Capítulo 7
Brooke
Cinco días después
—No puedes seguir escondiéndote de Cole Kessler —me reprende mi amiga Daphne.
—¿Y qué hago? No deja de llamarme. Ha enviado a Natt para que aporree la puerta de esta casa hasta que se ha cansado y se ha marchado el pobre hombre. Creo que ya piensa que no estoy en Nueva York porque no he salido de aquí, en unos días se habrá olvidado de mí —comento, esperanzada.
—¿Y esas niñas? ¿No te importan? —refleja, enfadada, sentada a mi lado en la cama donde llevo días tirada sin ganas de nada, solo de morirme por haber caído en la tentación de besar al padre de Blair y Harper. Siento que las he traicionado de la peor de las maneras.
—¿Con qué cara las miro después de haber besado a su padre? —inquiero con una culpa que me mata y el alma rota por completo.
—¿Qué sientes por Cole? —insiste mi amiga. Lleva haciéndome la misma pregunta días, desde que la llamé a altas horas de la madrugada desde la caseta del guarda de la urbanización de Los Hamptons y le pedí que acudiese en mi ayuda.
—No puedo sentir nada por ese hombre. Está prohibido para mí.
Por supuesto que me importan esas niñas, he llegado a quererlas en estas semanas, pero tener a su padre lejos es lo mejor.
Cole Kessler es la clase de hombre que debe de liarse con todo lo que tiene cerca.
Si hasta siento pena de su mujer —defiendo con coraje.
—Pues si quieres que te deje en paz yo iría hasta su imponente despacho en las empresas Kessler y le plantaría cara, así no ves a sus hijas y le dejas muy claro que te deje en paz.
Cortar por lo sano es lo mejor —casi me obliga Daphne—.
Sois adultos y, al fin y al cabo, solo ha sido un simple beso. No te has acostado con él.
—Sí, un simple beso que me ha alterado la vida por completo. Joder, nunca me habían besado así. Ahora lo compararé con todos los tíos a los que bese y dudo que logre superarlo alguno —lloriqueo—. Maldito, Cole Kessler.
—Al menos ha transferido a tu cuenta bancaria el importe que acordó pagarte —me recuerda—. En ese aspecto ha sido honesto teniendo en cuenta que no has finalizado los últimos días de trabajo que acordasteis. Me gustaría saber cómo se las ha arreglado con sus hijas.
—Igual me piensa demandar por incumplimiento, vete tú a saber —murmuro con cierta inquietud.
—No lo creo, no te hubiese hecho llegar la transferencia de ese dinero que te permitirá terminar la carrera y saldar tus deudas.
Ve a hablar con Cole, zanja todo con él y termina bien con un hombre tan rico y poderoso como él.
Solo déjale claro que no te interesa tener nada con él, ni mucho menos ser su amante si es lo que pretende.
—Joder, Daphne —susurro, agobiada.
—Levántate, dúchate y arregla tu vida. Siempre has sido una mujer valiente, no te quiero acobardada en esta casa, escondida de un hombre —me anima.
Mi amiga me saca de la cama a la fuerza, me mete en el baño y hasta que no me ve arreglada y con el bolso colgado dispuesta a ir a enfrentar a Cole Kessler no se da por vencida.
—Yo te llevo, tengo el coche abajo —dice, y sé que no tengo escapatoria. En cierto modo creo que es lo mejor. Dejarle a Cole todo claro y así deje de insistirme y poder volver a mi vida sin temor a que me busque o me llame.
Paso todo el trayecto hasta la empresa de Cole retorciéndome las manos, pensativa. Mi amiga ha averiguado dónde está su edificio y no sé cómo se las ha arreglado para hablar con su secretaria y que esta le dijese que el señor Kessler se encuentra en su despacho hoy durante toda la mañana.
—No sé qué hago aquí —susurro, muerta de pánico admirando el gran edificio Kessler ante mí.
—Darte a valer como mujer. Que un hombre, por muy atractivo, sexy, guapo y con dinero, no se crea con el derecho de jugar contigo porque trabajas para él y eres increíble —me recuerda—.
Si quieres, puedo subir contigo y te ayudo a dejarle todo muy claro —se ofrece con valentía y sé que es muy capaz de ello. La conozco bien.
—No, por favor —le indico de inmediato. Daphne no sabe lo que es la diplomacia. Tiene unos padres que la han consentido en todo al ser hija única y nacer en el seno de una familia que, sin poder catalogarse de rica, es bastante pudiente.
—Bien, te espero aquí. El despacho de Kessler es en la última planta —me indica muy segura de ello.
La miro en silencio y me bajo del coche como quien se dirige hacia la horca. Pero creo que es necesario dejarle las cosas claras a Cole y no esconderme más de él.
