La debilidad del diablo Capítulo 10
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Capítulo 10

Cole

Regreso a mi ático, cojo el móvil y me dispongo a llamar a alguna de mis amigas para terminar bien la noche, pero cuando comienzo a mirar mi agenda la cara de Brooke aparece en mi mente, sonrío, aparto el teléfono de golpe y me tiendo en mi cama con su bonita sonrisa clavada en mi cabeza.

Desecho de idea de quedar con otra mujer, me meto en la ducha y termino masturbándome como un adolescente pensando en Brooke y gritando fuerte su nombre cuando me corro.

¡¿Pero qué es lo que me pasa con esta mujer?

! No es la más guapa ni la más atractiva con la que me haya cruzado para que me tenga así. No lo entiendo.

Durante toda la noche doy vueltas en la cama pensando en ella, fantaseando cómo sería hacerle el amor y sentir su cuerpo junto al mío.

El maldito beso que nos dimos no logro sacarlo de mi cabeza y sé que solo hay una forma de que esta obsesión que comienzo a sentir por ella desaparezca por completo, y es tirándomela de una vez.

Sé que a ella también le atraigo, puede que lo que ambos necesitemos sea acostarnos para deshacer esta tensión que existe entre ambos.

O puede que la otra opción sea no verla más y olvidarla con otras mujeres.

Al día siguiente aparezco por casa de mis padres para comer en familia y mi sorpresa es mayúscula cuando me encuentro con Brooke allí presente. Me estoy tomando una cerveza con mi padre mientras enciende la barbacoa y cuando veo a Brooke correr junto a mis hermanas casi me atraganto.

—¿Qué hace aquí? —le pregunto a mi padre de una forma seca.

—Tu madre insistió en que viniese hoy a comer. Quería conocerla. Y ya sabes que cuando a la señora Kessler se le mete algo en la cabeza…

—Joder… —susurro. Había tomado la decisión de no ver más a Brooke. Iba a averiguar qué días vendría a cuidar de mis hermanas para no coincidir más con ella.

—No pongas los ojos en esa mujer —me advierte mi padre, me conoce bien.

—Lo sé —murmuro con los dientes apretados.

Mis hermanas corren a saludarme, las cojo en brazo y las beso. Luego saludo a Brooke un poco distante. Ella me devuelve el gesto con una media sonrisa.

La comida discurre un poco en tensión entre ella y yo, apenas nos dirigimos la palabra mientras que mi madre y mis hermanas no paran de hablar y bromear con ella.

Cuando ya siento que no puedo más, mis ojos me traicionan buscando los labios de Brooke y recuerdo su sabor, anuncio que me marcho.

—¿Tan pronto, Cole? —inquiere mi madre con decepción.

—He quedado, mamá —miento con toda la intención de que Brooke piense que es con otra mujer. Ni siquiera sé por qué hago esto.

—Pásalo bien, hijo —dice mi padre.

—Seguro —me despido de mis hermanas y cuando paso por el lado de la niñera le digo—: Nos vemos, Brooke.

***

Dos semanas después

—Joder, con la mala hostia que te cargas últimamente —se queja Axer tras haberle dado una buena paliza al pádel—. No sé cómo no has roto la red.

—¿Qué es lo que lo tiene así? —pregunta Spencer, intrigado.

—Yo creo que es la niñera de sus hermanas —susurra Axer y lamento haberle contado una semana atrás entre copas que no dejaba de pensar en Brooke.

—¿Te ha dado calabazas? —bromea Spencer.

—No. Solo que no dejo de pensar en ella. Nos besamos una vez, no pasó nada más, pero tengo grabado ese puto beso y no logro sacármelo de la cabeza. Cada vez que intento acostarme con una mujer Brooke aparece en mi mente y… joder, no puedo —admito con rabia mirando hacia mi miembro.

—Hostias, ¿has ido al médico? —pregunta Axer, preocupado.

—Qué cojones, lo que le hace falta es tirársela para que desaparezca de su mente, se ha obsesionado con ella y eso no se le pasará hasta que no la tenga en su cama —dice Spencer—. Aunque a mí me pasó lo mismo con mi mujer y mira cómo estoy. Felizmente casado y no cambiaría eso por nada.

—Nunca me había pasado nada igual —me quejo, con rabia—. Llevo dos semanas que no sé nada de ella, sin embargo, la mente me causa malas pasadas y la veo en todos lados —admito.

—Joder, tío, tú sí que estás mal —comenta Axer, sonriente, burlándose de mí y no lo tomo bien.

—Vamos, que te voy a dar otra paliza —lo animo a otro partido—. ¿O es que ya no puedes con el pellejo? —lo reto a conciencia.

Disputamos un partido muy reñido en el que doy al final de este un traspiés, me caigo al suelo y escucho un fuerte chasquido en la pantorrilla que me hace gritar de puro dolor.

—Rotura parcial del gemelo izquierdo interno. Tiene que guardar reposo entre tres y cinco semanas. Deberá tener la pierna elevada, ponerse hielo varias veces al día y necesitará ayuda para desplazarse —me indica el médico.

—¡Joder! —maldigo con rabia.

—¿Te llevamos a casa de tus padres? —propone Spencer.

—Ni de coña, ¿qué quieres, que en este estado vea a Brooke todos los días? ¡Lo que me faltaba! Llevadme a mi ático, me las arreglaré. Desde allí trabajaré. Ya veré cómo lo hago. ¡Vaya puta mala suerte! —maldigo.

Mis amigos me acompañan a mi casa, se quedan conmigo varias horas y luego los convenzo para que se marchen. Estaré bien con el personal de servicio que tengo en mi ático, una mujer de mediana edad que viene todos los días unas horas a limpiar y hacer de comer.

Llamo a mi padre y le cuento lo que me ha sucedido. En esta semana tenemos varias reuniones importantes y deberemos aplazarlas o hacerse cargo él mismo.

No pasa ni media hora de mi llamada cuando ya tengo en mi ático a mis padres y a mis hermanas para ver qué me ha pasado, todos muy preocupados por mí e intentando convencerme para que me traslade a la mansión familiar donde todos quieren cuidarme.

Me niego a ello alegando que esta es mi casa y estoy más cómodo aquí.

Mi madre insiste en contratarme una enfermera si no quiero ir a su casa, y por pesada e insistente le digo que sí.

Ya me encargaré yo de despedirla cuando quiera.

Mi madre prepara algo de comer y se quedan a cenar. Mi padre me ayuda a llegar hasta la habitación en la planta baja del ático que mi madre me ha acondicionado hasta que me recupere para no subir escaleras.

—Puedo quedarme esta noche aquí contigo, Cole —insiste mi madre.

—Mamá, se va a quedar papá. Tú ve a casa con mis hermanas.

—Con lo fácil que sería que vinieses con nosotros —se queja mi madre.

—Esta es mi casa —le recuerdo. Desde que me independicé no lo lleva nada bien.

Cuando mi madre se marcha y me quedo a solas con mi padre ambos suspiramos. Maggie Kessler es la mujer más protectora del mundo con sus hijos.

Mi padre y yo nos acostamos tarde reorganizando la agenda de las próximas semanas en Kessler y haciendo todo lo posible para que yo trabaje desde casa y asista a las reuniones por videoconferencias.