La Danza de los Espíritus (Amber Farrell – Investigadora Paranormal 4) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Un tambor —dijo David—. Uno grande, dentro del granero. También están cantando.

« ¿Tambor? ¿Canciones? Oh, mierda . »

Todo el frío que había estado tratando de ignorar llegó de repente con dedos duros y helados a lo más profundo de mi pecho, y me apretó.

—Gente, están actuando —dije en mi micrófono mientras me levantaba—.

Nos vamos ahora. Julie conmigo. Tom con Bian a cinco metros detrás de nosotras.

Paul con David: permaneced fuera del granero y evitad que nadie salga.

Elizabetta, mantente alejada y espera. Esto va a ser duro y rápido, equipo. Sin discusiones.

Yo ya estaba corriendo, dando pasos agigantados por la nieve, empuñando mi subfusil HK MP5, con Julie medio paso por detrás.

BOOM.

—Quiero ese C-4 contra la puerta del granero ya —gruñí.

—Hecho. —Julie no desperdiciaba palabras.

Nos deslizamos por el espacio entre el rancho y el granero. Señalé a un lado, donde quería que Bian y Tom esperaran.

Por suerte, Bian siguió las órdenes.

« Bien. No hay tiempo para explicar . »

BOOM.

Julie y yo nos deshicimos de nuestras mochilas. Trabajando en silencio, pero con una prisa frenética, introdujimos el explosivo maleable C-4 en los huecos entre la puerta corrediza y el marco, y alrededor de los accesorios que sostenían los rieles.

BOOM. El tambor volvió a sonar, y esta vez pude sentirlo en mi pecho: un martillo líquido que golpeaba mi corazón.

Cuando el sonido del tambor se apagó, el murmullo de las voces aumentó y una oleada de frío y pavor recorrió mi cuerpo.

Estaban haciendo lo que los Adepto llamaban un «trabajo», una manipulación de la energía paranormal. Y no era nada bueno.

—Hecho. —Julie me ganó por medio segundo, y metió el temporizador y el paquete detonador—. Preparada.

—Preparada —respondí—. Pon tres segundos en mi marca. Dos, uno, marca.

Presionamos los temporizadores y nos apartamos del camino. No había oportunidad para configurar un único disparador; esperaba que los temporizadores estuvieran lo suficientemente cerca. Y que la puerta no fuera tan dura como parecía.

No lo era.

BOOM.

BOOM.

El explosivo plástico borró el sonido del tambor, y los bordes de la puerta del granero se desintegraron en una niebla de fuego y astillas.

Metí la mano y arranqué los restos. Se cayeron hacia fuera y atravesé la puerta, guiando con mi MP5.

Julie entró en el granero detrás de mí; una sombra letal, fría como una serpiente y rápida.

Dioses, era bueno trabajar con ella de nuevo. Podía ignorar todo lo que estaba a mi derecha; ella lo tenía cubierto.

Pero ambas nos detuvimos en seco. Durante un largo momento, fue imposible comprender lo que estaba viendo.

El granero estaba lleno, del suelo al techo, con una pirámide escalonada de estilo azteca.

De hecho, había sido construida debajo del suelo.

Al atravesar la entrada, casi caímos en una especie de foso estrecho alrededor de la pirámide.

El aire apestaba a humo de madera, parafina y sangre.

Había lámparas de aceite en pequeñas plataformas flotantes en el foso, y braseros humeantes fijados en las esquinas de cada nivel de la pirámide.

Su luz parpadeante apenas llegaba a las paredes, aunque todavía había mucha luz para que mis ojos de lobo pudieran ver.

Y hacía calor, pero no el suficiente como para explicar por qué todo el mundo estaba desnudo. La sensación de miedo que había sentido fuera volvió a invadirme. Este lugar rezumaba energía maligna.

Julie disparó. Tap-tap-tap . Me sacó de mi aturdimiento. Uno menos.

Un hombre bajó de un salto de la segunda grada a la primera, con el cuerpo brillante de sudor y un cuchillo de la longitud de mi brazo levantado para golpear.

Una máscara dorada ocultaba la parte superior de su rostro, pero su boca rebosaba odio.

Cuando se puso en tensión para saltar el foso, levanté mi MP5.

Tap-tap . Sus rodillas se doblaron y mi segundo disparo le dio en la garganta, me centré en su cabeza y el tercer disparo fue innecesario.

Cayó en el foso. Otro Matlal vino hacia mí, una mujer esta vez.

El mismo tipo de cuchillo y máscara. Mis oídos se estaban recuperando del ruido de la explosión, pero podía oír sus chillidos como si un motor de reacción se pusiera en marcha . Tap-tap-tap.

Sentí, más que ver, que Bian se abalanzaba entre Julie y yo, saltaba el foso y se lanzaba hacia las gradas de la pirámide. Su espada negra se abrió paso a su alrededor; hombres y mujeres cayeron, dejando figuras más pequeñas y asustadas encogidas en los escalones.

« ¿Más pequeños? Dios. ¡Había niños aquí! ¡Los toru eran niños ! »

Con el corazón en la boca, salté a través del foso y subí dos gradas, donde otro Matlal sostenía un cuchillo amenazando a dos niños que tenían la cara contra el suelo.

Salté por encima de los niños y lo maté.

Sus gritos chirriaron en mis oídos. Otro Matlal.

Subí un escalón. Todo se ralentizó a medida que los cuerpos se acercaban, y era más difícil mantener a los niños a salvo. Otro Matlal. Otro.

Algunos de los Matlal corrieron hacia la puerta lateral. Los dejé. David y Paul se encargarían de ellos.

Los habíamos golpeado como camiones desbocados, lanzándolos hacia atrás. Tal como decía el manual, montamos una onda expansiva, moviéndonos más rápido de lo que ellos se podían organizar. Bian había subido los escalones de la pirámide como un caballo asustado.

Incluso así éramos demasiado lentos.

El vértice de la pirámide era una losa de piedra gris del tamaño de una cama pequeña.

Tenía vetas oscuras por los lados y sangre fresca que empezaba a gotear sobre las manchas.

Un hombre estaba allí, con un gran casco dorado y una máscara completa que le daba una expresión de cruel horror.

Una especie de sumo sacerdote. Una capa de sudor le hacía brillar como una serpiente engrasada.

Un cuerpo, el de un niño, yacía en la piedra frente a él.

Su mano se arqueaba hacia abajo, la malvada hoja de oro brillando en su puño con la luz del fuego. Llegamos demasiado tarde.

Y entonces su brazo cortado cayó por los escalones, rociando sangre a su paso.

Sus ojos se abrieron de par en par tras su máscara, incapaz de comprender la rápida justicia que la espada de Bian le había lanzado.

Tap. Le disparé justo entre esos ojos asustados y la bala introdujo trozos de su máscara en su cerebro.

Bian estaba allí, arrojando su cadáver y agachándose sobre el niño con una prisa frenética.

Julie y Tom dispararon uno más cada uno. Tan repentinamente como había empezado todo, se acabó.