Paso por recepción, me identifico como la niñera del señor Kessler y que necesito verlo por un asunto de sus hijas y no tengo cita, comprueban mi nombre y me dan una acreditación para que pueda subir a su despacho.
Cuando las puertas del ascensor en la última planta se abren observo un lugar increíble de un gran lujo y unas vistas descomunales. Una secretaria me sonríe y dice:
—Señorita Sullivan, no tenía cita con el señor Kessler, pero cuando termine de firmar unos contratos en su despacho le preguntaré si la puede atender.
—No se preocupe, no estoy para esperas. Lleva varios días buscándome y creo que se alegrará de verme —le planto cara a la mujer con un coraje que no sé de dónde me ha salido. Debe de ser la adrenalina del momento.
Paso por su lado como un huracán, con la mirada en la gran puerta cerrada del fondo, deduzco que una puerta como esa debe de ser la que da acceso al gran jefe. La abro sin llamar ni preguntar, tomando una bocanada de aire y diciendo:
—No sé a lo que estés acostumbrado, pero el beso de los otros días no se repetirá más. Tienes una esposa y lo de ser la aventura o la amante de mi jefe no va conmigo.
Cuando clavo los ojos en el hombre que tengo sentado frente a mí me quiero morir.
—¿Qué pasa aquí? ¡¿Me quieres explicar quién es esta mujer?! —dice la voz enfadada de una señora muy guapa y elegante sentada frente al hombre que no es Cole Kessler y yo esperaba ahí. ¿Dónde me he metido?
—Yo no la conozco a usted de nada, señorita —brama el hombre colocándose en pie tras la mesa y taladrándome con unos ojos iguales a los de Cole.
—Logan, ¿tienes una aventura? —pregunta la mujer levantándose de golpe y mirándolo con ganas de matarlo.
—Yo…. buscaba a… —balbuceo, nerviosa, tengo las palabras atascadas en la garganta.
De repente, Blair y Harper irrumpen en el despacho corriendo, pasan por mi lado, no me ven, y gritan:
—¡Papá! —abrazan al hombre que tengo frente a mí mientras que mis piernas tiemblan y no saben qué es lo que está sucediendo en este lugar.
Las niñas advierten la tensión en el ambiente, se giran y cuando me ven gritan de nuevo:
—¡Brooke, has vuelto! —Corren hacia a mí y me abrazan mientras que yo no sé qué es lo que está sucediendo.
—¿Ella es vuestra niñera? ¿La que habéis tenido mientras que papá y yo estábamos de viaje? —pregunta la mujer un poco confusa y compruebo que es su madre.
—Lo siento, se han escapado de mi despacho —irrumpe Cole de golpe y me mira serio y descolocado por completo cuando me ve ahí—. Brooke, ¿qué haces aquí? —pregunta, perplejo. Mirándome con los ojos muy abiertos.
—Papá, Cole dice que viene a almorzar con nosotros —le indica Blair al hombre que no sé quién es—. ¿Puede venir Brooke? —propone.
—Creo que aquí se ha producido una terrible confusión —tercia la madre de las niñas dirigiéndome una sonrisa amable y extendiendo su mano hacia mí—.
Yo soy Maggie, la madre de estas niñas y él es mi marido, Logan Kessler.
Creo que cuando has entrado de forma precipitada en el despacho venías buscando a mi hijo, Cole. ¿Cierto?
—¡¿Qué?! —pregunto con los ojos muy abiertos mirando hacia Cole—. ¿Son tus hermanas? ¿No son tus hijas? —lo acuso ante la enorme confusión, asombrada, sintiéndome engañada.
—Cole no tiene hijos ni novia —dice Blair de golpe, sonriente.
—Bueno, yo creo que aquí hay un asunto que tienen que resolver Cole y Brooke a solas —tercia el verdadero padre de las niñas de forma amable. Después de cómo he entrado en su despacho esperaba que me echase sin piedad de su empresa.
—No, no. Yo… siento muchísimo todo esto. Perdón, de verdad. Yo no sabía… —Los miro a todos, un nudo se instala en mi garganta y lo único que se me ocurre es echar a correr. No puedo con la vergüenza que siento. Es demasiado.
—Brooke —escucho que grita Cole a mi espalda, viene detrás de mí, pero, por suerte, consigo que no pueda entrar en el ascensor y me marcho de un lugar al que nunca debí venir.
Salgo corriendo del ascensor y voy directa a la calle. Cuando me monto en el coche con la cara anegada de lágrimas solo puedo ordenarle a Daphne:
—Arranca, rápido.
—¡¿Pero a quién has matado?! —pregunta mi amiga en broma y preocupada a la vez que se incorpora al tráfico con rapidez.