin ningún problema —propone de golpe.

—Cole… Mejor lo dejamos aquí. ¿Vale? O tendré que irme. ¿Amigos? —Le extiendo mi mano y le doy a entender que no quiero ser una aventura más en su vida.

—Si es lo que quieres…

—Es lo mejor —susurro tratando de convencerme.

—Sí, yo también creo que es lo mejor, Brooke. Gracias por aceptar venir a cuidarme. Creo que ya lo hemos aclarado todo y no existen rencores entre nosotros.

—Por mi parte todo bien, señor Kessler —murmuro, sonriente, un poco más relajada.

—Y por la mía, señorita Sullivan —me indica con un guiño de ojo—. Escoge el cuarto que quieras de la parte de arriba. Hay cuatro habitaciones libres. La mía es la primera a la derecha.

—Puedo quedarme un poco más cerca de tu habitación por si me necesitas durante la noche —le ofrezco mientras me mira serio.

—Te llamaré por teléfono si no me escuchas —susurra con una media sonrisa en sus labios.

—¿De qué horarios dispones para cuidarme? —se interesa.

—Algunas mañanas y tardes tengo que ausentarme unas horas y las noches las tengo libres a excepción de que me surja algún plan que no pueda aplazar.

—Bien, sin problema por mi parte. En realidad, con tu presencia aquí enviada por mi señora madre la mantiene tranquila y a mí alejado de sus constantes llamadas preocupándose por mí o apareciendo por mi ático cuando menos la espero.

Pese a como estoy voy a trabajar desde casa y estaré reunido a través de internet la mayoría de los días bastantes horas.

—Vale, nos arreglaremos.

—Bienvenida a mi casa, Brooke —susurra al mismo tiempo que mi corazón da un vuelco por completo al pensar que yo solita me acabo de meter en la cueva del lobo.